He despertado hace un rato. Oigo la respiración pausada de mi hijo, que aún, a esta hora de la mañana, las 8:20, no se ha despertado. Increíble. Duerme boca abajo, solo con sus boxes de dinosaurios, reminiscencia de un interés restringido que luego dejó por otra cosa y que ahora es la figura de Michael Jackson. Me dice, a veces, que tuve muchísima suerte por vivir la época en que su héroe musical estaba vivo. Miro Google y descubro con horror que han pasado más años de los que imaginaba y que, es cierto, el enano solo era, por aquél entonces un proyecto medio abandonado porque ya no esperábamos un resultado positivo.
Van entrando los buenos días de la familia en el teléfono y yo ya empiezo a pensar en una visita al baño. No tengo mucho margen si no voy ya. Soy de las sortudas que no se despiertan de noche para nada, así que, hago caso a mi cuerpo y me levanto. No quiera Dios que me dé lecciones de incontinencia!
Me dirijo al salón por donde entra la luz de la mañana y apago la luz de la terraza. Esa que dice a la gata negra (el gato es gata, me dijo la vecina alemana) que estamos aquí. Que esta noche tendrá que esperar para dormir a salvo y refugiada del fresco de la noche, no mucho, es cierto, pero no a las 9 de la noche que es lo que hace en cuanto me voy.
Me voy al jardín y veo que ha florecido el cactus. Le hago una foto porque es preciosa pero dura muy poco. Antes florecía el día del Carmen y yo pensaba que era en homenaje a mi vecino. Ahora que ya él no vive aquí, florece la mañana que amanezco en esta casa, cosas de la magia y de las almas que viven entre estas cuatro paredes.
Me vuelvo a la casa a desayunar y, mientras estoy en ello, siento unos pasos. Mi hijo. Ha decidido otorgarme el silencio en «castigo» a no estar junto a él al despertar. En realidad, seamos sinceros, es a causa del estrés que le provoca no estar junto a mi al abrir los ojos. Le doy un beso y le pregunto, como siempre, si ha dormido bien. Asiente con la cabeza. Me vale. Le pido que se prepare el desayuno. Abre la nevera y la alacena y no ve nada que le guste. Se vuelve para irse. Le enseño el embutido que está en una zona que él no ve. Se calma. He pensado en lo que necesita. Todo va bien.
Salimos a la terraza y comemos en silencio. Yo viendo como algo alado agoniza junto al sillón de la terraza. Él ensimismado, viviendo en Avatar, sintiendo todas y cada una de las moléculas de su cuerpo dirigirse con rumbo a su planeta. Yo lo observo y pienso que antes sentía pena por esta convivencia carente de conversaciones, pero he aprendido a vivir así. En silencio. Que nadie piense o sienta lo que sufro. No vale la pena. No importa. Un día me iré y me gustaría que mis cenizas fueran a parar ahí. A ese lugar silencioso y calmado donde habita mi familia.
Vuelvo al presente. Noto una pequeña grieta en el suelo. Seguro que estaba ahí ya hace un rato pero urge arreglar la base de la terraza. Vuelvo al jardín y miro cómo van las fracturas. Van. «Esta casa es para gente con dinero con mantenimiento de gente con dinero» me digo mientras subo las escaleras del jardín. «Bueno!» Oigo. «Dentro de poco tu hija será funcionaria!» Es la voz de mi madre. Me quedo mirando al jardín, estupefacta. «Bueno!» Le replico, «tal vez necesite ese dinero para volar con mis hijos a otro nido». El jardín me devuelve el silencio. Me dirijo a la casa. Me siento a escribir y oigo a mi derecha «no será porque él también vive en Avatar verdad?» Me sonrío. «Siempre te gustó un buen salseo sentimental» le replico. Y nos quedamos así, ella con su cabeza y su moño eternamente perfectos apoyados en su mano, sentada, en silencio, y yo, yo solo espero que esta sensación dure un rato más. Toda la eternidad podría ser perfecto!