El ordenador

¿Cómo sería tu vida sin ordenador?

Como punto de partida, voy a poner un ejemplo laboral de lo que era antes trabajar sin ordenador.

Cuando empecé en justicia, me tocó un juzgado de menores. En aquella época, por la protección al menor, el juicio no se grababa y yo, al ver el equipo de grabación, que era una torre enorme llena de botones, me alegré porque al llegar al juzgado no había un dios que supiera explicarme aquél lío. Total, que en una de las veces que se fue el juzgado a celebrar vistas a otra isla, me quedé de retén porque se daba la paradoja de que, el autor de los hechos, vivía en esta isla. Yo había advertido a mi jefa que el mando de la sala de vistas no funcionaba bien. Y ella no me hizo caso. Era nueva amigos! Yo qué iba a saber!

Pues bien, llega el día del juicio, y, cuando voy a marcar el número de teléfono con el mando del televisor, viva la prehistoria!, el mando me manda a freír bogas. Llamo a mi compañera, mi oráculo de la verdad, y me dice que vaya con el muchacho, un tío que en un arrebato violento había destrozado un montón de coches, al otro juzgado de menores que estaba a dos calles y una cuesta empinadísima del mío. Y allá que fuimos!

Él no me miraba, era huidizo, y yo sí a él por si me arreaba una torta como a los coches, y nos plantamos en una sala donde yo no conocía el sistema. Marqué y vi la cara de mis jefas, enfadadas porque algo que había yo advertido que estaba roto, efectivamente, lo estaba. Qué barbaridad!

Identifiqué al muchacho, y, cuando iban a comenzar con el juicio, sin abogado, sin emoción alguna, dijo: «me conformo». Yo, que por aquél entonces suspiraba por oír la voz de mi hija, me quedé pensando que, tal vez, eso de hablar estaba sobrevalorado. Sobre todo teniendo en cuenta el coste que debía suponer lo que había hecho a la economía familiar. Y me sentí triste, por él,  que andaba girando como una colilla en un retrete, con algo que lo iba arrastrando a ser carne de prisión. Pensé en su familia, en su madre, y allí me quedé, mirando la escena como si de un enterramiento se tratase. En silencio. Solo me faltaba un sombrero de ala ancha entre las manos.

Hoy me he desvelado porque ya, si no voy al gimnasio, duermo menos. Me he despertado enredada en un abrazo con mi hijo. Y, siguiendo un impulso, he decidido quedarme así, abrazada a él, por si en algún momento de su vida decide dar un mal paso. Que recuerde el amor que le tengo, y que eso le sea suficiente para no darlo.


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