He tenido una noche de sábado movidita. Mientras esperaba pillar el sueño viendo algún podcast en la tablet, y a pesar de que pongo el volumen medio-alto por esto de que pierdo oído, comencé a oír a mi hijo resoplando detrás de mi. Se movía nervioso y me dio muy mala espina. Me giré y le pregunté qué le pasaba pero, cuando enferma, su mutismo le cierra la boca con una cremallera fuerte y no hay manera de que diga nada. Lo veo que se toca la cabeza. Corro a la cocina por ibuprofeno. Cuando estoy en la habitación, le pregunto si quiere vomitar. Me dice que no con la cabeza. Salgo corriendo de nuevo a por frío, para ponérselo en el coco. Me acuesto a su lado mientras presiono la máscara de frío en su frente. Me levanto y enciendo la luz del baño. Por si resulta que sí vomita. Vuelvo junto a él. Me levanto de nuevo y cierro la puerta porque, su hermana, cuando no está el padre, deja la puerta de su habitación abierta y le puede molestar la luz encendida. Me vuelvo a acostar a su lado. Lo miro como un vigilante a una joya valiosa de un museo. Insistente. Con los ojos como los de un búho. Le pregunto que si se le pasa y me dice que si, pero se sigue retorciendo de dolor y no me convence. Pasados cinco minutos, lo noto quieto. Se habrá dormido? Abre los ojos y me mira. Vuelvo a preguntarle si está mejor y me contesta un «que si!!» en un tono de «qué pesada!!». Me quito el cojín que me mantiene el cuerpo alzado y caigo sobre la almohada. Cuando esto ocurre, el forro que la envuelve comienza a cantarme canciones para dormir. Como un hilo musical. Noto que mi cuerpo se relaja. Abro los ojos a mirar al niño. Ahora está quieto, con la boca un poco abierta, a la espera de un primer ronquido. Me levanto y apago la luz del baño y abro la puerta. No quiero pasar calor. Me vuelvo a poner a su lado. Y entonces sí, entonces caigo por el tobogán de los sueños. Suavemente. Al final del mismo, me espera mi hijo aleteando los brazos y saltando. Con su sonrisa perpetua en los labios. Me dice que me perdona mi salida de tono de hoy cuando, al ir a estudiar biología, descubro que se ha dejado el libro en el cole. Oportunidad perdida para hacer un buen papel en el examen del lunes. Nos abrazamos. «Vamos a jugar?» Le pregunto. Ahora tengo su misma edad y llevo el pelo suelto pero con una pequeña coleta que me sujeta el flequillo. Me mira sorprendido. Tienes el mismo color de pelo que yo!! Me dice. No sabía de la magia de los tintes. Nos echamos a reír mientras salimos corriendo a Avatar, donde los sueños están llenos de buenas personas y lugares maravillosos. Qué bonito es tu planeta cariño!! Le digo. Y el me mira sonriente. «Volamos?» Me pregunta. «Si, volemos…» Pero él enseguida vuelve a despertar. Es lo que tienen las rutinas, y se ha despertado a la misma hora de siempre a pesar de cerrar los ojos a la una de la madrugada. A mi me puede el sueño y deseo volver a él. Dormir está sobrevalorado, me digo. Giro mi cuerpo y salgo de la cama. No hay dolor, no hay sueño, me repito. Lo abrazo y le doy los buenos días. Y nos vamos juntos a la cocina. A comenzar su preciosa rutina.
Categoría: familia
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¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste adulto de verdad (si es que te ha pasado)?
Es curiosa la pregunta, pero yo la cambiaría por un ¿alguna vez te has sentido niña? Y ya estaría contestada.
Viví mi infancia en un «ay!» percibiendo claramente que, mis padres, no tendrían mucho recorrido juntos. Es curioso eso porque, en este país, el divorcio no entró en vigor hasta el año 81. Mi madre se fue en el 83. Así que fueron un montón de años de esperar lo inevitable, de ver cómo ambos demolían lo que habían construido, hasta los cimientos y yo no hacía más que pensar en que, se puede no querer, pero no se debe faltar el respeto. Ella se lo faltaba a él, y él se alejaba de sus hijas como si contuvieran el foco de todos sus problemas. No era consciente de que el problema dormía a su lado cada noche. Cuando mi madre lo dejó, nos mató y enterró en un jardín mental de donde no hemos vuelto a salir. Ni siquiera cuando alguien, como para fastidiar, le pregunta que qué tal estamos, lo cual tiene muchos bemoles porque es que no tenemos contacto con él desde el año 2003. En el velatorio de mi abuela a quien ese señor llamó su suegra, se presentó a dar sus respetos a una mujer que, si hubiera podido se hubiera levantado y le habría torteado la cara. Si hubiera conocido la última conversación que tuve con ella! Si hubiera imaginado siquiera que «su suegra» me preguntó cómo no podía quererme si yo debía ser mirada con orgullo! Hablábamos de mí, claro, porque no estaba mi hermana presente! Ella llegó días después, destrozada por la muerte de su abuela, que decidió partir con una parca que se le apareció casi al amanecer, en forma de infarto, y del que no despertó. Siguió durmiendo. Soñando con su madre, una mujer adorable que vivió una vida durísima y que pasó con ella un montón de años hasta que marchó de su lado por las mismas causas por las que luego partiría su hija. El corazón. Ese que no cabía a ninguna de las dos en el pecho. Cansado de trabajar en casa, de aguantar maridos, de criar hijos, todo ello con situaciones que, de vez en cuando, las hizo salir en los periódicos. Ese era el nivel. Esa era nuestra vida. Y digo nuestra porque mis padres, en un alarde de, vamos a ser irresponsables y vamos a serlo mucho, tú por joven y yo porque me importan cero mis hijas, me llevaron a vivir con mi abuela a una casa que yo definiría como una casa de grillos y un camarote de los hermanos Marx todo junto y a la vez. Ahí sí que pude ser niña. Un rato. Jugando con mi tía pequeña y con mi hermana, que solía estar en todos lados, como un protón rubio lleno de energía. Entonces sí. Entonces fui niña. Hasta que todo saltó por los aires. Y entonces esa niña murió. No solo en la mente de mi padre, sino espiritualmente. Y comencé a dar pasos en la vida adulta. Sola. Sin ayuda.
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Al día siguiente del examen de oposiciones, salieron las plantillas oficiosas para corregir, si querías, tu propio test, así que estuve hasta el lunes insistiendo a mi hija para que se metiera en cualquier página de preparadores y lo hiciera. Su respuesta fue no. No quería sino la oficial. La del ministerio. «Pero esa saldrá muy tarde chiqui!» Le dije. Entonces le pedí su hoja de respuesta y, para mi sorpresa, me la dio, todo un rato antes de salir corriendo a la terapia con el hermano. Metí sus respuestas de la primera prueba y en el resultado me sale que ha aprobado. Luego corrijo el supuesto práctico y aquello empieza con unos diez fallos. Me pongo nerviosa. Sigo corrigiendo y remonta. A partir de ahí tiene todas las respuestas bien. No me da tiempo de sacar la nota. Doblo el papel y me lo pongo bajo la axila en modo Cenicienta te vas a convertir en calabaza si no corres. Llego a la terapia justo cuando la muchacha abre la puerta para dejarnos pasar. Subimos, y, después de explicarme qué habían hecho el niño y ella durante esa larga mañana, le explico lo de mi hija. Ella coge una calculadora y, oh my god!! resulta que mi hija también supera el práctico. Me pregunta cuál es el corte y, cuando se lo digo, las dos soltamos un grito de alegría. Nos recomponemos. Aquí se viene a hablar del enano. Nos miramos. Volvemos a gritar de alegría y chocamos nuestras manos. Le doy las gracias por su generosidad, porque ella forma parte de ese resultado. Por su ayuda inestimable.
Sin saber que ese día era su cumpleaños, salgo rauda y veloz a comprarle un regalo por quedarse con el niño. Uno que no es suyo, y que, además, tiene su qué toda la mañana de un sábado. Me llego a una librería y le compro un organizador tan bonito y con una pinta de bueno tan grande que me gusta hasta para mí, solo que yo no lo trataría como merece. Le compro un par de cosas más. Todo me parece poco.
Luego paso por una tienda de esas que yo considero de energías y buen rollo. Le compro un detalle a mi compañera que sé que ella no ha superado el test. Vuelvo a la terapia, y, después de darle los regalos sin envolver, nos abrazamos la chica y yo, intentando darnos todo lo positivo la una a la otra. Al día siguiente le doy a mi compañera su regalo. Es un llamador de ángeles. «Para que lo bueno te encuentre» le digo, porque el llamador suena como un cascabel, y la abrazo fuerte para aliviar la pena de llevar tanto tiempo preparándose, saber tanto, y no haber conseguido nunca pasar la prueba. El yin y el yan. Mi hija y ella. Sus nervios que la hacen perder el norte y borrar lo estudiado. Los nervios de acero de mi extraterrestre, su lógica aplastante, su preparación sin descanso, con una madurez de una mujer de más años, que, al salir, notó las bajas energías de las demás y las hizo suyas. «Me salió mal mamá, lo siento» me dijo. Y yo la creí, porque ella es lógica pura, y mi alma hizo las maletas y me dijo que estaba hasta la coronilla de tanto drama. «Ahí te quedas!» me espetó, pero volvió resuelta en cuanto se enteró del resultado. Ahora a esperar a ver si consigue o no la plaza.
Al salir de la terapia, mientras caminaba yo dos palmos por encima del suelo, mi hijo me soltó: «quiero ser chófer de guaguas» por si pensaba que yo esperaba de él lo mismo que de su hermana. «Sabes? yo tenía un tío que lo fue! Tienes que ser muy serio para llevar a personas de un lugar a otro! Le dije. Él me sonrió, y, en medio de la calle lo abracé. Porque yo no espero que sea ministro. Sólo quiero que tenga salud y sea feliz, y, en ese abrazo, lo fuimos los dos, juntos.
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Háblanos de un tema o asunto sobre el que hayas cambiado de opinión.
Uno cambia de opinión muchísimas veces. A veces porque la información que tienes es solo la que te ha dado una parte y, ante la versión de la otra, con pruebas, porque claro! tendemos a sentenciar sin ser objetivos, o eso hacía yo en otros tiempos, ya vemos el cuadro completo y nuestra mente vuelve a hacerse otra composición diferente.
Hoy día, con los años que tengo, las lecturas que he devorado, las experiencias, las enseñanzas, han dado como resultado una persona distinta a la de antes. A veces me veo con 18 años, con la parte de atrás de la cabeza rapada, cuando antes las mujeres debíamos ser monocordes, mis pantalones gastados porque mi padre me pasaba una miseria y, de ella, debía descontar lo que se llevaba mi abuela, y mi camiseta raída y cool. La ley decía que debía ser todo para ella, pero mi abuela respetaba los cuatro chavos que me tocaban y que me daba para que yo hiciera con ellos magia. De ese dinero, 60 euros de los ochenta, debía salir, la ropa que me ponía, los libros que me compraba, ojo cuidado que iba al instituto, el transporte, y el maquillaje. Si quería visitar un médico privado debía reunir el dinero mes tras mes. Así que, en ese tiempo, todo mi comportamiento giraba en torno a demostrar que era una rebelde. Que mi padre podía no quererme ni cuidarme, pero que tampoco me importaba. Que yo era tan feliz a pesar de escucharle decir que no volviera A SU CASA, a molestarlo. Que no me afectaba ver cómo hasta mi abuelo, que era para darle de comer aparte, me mostraba más cariño que él, y que, así y todo, no dudó en echarme a la calle a los quince años. Una semana durmiendo en casa de su hermana, y al cabo de esos días, entré de nuevo. A pesar de decirme que allí no pisara más. A pesar de pensar que, tal vez, aquél sería mi último día en La Tierra. Porque no tenía dónde ir. Y si, pensé que si era mi último día que así fuera porque de esa manera acababa ya con toda aquella mierda.
Durante un montón de años, y con ese bagaje personal tan deprimente, pensé, de verdad verdadera, que no era merecedora de afectos. Tal vez por esto mismo llevo con mi todavía marido 37 años. Pensaba que, en otra vida, había sido una Elisabeth Bàthory de la vida o algo así, y que debía purgar, en esta, el pecado de haber matado a aquellas chicas vírgenes y pobres como ratas. Ese era mi estado mental cuando llegué a terapia más de 35 años después de todos aquellos acontecimientos. Creía, estaba convencida, de que merecía lo que recibía porque había algo malo en mí.
Ya llevo cinco años de terapia. Creo que, de hecho, cumplo los cinco en este mes de octubre o ya los hice en septiembre. Da igual. Ha sido un viaje hacia dentro maravilloso. Un conocimiento sobre mí que ni Jacque Coustó en sus sueños más húmedos. Porque, es cierto que no soy un tesoro real, pero estoy aprendiendo a quererme y protegerme como si lo fuera. Es una pena que esté en estas lecciones de vida de forma tan tardía. Pero no importa. He cambiado sobre la forma en la que me miro al espejo. Y eso, amigos, vale oro!!
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Llevo un fin de semana bastante tristona, supongo que, consecuencia directa de la yinkana que he tenido que hacer para poder presentarme al examen de las oposiciones. Resulta que se empezaba un poquito a criterio de quien estaba dentro del aula donde hacías el examen. Con el primero de los tres, nos pegamos hora y media. Luego vino un segundo que, por supuesto, no empezó seguido del primero. Este fue de media hora. Pedí ir al baño porque llevaba desde las siete y cinco de la mañana allí y eran las doce, y aproveché para preguntar a quien vigilaba el aula si podía irme a la mitad del tercer ejercicio si no sabía las respuestas. No. Y el examen último era de 45 minutos. Socorro! Total que salí a la una y cuarto, corriendo, llamando a mi hija, a la terapeuta de mi hijo, e intentando que no saltara, a esas horas, todo por los aires. Cuando me encaré a mi hija me dijo que el examen no le había salido bien, y, de repente, mi alma viajó hasta mis pies, mi ánimo se fue a tomar por saco y, desde ahí, hasta ahora mismo, mis ojos parecen dos fuentes de esas que enchufas y no dejan de manar agua.
Cuando llegamos a casa, fui a comprar para hacer algo rápido de comer y volví corriendo. Brindamos por el esfuerzo hecho por los tres para sobrevivir al día y pico de mierda que llevábamos y mi hija y yo nos arrastramos al dormitorio a dormir y recuperarnos del madrugón. Al despertar de la siesta, comencé tímidamente a recoger un poco la casa y a disfrutar de series de esas que son bonitas, basadas en un libro de una escritora como Jane Austen, y en las que, lo más terrible que pasa es que, por ejemplo, la protagonista ponga sus dos pies en un charco y se arruine su vestido. Mientras, yo la veía y secaba mis lágrimas.
Como tenía el móvil en silencio, no vi que me había entrado un mensaje. Una amiga, que vive por la zona, se ofreció a dar un paseo conmigo esta tarde para hablar un poco. Supongo que debe notarse mi tristeza. Quedarme el día de la oposición con mis hijos, sola, porque a mi marido le importa cero que yo deba ir como pollo sin cabeza solventando todos y cada uno de los obstáculos, que le pidiera por favor que no fuera al viaje y que, como no! no ha mirado ni para atrás, me ha dado en toda la línea de flotación. Eso sí, sin volver para atrás ni para coger impulso. Le he dicho que cuando vuelva del viaje dejaremos de ser una pareja para ser un tú y yo. Se acabó el nosotros. Creo que él nunca ha sabido hablar en plural, ni siquiera cuando se refiere a sus hijos pero esto último, tal vez, lo diga desde el cabreo y la decepción.
Puede que esta tarde salga a dar ese paseo con mi amiga. Tal vez le pregunte si se alquila algo bueno, bonito y barato en su barrio. Un barrio en el que, a pesar de todos los problemas que tiene, se está dando una pátina de lustre porque, cada vez, la gente desea más vivir en un lugar donde se encuentran las cuatro torres de la ciudad de la justicia, que que les ha hecho convivir con un glamour que les era desconocido.
Si. Tal vez me vaya a dar ese paseo. Para hablar con alguien de fuera de Avatar. Para que me diga que no estoy loca por decidir que, si me tocas a los chicos y los dejas tirados, no mereces seguir casado conmigo. No cuando me he dejado la piel para acompañarlos en un viaje que es apasionante y duro a partes iguales. Si no me aportas te apartas. Pero es tan duro ver cómo lo ha hecho sin dudar ni un solo segundo…!
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Ayer la isla tocó el pico más alto de calor, empezó a soplar aire caliente y todo ello unido a un Lorenzo en todo su esplendor dio como resultado un calor de fatigas, de estar quieta en un sitio y sentir las gotas de sudor recorrer tu cuerpo, de beber agua hasta decir basta y de ir a la playa hasta ver al sol ponerse. También ardió un coche porque se dieron varias circunstancias para ello. Era descapotable, alguna de sus piezas hizo efecto lupa y el material donde se reflejó el sol no era ignífugo. Se quitaron los vehículos de su alrededor, tras una pequeña explosión, y los bomberos acudieron en un pis pas.
Colo digo, tras la novelería del fuego, nos fuimos a la playa y, al volver a casa, notamos que el aire refrescaba, sin ser una maravilla, y que, al ponerte en la terraza, podías pasar el sofocón. Pero claro, la oscuridad atrae insectos, y nos vimos todos atrincherados en casa con las ventanas cerradas. Luego peleas por un ventilador, aunque yo cedí gustosa el mío a mi hija porque en su habitación el calor es peor que en la de matrimonio, donde yo duermo, y así, y tras una noche de sudar como en una sauna, hemos llegado a tocar la mañana. Mi hijo se levantó a las 5 a beber un vaso de agua fresca, y, por el desvelo, tocamos las 8 de la mañana.
Ayer fue una jornada de playa donde vimos avances. Se puso el enano las gafas y el tubo de su padre y, desde las boyas, fue avanzando muy despacio hacia la orilla. Sin preocuparse de que el agua tocara sus ojos, defendidos estos por unas gafas de adultos.
Estando en la playa recordé a mi tía. Mi hermana me había dicho que llamó a la clínica donde estaba ingresada y que le habían dicho que ya no era paciente allí. Le escribió al hijo para preguntar dónde estaba su madre y, para sorpresa de todas, su hijo no sabía dónde diablos está. Creemos que en una residencia de mayores. Me debatía yo entre, es un muchacho joven y no tiene la madurez suficiente para llevar un tema como este y, lo que debe ser que te lleven y te traigan a algún sitio y no ver a nadie de tu familia. Y no volver a la que era tu casa. Y no estar donde era tu pueblo. Y llevar así, Dios sabe cuánto, pensando que no preocupas a nadie, mientras su familia en España vive en un sinvivir ante esta situación espeluznante. Y digo en España porque, su hijo, el teutón, no sólo afirma que no tiene idea de dónde está su madre sino que nadie le ha llamado para informarle. Y tú te quedas con mucha cara de tonta, rezando para que ella no crea que hemos sido tan cabrones de deshacernos de ella como si fuera basura. No es así chiqui, y, si lees esto, que me consta que te pasas por mi blog, quiero que sepas que todos te queremos igual y que ninguno ha pensado ni por un momento en hacerte pasar por semejante situación. Te quiero cariño. Te queremos. No lo dudes jamás y estás en nuestros sueños y desvelos. Así que, si quieres, nos veremos en alguno de ellos. Como cuando éramos solteras y sin hijos. Paseando. La una de la mano de la otra. Hasta el final de los tiempos.
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Anoche tuve una pesadilla que tuvo mucho que ver con cenar copiosamente. Me vi en mi anterior trabajo (desde los 22 hasta pasados los 30 fui cajera de supermercado) y, por razones que desconozco decidí ayudar a una de las encargadas. Llegué a ver su cara y a recordar su nombre perfectamente a pesar de los 25 años pasados. Ella no necesitaba que nadie le echara una mano, pero ahí estaba yo, salvadora. Cuando me puse, nada me pasaba por el escaner, me equivocaba una y otra vez al teclear el código a mano…hasta que desperté de esa porquería de sueño. Maldije al cosmos porque entendí que no volvería a dormirme pero si. Lo hice.
Creo que el sueño tiene que ver con mi situación personal actual. Cada vez que intento que mi vida personal funcione, mi pareja-marido-padre de mis hijos- me demuestra que estoy equivocada. Que yo no necesito salvar nada porque él no lo necesita, a pesar de que lo nuestro hace agua por todos lados. Hago encajes de bolillos, cuento hasta tres, o hasta diez, o lo que haga falta, por contenerme ante una persona que no necesita que me contenga, ni que achique el agua con un dedal, aunque yo, así, ponga de mi parte.
La última de todas las cosas que me indican que esto es así es que, teniendo mi hija y yo el examen de las oposiciones el día 27, él ha decidido irse de viaje. Cuatro días. Volverá después del examen. Total, que no tengo quien se quede con el niño, aunque él dice, mi marido, que puede quedarse el niño esa mañana solo. Pero no solo es que no se queda con el niño, sino que ni nos lleva ni nos trae al quinto pino a examinarnos. Mi compañera ya me ha dicho que ella lo hace encantada pero aún queda lo del niño. Un niño que no se queda con cualquiera, y que, yo soy así, me va a tener toda la mañana pensando en cómo le irá. En fin, que creo que cuelgo el examen y no voy. Más de mil trescientos euros invertidos en las clases tirados a la basura. Todo porque mi hija y yo nos vamos a Córdoba al mes siguiente y él se queda con su hijo. Esta es la segunda vez que viajo con mis amigas y no coincide con nada suyo personal a lo que él deba renunciar. Porque soy así. Porque yo intento no molestar y ayudar pero me sale todo como en mi sueño. Al revés. No consigo ser lo suficientemente rápida, ni sagaz, ni nada por el estilo y resulta que, lo que hago, cae en saco roto.
Ayer olvidé el bañador de mi hijo encima de una hamaca. Siempre se lo quita y yo le doy de restregones para quitarle la arena. Menos ayer. También es verdad que yo llevo las toallas, el agua y las papas fritas que picotea el niño el rato que sale del agua. Un ejemplo claro de lo que me sucede en la vida. Le he dicho que se ponga uno de sus bañadores bermudas, tengo tres, y que se apañe hoy. Iba a ir a buscarlo a primera hora de la mañana caminando hasta la playa, una playa que queda a tomar por saco y a la que siempre vamos en coche. Y me he dicho que no. Que ya está bien. Que se acabó el «yo soy así». Que si no tuviera bermudas aquí debajo tengo dos centros comerciales donde comprar otro igual o mejor que el que he perdido (aunque me temo que no porque me lo regaló mi compi que compra todo de buena calidad).
Ahora voy a empezar con unos ejercicios de mindfudnes que me dio mi terapeuta y que me imprimí para luego perderlo en algún sitio porque dejé de poner el foco en: «en esta vida hemos venido a pasarlo bien» y me enfoqué en enfadarme por la puñalada del día del examen. Con lo facilito que es un: «Mira niño, vete a tocar los timbales a otra parte anda!» y me dedico a retorcerme como un gusano al que le cae alcohol. No. Mucho mindfudnes, gimnasio, terapia, amor del bueno…y menos tener a tu lado gente que te demuestra una y otra vez que quiere compartir la vida contigo porque tú vas detrás cargada como una mula. A la mierda el victimismo!
Dice Antonia Sanjuán, a quien han detectado un cáncer que, si cuando una está sana debe cuidarse y quererse, cuando está enferma, más. No voy a esperar a entrar en esa segunda parte, ni voy a enfermar rompiéndome el coco en arreglar algo que, definitivamente, está roto. Así que, hoy voy a empezar a mirarme el ombligo como si no hubiera un mañana. Y, a lo mejor, me presento al examen, porque aunque me salga fatal llevo un año estudiando. Y nadie merece que yo tire ese esfuerzo a la basura. Nadie. Porque a lo mejor resulta que debo aparcar la frase «yo soy así» y empezar a usar «porque lo merezco».
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Vuelvo a estar en la casa del sur. Esta vez la calima no hace acto de presencia, así que, me tiro en el sillón de mimbre a estirar el esqueleto y a escribir, mientras el frescor de la mañana me envuelve como una sábana fresca.
Por el rabillo del ojo veo llegar todas las cosas que debo hacer este mes. Voy a vender, el año que viene, un apartamento que heredé de mi madre y que tengo en alquiler. Los primeros en optar a la compra, por supuesto, serán los inquilinos. Ellos aman el sitio donde viven aunque es pequeño como una uña. Y tienen un bebé! Pero yo qué sé! A lo mejor después de comprarlo lo revendan y saquen beneficio. Me es igual! Yo también sacaré unos pocos. Primero de todo, quitarme la responsabilidad de un alquiler que queda a casi una hora de mi casa y, segundo, el económico. De no pagar ni un euro por él, a recibir el importe de su valor catastral, no está mal.
Debo igualmente pedir cita para el enano. Cita médica con su alergóloga. Cita con un pediatra, el que sea más próximo en el cuadro médico. Cita con su dentista, que este verano ha perdido un montón de piezas de leche, alguna que otra, con la definitiva asomando por la escuadra de su boca. El enano coñón, que diría mi madre, es una especie de jarrón Ming que necesita de un cuidado y tratamiento especiales. Ayer, en la playa, me dijo que el día estaba perfecto para tirarse desde las escaleras. Cuando me dijo eso, dirigimos ambos nuestros cuerpos hacia ella, nadando calmadamente hasta tocar la pared de piedra. Al llegar, miramos los cangrejos en las rocas, y uno enorme en lo alto de una piedra, debajo del agua. Le expliqué cómo debía tirarse y él, que como digo es un coñón, se tiraba aleteando las manos y diciendo «vuela vuela pajarito!» Yo me escacharraba de la risa y volvíamos otra vez a la posición inicial. Entonces ocurrió algo curioso. Volví a tener 12 años. Me ví con mi melena mojada, riendo por nada, con aquél niño tan simpático que, a veces hacía como que, por tragar agua, se ahogaba miserablemente, poniendo sus ojos en blanco y moviendo la cabeza de forma cómica mientras se oían mis carcajadas en toda la playa.Me dijo que vio un pez del tamaño de una araña australiana y, por cómo ponía las manos, las arañas de ese continente deben tener el tamaño de un mamut. Estuvimos así un rato largo y, cosas de la vida, me dio frío. Le dije al niño que me iba para fuera y me dijo si lo iba a dejar allí, solo. Al ver su cara, pensé en la mía cuando mi madre me dijo que se iba a vivir a otro país para ni siquiera saber si nos volveríamos a ver. Entonces subí las escaleras, lo rodeé con mis brazos y le dije que podía tirarse dos millones de veces que yo seguiría estando en la orilla. No a su lado, pero presente. No le pareció el trato suficiente. Saltamos juntos al agua y llegamos a la orilla. Yo volví a ser su madre y él me miró sonriendo. Que salga del agua porque tengo frío no entra dentro de los parámetros del sufrimiento, así que me tendí en la toalla como una estrella de mar, boca arriba, como si no tuviera hijos a los que vigilar, y volví a tener 20 años. Pero por poco tiempo! No deseo que, al volver atrás pueda olvidarme de las personas que uno más quiere. Mis hijos.
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Me levanto súper temprano por obra y gracia del peque. Bueno! para ser honesta, de mi peque y de la menopausia. Cuando me preguntó si estaba despierta hacía un rato que si. Me asomo fuera y hay un manto de tierra cayendo. No doy crédito. Limpio y limpio y, cada vez, calima y más calima. La que era mi vecina, de nacionalidad alemana, siempre me decía que «paga qué limpias las tegazas si todo sucio enseguida». Hombre! si no limpias fuera, lo que ya está de tiempo atrás, llevarás la porquería dentro de la casa y la convertirás en un barrizal. Pero es difícil de explicar a una persona que, a pesar de vivir más de 30 años aquí y con una pareja nacida en la isla, aún hace frases que no soy capaz de entender aún poniendo todo mi mindfudnes en ello. Hoy limpiaré la entrada porque, si sales a regar el jardín, queda luego unas huellas como de haber pisado charcos como hacía Pepa Pig. No sé porqué me viene ese dibujo a la cabeza. Mi hijo fue más de Bob Esponja, pero sí, solía ver a Pepa en compañía de su hermana. Claro que, mi cabeza, con la disociación que tiene de un pasado digamos difícil, es poco capaz de recordar nada. Ni siquiera a mi hija de pequeña. Es lo que tiene enterarte de que tu hija es autista y, hola! tu hijo también. Fue como un poco demasiado para mi.
Hoy al levantarnos y bajar al salón, nos hemos encontrado a mi hija durmiendo en el sofá. Se va acercando el día del examen y comienza a desregularse y a dormir en sitios más incómodos que su cama. A su hermano no le ha hecho ninguna gracia. Él se sienta en ESE sofá, en un sitio que él considera suyo, como Sheldon Cooper, y que su hermana haya vulnerado SU sitio es algo como un crimen de lesa humanidad. Él hace otras cosas, como despertarse a las 3 de la mañana dejándome sin dormir, pero yo soy terrícola y su madre, dos cosas que me hacen candidata a aguantar el madrugón. Le he dado la opción de volver a la cama y ponerse allí con el móvil de la hermana y le ha parecido bien. Se sabe el pin y contraseña del móvil. Él y solo él. Los demás no estamos invitados a ese grado de intimidad.
Después se ha despertado la princesa y ha salido a preguntarme qué comemos hoy. No puedo contestar que ni idea. No. Tú di lo que sea, pero el silencio no es una opción. Salvado ese escollo, hemos saltado a otra cosa y hemos empezado a reírnos. Ha salido su hermano corriendo. No quiere que las risas no sean compartidas. Se sienta. Le contamos. Nos reímos los tres y, entonces sí, aquí ha vuelto calma.
Miro al exterior y veo el manto gris sobre los edificios. Pero ya no maldigo a la calima. Ya afronto el día como un montón de horas llenas de oportunidades. Me levanto. Al lío!!
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He vuelto, cómo no! a la casa del sur. Lo he hecho para coger resuello ante lo que nos espera. A mí, el examen de las oposiciones, al que este año me acompaña mi hija, al enano, unas yincanas estupendas por esto de que no hay bus escolar. Por el medio, visitas médicas, un viaje a Córdoba para el mes que viene, y un intentar sobrevivir en este año mierdoso que va llegando a su fin. Aunque, pensándolo bien, deseé con muchas fuerzas que se terminara el 2020, y al año siguiente perdí a mi madre. Así que, vamos a tomarnos todo lo que sucede con tranquilidad, y eso lo consigo aquí, entre estas paredes, paredes que van, por algunas zonas, pidiendo un arreglo urgente.
La casa ahora mismo está cubierta de una película de polvo marrón, consecuencia de la última calima que, además de larga fue copiosa. Así que toca arremangarse y limpiar porque esto todo es como estar en una foto en sepia. Y a mí no me gusta ese color. Ya tuve una vida así, sin luces y con muchas sombras. Ahora solo quiero luz. Dar luz a la vida de mis hijos. Que no recuerden el vivir junto a mi con dolor de estómago, sino con un puñado de grandes recuerdos felices.
El canario ha subido a la copa del árbol que ya pasa con mucho el alto de la terraza, y me ha saludado piando mientras yo estiro mi esqueleto en los sillones de mimbre que me acogen cada mañana. Me levanto para verlo más de cerca y, al asomarme recuerdo a mi madre subiendo la cuesta que lleva a la casa. La vivienda está impregnada de su energía, de su perfume, de su risa.
Hace un rato ha venido mi hijo y se ha recostado a mi lado. Nos hemos quedado abrazados, como un par de estatuas, sintiendo el calor del uno en el otro, mientras he envidiado que él tenga la oportunidad de cobijarse en los brazos de alguien. Yo me consuelo con el mimbre y el calor de los cojines. A cada uno lo suyo. Dos vidas. Dos realidades. Dos deseos. Uno cumplido. El otro anhelado. Pero se aprende a vivir así. Y el resultado, la imagen que me devuelve el espejo cada mañana. El rostro de una superviviente que, ahora, lo único que desea, es disfrutar de momentos bonitos. Respiro profundo y me lleno de la paz que da esta casa. Me levanto a quitarme el pijama para coger una muda de ropa para la jornada maratoniana de limpieza de hoy. Dejo el blog para empezar a crear recuerdos bonitos. Buenos días!