Anoche soñé que mi hijo no era autista. Estoy convencida de que esto es así porque su forma de hablarme, de mirarme, no era la que veo cada día. Era distinto. Con un empaque de madurez que no tiene por su alto tdah, que deja su prefrontal vendido ante las vicisitudes de la vida diaria.
Lo peor es que, junto a él, estaba el niño autista. Quieto. Como a un muñeco al que se le han acabado las pilas. Estaba frente a un plato de comida ya vacío, mientras yo advertía al que me miraba de frente que tuviera cuidado con él, no fuera a hacerle algo.
Lo más curioso, si a este sueño se le puede tildar de curioso, es que mi hijo es cero violencia, cero agresivo, nunca ha tenido una crisis, también porque uno ya sabe que la anticipación es un plus de calidad para su vida, y me ha dejado muy mal sabor de boca. Si algo me apasiona en la vida es ver lo maravillosas personas que son mis hijos. Son algo fuera de serie. Por eso me ha molestado que mi cerebro se haya comportado como una inteligencia artificial y me haya dado la imagen de otro niño que jamás he pedido. La mente humana es así y se resetea en forma de sueños absurdos.
Al acompañarlo al cole, le fui anticipando el cambio de horas y de días en las terapia, luego le he dicho que ya le queda poco para acabar el curso, y sonriendo me ha dicho que se me ha olvidado darle la medicación. Le he dicho que tampoco era necesaria ya a estas alturas, y, sonriendo me ha dicho: «Qué bien! Hoy toca paella en el cole!» Lo dice porque la medicación le impide tener hambre y claro, hoy va a hacerle el amor a su plato de paella, y se lo va a comer muy a gusto.
Me he despedido de él con un te quiero más sentido que otras veces. Que no se le olvide nunca, que no se me olvide nunca que en ese metro y medio de ser humano habita todo el amor que se merece. El mío propio y de quien se molesta en conocerlo como es realmente. De quien lo ama incondicionalmente.
¿Cuál es ese pequeño lujo sin el que no podrías vivir?
No sé si llamarlo pequeño lujo o uno bien grande, pero lo que sí es cierto es que, sin ellas, no podría vivir. No es algo subjetivo, no es algo banal, no lo digo por decir, las terapias han cambiado la vida de mis retoños y, por ende, las de mi marido y la mía. Tan es así, que sin ser lo mismo, decidí yo acudir a unas para mí en el 2020 cuando todo en mi vida comenzaba a cambiar. Y ahí sigo.
Todas son privadas, no te dan ninguna, o te dan unas pocas, dependiendo de la Comunidad Autónoma en la que vivas. Aquí, no te subvencionan nada, y eso que, cuando empezamos, yo no trabajaba y el sueldo de mi marido tenía que sostener los gastos de la terapia, más la hipoteca de la casa, más la comida, más la guardería…
Recuerdo una vez, hablando con una madre allí en el gabinete, llegamos a la conclusión de que, a pesar del daño económico que sufríamos, era de lo último que pensábamos renunciar. Ella tenía muchos problemas. No tenía casi dinero, vivía de ayudas y de comer en cáritas, hacía magia con cada euro. Me contó que prefería pasar hambre que volver a ver a su hijo en los inicios. A la casilla de salida. Me quedé reflexionando un rato largo después de que ella se marcharse con su niño. Qué sacrificios se hacen en pro de la felicidad de un hijo!! Qué cantidad de cosas eres capaz de dejar por el camino!
Eso sí, busquemos siempre un buen terapeuta. No uno que tenga lista de espera o que te cobre un riñón cada vez que vas, o, si en caso contrario, lo de dar el riñón funciona, que te trate con respeto. Que no te haga esperar una hora en la sala de espera, por ejemplo. Y que si lo hace, te de una explicación de por qué ha sucedido.
Una vez, estando con mi hija, la terapeuta no paró la sesión anterior y, se pasó de su hora unos 30 minutos. A mi hija se la llevaban los demonios. Cuando la terapeuta salió a buscarla, mi hija le dijo lo que pensaba, a la cara y a las claras. Pero yo no podía estar más de acuerdo con ella así que me callé. Cuando terminó de hablar, rematé con un, ella es tu paciente y yo soy su madre, así que, mejor, nos buscas otro hueco porque en este estado, no está para terapias. Así que, nos vamos!
Al salir a la calle mi hija me miraba preocupada, sin saber si estaba o no enfadada con ella por lo que había sucedido. Luego me preguntó con algo de miedo y, entonces, me paré, la miré y me eché a reír. «No mi hija» -le contesté- «has estado genial, muy educada y te has explicado como la niña madura que eres. Quieres que nos tomemos alguna cosita?» Entonces nos sonreímos y plantamos nuestros cuerpos serranos en una cafetería. Y así también hubo terapia. Mirándonos a los ojos. Hablando. Terapia de la buena!!
¿Qué es lo más importante para tener una buena vida?
Hace ya más de una semana que volvimos de visitar a la familia allende los mares, y ya la vida me ha empezado a pasar por arriba como un elefante. Llevo toda la semana intentando, que no consiguiendo, mantener un cierto orden en casa y en mi vida, concretamente, en la planificación de mis estudios que andamos ya, en la recta final. Hemos llegado y hemos empezado con los deberes del niño, sus exámenes, las clases de mi hija, las malditas lavadoras…La rutina vaya!
Nada más poner un pie en tierra después de un viaje de tres horas, recordamos que era el cumpleaños de mi hija. No porque no lo supiéramos de entrada, lo sabíamos, pero no habíamos tenido tiempo de disfrutarlo con el ajetreo del viaje. El avión de vuelta a casa sufrió un pequeño retraso, y la pobre se pegó toda esa espera diciéndole a su hermano que se relajara mientras yo, por otro lado, hacía lo que podía para no pedir que nos pasaran antes incluso que un pobre muchacho que volvía de una operación de cadera. Pero es que el nivel de desesperación que te entra cuando algo se tuerce y tienes que razonar con un chaval que, con su hiperactividad podría volar sin necesidad de avión, es muy alto y muy muy estresante.
Entonces llegó el sábado, y con él un recordatorio de mi marido de que debíamos celebrar los 19 años de nuestra chiqui. Salí corriendo a la pastelería que tenemos a un paso de casa y compré la última de las tartas de su estantería, la puse en la nevera, y le dije a mi hija que por la tarde soplaría las velas.
Me fui a estudiar, y, en esas estaba cuando comencé a observarla. Lo mucho que ha cambiado en esos años es algo que me deja sin aliento. Anoche, sin ir más lejos preparó tacos para su hermano y para ella. Había ido al supermercado, que también tenemos a dos pasos, y había comprado los ingredientes ella sola. De hecho, subimos juntas en el ascensor mientras me explicaba sus adquisiciones. Para mi hija, crear platos, cocinar, es algo muchísimo mejor que comprarse unos pantalones o una camiseta y lo disfruta el triple.
Nos estamos planteando el que deje la terapia, o buscar otra terapeuta que le de un horario cerrado de citas y no una que le busca un hueco improvisado o uno que ha soltado otro paciente, no porque ella no tenga tiempo, tiene todo el del mundo y puede ir a las que se le propone, el problema es que las olvida. Si ella tuviera un calendario de, por ejemplo, voy a terapia cada quince días los lunes, todo correcto, pero si las citas son distintas cada vez, Houston, tenemos un problema.
La cuestión es, que, a pesar de quienes me rodean, que dicen que soy o somos como padres muy esto o lo otro, lo único que hemos buscado todos estos años en los que ella se ha convertido en una chica maravillosa, ha sido que fuera feliz. Pero no feliz a base de llenarle las manos de cosas, o de cerrarle la boca a base de otras, queríamos que fuera feliz porque se sintiera cómoda en su propia piel. Que lo que ella es, esto es, una persona increíble, autista, para más señas, no le impidiera disfrutar de todo lo que la vida ofrece, no como en una fiesta llena de excesos, sino de pequeñas cosas, como cenar tacos con tu hermano, tacos hechos por sus manos. En eso consiste todo. En disfrutar de todas las pequeñas cosas, de todos los pequeños momentos. Cuando estamos sentados en la mesa de la cocina, a punto de comer, nos miramos los cuatro a los ojos y brindamos. Ayer fue por la familia. A veces brindamos por el amor que nos tenemos. Porque de eso va todo al final. Lo que hayas sabido disfrutar. Que el saldo salga positivo.
Esa ha sido nuestra realidad. «¿Qué te puedo dar, que no me sufras?» dice la canción de Víctor Manuel, ese fue nuestro mantra durante estos diecinueve años, y digo nuestro porque en eso mi marido y yo hemos hecho piña. No nos hemos puesto de acuerdo en muchas otras cosas, pero en las fundamentales, si. Cuando nos dieron el diagnóstico, un agujero negro, enorme, se abrió a nuestros pies, y, mientras giraba éste sobre sí mismo, oímos que una voz nos decía, «si queréis que esto mejore, tenéis que saltar al agujero». Y sin pensar en nada más, sin importarnos qué sucedería y cómo de terrorífico podría llegar a ser todo, nos cogimos de la mano y, de un impulso, saltamos al vacío. Y no hemos parado de girar hasta que, por fin, la encontramos y la trajimos de vuelta. Con nosotros. A nuestra vida.
A ver cómo explico esto. Soy una persona absolutamente tímida. Muchísimo. Este blog lo ha leído más gente desconocida que mi propia familia de la que creo que solo lo conocen dos personas. Mis hermanos. A tope siempre con ellos!
Cuando era pequeña, y nació mi hermana, la gente, que de psicología infantil iban suspendidos, solían decirle a mi madre, delante de mí, «hay que ver tu hija la mayor, lo fea que ha salido la niña y lo linda que es la otra». Puedo jurar que me daba la risa, pero me parecía que decir eso delante de la persona de quien se hablaba no era muy acertado, o era una inoportunidad, o como lo quieran llamar. Mi madre se indignaba y solía decirles y afearles lo dicho así que dejaron de hacerlo.
Jamás sentí celos de quien yo, objetivamente, veía más bonita. Es que era obvio!! Lo que sí que ocurrió es que empezó a minar mi confianza, hasta hoy prácticamente. Eso de que te llamen fea, a granel, no ayuda no.
Luego vinieron los insultos, pero eso fue más tarde, cuando a mi madre la brújula de su vida se le volvió loca y me quedé un poco al pairo en el mar de nosesabedónde. Los insultos venían por el tamaño de mi nariz y de mi boca que, al llegar a la adolescencia, se vieron por fin, más proporcionados en mi cara. Mucho gilipuertas dijo que el patito feo se había convertido en cisne. Hay que joderse! Dice mi marido que debo tener algún pariente de la península porque mis rasgos son muy poco isleños, como mi hermana. No creo que haya gente que no piense que ella nació allí, gente que la conoce poco vaya! No somos ni morenas! He de decir, porque tengo fotos, que era una niña muy bonita, con cara de ser muy retraída, con una hermana que era más bonita y que tenía más desparpajo. Punto.
En ese momento, cuando vi la realidad, cuando la adultez llamó a mi cabeza, descubrí que la gente solo me atacaba porque podía hacerlo. Porque sabían que no iban a recibir respuesta. Que yo me llevaría lo que me dijeran, cargando su mierda en mi mochila, y que podían, además, hacerlo con total impunidad.
Y entonces dije hasta aquí. Y entonces seguí siendo tímida pero como me insultaras te ponía bien en tu sitio. Cuando me contestaban que porqué me ponía así, que me parece de tener muy poca vergüenza preguntar algo como eso después de faltarme el respeto, les decía que porque me habían insultado y porque me daba la gana, y que, si alguna cosa más querían decirme que aprendieran a decirlo en verso. Me convertí en alguien solitario. Salía sola, me busqué la vida yo sola…y así aprendí un montón.
Otro que también puso de su parte fue mi padre. Durante todo el tiempo que conviví con él, que no fue mucho, se encargó de poner mi autoestima a nivel de una alfombrilla! Lo último que me dijo, las últimas palabras que me dirigió, fue que dejara de molestarlo, que no fuera a visitarlo más, que no quería saber más de mí. Toma! Premio al mejor padre del mundo! Y lo cumplí! Si señor!! Lo hemos cumplido los dos.
Ahora, en estos momentos, cuando alguien me ataca me aturullo durante unos segundos, me quedo colorada, respiro y suelto. No lo primero que se me pasa por la cabeza, no. Le digo lo que pienso de manera desapasionada, sin enfadarme. No merece la pena. Sólo me encargo de dejar su porquería en sus mentes, para evitar que quede en la mía.
En cuanto a mi autoestima, bueno, esa es más difícil de apuntalar. No sé si era en Pretty Woman que la protagonista dice algo como «es más fácil creer todo lo malo que se te dice», algo así, y es cierto. Se te queda en el adn insertado como una lanza y ahí vive hasta que decides que ya no más. Pero claro, es tan difícil de arrancar!
Cuidemos mucho siempre lo que decimos al de enfrente. Puede que tus palabras, sin saberlo, queden dentro de esa persona haciéndole daño. No estropeemos las mentes ajenas! Caminemos por ellas con los pies limpitos, que también es algo que he leído por ahí y que es una verdad como un templo. Dejemos siempre huellas bonitas!
¿Cómo sabes que ha llegado el momento de desconectar? ¿Qué haces para que suceda?
Ayer estuvimos de comida familiar. Una forma de pasar el tiempo y de disfrutar los últimos momentos en familia. Cuando estábamos en ello, el marido de mi madre, ahora viudo, me dijo que iba a vender su empresa. Fue una sorpresa mayúscula porque pensé que moriría con las botas puestas. Currando. Claro está que él cumplirá en septiembre 90 años, y que sigue yendo a trabajar todas las mañanas. Una empresa a la que ha dedicado cuarenta y pico de años de su vida, con la que empezó de a poco y que lo llevó a ser un hombre rico. Él era de esos hombres ordeno y mando cuando lo conocí, de los que tenían que salirse con la suya porque era capaz de vender hielo en el Polo con su palique. Y tenía que llevarte a su terreno lo quisieras tú o no.
Recuerdo cuando comenzó con mi madre, deseando ser de mi agrado, convencerme de que él sería diferente, que la haría feliz. Y así fue, excepto porque llegó un momento en que mi madre no podía entender que, a su edad, no delegara o no vendiera el fruto de SU trabajo. Y recalco SU porque nadie más que él se ha desvivido por esa empresa.
Puedo recordar la infinidad de veces que mi madre y él discutieron por este motivo. Ella siempre deseó que colgara la chaqueta, se pusiera cómodo y se jubilara y se dedicaran los dos a viajar y a vivir la vida. No pudo convencerlo. Él, porque así es la gente de poder, creyó que estaba todo resuelto. Que él moriría antes que ella, que sus hijos se harían cargo de todo y que no había más que hablar ni decir. Pero la vida, como dijo mi madre, no es lo que uno cree, lo que uno piensa, no somos videntes. La vida es lo que es, lo que te da. Y se acabó.
Ahora, con la soledad, los años, los hijos que no quieren saber nada del negocio…todo junto ha hecho que tome esta decisión, para beneficio de sus empleados, pero con todo el dolor de su corazón.
Ayer pude notarlo más pequeño, triste, no puede hacerse a la idea de que dice se acabó para siempre. Debe ser durísimo tener que aceptar dos pérdidas tan importantes en tres años, además de tragar con la idea de que ninguno de sus hijos heredó su talento.
También me ha dicho que no viajarán como pensaban hacer él y los suyos, este verano a la isla. Que no puede ser, que tiene muchos frentes abiertos, y he pensado lo mismo que la pregunta que hace la aplicación, cuándo sabrá este hombre que debe parar? Me pasará a mí lo mismo? Pensaré que debo tener bajo un manto protector a mis hijos aunque ellos sepan buscarse la vida perfectamente? Sacrificaré mi vida, mi tiempo de ocio, mi vida personal de la misma manera? Difíciles preguntas que soy incapaz de contestar.
¿Qué significa para ti «tenerlo todo»? ¿Es algo alcanzable?
El lunes partimos rumbo a la costa mediterránea, lo que se traducirá en tres horas de vuelo, metida en un artilugio de acero, con tres personas autistas y con tdah. Vamos por poco tiempo, así que, la pesadilla del viaje se repetirá antes de que se me olvide lo que fue el primero.
Soy, en esta familia, la que saca los pasajes, la que imprime las tarjetas de embarque, la que tiene que buscar dónde quedarnos aunque en ese sentido la familia echa siempre un cable. Hasta ahora no he pagado alojamiento.
Tengo que tener en cuenta que llevamos la documentación encima, la que piensa qué vamos a llevar de vestimenta, a la que no se le puede olvidar las medicinas…
Si algo sale mal, se me estará recordando en qué metí la pata hasta el siguiente viaje, pero eso sí, nadie va a tomar las riendas de lo que quiera que haya hecho mal. De eso no tengo que preocuparme puesto que lo seguiré haciendo yo.
He puesto que tengamos embarque prioritario. Muy prioritario. Puedo pagar por eso lo que haga falta. Evitar las esperas en un aeropuerto, no hacer colas, es mi mantra. Yo me atrevería a decir que deberíamos pasar antes incluso que la gente que va en primera clase, pero eso no ocurre. La compañía no pregunta si hay alguna persona autista entre sus pasajeros, y, aunque lo hiciera, solo podría señalar al enano. Los otros dos son adultos y quieren que se les trate como a los demás aunque eso les suponga alterar su niveles de estrés. Cuando quieres pedir alguna adaptación porque vas acompañando a una persona con discapacidad, lo más que te ponen es, o una especie de distintivo que dice que eres autista, que ya les digo yo que mi familia lo rechazaría de plano si lo hubiéramos visto alguna vez, o te ponen una silla de ruedas. De verdad que no he visto ninguna otra cosa. Puedo equivocarme un montón porque viajamos cero. No iba a ver a la familia desde que falleció mi madre. Ya ha llovido ya. Y fui yo sola. Suficiente tenía con perderla para que me estuvieran diciendo en qué debía preocuparme y ocuparme. De eso nada!
Luego hay algo que me hace una gracia terrible. No he visto jamás, en ningún otro sitio del planeta, secadores de manos más ruidosos que el de los aeropuertos. Jamás. El ruido puede traspasar el cubículo donde se encuentra, salir por la puerta, atravesar un montón de asientos y mostradores, y llegarte perfectamente nítido a donde te hayas puesto a esperar. Es algo que me resulta absolutamente incomprensible. Si existen coches que no hacen un puto ruido, dónde diablos fabrican esas chatarras? En fin. Divagaciones.
Hoy voy a intentar, que no sé si conseguir, comprar unas mochilas y que cada uno cargue su equipaje y se haga responsable de lo suyo, y, digo intentar, porque mi marido, el dios supremo de, como no me llevo nada bien con la tecnología eso lo haces tú, se ha enfadado. Porque claro, que yo me encargue de todo, que esté preparando un examen, que haya tenido que dejar apalancado el máster que estaba realizando, que tenga el estrés, en definitiva, en todo lo alto, no es suficiente, así que él reclama cuidado y atenciones que no recibe porque yo estoy haciendo de pulpo. Pobrecito mío!!
Cuando haya pasado lo del viaje, cuando llegue al aeropuerto de mi isla, miraré a mi alrededor, confirmaré que he salido indemne, cogeré mi mochila para dirigirme al coche, y cuando ya esté allí pensaré, lo tengo todo? Si la respuesta es si, llegaré a casa y me sumergiré en la siguiente situación estresante de mi vida. Los exámenes. «Poco a poco chiqui, paso a paso». Eso me diré. Luego, me daré dos palmaditas en la espalda y seguiré.
Hace un tiempo, cuando el mundo aún estaba medio por hacer, existía una muchacha cuya madre había fallecido hacía muy pocas semanas. Antes de fallecer, su madre le regaló un pequeño colgante, tan pequeño era, que había que acercarlo mucho a los ojos para ver cuál era su forma. Consistía en una pequeña piedra azul que, al mirarla de cerca, contenía una luz blanca, luz que, a veces, iluminaba sus noches haciéndole compañía. Alejando su tristeza.
Al quedarse tan sola, había dedicado a su madre mucho tiempo por su enfermedad, decidió que iba a emplear el tiempo que ahora le sobraba en pasear junto a un río que pasaba junto a su casa, pensando en qué haría con su vida a partir de entonces y en qué iba a invertir su tiempo. Le gustaba caminar durante mucho rato, para así volver agotada a su casa, caer en la cama, y dormir hasta el día siguiente.
Un día, a la vuelta de uno de esos paseos notó que no llevaba el collar al cuello. Lo buscó con desesperación por toda la casa y, al no encontrarlo, se durmió llorando decidida a salir al día siguiente y caminar sobre sus pasos para ver si daba con la joya. Como no pudo pegar ojo, al salir los primeros rayos de sol partió de casa decidida a encontrarla. Buscó y buscó pero no encontró su colgante.Entonces cayó de rodillas junto al río y comenzó a llorar. «¿Cómo había podido ser tan tonta? Cómo podía haber perdido su único bien más preciado, el único recuerdo de su madre?»
Se puso boca arriba sobre la hierba, puso sus manos sobre su pecho, y, en voz alta, pidió disculpas a su madre. Luego se hizo el silencio. No se oía ni siquiera el ruido del agua. Parecía que el tiempo se había detenido.
Abrió los ojos extrañada y, frente a ella, pudo ver la cara de su madre, sonriendo. «No debes preocuparte» -le dijo- «mi legado está dentro de ti, tu bien más preciado eres tú misma. No necesitas mi joya para recordarme. De todas formas, espera a que anochezca, el amor que contiene brilla mejor en la oscuridad».
Entonces, pensando que había soñado entró a su casa y se sentó a pensar en lo sucedido. Anochecía ya cuando vio una luz brillante junto a un árbol, tanto, que no le hizo falta alumbrarse para llegar a donde estaba. Se agachó y, efectivamente, allí estaba aquella piedra azul reluciente. Entonces pensó en las palabras de su madre. Se lo colgó del cuello y se fue a la cama con él, con su luz, su compañía, sonriendo.
Me gustaría legar mi paciencia, el saber entender, como lo he hecho, a la persona que tenía en frente, sus diferencias, sus imperfecciones, iguales o distintas a las mías, pero complementarias. Como las piezas de un puzzle. Me gustaría legar el amor, en general. El que siento por mi marido, por mis hijos, mis hermanos…El amor que siento por mis amigas, esas que me han ayudado a tejer la red sin la que, la caída por la muerte de mi madre hubiera sido más tremenda. La que impidió que me hiciera añicos.
Me gustaría legar mi constancia, mi empeño en conseguir las cosas que quiero, esa me ha permitido ser la mujer que soy hoy día. La que siente curiosidad por todas las cosas y tiene la ambición de crecer y seguir conociendo cosas distintas y maravillosas.
Quiero legar mi insensatez, esa que me llevó a abrir un blog solamente por la locura de escribir todo lo que llevaba años escapando como una pequeña gotera y que ya deseaba ser río, ser contado.
Quiero también legar mi mal humor, mi suspicacia, como diría Peter Parker, mi sentido araña, esa que hace que se me ericen los pelos del cogote. Los que detectan la mala baba de algunos a un montón de metros, que hace que los evite como un mal hedor. Aunque eso, si se me permite, lo legaría íntegramente a mis hijos, para poder cerrar los ojos sin sentir la incertidumbre de qué será de ellos como último pensamiento. Quiero que, si en alguna parte ponen descansa en paz, no sea solo una frase hecha, quiero cruzar al otro lado ligera como un pajarito, como una alondra, volar directa y decidida a los brazos de la oscuridad. Sin ninguna pena, empujada con todo el amor.
¿Cómo mantienes el equilibro entre el trabajo y la vida personal?
Difícil pregunta esta. A mi, el trabajo que realizo se me ha entremezclado con mi vida personal de todas las formas y maneras. Hubo un tiempo, antes de nacer mi hijo, que me traía el trabajo a casa para luego repartirlo a los distintos juzgados que habían de camino al mío. Tenía, por supuesto, el permiso, no solo de mis superiores inmediatos, sino de quien estaba por encima de ellos dos. Yo llevaba un carro, esos que son de compra, y, mientras iba llevando a mi hija de camino a la guardería, se iba conociendo a todos los compañeros que me iban preguntando por la evolución de la niña. He de decir, que, durante un tiempo, casi un año, no hablaba de otra cosa que de ella. El diagnóstico me había conseguido enmarañar todas mis ideas, y no pensaba con claridad. Los compañeros aguantaban la chapa con una mezcla de pena y no saber qué decir. Seguramente, ahora, a mis años, eso no hubiera pasado. Lo bueno es que, a veces, le esperaba una pequeña bolsa de chuches, o un regalito minúsculo hecho por alguien, lo malo, es que tenía que levantarla muy temprano para llegar a todo antes de las nueve de la mañana que habríamos al público. A ella que odia madrugar.
También estuvo siempre el sacrificio de no ir ni hacer muchas cosas «porque mamá está estudiando para las oposiciones». Pero eso se acabó, y ahora que estoy preparando promoción interna, no quiero perder el foco de mis hijos. Ya no más. Me gusta estar enterada de todo lo que hacen, de todo lo que tienen fuera y dentro del cole, de sus clases, me gusta acompañar a mi hija en el gimnasio. Ver lo fit que es. A veces, sin que me vea, la miro hacer algún ejercicio de yoga, y veo con admiración que lo ha conseguido realizar completamente. «Ole mi niña!!!»
Todo esto lo cuento porque el otro día, mientras estudiaba, como tengo una casa minúscula, puse el oído en lo que pasaba en el salón, porque noté que mis retoños empezaban una discusión, o más bien, mi hija se enfadaba muchísimo con su hermano y este guardaba silencio. Fui al salón y me lo encontré con un plato de lentejas, solo y a oscuras. Le dije que fuera a la cocina a comer y estuve con él sin preguntar. Cuando ya acabamos, volví a mi habitación y él fue casi detrás a decirme que iba a contarme una cosa que poco más o menos venía a ser un secreto de estado. Lo era para él. Pero era solo la razón por la que su hermana estaba enfadada. Quería explicar todo tal y como fue y que yo lo escuchara. Sin opinar. Me dijo que su hermana y él habían tenido una interferencia. Después de escuchar lo sucedido, le expliqué que era un malentendido. Me dijo que sentía que tenía una disculpa. «Te quieres disculpar?» -Le pregunté. Y me contestó que no. Que eso le tocaba a ella mientras ya le asomaba una lágrima en el ojo. Luego vino ella, compungida, pidiendo perdón, y diciendo que «es que él es muy cuadriculado». «Tú no piensas que, a lo mejor eres igual, y que tu cuadrado ha chocado con el suyo?» -Le dije. Y se echó a reir.
Entonces la abracé a ella. Por reconocer como una buena persona que es que se había equivocado y por tener el valor de disculparse. Después lo abracé a él. Porque sé que un enfado de su hermana con él, le duele profundamente.
Estas son las cosas que no quiero volver a perderme, en las que no quiero dejar de estar nunca más. Por eso, tras suceder lo que he contado guardé mis apuntes y decidí estar presente en mis hijos. Mientras ellos quieran. Mientras me lo permitan.
¿Cuál es la prenda o el accesorio más antiguo que llevas hoy?
Tengo una camiseta, con un ribete dorado, muy elegante, que me pongo cuando hace frío y necesito ir bien vestida pero sin pasarme, porque, cuando uno va a juicio, debe ponerse un poquito bien, no mucho, pero si lo suficiente para no parecer una irrespetuosa con el juez, que se pone su traje y su toga encima . Mi camiseta es de manga corta pero es abrigada y, cuando uno tiene problemas de menopausia, me es suficiente en días como el de hoy, un dia lluvioso y un tanto frio. La camiseta perteneció a mi madre. Ella cuidaba su ropa como su cuerpo, con mucho mimo. Total, que ella y yo teníamos la misma estatura, misma complexión, misma talla de zapato. Mientras la cuidaba en el hospital, le dio por pensar lo desamparada que iba a quedarme sin su ayuda económica aunque a mi eso me daba igual y se lo dije. Yo hubiera renunciado a todo por disfrutarla un año más. Por eso mismo, y porque una madre no deja de serlo hasta que la vida le dice hasta aquí, me pidió que fuera a su casa y cogiera lo que quisiera de su armario con toda la confianza. Zapatos, ropa de deporte…Le dije que no.
Después de fallecer, tuvimos que arreglar lo de la herencia, con lo que me vi obligada a volver a viajar porque la herencia debía aceptarla en el lugar donde había recidido y fallecido. Un tute de un montón de kilómetros cuando tú lo único que deseabas era estirar el tiempo pasado con ella unos pocos años más. Me llevé una maleta vacía que me traje cargada de su ropa, de su olor. Esta camiseta debe tener un porrón de años porque ella, como digo, trataba todo con mucho mimo. Me gusta ponérmela cuando estamos en sala. Me gusta sentirla junto a mí, aunque fuese a modo de tejido. No sé si a otras personas les pasa, pero mi madre tenía un olor corporal producto de sus cremas y perfumes que daban una idea de ser una persona limpia y cuidada, e impregnaba todo con él.
Hoy hemos celebrado un juicio que, por unos instantes, y, a consecuencia de lo demandado, la oí hablarme y decirme que la gente podía llegar a ser muy sinvergüenza. Notaba su indignación, que debía ser la mía propia, y, para calmar la rabia, decidí imaginar que, quien litigaba, iba a perder el juicio, y que la iban a condenar en costas aunque no tengo ni idea de si eso será así o no puesto que no estoy en la cabeza de mi jefe. Entonces oí la risa de mi madre, esa risa de cascabel que le daba cuando yo le soltaba alguna tontería de las mías. Ella también pensaba que eso debía serlo justo. Pasé mi mano por la camiseta y, por suerte, mi indignación bajó al contacto del tejido.
Ahora se entiende que a los bebés se les ponga alguna cosita que haya llevado primero su madre para que duerma y se sienta más tranquilo. Eso pasa también de adulta y, pase lo que pase, vivas los años que vivas, eso será así hasta que tú misma cierres los ojos y partas igual que lo hizo ella.