Me gustaría legar mi paciencia, el saber entender, como lo he hecho, a la persona que tenía en frente, sus diferencias, sus imperfecciones, iguales o distintas a las mías, pero complementarias. Como las piezas de un puzzle. Me gustaría legar el amor, en general. El que siento por mi marido, por mis hijos, mis hermanos…El amor que siento por mis amigas, esas que me han ayudado a tejer la red sin la que, la caída por la muerte de mi madre hubiera sido más tremenda. La que impidió que me hiciera añicos.
Me gustaría legar mi constancia, mi empeño en conseguir las cosas que quiero, esa me ha permitido ser la mujer que soy hoy día. La que siente curiosidad por todas las cosas y tiene la ambición de crecer y seguir conociendo cosas distintas y maravillosas.
Quiero legar mi insensatez, esa que me llevó a abrir un blog solamente por la locura de escribir todo lo que llevaba años escapando como una pequeña gotera y que ya deseaba ser río, ser contado.
Quiero también legar mi mal humor, mi suspicacia, como diría Peter Parker, mi sentido araña, esa que hace que se me ericen los pelos del cogote. Los que detectan la mala baba de algunos a un montón de metros, que hace que los evite como un mal hedor. Aunque eso, si se me permite, lo legaría íntegramente a mis hijos, para poder cerrar los ojos sin sentir la incertidumbre de qué será de ellos como último pensamiento. Quiero que, si en alguna parte ponen descansa en paz, no sea solo una frase hecha, quiero cruzar al otro lado ligera como un pajarito, como una alondra, volar directa y decidida a los brazos de la oscuridad. Sin ninguna pena, empujada con todo el amor.
Hoy he pasado una noche de mierda. He dormido fatal, con un montón de pesadillas que han hecho que me despierte todas las horas. No he cenado tarde ni copiosamente, así que la historia ha de venir por algún otro lado.
Ayer, mirando Instagram en uno de mis descansos entre test y test del temario, vi un video sobre la depresión, de un chico que se hace llamar en esa red, @neuro-prevencion, y el video me ha removido algo dentro que tenía guardado muy profundo.
Hace muchos años, había un chico de unos veintipico de años, que unía a su juventud un montón de intereses. Le encantaba viajar, y así hizo con cuatro chicos más en un coche blanco que debía ser un seat 127 por lo que yo recuerdo. Se recorrieron casi toda Europa, atravesando la Península porque claro, había que llevar el coche. Para algunas cosas, como viajar, vivir en una isla, a no ser que seas británico y atravieses el tunel que une tu tierra con el resto de Europa, es una porquería.
Le encantaba leer y era de los que te recomendaba una lectura, y, riendo, te decía: «Cuando termine el libro te lo dejo». Y ya ibas salivando las ganas de echarle mano a lo que, seguro, iba a ser una maravilla. Jugaba al ajedrez, y siempre llevaba consigo un pequeño tablero de esos en los que las piezas van imantadas, junto con un libro de jugadas que él practicaba donde le diera por ahí.
Un día enfermó. Lo que empezó siendo, o creíamos que era, una profunda tristeza, se convirtió en una palabra maldita. Depresión. Y, mientras esa maldita enfermedad se comía todas sus energías, todas sus capacidades de sentir ningún tipo de placer, que convirtió su vida en una absoluta agonía, podías ir viendo cómo, incluso físicamente, se producía una transformación. Sin querer entrar en detalles dolorosos, con 57 años, arrastraba los pies al caminar como si fuera una anciano. Como bien dice el muchacho en el video, estar deprimido no es estar triste, ni tiene que ver con echarle ganas. Qué va!
Tres años antes de alcanzar esa edad, me preguntó, como quien no quiere la cosa, que qué ocurriría en caso de que él falleciera con su herencia y con su ex mujer, de la que solo estaba separado. Decidí explicarle que, para cualquier cosa, mejor, divorciarse, y así hizo sin contárselo a nadie. Una vez tuvo todo arreglado, incluida la aceptación de la herencia de sus padres, y para asombro de nadie, decidió acabar con su sufrimiento.
Era lunes. Lunes de Pascua exactamente. Yo estaba a punto de salir de mi casa para llevar al niño a la guardería e irme a trabajar, y, de repente, observo que mi madre me ha mandado un mensaje a las 3 de la mañana. Que la llame, me pone. Ella volaba al día siguiente de vuelta a su casa. Seguía en la isla. Hice lo que me dijo, y me contestó llorando y diciendo que se había ido. Que esa tarde, viéndose solo en casa, preparó su partida y se fue. Mi madre me dijo que él le había partido su vida en dos mitades cuando tomó esa terrible decisión. Y, justo en ese momento, sentí que algo crujía en mi interior. Algo rompió dentro de mi en ese momento y para siempre.
En la última sesión con mi psicóloga, me dijo que el duelo es una piscina llena de mierda, en la que uno debe sumergirse hasta el fondo, y quitar el tapón. Hoy, por fin, bajo al fondo de la mía, y decido llorarle como no le pude llorar entonces, esperando que con mis lágrimas, se mitigue el dolor de su partida.
¿Cómo mantienes el equilibro entre el trabajo y la vida personal?
Difícil pregunta esta. A mi, el trabajo que realizo se me ha entremezclado con mi vida personal de todas las formas y maneras. Hubo un tiempo, antes de nacer mi hijo, que me traía el trabajo a casa para luego repartirlo a los distintos juzgados que habían de camino al mío. Tenía, por supuesto, el permiso, no solo de mis superiores inmediatos, sino de quien estaba por encima de ellos dos. Yo llevaba un carro, esos que son de compra, y, mientras iba llevando a mi hija de camino a la guardería, se iba conociendo a todos los compañeros que me iban preguntando por la evolución de la niña. He de decir, que, durante un tiempo, casi un año, no hablaba de otra cosa que de ella. El diagnóstico me había conseguido enmarañar todas mis ideas, y no pensaba con claridad. Los compañeros aguantaban la chapa con una mezcla de pena y no saber qué decir. Seguramente, ahora, a mis años, eso no hubiera pasado. Lo bueno es que, a veces, le esperaba una pequeña bolsa de chuches, o un regalito minúsculo hecho por alguien, lo malo, es que tenía que levantarla muy temprano para llegar a todo antes de las nueve de la mañana que habríamos al público. A ella que odia madrugar.
También estuvo siempre el sacrificio de no ir ni hacer muchas cosas «porque mamá está estudiando para las oposiciones». Pero eso se acabó, y ahora que estoy preparando promoción interna, no quiero perder el foco de mis hijos. Ya no más. Me gusta estar enterada de todo lo que hacen, de todo lo que tienen fuera y dentro del cole, de sus clases, me gusta acompañar a mi hija en el gimnasio. Ver lo fit que es. A veces, sin que me vea, la miro hacer algún ejercicio de yoga, y veo con admiración que lo ha conseguido realizar completamente. «Ole mi niña!!!»
Todo esto lo cuento porque el otro día, mientras estudiaba, como tengo una casa minúscula, puse el oído en lo que pasaba en el salón, porque noté que mis retoños empezaban una discusión, o más bien, mi hija se enfadaba muchísimo con su hermano y este guardaba silencio. Fui al salón y me lo encontré con un plato de lentejas, solo y a oscuras. Le dije que fuera a la cocina a comer y estuve con él sin preguntar. Cuando ya acabamos, volví a mi habitación y él fue casi detrás a decirme que iba a contarme una cosa que poco más o menos venía a ser un secreto de estado. Lo era para él. Pero era solo la razón por la que su hermana estaba enfadada. Quería explicar todo tal y como fue y que yo lo escuchara. Sin opinar. Me dijo que su hermana y él habían tenido una interferencia. Después de escuchar lo sucedido, le expliqué que era un malentendido. Me dijo que sentía que tenía una disculpa. «Te quieres disculpar?» -Le pregunté. Y me contestó que no. Que eso le tocaba a ella mientras ya le asomaba una lágrima en el ojo. Luego vino ella, compungida, pidiendo perdón, y diciendo que «es que él es muy cuadriculado». «Tú no piensas que, a lo mejor eres igual, y que tu cuadrado ha chocado con el suyo?» -Le dije. Y se echó a reir.
Entonces la abracé a ella. Por reconocer como una buena persona que es que se había equivocado y por tener el valor de disculparse. Después lo abracé a él. Porque sé que un enfado de su hermana con él, le duele profundamente.
Estas son las cosas que no quiero volver a perderme, en las que no quiero dejar de estar nunca más. Por eso, tras suceder lo que he contado guardé mis apuntes y decidí estar presente en mis hijos. Mientras ellos quieran. Mientras me lo permitan.
¿Cuál es la prenda o el accesorio más antiguo que llevas hoy?
Tengo una camiseta, con un ribete dorado, muy elegante, que me pongo cuando hace frío y necesito ir bien vestida pero sin pasarme, porque, cuando uno va a juicio, debe ponerse un poquito bien, no mucho, pero si lo suficiente para no parecer una irrespetuosa con el juez, que se pone su traje y su toga encima . Mi camiseta es de manga corta pero es abrigada y, cuando uno tiene problemas de menopausia, me es suficiente en días como el de hoy, un dia lluvioso y un tanto frio. La camiseta perteneció a mi madre. Ella cuidaba su ropa como su cuerpo, con mucho mimo. Total, que ella y yo teníamos la misma estatura, misma complexión, misma talla de zapato. Mientras la cuidaba en el hospital, le dio por pensar lo desamparada que iba a quedarme sin su ayuda económica aunque a mi eso me daba igual y se lo dije. Yo hubiera renunciado a todo por disfrutarla un año más. Por eso mismo, y porque una madre no deja de serlo hasta que la vida le dice hasta aquí, me pidió que fuera a su casa y cogiera lo que quisiera de su armario con toda la confianza. Zapatos, ropa de deporte…Le dije que no.
Después de fallecer, tuvimos que arreglar lo de la herencia, con lo que me vi obligada a volver a viajar porque la herencia debía aceptarla en el lugar donde había recidido y fallecido. Un tute de un montón de kilómetros cuando tú lo único que deseabas era estirar el tiempo pasado con ella unos pocos años más. Me llevé una maleta vacía que me traje cargada de su ropa, de su olor. Esta camiseta debe tener un porrón de años porque ella, como digo, trataba todo con mucho mimo. Me gusta ponérmela cuando estamos en sala. Me gusta sentirla junto a mí, aunque fuese a modo de tejido. No sé si a otras personas les pasa, pero mi madre tenía un olor corporal producto de sus cremas y perfumes que daban una idea de ser una persona limpia y cuidada, e impregnaba todo con él.
Hoy hemos celebrado un juicio que, por unos instantes, y, a consecuencia de lo demandado, la oí hablarme y decirme que la gente podía llegar a ser muy sinvergüenza. Notaba su indignación, que debía ser la mía propia, y, para calmar la rabia, decidí imaginar que, quien litigaba, iba a perder el juicio, y que la iban a condenar en costas aunque no tengo ni idea de si eso será así o no puesto que no estoy en la cabeza de mi jefe. Entonces oí la risa de mi madre, esa risa de cascabel que le daba cuando yo le soltaba alguna tontería de las mías. Ella también pensaba que eso debía serlo justo. Pasé mi mano por la camiseta y, por suerte, mi indignación bajó al contacto del tejido.
Ahora se entiende que a los bebés se les ponga alguna cosita que haya llevado primero su madre para que duerma y se sienta más tranquilo. Eso pasa también de adulta y, pase lo que pase, vivas los años que vivas, eso será así hasta que tú misma cierres los ojos y partas igual que lo hizo ella.
Hace mucho tiempo, no sé si me lo contaron o me lo estoy inventando, había un señor que poseía un jardín enorme, lleno de todo tipo de árboles frutales que daban unos frutos maravillosos. Además, este señor no dejaba que nada ni nadie visitara su jardín, ni siquiera las aves, y, para ello, lo mantenía vallado y con espantapájaros para evitar que nada pudiera estropear tanta belleza. A veces paseaba por él y cogía alguna manzana que iba comiendo despacio mientras contemplaba su obra. Notaba, con algo de preocupación, que sus árboles iban cogiendo una tonalidad algo oscura y apagada. Al principio, se circunscribía a un rincón, pero más adelante notó que la oscuridad se extendía poco a poco por todo el jardín.
Al otro lado del muro, vivía un pequeño y su madre, una mujer delicada de salud a la que su hijo no sabía qué hacer para verla feliz. Un día, por encima del muro, vio que sobresalía la manzana más roja que había visto en sus 11 años. No se lo pensó dos veces y trepó hasta alcanzarla. Tras probarla, decidió llevar unas pocas a su madre, y consiguió con ello que la mujer se pusiera muy feliz, así que, los asaltos al jardín se convirtieron en una rutina diaria.
Un día, el dueño se dio cuenta de que el jardín tenía un brillo especial, tanto, que ni la luz del sol conseguía ese fulgor. Extrañado, decidió averiguar a qué se debía ese cambio. En esas estaba cuando oyó un ruido en el muro y luego vio a un renacuajo flacucho al que pilló bajando la pared. Cuando lo agarró por el brazo, notó que, si se descuidaba, podría llegar a hacerle daño, así que se ahorró darle el pescozón que le tenía preparado.
En un momento lo entendió todo. Su jardín agradecía las visitas de aquel niño y del disfrute de sus frutas. Entonces se agachó para poder mirarlo directamente a los ojos. «Escucha»-le dijo, «no vuelvas a saltar ese muro tan alto que puedes hacerte daño. Si quieres algo toca a mi puerta que siempre serás bienvenido. Mi jardín está encantado con tus visitas, así que yo no te lo voy a poner difícil.»
A partir de ese día, aquel jardín se convirtió en el mejor y más famoso a muchos kilómetros a la redonda.
Esa es la historia que escuché o que me he inventado…
Me gustaría cualquier pequeña mejora que me llevara más adelante a ser una anciana que se levanta a la hora que le apetece, que pasa su tiempo entre paseos por la naturaleza, viendo el volar de las aves, el sonido del viento entre la rama de los árboles..una vida que me permitiera leer sin agobios.
Me gustaría tener una pequeña casita con vistas a un jardín, con un pequeño huerto, nada ostentoso ni de dos pisos…no necesito más que alejarme del ruido, de las prisas. Tener un sitio donde no existiera el estrés. Donde pudiera, por fin, dormir lo que me apetezca.
Supongo que a mi marido le gustaría más vivir junto al mar. Y yo, por supuesto, seguiría su capricho, no porque supedite mis deseos a los suyos, sino porque nos queremos lo suficiente para no considerar, este tipo de cosas, un sacrificio. Él me ha dicho muchas veces que le gustaría morir y ser alimento para los peces. Que un ser vivo aprovechara su cadáver. Y entonces pienso que, así, de alguna manera, seguiría viviendo en la naturaleza, formando parte de ella, siguiendo el ciclo de la vida. No creo que él pudiera sentirse más feliz si todo sucediera de esa manera.
Quien quiera que sea el que sobreviva al otro, esperará acompañarle en su viaje mientras disfruta de la vida hasta el último minuto. Tranquilamente.
Explica una historia sobre alguien que haya tenido un impacto positivo en tu vida.
Cuando mi hija era pequeña pero mis sospechas sobre que era autista eran muy grandes, vi un pequeño video en YouTube en el que, la madre de una niña pequeña, recibía el diagnóstico en una época en la que el autismo no es que estuviera en pañales, es que, encima, se consideraba una enfermedad mental. Total, que a la buena mujer le decían que, para decirle qué le pasaba a su hija, necesitaban la presencia de su marido, porque, supuestamente, no lo iba a entender. Ella aclaró que era licenciada en Harvard. Eso para empezar. No solo podía entenderlo, podía aceptar el insulto sin despeinarse.
Tras el primer insulto llegó el siguiente, porque, según el doctor, lo que le pasaba a la niña era consecuencia de una mala crianza, o mejor, consecuencia de no ser una madre cariñosa, lo mismo que me decían a mi los que me rodeaban. Ella contesta irritada que tenía otra hija criada de la misma manera y que no tenía aquellos comportamientos. Daba igual, la culpa es de la mujer, cómo no.
Luego llega la solución que pasa por ingresar a la niña en un sanatorio y olvidarse de ella. Y la madre dice que no. Que si no hay pautas para modificar ese comportamiento. Y el médico le dice que no.
Cuando vi esa secuencia, y me imaginé esa madre, en esos años, saliendo de la consulta con una niña que no hablaba, a la que habían arrojado toda la culpa en la cara, siempre me pregunto de dónde sacó la fortaleza de llevarla a su casa y dedicar al problema todo su tiempo, con los medios que existían antes que debían ser escasísimos.
Existe otra secuencia muy famosa en la que su hija habla de que su madre la educó en respetar las normas y en aprender a buscarse la vida sola. Habla de que su madre siempre le decía que ella era distinta pero no inferior a nadie. Eso, mientras su madre la escucha emocionada.
En ese preciso momento yo decidí ser como aquella señora. Decidí buscar las herramientas que las redes me permitían y me metí en todos los grupos de Facebook donde se hablara de autismo. Comencé a seguir a científicos que explicaban qué funcionaba y qué no cuando tratabas con una persona autista. También he repetido hasta la saciedad eso de que eres distint@ pero no inferior. No dejes que te pongan a un lado o detrás. Demuestra que puedes.
Más adelante he seguido mi propio criterio y he ido abandonando grupos y estudiando todo lo estudiable. No quiero estar en la misma categoría que esa señora. Esa señora llegó a ser para mi una diosa del olimpo. No entro en esa categoría. No necesito reconocimiento público de ninguno de mis hijos. Tienen alexitimia y son incapaces de agradecer nada ni pública, ni privadamente. Me conformo con ver que lo que yo les ofrezco como madre los hace feliz. ESO es ahora mi mantra, pero he de reconocer que Anna, que así se llama la mujer, ha puesto el listón muy alto y se merece todos los homenajes que su hija le dedique. Aún vive. Tiene ochenta y muchos años! Pero es que, estoy segura, su hija, es el motor que tiene para seguir viviendo. Viva Anna Eustacia Cutler!!
Siempre, durante toda mi vida, he sido un Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Solo he necesitado algo de ayuda cuando comencé a trabajar y mi hija se encontraba muy enferma. Era muy pequeña, así que, miré a mi alrededor y, buscando a alguien, pensé en una persona que no trabajaba por las mañanas. Cuando estaba intentando coger carrerilla, explicando lo enferma que estaba la niña, antes incluso de solicitarlo, de pedirlo, mi interlocutora me dijo que ni se me ocurriera terminar la frase. Que la respuesta iba a ser no y así fue. Estuve tres días sin ir al trabajo. Eso sí, cuando envié los justificantes, mis jefes fueron, y no estoy siendo cínica, bastante más comprensivos que ella. Así que, desde ese día y hasta hoy, decidí que no iba a pedir un favor ni iba a contar nunca con nadie para sacarme las castañas del fuego. No fue nada proporcionado. Poner en el mismo saco a tod@s por un garbanzo negro no es justo. Y, mirando hacia atrás, nunca dejaría a mi niña con alguien que no piense menos que ella es un ser humano maravilloso. He conocido gente mucho más generosa y solícita a lo largo de mi vida. Mis amigas, por ejemplo. Fuimos juntas de viaje y mi hija fue con nosotras. Y disfrutamos como dos enanas, como ella misma dijo que ocurriría.
Ahora, llevada por esa misma estela insolidaria, por no querer tener que contar con nadie para nada, ni un permiso, ni las vacaciones, ni nada, he decidido ascender. El sueldo es un meh, pero supone llevar tu mesa y tus expedientes. Ahora mismo trabajo con alguien que es una persona maravillosa, pero, es interina. No vamos a trabajar juntas muchos años. Con ella me llevo de maravilla. Nos reímos de las mismas cosas y tenemos la misma filosofía laboral. Ahora disfruto mucho mi trabajo, pero llegará un momento que esto acabará. Y uno debe crecer y buscar sus propios lugares donde seguir siendo una misma. Y lo haré. Sola. Sintiéndome como un águila. Volando sola. Casi sin mover las alas. Planeando el aire.
Querría ejercer de tal. Una de esas mujeres que se levantan con su batín, se toman un café con toda la tranquilidad mientras el mundo fuera va al ritmo que impone la vida, corriendo, deprisa, no sea que perdamos no sé qué. Luego me sentaría a escribir o a leer. En cuestiones de lectura voy con un retraso monumental. Ahora mismo solo leo la ley. Penal para ser más exactos. Y es todo tan denso como un puré, farragoso en algunos puntos porque la ley, en origen, se publicó en el año 1882 y hay algunos apartados que siguen teniendo el mismo tono del siglo XIX.
Por las tardes me iría a pasear a la playa. Jolín! Hace tanto que no puedo dar un paseo! Sola!
Si jubilarse no lo consideramos un curro, entonces, me gustaría ser escritora. Pero no una cualquiera. Una que tenga las cuentas alicatadas, como Daniel Steel, que debe haber hecho un fortunón porque sus libros, algunos, se han convertido en películas y eso, amigo, son palabras mayores. Escogería su vida solo para utilizar su mansión y bañarme en su piscina.
Tampoco me importaría ser Isabel Allende. Pero solo un día. Para ver qué piensa esa cabeza tan lúcida. A ella la envidio menos. Perder una hija y hacerlo como lo hizo ella, es algo que no merece nadie. He leído su libro, Paula, y el relato de lo que tuvo que pasar hasta que su hija decidió marchar, fue algo muy triste. Pero sí envidio su creatividad. Su capacidad de trabajo. Eso me lo aplico para mí, por eso cuando los compañeros me preguntan que cómo estudio, trabajo, y bla, bla, bla siempre recuerdo a las que vinieron tras nosotras. Mi abuela tuvo 6 hij@s!! Y no habían las cosas que nos facilitan la vida diaria. Aunque ahora que lo pienso, jamás la oí decir que estaba estresada. Sin embargo yo he tenido un herpes zóster, maloclusión dental, falta de vitamina B, y un largo etc de enfermedades que son un efecto colateral del estrés. Así que sigo quedándome con lo de ejercer de jubilada. Un problema en mi vida menos!
¿Qué hace que te centres en la vida?
Siempre he tenido un alma de persona mayor. Siempre he sido muy sensata y, por cosas que no vienen a qué, nunca he querido dar un disgusto a nadie por causa de mi comportamiento. Por el camino recto. Para ver y sentir que alguien, en algún momento, se sentía orgulloso/a de mí. No pudo ser. En mi familia eso de expresar satisfacciones consistía en alabar a los hijos de los demás. Aunque tú acabaras de hacer un triple mortal carpado. Daba igual.
Luego me casé y tuve hijos. Y, con ellos, la cosa se puso ya del color de las hormigas. Veía como la gente me soltaba mentiras o impertinencias en la cara, como un juez, hace años, que al decirle el diagnóstico de mi hija me contestó: «Como Sheldon Cooper! Vivir en su casa debe ser muy divertido!!» Le contesté educadamente que, la vida real, no consiste en una serie de humor, y que yo no estaba para ver nada de lo que me sucedía de una forma humorística.
Con mis hijos me dediqué a formarme, a leer, y, he de reconocer que, a medida que me he ido informando, más se ha avinagrado mi carácter. 19 años de tomadura de pelo les escribe.
He pasado por un montón de cosas pero, he de decir también que la maternidad me ha dado cosas muy positivas. La primera de todas es que, por primera vez en mi vida, me he sentido mirada y admirada. Ellos sí que están orgullosos de su madre. Y, a estas alturas, eso es lo único que me importa.