¿Qué has hecho que tu yo del pasado estaría orgulloso de ver?
Esta pregunta no la pude dejar pasar porque, siendo honesta, si mi yo del pasado me viera, se caería de culo, porque mi yo actual es el producto de sus batallas, de sus miedos, de sus sacrificios.
Ahora que tengo un móvil nuevo, desde el que compro en alguna app ropa, cordones que se atan fácil para el chiquillo, aspiradoras mini para limpiar con facilidad los carriles de mis ventanas, recuerdo a aquella pobre jovencita que se veía reuniendo en una hucha para otro par de zapatos porque hubo veces que el agua de la lluvia entró por algún agujero de la suela y mojó sus pies.
Ahora que duermo en un colchón viscolástico, comprado por teléfono a una señora que los vendía y que aseguraba, como así fue, que era un producto cien por cien del lugar donde vivo, recuerdo cuando debía hacerlo en sillones cama, o juntando dos sillones pequeños, o en casa de familiares que preferían obviar que los adultos de mi vida me habían echado de la suya. Que se iba a dormir llorando y que despertaba con incertidumbre.
Ahora que me muevo en coche y en transporte público, recuerdo las caminatas que se pegaba aquella jovencita, flaca como una sardina, para acudir a clases o a una cita porque tenía contados los diez viajes del bono de guagua que podía permitirse al mes. Estas piernas que me sujetan, han hecho muchos dignos kilómetros para que yo pudiera avanzar.
Cuando hoy día me veo levantando pesas en el gimnasio, o saltando como un protón en zumba, o haciendo arteterapia para recolocar mis pensamientos que siempre me hacen creer que no soy válida, recuerdo a aquella pobre muchacha, enferma de cortisol, que vivía creyendo que cualquier día sería el último de su vida, que no se cuidaba nada porque le habían hecho creer que no lo merecía, como si todo lo que hiciese no iba a dar un resultado maravilloso, y entonces salto más fuerte, canto más alto las canciones que me ponen y mi sonrisa se amplía a medida que me voy acercando al techo.
Ahora que tengo hijos, y que ellos me dicen que soy una madre maravillosa, recuerdo cómo mi yo de niña se tapaba con las sábanas hasta la cabeza y, debajo de estas me repetía a mí misma que nunca, jamás, en la vida, trataría a mis retoños como me trataban a mi. Luego llegó el giro de guión en el que, además de ser dos chicos estupendos, debí aprender cómo debía tratarlos, qué necesitaban, cómo podía conseguir que su vida fuera feliz a pesar de no entender a este mundo que les rodea y aún así, aquí estamos, viviendo en un Avatar en el que ellos son la mar de felices.
Anoche, aquí en la terraza de la casa del sur, mi hijo comenzó a hablarnos de música, de la que oye en el coche para ser más concretos y, en un momento de la conversación con su padre le dijo: «el CD seis tiene música muy bonita y no sé porqué tú siempre te lo saltas.» Resulta que ese CD es mío, y quien canta es Ana Belén. Y ya solo por ese motivo, en el coche se oye otra música distinta. Cuando supo que era mío y que, además, era comprado, flipó bastante y, aún más, cuando le aclaré que el de Michael Jackson también lo había adquirido yo. Entonces me miró como si yo fuese una lideresa de Avatar y me dijo que tenía muy buen gusto musical. Giré mi cabeza hacia el jardín y me vi de joven, entrando a discotecas que permitían la entrada gratuita a mujeres, que bailaba en el centro de la pista, que no bebía o si lo hacía era porque ese día había pagado para entrar, un dispendio, que le importaba cero el mundo a su alrededor y que lo único que quería era mover su cuerpo para espantar a sus pesadillas, anécdota esta que nunca suelo contar a nadie. Miré al chiquillo y le respondí: «si. Tengo buen oído para la buena música aunque a tu padre le parezca mejor hacer como que no.» Le dí un beso en la frente, uno por el que hubiera matado de niña y le dí las buenas noches. Entré colocando mi esqueleto, resentido por estar tanto rato sentado y, junto a mí iba mi yo joven,mirando asombrada el resultado de todos sus sacrificios.