Intentamos ver Avatar

El viernes, teníamos programado, toda la familia, un viaje por Avatar en una sala de cine. Habíamos puesto el evento hacía como más de quince días, y, por fin! había llegado el día. Cenamos en un sitio de comida rápida, el preferido del enano, que era el que tenía que aguantar casi 3 horas de película, y nos dirigimos a los paneles de la entrada del cine. Qué cosas! Ahora la gente autista puede predecir, hasta ajustar bastante, su ocio, incluído cómo de llena va a estar la sala. Cuando mi aún marido lo miró, dijo que debíamos posponer el pase porque las butacas que él quería, y las demás, estaban ocupadas y que no íbamos a entrar. Mi hijo empezó a bailar la danza de la victoria, como si, en vez de ver Avatar, fuera a ser ejecutado. Algo así. Antes de eso, mi aún marido me puso a recordar la sinopsis de la película, dejando claro clarinete que él es más lo que sea porque recuerda el nombre de las tribus que conforman Avatar. Yo estuve a punto de decirle que yo recuerdo todas y cada una de las citas médicas del niño y los días de sus exámenes,  la que le pongo la vacuna de la alergia a diario… pero decidí callarme aunque creo que ahí está el error de mi relación con él. Cuando no quiero conflicto, me callo, mientras veo cómo él se adentra en mi territorio. En cosas que debo decidir yo, o en cómo mide él la inteligencia de ambos, dejando claro que él es siempre más.

En vista del escacharre del plan, nos pusimos a dar un paseo por el centro comercial al que nunca habíamos visto de noche. Mis hijos estaban incomodísimos hasta que dije la hora que era y se relajaron. Pensaban que no iban a conseguir estar en la cama a SU hora, y eso los estaba poniendo nerviosos.

Nos metimos en una tienda a comprar material para hacer una maqueta de un paisaje tropical, creo que se llama. El niño tiene que hacerlo y todos sabemos que eso es algo que mandan los profesores a la familia. No sé porqué, si tiene adaptación curricular, tiene que realizar una actividad que requiere, de entrada, imaginación, de creatividad, dos cosas que tiene mi hijo extirpadas de su cerebro. Pensar que él conseguirá hacer ni una porra sin ayuda es creer en unicornios.

Tras la compra, se metieron en una tienda de chuches y miraron curiosos las cestas que tenían para vender para el día del padre. Yo las miraba aburrida y me salí de allí porque odio el olor del azúcar. Si, yo también soy rara! y ya me estaba dando hasta un poquito de asco el fuerte olor que venía de los expositores. Mis hijos fueron los únicos de la tienda en salir con las manos vacías. Creo que pensaron que su padre los invitaría pero no hubo suerte. Mejor!

Volvimos luego a casa porque yo comienzo a escribir temprano, luego recojo un poco y me voy al gimnasio. A levantar hierros. Mientras escribía noto la presencia de mi aún marido. Me propone salida romántica el martes próximo y le digo que no. Me pregunta que porqué y le respondo que es una semana de exámenes del pequeño, que luego debo ir a recogerlo en la guagua miércoles y jueves, llevarlo a la terapia, y que el único día que voy a tener divertido es el martes, que voy a zumba, y que no me apetece sacrificarla por él. Me pregunta que qué pasa con lo que él necesita y yo, bajando la voz hasta el punto de congelación, le respondo que esa misma pregunta debí responderme yo cuando me presenté al examen de oposiciones con mi hija, dejando al enano en manos de alguien de confianza, o cuando se iba una semana de navegación, o cuando se ha ido de acampada, o cuando… «Me importa un rábano qué necesites» le dije. «A esto se le llama reciprocidad». No me contesta. Se va y deja de hablarme. Por enésima vez en nuestra convivencia. Agradezco el silencio. Ya vivo cómoda en él. Recuerdo cuando eso era un castigo y yo me angustiaba porque necesitaba que me hablara. Que cuando le preguntase si quería café me contestase. Ya no. Por mí puede estar sin hablarme hasta que uno de los dos estire la pata, si eso hace que entienda que hace muchos años sobrepasó los límites y ahora lo estoy poniendo en su sitio. No de manera rencorosa. Sin odios. Haciéndole entender que aquí no sólo hablamos de su persona. Que aquí ha dejado de ser todo el monte de orégano. Que soy un ser humano que no va a perder el tiempo en hacer a otro feliz cuando ya lo consigue sin mi ayuda. Me toca hacerme feliz a mi y es algo que pienso seguir haciendo hasta que la vida me diga: «neni, calienta que sales».

, , , ,

3 respuestas a “Intentamos ver Avatar”

  1. Me gusta leerte, Ana. De verdad.
    Me parece tan necesaria esa postura que has tomado… tan justa. Aunque haya llegado después de muchos años de aguantar, de ceder, de callar para evitar esa forma de actuar de tu marido, que por cierto la ley de hielo ya sabes que también es una forma maltrato psicológico. Nunca es tarde para mirarse y decir, “yo también estoy aquí”.
    Hay algo muy poderoso en darte cuenta de que no se trata de pelear, sino de equilibrar. De entender que el respeto no es una guerra y lo que has hecho no suena a rencor, me suena a dignidad.
    Me encanta que te hayas elegido. Que no sacrifiques tu martes, tu zumba, tu espacio. Que no negocies lo que es tuyo, eso no es egoísmo, es justicia contigo misma. Y sí, aunque haya costado años llegar ahí, qué bien que hayas llegado.
    Porque cuentas. Y mucho.
    No como apoyo logístico, no como agenda ambulante, no como acompañante secundaria. Cuentas como persona completa.
    Y leerlo así, con esa mezcla tuya de ironía y cruda realidad, me parece muy valiente. Muchos besitos. 😘💝🌷

    Le gusta a 2 personas

  2. Muchísimas gracias por comentar. Hoy más que nunca sé que llevo años aguantando un mal trato bien de sutil, bien de gota malaya, yo que decía que no iba aguantar ninguna cosa de esas. No lo descubrí en Internet. Lo descubrí al ir a terapia. Y entonces dije stop. Se acabó. Y ahora toca crecer. Y curar. Y, tal vez, alejarme y seguir. No por dignidad sino por acabar de sanar. Un abrazo fuerte! 🫂 Gracias! ❤️

    Le gusta a 2 personas

Replica a sandruski1 Cancelar la respuesta