Estamos de vuelta en la casa del sur pero, esta vez, marido mediante, y ahora mismo me encuentro fuera, en la terraza, escuchando al canario trinar desde algún punto del árbol, huelo a barbacoa recién encendida, que debe provenir de algún restaurante que abre desde bien temprano y cierra a las mil sirviendo jarras de cervezas y comidas rápidas a granel, salvando alguna excepción del extranjero que viene aquí a disfrutar de una gastronomía del país que lo acoge mientras se encuentra de vacaciones, que son los auténticos disfrutones. Los que saben.
Dentro de casa se produce el primer desacuerdo. Ayer habían quedado en ir a la churrería que solo hace honor a su nombre los sábados. Ni un domingo ni día entre semana. Si quieres churros te lo haces en casa que aquí el negocio está, de nuevo, en el que viene de fuera. Total, que hoy su padre ha decidido no ir con la excusa de haber desayunado, para quedarse a solas con esta que escribe, y sus hijos le han dicho ricamente que si él no va, ellos tampoco. Ahora hay un silencio dentro de la casa que llega hasta donde yo escribo y me deja sin ganas de moverme para no recordar que existo, en una batalla que sabe de antemano a derrota, y que consiste en querer ser la Sandra que fui, la que pasaba desapercibida, la que por no molestar ni tosía. Pero resulta que no. Que estoy. Que soy. Y ya no hay vuelta atrás de ninguna manera. Y la gente me mira y me ve, y me abraza y me quiere como yo quiero a quienes me abrazan. Y ya no queda más remedio que aceptar a mi nuevo yo, aunque eso sirva para alejarme más de quienes me prefieren callada.
Me he traído un cuaderno de esos que se pintan con números y que acaban dando un dibujo pinturero y un cuaderno que compré en Córdoba con un precioso dibujo de sus patios, con todas aquellas macetas colgadas y que ellos venden a los de fuera, para escribir un relato, y ahora caigo en que, en ninguno de mis planes, entró la palabra marido. Sé que es consecuencia de andar cuatro meses sin hablarnos lo que, al final, acabé agradeciendo porque cuando abría la boca surgía un desacuerdo y una discusión. Ahora debo ajustar mi sintonía vital a la suya, como el que busca un determinado programa de radio y mueve con lentitud la perilla hasta conseguir que el sonido llegue con nitidez. Tal vez él esté en el mismo punto o tal vez no. Tal vez algún día vuelva a pensar en él y le incluya dentro de mis planes, y le cuente el relato que voy a escribir y le enseñe el dibujo que voy a sacar a base de paciencia y lápices de colores.
Por lo pronto, ya ha planeado nuestro día que incluye ir al restaurante que adoraba mi madre y a su amada playa, así que viviré la jornada entre contenta y nostálgica por no poder vivirla en su compañía. Pero es que, desde que ella se fue he cambiado y lo he hecho para mejor. Así que, cuando la nostalgia me apriete le diré que coja el camino de vuelta porque quiero disfrutar del día con los que están. Y así será porque lo he decidido. Vivir cada momento de mi vida como si al siguiente me saliese la ficha de salida. A tope!

4 respuestas a “Una Jornada creativa”
Si tu vida te pertenece. Adelante🙌
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Gracias Manuel! ❤️🙏
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We own this to ourselves—to live today our best day, because in truth we never know when our time to live is. Enjoy your day, Sandra, no matter what. Sending light and blessings your way, my friend, today and always! 🙏✨💖🌻🌈
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I really appreciate your wise words, my friend. Thank you so much for taking the time to read me.» ❤️🙏😊
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