Ayer fue un día de estos que si me llega a fallar la salud, no sé cómo me las hubiera apañado. De entrada el trabajo. A lo de la jefatura hemos de añadir ahora el repartir unos cinco mil escritos que están atascados en la jurisdicción civil. Les entra, cada día, cerca de ochocientos escritos y el Decanato lleva un retraso, ahora mismo, de casi una semana. Traslados, jubilaciones, ceses…han hecho que todo esto se les haya hecho bola. Y nos han mandado a remar en esa barca, mayormente para que no se hunda.
Salí corriendo porque tenía que ir a por el niño al colegio, con parada en casa a comer. La preparación del menú le tocó a mi hija, que lleva unos días regulinchis anímicamente hablando y con la que no he podido tener una conversación serena. Tras tragarme el último bocado, volví en modo «corre que te pillo» hasta la estación de guaguas. Un viernes. La ciudad atascada de tráfico por todos lados. Miro el reloj y me da miedo no llegar a tiempo. Viene la guagua. Al subirme me dan ganas de abrazar al chófer. Junto a mí se sienta una chica joven, pelirroja, con pinta de extranjera. Me pongo a mis cosas y le pierdo la pista.
Llegando a mi parada, la pelirroja toca el timbre. «Qué suerte!» pienso, «nos bajamos juntas!»
Llego jadeando al cole en modo actriz porno. La cuesta para llegar al colegio es grande y en forma de U. Vas subiendo una montaña grande y empinada aunque no lo parezca. Ya se encarga tu cuerpo de recordarlo!
Para mi sorpresa, veo llegar a la pelirroja. Vaya! Hay alguien que viene a recoger a su hijo de lejos igual que yo. Más sorpresas. Ve llegar a mi hijo desde el patio y lo saluda por su nombre. Caray!! Cuando se abre la puerta le pido a su tutor una tutoría telefónica. La profesora de Geografía se ha pasado tres pueblos con lo del trabajo del paisaje. No le ha dicho ni mu al crío, a diferencia del de Biología que sí que lo ha felicitado por el trabajo de las bacterias que le ha hecho su hermana pero que se ha aprendido de memoria para la exposición. En fin, estamos a un paso de la queja a dirección y quiero evitar remover el avispero con el cole. Aunque pensándolo bien, que a una persona autista se le quite el transporte escolar ya ha removido el avispero familiar. Y no han ni pestañeado!
Cuando llegamos a la parada de guaguas de nuevo, oímos la alarma del cole que indica que han terminado las clases. Miro al niño y me dice que ya podemos irnos a casa. Me apunto mentalmente trabajar esa rigidez. Le pregunto por la chica pelirroja. Hace memoria. Puedo oír al engranaje de su cerebro moverse con dificultad a través de su memoria. «La señora que estaba a tu lado?» Me pregunta. Esa! Le contesto. «Es la madre de V…» Alucino! Acabamos de mantener una conversación en donde han interactuado varios factores, y la hemos terminado con éxito. Llega la guagua con el mismo chófer y siento las mismas ganas de abrazarlo ya por un motivo distinto. El de que algo en la cabeza del niño ha conectado y está buscando el camino neuronal adecuado. Cómo guiarlo? Ojalá saber cómo. Observaré!
Al sentarnoss, le digo que no hace falta que suene la alarma del colegio para dar por finalizada la jornada. Él había terminado porque estaba en el patio regulándose él solo, dando paseos y escuchando una música que no sé de dónde venía. Al verme se puso a bailar en modo perreo. Es un autista cachondo. Ahora es él el sorprendido. Acabo de abrir ante él un mundo distinto al que le deja ver su cerebro. Un mundo sin líneas ni aristas, uno redondo, sinuoso. Me dice que le viene fetén marcharse antes del colegio y hacerlo de manera permitida. Le doy un beso. No le he dado ninguno hasta ahora. Le huelo el pelo. Huele a limpio, a fin de semana, a tiempo juntos. Huele a cambios. Huele a felicidad!