Mi día ideal sería aquel en el que solamente me dedicase a hacer cosas que me gustan. Tomar un desayuno largo, leyendo algo bonito. Luego daría un paseo hasta el gimnasio y haría ejercicios para tener la mente y el cuerpo bien. Llegar a casa, y darme una ducha larga en mi baño con tamaño y pinta de spa, y esperar a la hora de comer oyendo música.
Luego vendría una comida rica y sana, para no echar por la borda lo que me curro en el gimnasio.
Por la tarde la pasaría con mis hijos, en algún lugar divertido, da igual cual. O didáctico. Que también los hay muy bonitos y divertidos. Luego pararíamos a merendar con el único propósito de llegar rodando a casa, llenos de comida y de cariño los unos con los otros.
Y para terminar, prepararía una mesa enorme, donde irían a cenar los que aún están y los que ya partieron. Y nos darían todas las horas, y allí seguiríamos, disfrutando los unos de los otros. Sabiendo como ahora sabemos que un día será el último que compartamos juntos. Y cuando me fuera a descansar, lo haría en una cama enorme, con mi madre y mi hijo, uno a cada lado, aspirando el aroma de ambos. Para no olvidar el pasado y para ir creando futuro. Con esa premisa dormiría y tendría un sueño amable en el que mi vida no estaría patas arriba sino tranquila y llena de armonía. Y dormiría en un sueño profundo y reparador. De esos que no he tenido en la vida.
Si no fuera madre, nunca, jamás, en la vida, me hubiera acercado a la cocina. Cuando mi aún marido y yo hicimos nuestros votos, que consistió en pactar dentro de un Ford Fiesta azul metalizado qué rol tendría cada uno dentro de casa, él me dejó claro que lo de recoger, no le iba en absoluto pero que cocinar si que le gustaba. Así que eso se pactó y fue inamovible hasta hace un año aproximadamente. Perfecto para mi. Además, en ese entonces tenía un trabajo a tiempo parcial y tenía tiempo para mantener la casa ordenada. Él, si trabajaba todo el día siguiente, el anterior dejaba comida preparada para yo comer y marchar al trabajo. Ahora ya eso se ha terminado. Pero por aquí hay miles de bares que ponen menús diarios y, aunque yo iría todo el día con un bocata, mi hija no. Y allá que nos vamos en amor y compañía. A hablar de cosas que no tengan que ver con lo que nos pasa a su padre y a mi, sino de sus cosas y un poco de las mías.
Al llegar los hijos, el tema cocina se convirtió en una especie de menú a la carta, no me gusta la carne, yo quiero Poké-Poké, podemos ponerle tofu al puré? A mi no me gusta el salmón…y el hacer de comer se volvió una obligación que hizo el amago de pasarme el relevo a mi, aunque yo, gustosamente, lo solté y dejé que cayera al suelo. Faltaría más! Yo para médicos, medicinas, terapeutas, profesores…menos la dentista, el resto lo he llevado yo, plus trabajo, plus casa, plus oposiciones, plus promoción interna…y me he negado a claudicar cediendo mi minúsculo terreno al pater familia (así se hace llamar) Hasta ahí podríamos llegar!
Las vacaciones las pasábamos con mi madre, y ella, siempre, cuando llegaba mi cumpleaños, que es en verano, me preparaba mi plato preferido. La ensaladilla rusa. Ni idea de porqué es mi preferido pero he probado miles, y, como le quedaba a mi madre, poca gente. Mejor dicho, ninguna. Total, que al fallecer ella, se suprimió en mi vida también el hecho de que alguien hiciera algo por mi por darme un capricho. Un mimo. Finito. Así que, un día, me puse a pelar papas, a sancocharlas, a ir metiendo ingredientes, a recordar, mientras hacía esa tarea, las conversaciones con mi madre mientras cocinaba, nuestras risas, el cómo nos íbamos poniendo al día de lo que nos había pasado en ausencia de la otra y que no podía resumirse en una llamada telefónica. Al terminar había cocinado yo un plato decente que gustaba mayormente a mi hija y a mi. Me pregunté para qué diablos había hecho aquél caldero y me respondí que para abrazarme. Para darme un gustazo.
No suelo dirigirme a la cocina muy a menudo, no me gusta transigir en que él se encarga de la comida y yo de todo lo demás. Como digo, he cedido tanto, que el terreno que piso debe ser del tamaño de un dedal. Pero cuando lo hago, suelo tener detrás a mi madre y a mi abuela, las dos alucinando muy fuerte por el hecho de verme entre fogones. A veces las oigo reírse, mientras ellas también se ponen al día la una con la otra de los 16 años que estuvieron sin verse.
Cuando acabo de cocinar y de recoger, me pongo un plato de postre de lo que he cocinado, una copa de vino, y brindo con ellas el haber formado parte de mi vida. El hacer de mi la mujer que soy. Y en ese instante me quiero, me amo fuertemente.
Mi primer ordenador no fue solo mio sino nuestro. Mi marido se trajo uno que había comprado de soltero, con su primer sueldo, con una pantalla tan pequeña que apenas podías ver qué estaba mirando o mejor, jugando.
Al cabo de poco fue sustituido por otra torre y una pantalla bastante más chula que la anterior, y que ya permitía jugar a juegos de ordenador de más entidad.
Recuerdo que mi casa era un trasiego de compañeros y amigos que le ayudaban a instalar, bien algún artilugio para la computadora, bien para instalar juegos. Yo pasaba de largo por el estudio ofreciendo café o refrescos en agradecimiento por salir de su casa a ayudar a un tío que nunca fue capaz de seguir las instrucciones que venían en las cajitas de los juegos ni de ninguna otra índole.
Luego llegó la niña y con ella un diagnóstico incierto lleno de dudas y de palabras que no entendía. Y entonces me acerqué por primera vez a buscar en Internet cuáles eran los «síntomas» del autismo. Y así empecé. Luego me uní a Facebook intentando buscar gente igual de desesperada que yo y cuyos peques actuaran de la misma manera que mi peque. Y así, buscando y buscando, descubrí que mi hija no tenía un Trastorno Específico del Lenguaje. Oyendo a un chaval que lo padecía siendo entrevistado en una radio local y cuya entrevista colgaron en la web de la asociación. Entonces hice una especie de quien es quien en mi cabeza y, descartando cosas, quedó el autismo en pie mirándome socarrón y explicando que él había venido para poner mi vida patas arriba y no una vez no, dos. Si. Porque en ese mismo ordenador, con una torre modificada, me tiré a buscar el cómo era posible que un niño de 7 meses, que había nacido con un peso de más de 4 kilos, tuviera hipotonía. Y entonces me salió una pregunta, «fue prematuro?» Y cuando la respuesta fue no, me llevó a un link que ponía «qué hacer cuando mi bebé es autista?» Y entonces me quedó todo claro. Aún así esperé al diagnóstico oficial para hacer el duelo.
Esta semana me ha dicho que en el cole sus compañeros lo llaman autista y él, la verdad, no tiene mucha conciencia de su realidad. Le expliqué que, si sus compañeros se lo decían como un insulto, debía hacerles entender que ser autista y llamarte así no lo es en absoluto y que no debe emplearse como tal. Además, aprovechando el día de la paz, que fue el 30 de enero, su profesora de PT dio una charla en clase sobre cómo es él y porqué es diferente. Un poco para ir atemperando los ánimos, que ya van camino de la adolescencia y esa, desgraciadamente, es una etapa crítica en la vida de todo chaval que sea medianamente distinto al resto. Imaginen lo que puede ser con una persona a la que notas ademanes de extraterrestre!
La profesora de PT, la única ayuda escolar que tiene, me ha dicho que está muy contenta porque el crío está muy expresivo y parlanchín y ha mejorado un montón. Tanto que, cuando terminó el curso pasado, me pasó un listado de items sin alcanzar con el que se me cayó el alma a los pies. Este primer trimestre, los items conseguidos eran más de una docena.
Cómo han cambiado las cosas! , el ordenador ya no preside la mesa del estudio y éste va camino de ser la habitación del niño. Y el niño va camino de ser un hombre. De convertirse en un gran hombre!
Mi queja empieza y termina en un haber estado 36 años de mi vida con alguien, quererle, respetarle, darle dos hijos, habernos acompañado en la enfermedad, yo más a él que él a mi, supongo que porque se hizo común que me tirara en la cama por mis migrañas con demasiada frecuencia, y ahora tratarnos como si fuéramos perfectos desconocidos.
Empezamos nuestro recorrido cuando entre los dos sumábamos medio euro de riqueza. Dos jóvenes pelados de dinero, con muchas ganas de salir de aquel estado. Luego me aparté para darle tiempo a los estudios de sus oposiciones, y luego llegaron, casi seguido, su aprobado la boda y los hijos. En todos estos años de pelear por salir de los atolladeros de la vida, respeté sus manías, su pulsión de no tirar ni un papel, de llenar una habitación entera con sus cosas, como si fuera un trastero, el que su madre me haya considerado persona non grata en la vida de una familia que se creen aristócratas o algo así y, que, en cuanto escarbas un poco, ese barniz oculta los mismos defectos que en los demás hogares.
Luego llegó el terremoto de la pandemia y, con ella, parte de mi entramado psicológico se fue a tomar viento. No sabía de dónde venía la historia, igual que cuando hueles a quemado y andas por la casa olisqueando por si las moscas, yo sabía que algo no cuadraba, pero no precisaba el qué.
Primero pensé que era mi trabajo, pero cambié de oficina al aprobar mis oposiciones y seguí sintiendo que algo no iba. Luego, mis sospechas se fueron a la pérdida de mi madre. No. Tal vez fuera la angustia de tener dos hijos autistas…tampoco. Luego llegaron las amistades, la gente que se preocupaba por mi, la que me decía las cosas que hacía bien y no siempre las que hacía mal. La gente que no me faltaba el respeto. Que al cruzarse conmigo en un pasillo no hiciera como si todos los años que nos conocemos tuvieran un valor menor a cero. Llegó la terapia psicológica, mi Elena, que pone en una visión objetiva las tormentas por las que ha transitado mi vida, y, con ella, un día, miré a mi alrededor y descubrí que hacía tiempo que mi marido y yo no caminábamos uno junto al otro. Al pararme, tuve que hacer un esfuerzo por ver dónde andaba él. Puse mis manos de vicera y, a lo lejos, lo vi alejarse sin mirar atrás. Sin preocuparle ya si yo le seguía. Y me puse triste. Y abrí la boca para gritar su nombre para que me mirara y me viera una última vez. Para que sintiera que tal vez, alejarse de mi no iba a ser una buena idea. Pero ya él no escuchaba. Y me acordé, no sé porqué, de los versos de Machado: «caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar». Y eso será todo. Ya no volveremos a tropezar en la vida porque ambos dos hemos decidido que no vamos a volver sobre nuestros pasos. Buen viaje chico! Te deseo toda la suerte! Seguro que tú a mi no, pero, es que, ahí, en no tener rencor a alguien a quien he querido tanto, te gano por goleada. Lo dicho, que seas muy feliz, tanto como lo que merezco yo misma. Nos vemos si eso en Avatar.
Háblanos de las tradiciones de tu familia que más te gusten.
En mi familia, era tradición, hasta ayer, salir todos juntos a elegir lo que íbamos a comprar para la casa. Casi era religión ir los cuatro, mirar los artículos, elegir el que daba mejor calidad precio, nada de marcas nisu (ni su p… madre la conoce) y luego, al terminar de comprar, nos metíamos en la cafetería del centro de marras y nos tomábamos una merienda. Pero ayer, como ya dije, no fue así. Mi marido tenía una cosa importantísima que hacer, porque, a pesar de que ya habíamos hablado de ir el fin de semana a las compras, se fue a sacar un kayak a la playa con compañeros de trabajo, y a mi, como en definitiva, la cosa de salir con él me la suda muchísimo, le pregunté a mi compañera de curro si nos acompañaba. Es la primera vez en todos los años que llevo de casada que hago algo así, porque durante un montón de tiempo no me fié ni de mi sombra y, siempre he pensado que decir a alguien que salga contigo y con tus hijos, siendo los dos autistas, era colgar un marrón. Pero ya no. No solo es que me fio de ella y de su criterio, es que adoro a mi compi que es sobre todo amiga.
Y mis hijos son grandes, se han vuelto serios, responsables. Mi hijo, por ejemplo, dentro del parking te espera en cada esquina peatonal a que tú le digas que puede cruzar sin riesgos. Mi hija es una mujer. Con la cabeza más amueblada que su madre, que, cuando acabamos, me felicitó por tomar decisiones de manera autónoma. Sin esperar la bendición urbi et orbi de nadie. Me dijo que no solo tenía criterio, sino que tenía un buen criterio y que, cuando no estaba el padre por los alrededores, pensaba con más claridad y tomaba buenas decisiones. Y eso me llevó a pensar en la cantidad de tiempo que me ha tomado entender que puedo hacer amigas, como toda hija de vecina, que tengo opiniones válidas, que no soy una tonta y que, las cosas que hago no tienen porqué afectar negativamente a nadie. Lo que es tener una baja autoestima y pensar que vales menos que nadie! Qué tristeza!
Por supuesto, cuando llegó y vio las compras, una tostadora, una batidora, una plancha que eran electrodomésticos que en casa estaban rotos desde hacía un montón, y un purificador de aires, para el niño y su alergia, me dijo que había elegido mal la tostadora poque sirve para hacer cuatro panes a la vez y que si él quiere uno pues bla, bla, bla…mientras le explicaba lo del purificador de aire, de su funcionamiento, cogió la tablet, que es el amor de su vida y me espetó que dejara de molestarlo. Pero no, las cosas no funcionan así. Voy a molestarlo bastante a partir de ahora, porque cosas que eran intocables, van a salir de casa porque solo son un criadero de polvo inútil. Así que se ha acabado el ordeno y mando y el deja eso ahí que a tí no te molesta. Si. Si lo hace. Sobre todo cuando sabes perfectamente que es una tontería aguantar esa porquería en una casa tan pequeña. Tiene incluso cosas compradas que no ha sacado del envoltorio del pedido, no de hace unos meses, no, desde hace años. Sabe qué es, pero no las ha abierto. No tiene idea si funciona. Y ahí he estado yo. Callada. Parada. Sin moverme no fuera a molestarle. Pero ya se acabó. He descubierto lo que valgo y ahora ya no me callo ni debajo del agua. Faltaría mas!!
¿Qué es lo que más te gusta hacer en tu tiempo libre?
Ayer terminé un curso de inglés que estaba haciendo de C1. Acababa de llegar del gimnasio y, cuando ya estaba duchada y acostada (voy al gimnasio por la tarde noche porque mi vida es un caos hasta entonces) me saltó en la cabeza que el curso acababa y que yo no había hecho el examen. Pensé por un segundo dejarlo. Rendirme. Pero me levanté. Abro el ordenador y no consigo abrir la página. Será una señal para que me vaya a acostar de nuevo? Luego se me cayó el ratón del ordenador, que me dejó ver todas sus tripas, y aquello se convirtió en una yincana vital. Total, que no me rendí. No porque el curso me diera nada o me aportara nada, sino porque me gusta acabar lo que empiezo. Soy así de seria. Qué le vamos a hacer! Aprobé al primer intento con ayuda de mi hija aunque sin ella también hubiera sucedido. Es solo que una se siente más segura haciendo estas cosas en compañía.
Al levantarme he leído un blog de una chica que me gusta mucho lo que escribe. Rocío Montes se llama. Ella escribe en inglés, y, curiosamente, su entrada iba de los propósitos del 2025, y de priorizar. Da el consejo de poner el foco en la salud, haciendo ejercicio, y en dedicar tiempo a los que quieres. Y esa es exactamente mi propósito este año. Estoy sentada ahora mismo escribiendo sobre una mesa de escritorio que lleva acompañándonos todos los años de casados. Pero, como a mi matrimonio, le quedan días de no seguir entre estas cuatro paredes. A ella voy a despejarla, quitarle el montón de papeles y trastos que lleva encima, y dársela al hermano de mi marido. Debería decir mi cuñado. Es más corto. Pero es que llevo un tiempo organizando mi vida como si mi marido no estuviera ya por aquí. Y eso me lleva a otra de las reflexiones de Rocío. Priorizarme. No seguir cumpliendo años viviendo con una persona que solo me dice lo malo y nunca lo bueno. Que ni siquiera sabe que tengo un blog. Que no conoce de mis monstruos. Que no quiero que utilice ni uno ni otros para restregármelo por la cara cuando me ve «un poco subida». Le llama a eso, el ver que me doy palmaditas en la espalda cuando consigo algo que ni yo misma esperaba. Como conseguir aprobar las oposiciones. Como conseguir despedirme de una de las personas a la que más he querido, mi madre, sin salir del hospital, despavorida, gritando que se estaba cometiendo una profunda injusticia. Que mi madre no debía morir tan joven. Conseguir, porqué no, sacar a dos hijos autistas adelante, sin ayudas de ningún tipo, y lograr que sean las personas más maravillosas que habitan el planeta Tierra con permiso de mis hermanos. Mantener el legado de mi madre y no permitir que se caiga a pedazos aún después de haber pasado cuatro años de su partida. Haber sido una persona respetuosa con todo lo suyo. Respetar igualmente sus manías absurdas, sus quejas cuando algo no salía exactamente como había planeado, aunque la que hubiera gestionado toda la logística fuera yo y los demás solo se hubieran sentado a disfrutarla. Cuántas veces me ha dicho que ahorrara en esto o en lo otro y, por evitar esperas, por evitar ruidos fuertes, he obviado lo que me decía y elegía gastar a lo mejor, cuatro euros más por persona. Qué derroche!
Ninguna cosa se me ha agradecido, pero no importa. O sí! Y por eso digo hasta aquí. Me priorizo. Me quiero. Me importo. Y ya no necesito su validación. Y sé que suena triste porque no puedo evitar sentirme triste. Pero como me dijo una amiga ayer: «Todo pasará, incluso esto». Y, si conseguí ver cómo mi madre nos dejaba para siempre, el alejarme de una persona que no me valora es pan comido. O no. Pero tampoco importa. Todo pasará. Incluso este dolor.
Iba a decir que el trabajo de mis sueños es el que tengo actualmente. Me gusta esto de trabajar para la Justicia, aunque la pobre, menos mal que lleva la venda en los ojos, porque aquí, como en todos lados, existe gente seria y gente que no. Gente a la que le preocupa que tu juicio se haya puesto a un año vista, y a otros que no. Abogados que ponen palos en las ruedas de un procedimiento de su cliente, porque no son capaces de reconocer que no tienen ni idea del trámite que llevan entre manos, y otros que son, además de buena gente, currantes a pie de trinchera. También las hay que se ocupan y se preocupan por los pocos medios con los que trabajamos, que tiramos para adelante, que revisamos los expedientes de nuestros armarios, mirando que no se nos haya escapado algo que pueda costar la suspensión del juicio. Que nos hemos sudado la camiseta para estar sentados ahí. Y en ese regodeo estaba metida cuando descubrí que hay otro trabajo que aún me gusta más que el anterior. El trabajo de la maternidad.
Criar a mi hija, con todas sus dificultades, ha sido un viaje duro pero enriquecedor. Hemos estado comiendo juntas y, recordando anécdotas, nos hemos echado unas risas. Pero ha sido duro. Sobre todo hasta que no tuvimos el diagnóstico definitivo. Si alguien me hubiera dicho que todo lo que pasaba era que era autista, me abrían ahorrado más de un disgusto. El desasosiego de no saber es lo peor del mundo.
Luego llegó su hermano y con él el diagnóstico entró en nuestras vidas como un misil tierra-aire. Y con eso una tristeza propia de quien recibe una mala noticia casi detrás de la otra.
Mis hijos, a pesar de todo, han sido el producto de un curro hecho como el de un orfebre. Un trabajo fino, con detalles, paciencia, cariño…y el resultado de todo ello ha dado lugar a que, este mundo, es bastante mejor desde que ellos están en él. Los amo por encima de mis posibilidades, y, aunque mi marido y yo hemos descubierto que es posible que ya hace tiempo que vamos caminando por senderos distintos, volvería para atrás y lo haría igual todo de nuevo.
Mis hijos son el verdadero trabajo de mis sueños. El amor que recibo de ellos es la fuerza que hace que me levante cada día. Sus sonrisas, la luz que ilumina mi vida. Si ejerces una paternidad al uso, con un trato al uso hacia tus hijos, cuando ven que te preocupas, cuando te ocupas, todo lo que haces te viene devuelto. No todos los padres tenemos esa suerte pero, los que tenemos hijos con alguna dificultad, somos los campeones de recibir mil en cosas en las que, sin duda, hemos dado menos. Pero son tan agradecidos! Y es un placer tan grande la crianza! No es un camino de rosas. Es arduo, difícil! No ando sobre una alfombra de pétalos y ni falta que me hace!
Lo primero decir que aquí en las Islas, el tomar aperitivo no se estila. Fue al pasar Gibraltar cuando vi que, en la Península, esta costumbre es muy común. Te pides una bebida y, para que no salgas del sitio antes de comer bailando la conga, en algunos lugares te ponen un platito de comida, o si no, tú, si eres de los que no quiere que el alcohol te caiga a los pies, te pides unas aceitunas, unas bravas (patatas o papas que, qué coño, es como lo decimos aquí) o lo que tengan en el bar de marras que suelen estar surtidos.
Empecé y terminé los aperitivos el poco tiempo que viví con mi madre. Nos reuníamos los domingos con sus amigas, y se hacía el vermut como lo llaman allí. Yo llegaba cuando ya estaba empezado, cuando salía de trabajar en un supermercado infecto que estaba junto a la playa. Trabajaba toda la semana, incluido los domingos, diciéndote como una gran cosa que ya descansabas el domingo por la tarde. Fíjate tú!! Qué generosos!! Siempre he sido reivindicativa en lo laboral y conseguí, a fuerza de discutir con los jefes que me dieran los jueves libres.
Ustedes dirán que menuda mierda de trato. Cierto, era un trato igual de infecto que el supermercado, pero mi hermano en aquellas fechas, año 92, se puso muy enfermo. Mucho. Y yo aprovechaba y relevaba a mi madre en el cuidado del peque ese día, o iba a visitarlo, aunque ella estaba agustísimo en el hospital, porque te dan comida para el enfermo y el acompañante y te vienen a preparar el sillón cama todas las noches. Además, ella contaba con la baza de no estar en casa aguantando a su marido. Cómo sé tan seguro lo del hospital y porqué lo digo en presente? Porque en él falleció mi madre años después.
Total, que me reunía allí con sus amigas y sus familias y yo, como llegaba la última y llegaba amargada, me arreaba todo el alcohol que pudiera y me zampaba de lo que hubiera. En ese entonces, yo pesaba 50 kilos, porque no he caminado más en mi vida que en esos meses. Si pusieran todo lo que andé o corrí detrás de una guagua que pasaba cuando al chófer le venía bien, o no pasaba y te veías volviendo a casa reventada del curro y con 3 kmts de pateo, en linea recta, no dudaría en que llegaría al otro lado del charco. Fumaba, bebía, tenía un hermano enfermo, el matrimonio de mi madre con su segundo marido hacía aguas y él hacía méritos para ser arrojado a la boca de un volcán activo, a mi abuelo lo habían atropellado estando yo en Barcelona…en fin, que las cosas, por usar un eufemismo, no me iban bien. Pero yo llegaba, bebía, comía, y las amigas de mi madre, que siempre han sido casa, me mimaban y me ponían delante lo que me apeteciera. Solo me faltaba un babero.
Ese tipo de momentos, con gente que fuera capaz de poner tu mierda de vida en perspectiva, los hecho muchísimo de menos. Allí te desahogabas, llorabas un poco, o no, y cargabas pilas para la semana siguiente.
Recuerdo que una de mis tías viajó con su hijos y su marido para que mi madre viera al peque que tenía pocos meses. Estábamos arreándonos el aperitivo, yo con la cara como una ardilla comiendo como si no hubiera no ya un mañana, ni siquiera un después, y escucho a mi tía que empieza a reírse. La miré para ver dónde estaba el chiste y me dijo que no había ninguno sino que estaba borracha. Yo paré mi masticación, me tragué lo que tenía en la boca y la acompañé para que se acostara, flipando en colores que tuviera que ayudarla como en los momentos en los que tuve que hacer lo mismo con su padre al que le gustaba beber. Mucho muchísimo. Cuando se recostó en el sofá me dijo que, mejor se quedaba fuera cogiendo fresco porque la habitación, acostada, se movía como un barco. Yo estaba perfecta. El alcohol, a fuerza de costumbre no me afectaba igual que a ella. Y eso me hizo reflexionar. Sobre lo muy mal que me trataba y en la espiral en la que estaba metida sin notar aún la succión final de la bajada. No fue un cambio de la noche a la mañana. Aún peleo con mis monstruos a los que hasta ahora siempre silenciaba manteniéndome ocupada o con algún tóxico, porque el tabaco y el alcohol lo son. He decidido quedarme quieta. Disfrutar de los días y hacerlo con todas las consecuencias. A pelo. Difícil. Cuando estás acostumbrada a un patrón, es complicado salir de él. Si consigo salir airosa de esta decisión, se podrá decir que estoy curada. De mis monstruos. De una parte de mi vida. Pero tener el coco sano es tan atrayente…
Háblanos de ese objeto que tanto te gustaba de joven. ¿Qué pasó con él?
Antes de cumplir los nueve años, en mayo concretamente, hice la comunión. En esas fechas, la familia te regala siempre algo para que los recuerdes, y, en el caso de mi abuela, me regaló un anillo de oro con una perla pequeñita.
Siempre he tenido los dedos muy finos y por eso me quedaba grande, y, para no perderlo, lo empezó a utilizar mi madre. Al cumplir los 9 años pegué el que sería el último estirón de mi vida y ahí, ya pude llevarlo yo. Fue raro pasar de tener cara de niña chica a mirarme y echarme edades de adolescente. Claro, con la cara, el cuerpo se adaptó a aquella nueva realidad así que, comencé a lucirlo yo hasta mucho después de encontrar mi primer trabajo. Pero, en un día de mierda, con una de esas clientas que van a cualquier sitio donde le atienden y quieren dejarte con el cuerpo hecho polvo hasta mucho después de volver a casa, me empezó a criticar el cómo le empaquetaba la compra, que estamos hablando de un supermercado de barrio por favor! con tan malísima suerte que, en una de las bolsas, cayó el anillo.
Me llevé un disgusto increíble junto con el sofoco de saber que, por culpa de atender a esa sabandija que creía que sector servicio es igual a tratar a los empleados como alfombrillas, había perdido mi anillito.
Se lo conté a mi abuela, llorando, y, por Navidad, me regaló otro exacto al primero. No me podía creer que se siguieran haciendo esas piezas después de tantos años y, claro, cuando lo vi me emocioné y le prometí que no lo llevaría al trabajo siempre que fuera a realizar labores físicas y así no perdería ni ese ni ningún otro anillo.
Al cabo de un tiempo, por cosas del desgaste, se cayó la perla y lo llevé a una joyería. Se volvió a caer al poco. Entonces el joyero me recomendó poner más oro en el centro de la pieza para sujetarla y le di fumata blanca. Y ahí sigue! Después de todos estos años y a mis cincuenta y pico, sigo llevándolo y recordando a mi abuela con él.
Parecerá una tontería pero, a medida que vas cumpliendo años, la tristeza que tienes cuando ves partir a tus seres queridos, se convierte en nostalgia y te asaltan los recuerdos así porque sí y puedes llegar a verlos delante de ti, riendo, porque yo no me olvido de su risa, y sientes que empiezas a chochear, pero no te importa, porque sabes que los recuerdas porque ya, si el cosmos es justo, te falta menos para volver a verlos.
Este es el anillo, y ese, el joyero donde lo guardo ❤️
¿Te pasas más tiempo pensando en el futuro o en el pasado? ¿Por qué?
Interesante pregunta esta. Soy más de pasado que de futuro? Siendo sincera, este cuerpo que escribe es regido por la señora doña Ansiedad. Por lo tanto, no puedo, a pesar de que lo evite, pensar en el pasado porque él es la causa por la que soy como soy. Procuro vivir el día a día pero, cuando tengo algún percance, mi mente, mi cerebro, busca en la carpeta «esto ya lo hemos vivido chata, tú ponte en modo falta de aire, angustia, ideas castastrofistas, mientras yo estoy aquí, ahondando en tu pasado, explorando en qué momento vital te pasó esto», y, mientras físicamente me preparo para la caída de un meteorito, que a veces queda en una piedrecita mínima o en nada, ese momento del pasado se pone en modo bucle.
No pienso en el futuro. Porque también me angustia. No quiero ni pensar en el futuro de mis hijos. Hay padres que saben, desde que sus hijos son unos enanos, que se van a buscar la vida perfectamente. A mi eso no me pasa. Y me angustia. Esa frase la repito pero es que yo creo que los padres de chavales con dificultades extras, vivimos encajados en ese sentimiento. Como un terrible día de la marmota. «Pasas de una angustia a otra, no te centras en el presente» me dice mi marido. Y es verdad. Y es cuando me dice eso donde noto que pasado y futuro confluyen en mi cabeza para hacerme pasar de un problema a otro, de un mal sentimiento a otro. Qué placer! (Nótese la ironía)
Recuerdo hace unos años, cuando éramos socios de una ONG que ayuda a familias como nosotros, hablando con un padre en una plaza que hay por aquí cerca de mi casa, me dijo que lo que más le dolía era que, siendo él persona deportista, que se notaba cero porque el chándal no le cerraba por culpa de su barriga, a su hijo no le gustaba el fútbol. Mientras yo trataba de no mirarlo a la cara para que no notara lo que pensaba, siguió parloteando de aquel pensamiento ridículo y absurdo en el que crees que tus hijos están hechos de tu costilla, como Eva con Adán, y deben comportarse y hacer todas tus expectativas de mierda, forzando a un chaval, quitemos que además es autista, porque hay alguno jugando al fútbol muy requetebién y con más dinero que yo en toda mi vida ganándome incluso una primitiva, pues a dedicarse a algo que le importa tres rábanos.
Cuando lo pude mirar fijamente, vi que el idiota se había emocionado ante su tragedia griega. «Eso es todo lo que te preocupa?» Le pregunté. «A mi me da desazón no saber a qué podrán dedicarse en su vida adulta y, la verdad, la palabra fútbol no ha entrado ni una sola vez en mi cerebro». Luego miré a su hijo, que parece un chaval inmerso en una profunda tristeza, con unos ojos negros que, cuando los miras no te dan idea de lo que se oculta detrás de unas pestañas enormes, con una madre sobreprotectora, que lo trata como un bebé teniendo el muchacho la edad de mi hija. El pibe es autista. Pero no tonto.
En fin, hoy debo preparar todo para que mañana el peque, al levantarse, descubra sus regalos. Me veo empaquetando los regalos en el trastero y es algo que me da una pereza terrible, pero hace un momento, al entrar en mi habitación, teniendo como tiene una psicomotricidad penosa, se ha dado un golpe en un pie. Va descalzo y sin calcetines, así que a mi, que lo he visto, se me pusieron los pelos como escarpias. Se tiró junto a mi, y yo, que estaba escribiendo, he querido safarme de la situación. «Te diste, te jodiste» me hubieran dicho mis progenitores. Luego he pensado en lo de vivir el presente, y lo he abrazado, lo he besado, y me he estado un rato sin pensar en otra cosa que en vivir ese momento. Cuando se ha ido, ha dejado la huella de su cuerpo en mis brazos, en mi corazón, en mi alma, y, ese sentimiento, no hay ninguna angustia que pueda venir a derribarlo.