La intuición es la hermana guapa de la ansiedad. Creer que el cosmos, tu olfato o lo que sea te va a dar una idea de lo que va a suceder, puede dar lugar a escenarios catastróficos que se convierten en angustia y sufrimiento. No somos videntes. No vemos más allá o a través de nadie. Sólo nos guiamos por la experiencia y, con eso, le hacemos un traje con unas medidas equivocadas a quien se ha cruzado en la vida. O equivocamos por completo situaciones que intuimos diferentes a lo que son realmente.
Yo, sin ir más lejos, he intuido que mi madre, al cabo de los años, vendría aquí a pasar los últimos años de su vida. A su isla. A mi casa. Ahora, con el paso del tiempo, veo esos pensamientos solo como una majadería. Mi madre quería mucho a sus hijos, a los que tenía cerca, a sus amigas. Ella no se hubiera alejado para morir junto a mi. Qué va! No porque no me quisiera, sino porque dejaba demasiado amor atrás!
Otra de las veces en las que confié en la intuición fue cuando nació mi hijo. Decidí que su nacimiento no había sido como el de su hermana, y que, por lo tanto, él no pertenecía a Avatar. Negué la mayor cuando, de nuevo mi madre, me dijo que el niño no tenía comportamientos «normales». Ni cuando me lo dijeron en la guardería, ni, aún peor, cuando me lo dijo su terapeuta. Yo seguía aferrada a aquella primera impresión en el paritorio. Cuando a él, hecho un ovillo, lo pusieron sobre mi y ahí quedó. Quieto. Tranquilo. Disfrutando del piel con piel. Imaginen el chasco de tener que reconocer que mi intuición no servía para nada!
Ahora, cuando giro la cabeza, cuando echo la vista atrás, puedo ver a la intuición intentado convencerme de que lo que siento en mis tripas es una verdad verdadera, y yo, me aparto de ella y grito: «lo que sienten mis tripas es solo hambre!!
Vivir en Avatar, a mis 54, es un poco duro. Anoche se desveló el niño y, como un reloj suizo, me preguntó la hora a las 3:30, 4:30 y 5:30. A esas horas exactas. Antes me hubiera despertado con él y lo hubiera acompañado en su desvelo. Eso hacía con su hermana. Ya no tengo esa energía. Le di el mando de la tele, y en un tono agónico le rogué que no la pusiera a mucho volumen. Al cabo de un rato que no puedo precisar, estaba dormido. Luego se levantó a hacer pis, sobre las siete, y volvió a acurrucarse junto a mi y a quedarse dormido. Sorpresa mayúscula. Jamás había visto ese fenómeno. Siempre seguía el mismo ritual y me pedía el desayuno. Pero hoy le pesaban las horas sin dormir. Yo he dormido otro rato a su lado.
Me ha despertado mi hija. La he oído bajar las escaleras. Cuando vives con autistas, tu oído se hace finísimo porque, ellos se levantan, se van a un rincón de la casa, y allí se quedan, acurrucados. Mirando el infinito. Pensando. Echando de menos no vivir en el planeta que se merecen. Puede ocurrir que, buscándolos por la casa, al girar la esquina, te los encuentres y te lleves un susto cósmico. Por eso es importante ser como un sioux. Porque te evitas un infarto.
Total, que mi hija se ha levantado y ha empezado a hablarme de oposiciones, de tests, de la vida, de su vida, mientras yo suplicaba que no se parase al hablar y acabara de poner la cafetera. Necesito mucha cafeína. No he acompañado a su hermano en su vigilia, pero que me haya despertado, viva hacerse mayor! ha pesado en cómo me arrastro por la casa.
He oído una voz detrás de mi: «hoy no hay churros. Está lloviendo!» Eso mi marido. Otro gato sigiloso. Me ha dado un buen susto. Cómo no!
Total, que ha salido el sol, se han vestido y han salido a desayunar a la gasolinera que está a la entrada del pueblo.
Me he quedado sola, disfrutando del olor a tierra mojada del jardín, escribiendo. Y entonces caigo en la cuenta que aquí es mi lugar favorito. Donde está mi familia. Donde me acurruco con mi hijo y me vuelvo a dormir. Donde oigo a mi hija hablar. Me da igual de qué. Hace algunos años, verla como está hoy me hubiera parecido un milagro! Me gustan los lugares donde mi marido, sin un buenos días me habla de su interés. Esta vez, churros. Le he dicho que le pida al niño chocolate. Ha flipado con ese conocimiento que tengo del mundo, mientras yo me sonrío para mis adentros. No sabía que vendían churros. Ya ves, soy tu guía Michelín, le he dicho con sorna.
Ahora me levantaré de aquí y me pondré a limpiar cada rincón de esta casa. Para poder seguir haciendo recuerdos. Como los de hoy mismo!
¿Cuál es la primera impresión que quieres causar en los demás?
Ayer nos vinimos a la que fue la casa de mi madre. Siempre que llego, nada más abrir la puerta, siento una añoranza y unas ganas de volver a momentos pasados que no son ni normal. Aún me parece raro no ver a mi madre bajar por las escaleras al llegar, ella siempre me esperaba con la puerta abierta, y rodearme con sus brazos e impregnarme de su olor a perfume.
Me gustaría que la gente me viera como yo a estas cuatro paredes. Es una casa que pasa desapercibida, que se confunde entre otras, pero que, cuando te adentras en ella solo ves cosas bonitas, recovecos secretos que, al abrirse, ves lo práctico de su existencia. Sí. Soy práctica. No me gustan las complicaciones. Suficiente tengo con las de la vida misma.
He dejado de ver a los pajaritos que habían hecho nido en el interior del enorme árbol que corona el jardín, así como las avispas que revoloteaban perezosas al calor del verano y que, para horror de mis hijos, acababan perdiendo el rumbo y colándose en la casa. Pero imagino que lo mismo pasará conmigo, la gente me mirará y buscará cosas en mi que ya no existen, que han sido sustituidas por la madurez.
Ayer salí a comer con los compañeros de trabajo, los que estamos en primera línea para atender al público. Uno de ellos, antes de irme, me dijo que yo era su ídola. Qué horror! Él llegó a esa conclusión porque, exponiendo cada uno sus experiencias judiciales, dejamos ver, con sus propias vivencias, las miserias de la vida judicial. Abogados que, además de sólo poner palos a las ruedas de sus propios procedimientos luego van con el cuento a su cliente diciendo que es que la justicia es lenta, o jefes abusadores que actúan ante la impunidad más absoluta, delante incluso de enlaces sindicales, que, por política, les son afines…y acabé contando una anécdota que tuve con una juez de instrucción que, salió de su juzgado en busca de una bronca y me encontró a mi.
Ella estaba muy enfadada porque necesitaba un favor y el juez que llevaba mi oficina le había dicho que no. Entonces la vi salir de la puerta principal y dirigirse a nosotros. A mí, que era la que estaba en la entrada. Yo me arremangué porque sabía que aquello iba a ser duro, muy duro. Y fijé los pies al suelo para que los gritos de aquella energúmena no me tiraran al suelo. Le contesté. Algo que ella nunca había vivido. Y, en un alarde de inconsciencia le dije que ella tenía a la Junta de Jueces para, y cito textualmente, «ir a tirarse de las togas con todos ellos». Mientras se iba giró su cabeza y me dijo que me arrepentiría. Le contesté con un, que tenga usted un buen día, y respiré aliviada de quitarme a aquella fiera de encima. Al día siguiente acabé en un despacho y, a los pocos días, en otro. No hubo consecuencias pero fuimos la comidilla del edificio. Luego se metió ella en política y, para ganarse mi voto, me saludó muy afable por el pasillo, con la mismas ganas con la que esperó a que le sirvieran mi cabeza en bandeja de plata. Mi compañero dice que fui muy valiente. Yo creo que fui una loca a la que siempre le ha preocupado una única cosa, que no vuelva nadie a abusar de mi porque piense que puede hacerlo con impunidad. Pero es que mi compi no sabe nada de mi..en realidad, casi nadie sabe mucho de mí. Excepto mi madre. Y ella ya no está!
Qué es lo más caro que te has comprado (sin incluir la casa o el coche).
Nunca he podido permitirme un lujo. Cuando eres madre de dos chicos autistas y empiezas a priorizar, encuentras que la vida puede ser maravillosa porque puedes pagarles la terapia, los estudios y comer. Lo de las facturas…Bueno! Esas te dejaban la cuenta en números rojos y no pasaba nada. Calculaba siempre que seguiría trabajando en el sitio donde estaba destinada y, como me renovaban cada tres meses, tampoco me echaba a la boca algo que no pudiera pagar si me paraban.
Hasta hace bien poco, la vida ha sido eso. Mirar que pudiera pagar tal o cual cosa y pagarlo a base de reunir todos los meses una cantidad.
Me he gastado mucho dinero en las oposiciones. He debido estar en todas las academias y preparadores de la isla. Excepto con una que me quedaba a tomar mucho por saco, todos me conocen. He preparado con magistrados, con secretarias coordinadoras, con letrad@s de la administración de justicia, con funcionarios, con gente que daba clase como si fueran funcionarios y que aún eran interinos…Si a mi me diera el punto de poner los apuntes que he pagado, por poner un ejemplo, en mi piso, no dudo ni por un segundo que acabaríamos, mi marido, mis hijos y yo en el garaje al hundirse el suelo con el peso. Fueron 20 años en los que conseguí lo que quería ya más por pundonor que porque yo realmente pensara que podía sacar aquello. Cuando dijeron que era concurso oposición, me subí a ese tren, y conseguí llegar victoriosa a la estación. Aún recuerdo la cara de tristeza de mi madre cuando me dijeron que el examen sería en abril, el 17 concretamente, y allí estábamos, ella y yo, en el hospital. Yo cuidando de ella y, la pobre mujer, se viene a entristecer por causa de un examen! Recuerdo que le dije que eso no tenía ninguna importancia, y recuerdo que, una vez que ella se fue, decidí no presentarme. Hasta que se lo dije a mi marido y él, a fuerza de apelar a la amistad, porque siempre subíamos en el coche a dos amigas mías, me convenció de presentarme aunque solo fuera para ver qué tal el examen. Aprobé!
Otra cosa en la que he gastado un montón de dinero ha sido en entender el autismo. Cursos, congresos, y cualquier otra actividad que tuviera que ver con ello, han sido mi brújula. Ya he dicho muchas veces que mi madre me decía que era el dinero mejor empleado. El que servía para entender y para manejar las situaciones que se plantean en mi casa, en mi día a día. Ayer, sin ir más lejos, fui a una nueva peluquería con mi hijo. En la otra a la que vamos, a la que van toda la juventud del barrio más marginal de la capital, que está justo al lado de mi casa y de mi trabajo, va a cortarse el pelo allí. Nos dio hora para el 27 de noviembre!! Mi hijo ya parece un Beatle! Pues eso, que voy al señor que le corta el pelo a mi hija y le pido hora para el crío. Antes de irme le digo que no quiero rapadoras ni secadores porque el niño es autista. El hombre me pone la sonrisa más tensa de la historia. Taladra a mi hijo con la mirada a ver si tiene pinta de formar algún pifostio en su negocio. Mientras él va haciendo esos cálculos, yo lo miro fijamente. Para ver si el resultado, reflejado en su rostro será negativo o positivo. Fue positivo. Al salir, mi hijo me pregunta que qué significa ser autista. Respiro profundamente, y calculo qué voy a decirle. Hay que ir con pies de plomo. Que no se quede con la sensación, cuando he terminado de hablar, que, ni por un momento, piense que ser autista significa ser inferior a nadie. Él me contesta que alguien le ha dicho que ser autista es ser guapo. Ha debido ser su hermana! Me sonrío y le digo: «Eso, cariño, sin ninguna duda!» Y nos fuimos a casa. A descansar de todas las carreras de la semana. A vivir en Avatar. Hasta el lunes!
De aquí a tres años ni siquiera sé si seguiré por aquí. No me pongo en plan tremendista pero, la vida misma es así. Recuerdo los planes que hacía mi madre. Ella decía que solo había que visualizar lo que deseabas con muchas ansias. Tan es así, que, increíblemente, y ante las ganas locas que tenía de arreglar su casa del sur de la isla, visualizando, visualizando, ganó la lotería dos veces. No se hizo rica, pero consiguió, unos años antes de irse, de dejarla muy bonita. Menos mal que la disfrutó a tope!
Dentro de tres años tendré la edad de mi marido. 57 tacos. Y él, desde que sople sus 60, se jubila. Años de servicio plus edad, dan como resultado que él estará jubilado mientras yo voy a trabajar. Hay algún problema? Pues no. Cero. Siempre he sabido esa realidad. Y él tiene ganas de jubilarse desde hace ya un par de años. Tiene un trabajo que no te permite estar achacoso y él, sin estarlo ya, sabe que no vamos para jóvenes. Ley de vida!
Mi hijo tendrá catorce y, en esas fechas, ya estaremos mirando qué va a ser de su futuro. Querrá seguir estudiando? No? Será ya autónomo? Seguiré siendo su lóbulo prefrontal para la toma de decisiones, o habré sido sustituida por pérdida de confianza? Quien sabe!
Mi hija entrará en los dos patitos. 22 años. Yo, a esa edad pensaba muy seriamente en dejar esta vida y hacerme humo. Espero ser lo suficientemente sostén para que eso no le suceda. Habrá aprobado las oposiciones? Seguirá contando conmigo o pensará que, definitivamente soy una carca? Tendrá pareja? Será autónoma?Tampoco sé.
Lo que sí sé seguro es que me quedan cosas por ver, por perder, por ganar…Seré gestora? Me importa eso realmente? O preferiré seguir acarreando expedientes sin ningún compromiso, sin ninguna presión? No me importa realizar tareas que tienen que ver con mi puesto anterior. Aunque llegará un momento en que me pasará como a una compañera. Que la veía por el pasillo por donde hacemos el reparto y no sabía si reír o llorar. Demasiado mayor para tirar de un carro (literalmente).
No sé qué decisiones tomaré en unos días, cuánto más en tres años. Lo que sí pediría, con permiso de quien se está llevando la suerte que debería tocarme a mi, aunque solo sea por los años, es vivir tranquila lo que me quede. Que el mayor sobresalto que me lleve sea la subida de precio de un corte de pelo. No va a suceder, pero ya me gustaría ya!
Y, por supuesto, quiero salud, necesito salud, para poder seguir acompañando a los que me quieren. Nada más. Bueno! Eso, y algún viajecito más!
Invéntate un día festivo. Explica por qué todo el mundo debería celebrarlo y cómo.
Deberíamos celebrar el día de estar sanos y ser felices. Para ello propongo que, durante todo un día, hubiera una jornada de puertas abiertas al acceso a la salud. A la física y a la mental. Me encantaría que existieran una especie de escaners, de esos que parecen el dintel de una puerta, pasar por él y recoger un papelito después. «Mira, yo que tú pondría más atención en lo que te ocurre y deberías ir al psicólogo» o salir de allí con el nombre de un buen médico especialista en eso que te ocurre y que no sabes de dónde viene. Nada de resultados funestos. Solo consejos. Así nos evitaríamos situaciones como las que ocurren en muchas familias, donde un componente de la misma, peregrina por veinte mil médicos y chorradas hasta dar con lo que tienen.
Mi madre estuvo, pues yo creo que unos dos años, buscando respuesta a un síntoma que nadie sabía de qué era. Le hicieron dos endoscopias o tres, la mandaron a un logopeda para darle rehabilitación vete tú a saber de qué, le dijeron que era la helicobacter. No. Era el páncreas. Todo venía de ahí. Pero ni siquiera casi al final de su periplo médico daban con lo que tenía. Y solo hacía falta un escaner. O una radiografía. O yo qué sé!
Lo que sí sé es que a mi madre, si le hubieran planteado pasar por debajo de una estructura metálica para salir con un papelito que le dijera: «el problema de lo que usted tiene le viene de este sitio concreto, le recomendamos que visite a tal doctor» a ella le hubiera parecido divertido y práctico. Divertido porque a ella todas estas cosas futuristas le hacían gracia, y práctico porque no interrumpía ninguno de los viajes y homenajes que se dio para el cuerpo. Que fueron un montones y que, cuando pienso en lo que disfrutó respiro un tanto aliviada.
Y así debería ser ese día! Una celebración del hecho de seguir vivos, de respirar, de sentir el sol y el aire en tu rostro! Vivir una experiencia médica corta para aprovechar el resto de tu día, de tus días, como te da la gana. Eso sí, sin la obligación de ir al médico de marras si a ti lo que te apetece ante la enfermedad es ponerte de perfil. Que también sea válido vivir, y morir, como desees. Pero sabiendo que tú hiciste esa elección. Que decidiste no poner remedio. Porque no querías hacerlo. Porque vivir sin saber es otra forma de vivir. Y de morir!
Hoy he vuelto a desvelarme, pero si pasara ahora por el escaner, saldría con un papel que diría: «bienvenida a la vida en premenopausia, buen viaje!»
Hace unos años, hubiera enumerado aquí páginas y páginas que solía visitar para sacar información sobre el autismo y sobre el tdah. Aún hoy día, visito alguna, como es el caso de autismo diario, porque Daniel Comín, que es quien la lleva, es más intenso que un perfume de Lancôme, pero es un tío que cuenta un montón de verdades sobre los engañifes que existen en este tipo de temas. Estafadores hay por ahí una barbaridad! Gente que te dice que tus hijos deben llevar determinada alimentación y que con ello mejorarán, ojo! eso ocurre solo en casos en que la persona autista tiene alguna intolerancia desconocida alimentaria. Que le pongas determinadas lavativas con determinados productos que ya verás que bien…y, cuando vas a la web de Daniel te dice lo que tienes que oir. A lo mejor no en un tono correcto, ya digo que es más intenso que el carajo, pero sí con evidencia científica. Y eso amigos, es algo indiscutible.
Recuerdo el día que lo conocí. Me fui a una charla suya en a tomar por saco en esta isla solo para escucharlo. Como una fan loca. Pues bien, en uno de los descansos, como buena fan loca, me acerqué a tantear el asunto de mi hija, que por aquél entonces, a algunos profesionales, solo les faltó decirme que la niña era de Marte.Es decir,estaba absolutamente perdida y quería respuestas. Y respuestas ya. No cuando la niña fuera mayor. Total, que le explico lo que hace la cría y bla bla y me suelta: «No sé qué problema hay en decirte desde ya que tu hija es autista». Me quedé con cara de tonta y luego me reí. Era la primera persona que era honesta conmigo y en ese momento se lo agradecí. Y siguió: «Yo creo que la niña va a salir adelante, porque por lo que cuentas solo, tiene un buen pronóstico. Eso sí, procura formarte para poder ayudarla porque así, como vas hoy, eres la víctima perfecta de cantamañanas». Y eso hice. Hasta hoy. He hecho formaciones en su web, en el año 2020 concretamente, que no dan titulación pero sirven para obtener conocimientos. Y eso es lo importante. Por lo menos cuando eres madre o padre. Cuando eres un profesional que necesita inflar su currículum no.
Otra web que visito mucho es esta misma. Quién me lo iba a decir! Mi hermana me dijo muchas veces que me abriera un blog y que escribiera y que ya vería yo que bien…Pero me costaba muchísimo contar nada que fuera mío. Sé lo vulnerable que te vuelves cuando eso sucede. Lo que no sabía era que, con esto de escribir, iba a poner en claro situaciones y malos entendidos que han habido en mi vida a lo largo de 19 años. He ido muy deprisa, he estado muy pendiente de mi hija, y he descuidado a otra gente a la que quiero. A mis hermanos, por ejemplo. Luego llegó el enano, no sé porqué le llamo enano si está tan alto como yo, y entonces todo se difuminó y solo tuve ojos para ambos. He descuidado incluso amistades, y me he visto más sola que la una, con una ansiedad a mil por horas, una depresión de caballo, que me empujaron finalmente a pedir ayuda terapéutica. Ahí llevo desde el 2020. Contando mis cosas a Elena, que así se llama mi psicóloga, encajando piezas, tejiendo, reconstruyendo la persona que fui y a la que había olvidado. Se puede uno mirar al espejo y no reconocerse en absoluto. Y eso me pasó a mi. Hasta ahora, que empiezo a ser la persona que fui.
¿Hay alguna edad o año de tu vida que te gustaría volver a vivir?
Si hay un año que me encantaría volver a revivir sería el año 2020. Algunos pensarán, «pero qué dice la loca esta??» «Qué se tomó??»
El año ese fue para mi un año de aprendizaje total. Cuando llegó el confinamiento, me di cuenta de qué y cómo estaba mi hijo. El ver a qué nivel estaban sus conocimientos de algunas asignaturas me llenó de horror, y eso que soy una madre que, quizás está demasiado encima de sus hijos, pero también soy mayor y, como todo ser humano de mediana edad, cometo errores y tengo despistes garrafales.
Lo bueno es que, sin necesidad de trasladarme a ningún sitio, conseguí que lo valoraran, primero online, y, cuando pudimos salir, presencial. Y ahí sí que se detectó lo que yo ya estaba viendo en casa. Que tenía un tdah que lo imposibilitaba para estar medianamente concentrado en ninguna actividad. Menos ver dibujos animados. Saltando eso sí. Con Bob Esponja de fondo. Así estudiaba yo para las oposiciones. Preparando el exámen en la cocina mientras lo veía a él en el salón, saltando y agitando sus manos. Muchas veces lo vi que las movía tan rápidamente que, me acercaba a él riendo y le decía que era como un colibrí, y, como él no sabía qué era eso, se lo enseñé con don Google en el móvil. Le gustó lo que vio y a mi me gustó estar con él y compartir mis días, esos días tan raros en los que solo podías salir a comprar, con mis hijos en casa.
Luego llegó mi cumpleaños. Mi cincuenta cumpleaños. Y, yo, que pensaba vivir el momento de manera épica, me tuve que conformar con hacerlo con mi madre. Solamente. Vamos!! Conformar es solo una manera de hablar! Ese mes que estuve con ella a solas fue el mejor mes de mi vida. Recuerdo aún el día en que me dio migraña y ella me puso un paquete de guisantes en la cabeza. Mientras descansaba de aquella manera ridícula, la oigo subir las escaleras de su casa corriendo, para decirme muy contenta que su marido había decidido no coger el avión para estar juntos. Ella estaba feliz y yo también. Iba a poder vivir unas vacaciones sin interrupciones. Sin tener que compartirla con nadie. Disfrutar de nuestras conversaciones, de nuestras confidencias.
Cuando se acabó el mes y cada una debió volver con su rutina, nos separamos con las pilas cargadas. Esa fuerza que ella me dio en aquél momento me sirvió para luego despedirla en un adiós definitivo al año siguiente. También me ha servido para todo lo que vino después de su marcha.
Me hubiera encantado que estuviera conmigo en estos momentos difíciles que he pasado. Saberme engañada, vulnerada mi seguridad…me ha hecho sentir con ganas de no salir de casa. Pero he pensado qué habría dicho mi madre y, con ello, he tirado para adelante. Con mucho gusto, volvería al momento justo en que nos vimos después de estar confinados y me preguntó que cómo nos saludábamos. Yo le contesté con un abrazo apretado y un beso milenario. Si tuviera que volver a algún día concreto sería ese. Y me quedaría ahí. En ese beso. En ese abrazo.❤
Es una niña que ya está entrando con fuerza en la adolescencia, y digo con fuerza, porque, teniendo la misma edad que mi enano no tienen el uno y la otra nada que ver. El es un niño inmaduro que aún no sabe qué quiere, que desea su cuerpo serrano. Para él peinarse consiste en darse para un lado con el cepillo al flequillo y se acabó. Mi sobrina es una chavala ya con criterio, con su poquito de gusto para vestirse y peinarse. Independiente en un montón de historia. Nada que ver con mi hijo. Bueno, si! El amor que se profesan. No solo está encantada siempre de coincidir con el primo, sino con mi hija que, mentalmente, para algunas cosas no quiere dejar su infancia. En algunas cosas ha quedado anclada a ese tiempo fruto de no haberla exprimido como se debe. También es verdad, que la suya fue una infancia triste, sin juegos, intentando superar las dificultades que lo que la rodeaban le ponía y eso, amigos, es la excusa perfecta para actualmente jugar con peluches con su hermano. Me enrollo. Vuelvo a la descripción.
La niña es como las princesas de cuento pero sin la sosería de algunas. Tiene unos ojos azules enormes a la que acompaña una sonrisa brillante enmarcado todo en un rostro ovalado, y, con una piel, como dirían algunos carcas, hecha como de nieve.
Tiene mucho sentido del humor y una toma a tierra, a la realidad, muy heredada de su padre. Me ha explicado su madre de qué va a ir disfrazada en Halloween y, mientras algunas chavalas a su edad quieren ir guapas a la par que, con un pelín demasiada piel a la vista (ya he dicho arriba que soy una carca. Si. Lo soy para algunas cosas) ella va a hacerlo con uno de esos disfraces que pareciera que llevaras una persona o un animal encima y, donde te cuesta distinguir dónde acaba el disfraz y dónde empieza la niña. Me la puedo imaginar riéndose, con esa risa escandalosa que tiene, con el grupo de amigos del cole.
Es una chiquilla madura y sensata a la que le ha tocado lidiar con una separación temporal de sus padres y con una enfermedad de su madre. Me invitó, o mejor dicho, nos invitó a su comunión, y yo, que era la que pensaba darse el atracón de avión en un fin de semana, no pude coger el vuelo. Me puse mala. Mala nivel que casi era incapaz de levantarme de la cama. Tan enferma estuve que pensé que había pillado el covid. Pero no. Era una faringitis galopante. Solo tengo las fotos de recuerdo, las que mi hermana me mandó mientras yo agonizaba literalmente en mi cama sin poderme ni girar.
Durante todos estos años, once concretamente, hemos creado un nexo, un lazo fuerte e invisible de amor entre nosotros y ella. Tanto es así que, hasta mi marido, ese hombre al que no le importa nada si hay comida delante, es de los que reclaman verla aunque solo sea un día. Una vez. «Lo buena que esta niña y lo mucho que quiere a sus primos!!» Esa es la frase más repetida por él cuando nos reunimos. Y es cierto. Cuando mi familia se reúne toda en cualquier sitio, mientras veo a los chicos jugar y reirse, puedo sentir el amor subiendo por mis piernas hasta llegar al corazón. Y ahí se queda toda esa energía hasta la próxima vez que nos encontramos. Y así debe ser siempre.
De lo que más orgullosa estoy en mi vida es de lo bien que está la vida de mi hija en estos momentos, a pesar de que aún tiene que buscar trabajo. No me importa. Puedo sentirme muy orgullosa de ella siempre y en todo momento.
Pensar que, cuando era pequeña, no hablaba absolutamente nada, que tuvimos que enseñarla a señalar, que tuvimos que quitarle el pañal a fuerza de calendarios, papeles y cruces, y ahora me dice, «la semana que viene damos los actos de comunicación» en las clases a las que va a preparar las oposiciones, cuando eso sucede, soy la mujer más feliz y orgullosa del planeta Tierra.
Con el niño, bueno, aún vamos en el camino. Este principio de curso le hemos quitado la medicación porque creemos que su tdah está más controlado. Tal vez me equivoque pero, teniendo en cuenta que, cuando fui al neurólogo me mandó unas pastillas de caballo para él, porque lo que tomaba no funcionaba, y haber conseguido que no las necesitase finalmente, pues también es algo de lo que vanagloriarme (nunca nombro a mi marido, pero para él, el camino recorrido es un motivo de orgullo y satisfacción a partes iguales).
Ayer se me puso delante, mientras compraba y lidiaba con el ruido que provenía del centro comercial donde estábamos, una madre que conocí en el primer gabinete al que fuimos. Era de este tipo de mujeres que te habla mucho de su hijo, de todo lo que el niño hacía bien, pero que daba muy pocas pistas, o ninguna de qué le pasaba a su hijo. Es de estas personas que tengo en mis contactos telefónicos, por insistencia de ella misma, que mira mis estados, pero que jamás me dice ni un por ahí te pudras. Total, que nos saludamos y, como siempre, a mi me dio una verborrea de estas que utilizo para llenar los silencios incómodos. Canté loas en honor a mi hija, dije versos en torno a la vida de mi hijo…y ya no supe qué más explicar. Para mi sorpresa, pues como digo, me reconoció que mira mis estados de móvil, me dijo que me daba la enhorabuenísima por haber conseguido, no solo sacar a los chicos adelante, sino también mi vida. Según ella, hasta el bachiller de su hijo, estuvo estudiando con él o ayudándolo en los estudios, y con ello había cortado sus alas vitales. Su hijo nos miraba a ambas como si no entendiera nada de nada. Y yo quise hacerle un diagnóstico sobre la marcha y luego pensé que, ni era asunto mío, ni no ha sido nunca porque como digo, su madre jamás me dijo otra cosa sino que el chaval era la monda lironda. Como si fuera a terapia por insistencia de las propias psicólogas. Ella es de esas madres que no hacen el duelo nunca.
Me quedé pensando en qué iba a hacer ahora que su hijo iba a la universidad, está haciendo un grado de informática, me dijo, cosa que no tengo idea de qué es, o a qué equivale. Qué hace uno cuando se ha pegado 17 años de su vida junto a su hijo, para que no se saliera del camino? Ella debió notar mi pregunta en la cara y me dijo que podía sentirme orgullosa de haber conseguido no solo cosas para los demás sino que no había sacrificado a mi persona. «Y encima, con dos!» me dijo.
Yo no sé si tengo que sentirme orgullosa o descojonarme viva porque aprobé las oposiciones con 51 añazos, promoción interna con 54 y, como todo siga ese ritmo, llegaré a gestión a tiempo para jubilarme. Pero de lo que hemos conseguido con nuestros hijos si. Quien anda caminando por esa vereda por la que transitamos mi marido y yo hace 19 años, y va por el principio, esto es, a oscuras y con una linterna de medio pelo, sabe que alcanzar ciertas metas, algunas tan fundamentales como que tu hijo o hija te diga un «me duele aquí», es algo que requiere de un esfuerzo titánico, y que, a pesar de todo, a pesar de sudar la camiseta en cada uno de los pasos que da, puede que no de el resultado esperado y debas escoger otro camino. Más largo. Más penoso. Pero esto es así. Ensayo-error. Una y otra vez. Hasta que das con la tecla.
Si hay alguien que lea esto alguna vez, solo quiero decirte que, aunque las cosas se te pongan del color de las hormigas, aunque debas renunciar y hacer un duelo del hijo o de la hija que imaginaste que ibas a tener y que no tendrás jamás, no todo es de color tristeza. Hay un montón de alegrías, metas alcanzadas, logros desactivados, gente bonita a la que conocerás andando el mismo camino que tú, y en la que podrás cobijarte cuando arrecie el temporal y te sientas profundamente desamparad@. Mucha fuerza! Recuerda que hay quienes vivimos en Avatar y hemos conseguido ser profundamente felices.