Ayer vine a la casa del sur de la isla y, por la noche, me dolía el cuerpo a morir. Pasé una noche toledana, y, cuando sumé los síntomas, creo que tengo covid. Mi primer covid desde que apareció la enfermedad. Lo cierto y verdad es que, cuando me pongo enferma lo hago con ganas. De acostarme. Y aquí estoy, dándome un panzón de dormir.
He dejado de ser madre, porque no puedo ni moverme y estoy más tranquila que el carajo. A veces pienso que deseo algo como esto para que no tener que seguir rutinas, para colgar el mandil de madre. Centrarme en ponerme bien. Solamente. Y es hasta placentero. Ahora han salido a buscar a su padre porque mi hija intuye que está sentado en un sitio, merendando, sin invitarlos. Mi marido sí que sabe. Él sí que desconecta on de la marcha. Sí que se toma esas libertades. Solo que la hija le ha salido más lista. Espero y deseo que los invite y que, el rollo de que te caiga la paternidad por sorpresa no lo lleve a dejar que miren mientras él come. Él es así. Él tiene perfectamente separado todas las cuestiones de su vida. Amistades. Familia. Trabajo…todo en casilleros separados. Y no le gusta que se mezclen. Eso sí, sus amigos me mandan mensajes de móvil porque él no tiene y eso no le importa que me importe. No me digan que no se pone nivel máster! El puto amo!
Yo quisiera ser así pero no. Me fui a comer con antiguos compañeros, por lo de las comidas de Navidad, y salí del restaurante, me fui a buscar al niño y me di tres viajes de mi casa a la terapia. Podía habérselo encargado a mi hija? Si. Pero el niño decidí tenerlo yo, y mientras pueda ellos serán el centro sobre el que gira el eje de mi vida.
Me acabo de tomar un paracetamol porque siento como si me mordieran el costado. Con la medicina, la querida medicina, uno lleva estas cosas mucho mejor que sin ella. En fin, no voy a recordar a las primeras personas que fallecieron a causa de la enfermedad, solos, como estuvo a punto de morir mi madre. Nadie debería morir solo. Debería haber alguien sujetando su mano y diciéndole deseándole buen viaje eterno. Y así debió ser siempre.
¿Qué acontecimientos positivos han sucedido en tu vida durante el año pasado?
Lo positivo de este año, lo que más, lo que quedará para la historia familiar es la cancelación de la hipoteca. No terminar de pagarla y ya. No. Ir al notario a buscar tus escrituras y luego llevarlas al Registro de la Propiedad para que anoten que la casa se puede vender, se puede heredar, sin carga alguna. Hay gente que se lo deja a sus herederos. Yo preferí hacerlo y dejar menos burocracia a los chicos. Y fue un alegrón salir del Registro con tu nota simple y con un alivio en el alma de saber que conseguiste llegar viva hasta ese momento. Y sentí cerrada una etapa.
Luego nos fuimos de viaje una semana a ver a la familia. Me hice tres horas de viaje para no ver ninguna cosa ni hacer turismo. Quise dedicarme a estar en un sitio y a disfrutar de mis hermanos y de mi sobrina. Volví con las pilas cargadas y llena de energía y no sé si antes o después del viaje, me examiné por promoción interna y aprobé. Otra etapa cerrada en un combo de dos por uno. No he tomado posesión aún porque el Ministerio donde trabajo es la hermana pobre de la Administración. Según me dijeron esta semana, no sería de extrañar en que me pusiera hasta finales del año que viene para conseguirlo. No importa. Voy a dejar que todo fluya. Sin prisas.
Luego hicimos otro viaje a una isla que mis hijos no conocían. Y fue un éxito total. Claro! Es una isla preciosa llena de cosas que ver. Caras, pero que se quedan en tu retina para siempre. Yo la conocía porque, cuando terminé bachiller la visité y la elegí como sitio donde jubilarme. Luego volví a reencontrala en mi viaje de luna de miel. Y esa es otra. Dentro de unos días haremos las bodas de plata y a mí me parece que fue ayer que entré vestida de novia a casarme, sin saber cómo irían las cosas. Sin pensar que en un parpadeo pasarían 25 años y, eso, más dos hijos después han dado como resultado el vivir en Avatar.
Creo que este año ha sido el que ha marcado un antes y un después con mi familia. Entendiendo que vivo con personas singulares que, a veces, me llenan de estrés, pero de los que recibo mucho cariño. Esta mañana mi hijo se despertó a las 6 y media. Si a eso le unimos que yo, por la premenopausia me dormí a la una, dan como resultado que tengo un sueño terrible. Le dije que podía levantarse y ponerse el desayuno y me contestó que no. Que se iba a quedar «muy quietito junto a mi». Tras estar media hora asumiendo que él lo de estar quietito lo entiende pero su cerebro no, decidí abrazarlo y darle los buenos días para luego arrastrarme hasta la cocina. Y me puse a preparar las cosas mientras él me tiraba besos desde el salón. Y decidí pasar esa etapa. La etapa de estar presente en esta fría mañana. Cuidando de los míos. Viviendo en Avatar.
Hoy he decidido explicar, aunque no sé si lo consiga, porqué vivir en Avatar me resulta tan estresante. Mis fines de semana siempre comienzan pegados a la lavadora. Mi hija puede poner, perfectamente, hasta tres veces en una semana, una chaqueta, por ejemplo. Tiene problema con los olores. Según ella, la prenda huele a sudor, que no, pero ella lo percibe como si viviéramos junto a un contenedor de basura. A lo bestia. Claro, yo intento bajar la montaña de ropa, pero ella rellena la cesta a mayor velocidad. Cada fin de semana pongo lavadoras por encima de mis posibilidades, y, cuando no lo hago, cuando me voy a la casa del sur, me lleno de mal humor sólo de pensar lo que me espera a la vuelta.
Seguimos con el tema de la salud. Ambos tienen anemia porque mis dos retoños son muy aficionados a comer siempre lo mismo. Les encanta vivir en un bucle infinito a la hora de la cena, pero los análisis les dice que deberían añadir otros alimentos. Difícil. Sobre todo con el niño. Ella no tuerce el gesto ya como él. Es más flexible en lo que alimentos se refiere. Con él tropiezas en un muro bien fuerte. Te dice la pediatra que lo intentes. Yo la miro y le digo que sí, mientras pienso que qué cojones cree que hago todos los días de mi vida. Ayer salí a la farmacia y volví cargada de cosas para ambos. Pues bien, esta mañana me he pegado más de media hora preparándole un zumo, dándole la medicación para la alergia, metiendo nuestras placas de descanso a lavar en un aparatito que me compré en Aliexprés y que recomiendo una barbaridad, por solo diez euros…cuando he acabado con él, he pensado que mañana que hay cole me voy a ver bastante justa siquiera para tomar un café porque tengo que llegar a tiempo a la parada del bus escolar y luego entrar al trabajo, a la carrera, para cumplir con el horario flexible del que dispongo por ser madre de un niño de once años. Cuando cumpla los catorce, lo extenderé porque ambos tienen una discapacidad que roza el cincuenta por ciento. Pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.
Total, que varias lavadoras después, se preparan mi marido y mi hija a hacer de comer. Yo procuro ir lavando los cacharros por tandas y, cuando acabo de comer, utilizan veinte mil cosas para una chorrada, puede caer mi cabeza en el plato vacío y comenzar la siesta.
Por la tarde vamos a comprar. Otro coñazo. Estábamos yendo a un súper que no está dentro de ningún centro comercial, pero que está en el corazón mismo de varios barrios de gente que mira cada chavo que se gasta por eso de que no son gente que nade en la abundancia. Solo gente trabajadora. Lo cierto es, que, mi marido, por cosas de su trabajo, conocía a algunos usuarios del súper. Y, la verdad, resulta un poco corte verlo hablando con alguien a quien tú sabes que él no recuerda, o si, y entonces es capaz de llamarlo por su nombre y sus apellidos, mientras espera que acabe para decirle que si le apetece que esta semana le pille la leche sin lactosa. Además de saber de qué se conocen, conocimiento sin el cual yo podría vivir perfectamente.
Cuando nos subimos al coche, me dijo de ir a otro supermercado, y, casualidades de la vida, el día antes, al salir del gimnasio, me metí en uno que está justo al lado y que son de la misma cadena. Aquello era un remanso de paz. Sin rebumbio, sin ruidos fuertes, sin colas, sin el segurita siguiéndonos porque, por lo que sea nos ve cara de gente sospechosa, que es algo que nos suele ocurrir porque, cuando nos ves, no eres capaz de distinguir dónde está la diferencia, pero sí notarla. Y aquél hombre se metía, incluso, por la panadería y nos acechaba por detrás de las baldas, cosa que yo notaba pero el resto de mi familia no. Hasta que lo dije, y a mi marido no debió hacerle ninguna gracia. Claro! Máxime si sabes de qué pie cojean alguno de los usuarios! Le dije que porqué no íbamos al otro súper y estuvo de acuerdo. Más cerca, menos gente, aparcamiento súper amplio, cero colas…El único estrés es que se tienen que aprender el supermercado entero y eso les va a costar. Pero no les importa. Gana la tranquilidad por goleada.
En estas fiestas no puedo ir a ningún sitio con ellos a comprar. Así que toca planificar una yincana este mes sobre qué o cómo comprar los regalos de Navidad sin llamar la atención, con una huelga de transporte público, y sin idea de qué regalar al enano que se ha hecho fuerte en su mutismo y no suelta prenda. Ni escribe la carta porque no le gusta escribir. «Señor, dame paciencia!!» Encima y además, soy una especie de lóbulo frontal de los tres, y todos, por separado, me explican sus inquietudes de situaciones que viven en su vida diaria.Yo las mías se las explico a mi psicóloga. En este punto de escritura, ya he sido interrumpida cuatro veces por los dos. Mi hija me ha preguntado que qué hacemos nosotros, las personas normales, para darnos cuenta de equis cosas. Me ha faltado tiempo para explicarle que, lo que ella llama normal, no lo es en realidad. Y que no vuelva a decir que los que estamos frente a ella, los neurotípicos, somos la leche de todo lo puto más. Solo somos personas que, como ella, tratamos de sobrevivir al día a día. Pero sin las gafas de buzo mentales. Ni un olfato de perro cazador. Ni un oído que te permite oír todas las conversaciones a la misma vez. Sin discriminar. Pero con las mismas ganas de salir adelantes indemnes.
Cuando mi madre falleció, su marido, que le llevaba 20 añazos, se quedó solo en una casa enorme, llena de cosas que mi madre había hecho o comprado para decorarla. Se le daban bien las manualidades, el ganchillo era una de ellas, y, como te quedaras un poco quieto te hacía un tapetito y te lo ponía de sombrero.
Al entrar a la vivienda, en el salón, hay una foto enorme de mi madre y de él, creo que de uno de los cruceros que se hicieron. La verdad es que no pudo disfrutar más de la vida porque se le acabó el tiempo.
Total, que, encima, mi madre era de estas mujeres a las que les ENCANTA la ropa. Tal cual. Con mayúsculas. Podría ponerlo en negrita y subrayado y no sé si alcanzaría. Su armario ocupaba, en primer lugar, el del dormitorio de matrimonio. La mitad. Luego extendió sus dominios y se hizo con otro armario en el cuarto de la plancha que era como su vestidor. Tenía hasta un espejo de cuerpo entero. Luego, se independizó mi hermano, y mi madre ocupó su cuarto también. Todo. Hasta el mueble que tenía el televisor debajo. Por si no quedaba solo con eso, también tenía, en la habitación en la que yo dormía cuando iba de vacaciones, más ropa.
Cuando me iba de viaje, llevaba una maleta con lo indispensable y otra vacía y ella me las rellenaba de cosas que ya no se ponía. Imaginen lo que fue vaciar sus armarios. Cuando estaba en el hospital, me pidió que me llevara cosas a mi casa. Lo que quisiera. Le dije que no. Me parecía de muy mal gusto. Pero…me pidió como indispensable para estar tranquila dos cosas. Que fuera a su casa y cogiera de su armario unos zapatos, y me dijo que eligiera de sus joyas lo que quería.
Los zapatos eran unos Manolo Blanik de tacón, veraniegos, elegantes, con los que se veía claramente que sería incapaz de caminar. Eran todo lo opuesto a mi. Como si le dijeran al sol que abrazara el invierno. Total que los cogí y se los llevé al hospital. Los zapatos se los compró cuando se ganó un premio en la lotería. Mi madre creía muy fuertemente en el poder de la atracción y ella estaba convencida de que, si pensabas en un futuro viviendo las circunstancias que deseabas vivir, la vida te lo otorgaba. Y así fue con los tacones aquellos. Su cara en el hospital al verlos, fue una suerte de despedida, de hacerles saber que los dejaba en mis manos por causas ajenas a su voluntad, que ella los hubiera usado para otro crucero, otro baile, otra cena…pero que la vida le había dicho que se había acabado toda la diversión. Tal vez porque ya entraba en una edad en la que, a lo mejor, no hubiera podido disfrutarlo como merecía. Nunca lo sabremos.
La joya que me elegí fue un colgante que pone mamá en varios idiomas. Con un colgante sencillo. Nada de oro por todas partes. Discreto. Eso me pegaba más. Mamá oca me decía ella. Seguramente.
Los zapatos no me los he puesto nunca, pero tengo pensado rebajarles el tacón para disfrutarlos en mi próximo cumpleaños. O no. Da igual. Los tengo porque son el recuerdo constante de que, a fuerza de pedirlo, a veces, el cosmos, te es favorable y decide darte una alegría para el cuerpo. Me gusta tomar para mí esa idea.
El collar si me lo pongo. Cuando estoy muy de bajón o cuando estoy pasando por un mal momento me gusta sentirla cerca de mi. Acaricio el colgante y recuerdo que la maternidad es una de las cosas que hacen que me mantenga de pie frente a las adversidades. Como le sucedió a ella y antes que a ella a su madre, y, antes que a su madre, a su abuela…y así hasta el principio de los tiempos.
¿Cuál es la decisión más difícil que has tenido que tomar? ¿Por qué?
Lo más difícil que he tenido que decidir, lo más duro de mi vida, fue el tomar la decisión consciente de que acompañaría a mi madre en sus momentos finales.
La enfermedad avanzaba a un ritmo terrible y su cuerpo, ese que estaba curtido de gimnasio, que había sido untado por las mejores cremas del mercado, saboreado los mejores alimentos, bebido solo buenos caldos…perdía la batalla de una manera terrible, temible.
Cuando supe que llegaba el final, un poco antes que mi madre, pensé en no estar. No sabía si sería capaz de digerir tal dolor.
Ese sábado, ella se despertó después de una noche toledana, en la que había tenido que tomar decisiones que a ella no le hicieron ninguna gracia. Cómo explicas a un enfermo que ha estado delirando? Cómo le dices que, cuando le hablabas, cuando te dirigías a ella, su mente estaba en mi hija, en una conversación imaginaria o no que tenía que ver con su nieta?
Esa tarde intentó incorporarse y no lo consiguió. Le ofrecí mi ayuda y me dijo que no. Volvió a intentar levantarse y volvió a fracasar. Entonces me dijo que no quería sufrir más. Que ya estaba bien. Que hasta ahí. Que lo sentía mucho por mí, y le cayó una lágrima. Le dije que ella había decidido cómo vivir y que, si su deseo era elegir cómo irse, yo lo respetaría todo. Me pidió que llamara a la enfermera y eso hice.
Me dije a mí misma que aguantaría entera hasta su partida. Luego podría llorar lo que quisiera. Debía estar a su lado. Acompañando, para que no sintiera miedo hasta lo que se torna en una despedida para siempre. Y así fue. Cuando les dije a su marido y mis hermanos que tocaba decir adiós, cuando llamé a la enfermera y le dije con la voz clara que creía que se moría, aguanté el tipo pero, cuando la ví partir no pude evitar doblarme por el peso del golpe. Allí, en aquél momento, despedía a quien me vio nacer, a una de las personas más importantes de mi vida. A mi madre. Y ella había vivido y había partido como quiso. A su manera! Y a mí ya solo me quedaba su recuerdo.
Si no necesitaras dormir, ¿qué harías con ese tiempo extra?
Si pudiera elegir qué hacer mientras todos duermen, me dedicaría a leer, mucho, y a escribir, muchísimo.
Si pudiera elegir qué hacer, estaría toda la noche en vigilia, acechando los malos sueños que pudieran atacar a mis hijos. Andaría con mucho cuidado espantando aquellos que pudieran perturbarlos.
Si no fuera posible dormir, me sentaría en una ventana a ver pasar la noche, a ver las pocas estrellas y planetas que podemos ver a simple vista. Para luego describir la belleza de ese momento en una poesía. Me encantaría escribir poesía!
Si la vida no me permitiera descansar, apagar mi mente y relajar mi cuerpo, tal vez entonces conseguiría alcanzar la categoría de dinamo, de motor, de luz continua, para que mis hijos pudieran descansar en paz, vivir en paz, sin que nadie enturbie sus vidas, sin que nadie invada sus mentes, para que puedan vivir con tranquilidad hasta que volvamos a encontrarnos. En otra vida, es cierto, de otra manera, pero en paz. Viviendo solo el amor que nos tenemos. Y que yo, de vez en cuando, pueda decirles que me voy a descansar un rato. A dormir por fin. A disfrutar de ese merecido descanso.
Hoy una compañera me ha dicho llorando que soy una leona. Una madre leona. Tal vez sea así, tal vez esta alerta en la que defiendo a mis cachorros, en la que escribo correos a profesores que hacen comentarios dañinos, o a los que digo que si en una actividad no caben ellos, no es una actividad para todos, lo cual es una obviedad como un piano, si cuando los veo venir de lejos, me incorporo, arqueo mi cuerpo, y comienzo a rugir antes del ataque, entonces si. Soy una leona. Una madre leona. Y aquí estoy, oliendo el aire ante el enemigo invisible.
Que tenga cuidado, que ponga cuidado…que te vigilo!
Si hace unos años hubiera contestado a esta pregunta, el texto hubiera tenido un largo de unos pocos renglones.
Actualmente, después de llevar en terapia cuatro años, mi círculo de personas favoritas se ha hecho más grande. Quitando la obviedad de que mi familia contiene a las personas más importantes para mí, mis hijos, por ser como son, por decirme mientras comemos que me quieren muchísimo, por ejemplo, quitándome el aliento lo buena gente que son los dos. No ha sido fácil para mí criar dos hijos cuya forma de vida no tiene que ver con la mía. Me siento en muchas ocasiones, como la mamá pato del patito feo que resultó ser un cisne. Desconcertada.
Luego estaría mi marido, que, siendo mi compañero de vida, es otro extraterrestre al que recuerdo de muy jovencita hacer cosas que me desconcertaban y que ahora veo hacer a mi hija, que es quien más se le parece de los dos. Alucino cómo eres capaz de odiar las cosas que hace un ser querido, haciendo tú exactamente lo mismo sin darte cuenta.
Mi marido ha sido siempre muy buena gente y eso nos ha salvado de la separación. No me ha puesto fácil convivir con él. Tener que explicarle el mundo neurotípico a un hombre que está rozando la jubilación, es, a veces, como escalar el Himalaya. Aunque no me importa. Nunca olvido que ha estado en las duras y en las muy duras, y que, con lo que decía, la frase que soltaba en ese momento podía ser bruñida en oro. Era LA FRASE, con mayúsculas. Y a ella me agarraba. Y mientras luchaba por superar ese momento, se convertía en mi mantra.
Luego están mis hermanos. Mi hermana me dice siempre que escribo muy bien, aunque no he ganado ni un premio ni voy a hacerme rica escribiendo. Ella me animó a abrir este blog y, aunque está entre mis suscriptores, siempre le mando lo que escribo a ella y a mi psicóloga que es otra de mis personas favoritas. Elena. Se merece estar entre este texto también.
A mis hermanos los quiero y los he querido siempre mucho a los dos pero, con la enfermedad de mi madre, descubrimos los tres que, de la mano, haciendo las cosas juntos, ya podía darnos la vida un buen palo, que ahí seguíamos los tres, fuertes. Sin separarnos. Además, son las personas más trabajadoras y serias que conozco y, qué coño! Se merecen todo lo bueno.
Entre mis personas favoritas están también mis amigas. He conseguido crear un hilo de confianza con otras mujeres con las que quedo a la hora del desayuno para pasar esa media hora juntas. Tomando el pulso a la actualidad. Con ellas me iría de viaje, sin pensarlo. Ya lo he hecho con algunas, y fue un éxito. Un viaje en el que uní a mi hija porque no es solo de mis personas favoritas pero prefiero desconectar de ti un rato, no. Lo es incluso, aunque quiera tomarme unas vacaciones de responsabilidades. Como con todas las personas que he enumerado aquí. Personas que fueron tejiendo una red y que, cuando llegó el momento de caer al vacío, cuando me vi gritando desesperada pensando que me volvía loca, entre todos, consiguieron que cayera en blando. En un golpe amortiguado.
Con todos ellos ahora voy subiendo por la pared del agujero donde caí. Y no importa si pierdo el pie y restrocedo. Ellos seguirán a mi lado, hasta que pueda ver qué hay detrás de esta oscuridad. Y ya casi puedo ver el final. Ya empiezo a ver la luz. Y es emocionante!
La intuición es la hermana guapa de la ansiedad. Creer que el cosmos, tu olfato o lo que sea te va a dar una idea de lo que va a suceder, puede dar lugar a escenarios catastróficos que se convierten en angustia y sufrimiento. No somos videntes. No vemos más allá o a través de nadie. Sólo nos guiamos por la experiencia y, con eso, le hacemos un traje con unas medidas equivocadas a quien se ha cruzado en la vida. O equivocamos por completo situaciones que intuimos diferentes a lo que son realmente.
Yo, sin ir más lejos, he intuido que mi madre, al cabo de los años, vendría aquí a pasar los últimos años de su vida. A su isla. A mi casa. Ahora, con el paso del tiempo, veo esos pensamientos solo como una majadería. Mi madre quería mucho a sus hijos, a los que tenía cerca, a sus amigas. Ella no se hubiera alejado para morir junto a mi. Qué va! No porque no me quisiera, sino porque dejaba demasiado amor atrás!
Otra de las veces en las que confié en la intuición fue cuando nació mi hijo. Decidí que su nacimiento no había sido como el de su hermana, y que, por lo tanto, él no pertenecía a Avatar. Negué la mayor cuando, de nuevo mi madre, me dijo que el niño no tenía comportamientos «normales». Ni cuando me lo dijeron en la guardería, ni, aún peor, cuando me lo dijo su terapeuta. Yo seguía aferrada a aquella primera impresión en el paritorio. Cuando a él, hecho un ovillo, lo pusieron sobre mi y ahí quedó. Quieto. Tranquilo. Disfrutando del piel con piel. Imaginen el chasco de tener que reconocer que mi intuición no servía para nada!
Ahora, cuando giro la cabeza, cuando echo la vista atrás, puedo ver a la intuición intentado convencerme de que lo que siento en mis tripas es una verdad verdadera, y yo, me aparto de ella y grito: «lo que sienten mis tripas es solo hambre!!
Vivir en Avatar, a mis 54, es un poco duro. Anoche se desveló el niño y, como un reloj suizo, me preguntó la hora a las 3:30, 4:30 y 5:30. A esas horas exactas. Antes me hubiera despertado con él y lo hubiera acompañado en su desvelo. Eso hacía con su hermana. Ya no tengo esa energía. Le di el mando de la tele, y en un tono agónico le rogué que no la pusiera a mucho volumen. Al cabo de un rato que no puedo precisar, estaba dormido. Luego se levantó a hacer pis, sobre las siete, y volvió a acurrucarse junto a mi y a quedarse dormido. Sorpresa mayúscula. Jamás había visto ese fenómeno. Siempre seguía el mismo ritual y me pedía el desayuno. Pero hoy le pesaban las horas sin dormir. Yo he dormido otro rato a su lado.
Me ha despertado mi hija. La he oído bajar las escaleras. Cuando vives con autistas, tu oído se hace finísimo porque, ellos se levantan, se van a un rincón de la casa, y allí se quedan, acurrucados. Mirando el infinito. Pensando. Echando de menos no vivir en el planeta que se merecen. Puede ocurrir que, buscándolos por la casa, al girar la esquina, te los encuentres y te lleves un susto cósmico. Por eso es importante ser como un sioux. Porque te evitas un infarto.
Total, que mi hija se ha levantado y ha empezado a hablarme de oposiciones, de tests, de la vida, de su vida, mientras yo suplicaba que no se parase al hablar y acabara de poner la cafetera. Necesito mucha cafeína. No he acompañado a su hermano en su vigilia, pero que me haya despertado, viva hacerse mayor! ha pesado en cómo me arrastro por la casa.
He oído una voz detrás de mi: «hoy no hay churros. Está lloviendo!» Eso mi marido. Otro gato sigiloso. Me ha dado un buen susto. Cómo no!
Total, que ha salido el sol, se han vestido y han salido a desayunar a la gasolinera que está a la entrada del pueblo.
Me he quedado sola, disfrutando del olor a tierra mojada del jardín, escribiendo. Y entonces caigo en la cuenta que aquí es mi lugar favorito. Donde está mi familia. Donde me acurruco con mi hijo y me vuelvo a dormir. Donde oigo a mi hija hablar. Me da igual de qué. Hace algunos años, verla como está hoy me hubiera parecido un milagro! Me gustan los lugares donde mi marido, sin un buenos días me habla de su interés. Esta vez, churros. Le he dicho que le pida al niño chocolate. Ha flipado con ese conocimiento que tengo del mundo, mientras yo me sonrío para mis adentros. No sabía que vendían churros. Ya ves, soy tu guía Michelín, le he dicho con sorna.
Ahora me levantaré de aquí y me pondré a limpiar cada rincón de esta casa. Para poder seguir haciendo recuerdos. Como los de hoy mismo!
¿Cuál es la primera impresión que quieres causar en los demás?
Ayer nos vinimos a la que fue la casa de mi madre. Siempre que llego, nada más abrir la puerta, siento una añoranza y unas ganas de volver a momentos pasados que no son ni normal. Aún me parece raro no ver a mi madre bajar por las escaleras al llegar, ella siempre me esperaba con la puerta abierta, y rodearme con sus brazos e impregnarme de su olor a perfume.
Me gustaría que la gente me viera como yo a estas cuatro paredes. Es una casa que pasa desapercibida, que se confunde entre otras, pero que, cuando te adentras en ella solo ves cosas bonitas, recovecos secretos que, al abrirse, ves lo práctico de su existencia. Sí. Soy práctica. No me gustan las complicaciones. Suficiente tengo con las de la vida misma.
He dejado de ver a los pajaritos que habían hecho nido en el interior del enorme árbol que corona el jardín, así como las avispas que revoloteaban perezosas al calor del verano y que, para horror de mis hijos, acababan perdiendo el rumbo y colándose en la casa. Pero imagino que lo mismo pasará conmigo, la gente me mirará y buscará cosas en mi que ya no existen, que han sido sustituidas por la madurez.
Ayer salí a comer con los compañeros de trabajo, los que estamos en primera línea para atender al público. Uno de ellos, antes de irme, me dijo que yo era su ídola. Qué horror! Él llegó a esa conclusión porque, exponiendo cada uno sus experiencias judiciales, dejamos ver, con sus propias vivencias, las miserias de la vida judicial. Abogados que, además de sólo poner palos a las ruedas de sus propios procedimientos luego van con el cuento a su cliente diciendo que es que la justicia es lenta, o jefes abusadores que actúan ante la impunidad más absoluta, delante incluso de enlaces sindicales, que, por política, les son afines…y acabé contando una anécdota que tuve con una juez de instrucción que, salió de su juzgado en busca de una bronca y me encontró a mi.
Ella estaba muy enfadada porque necesitaba un favor y el juez que llevaba mi oficina le había dicho que no. Entonces la vi salir de la puerta principal y dirigirse a nosotros. A mí, que era la que estaba en la entrada. Yo me arremangué porque sabía que aquello iba a ser duro, muy duro. Y fijé los pies al suelo para que los gritos de aquella energúmena no me tiraran al suelo. Le contesté. Algo que ella nunca había vivido. Y, en un alarde de inconsciencia le dije que ella tenía a la Junta de Jueces para, y cito textualmente, «ir a tirarse de las togas con todos ellos». Mientras se iba giró su cabeza y me dijo que me arrepentiría. Le contesté con un, que tenga usted un buen día, y respiré aliviada de quitarme a aquella fiera de encima. Al día siguiente acabé en un despacho y, a los pocos días, en otro. No hubo consecuencias pero fuimos la comidilla del edificio. Luego se metió ella en política y, para ganarse mi voto, me saludó muy afable por el pasillo, con la mismas ganas con la que esperó a que le sirvieran mi cabeza en bandeja de plata. Mi compañero dice que fui muy valiente. Yo creo que fui una loca a la que siempre le ha preocupado una única cosa, que no vuelva nadie a abusar de mi porque piense que puede hacerlo con impunidad. Pero es que mi compi no sabe nada de mi..en realidad, casi nadie sabe mucho de mí. Excepto mi madre. Y ella ya no está!