El viernes libre

Estamos desde ayer, que me pillé libre en el trabajo, instalados de nuevo en la casa del sur. Tras dejarnos mi aún marido en la zona de aparcamientos, descargamos las cosas y nos fuimos a comprar. Unas pizzas, una siesta y una caminata después, nos fuimos a la playa. Por el camino íbamos mi hija y yo hablando sobre lo difícil que se me está haciendo el curro, todo ello mezclado, que no agitado, con la menopausia. Siento a veces una tristeza profunda, con muchas ganas de llorar a gritos, de romperme la ropa, hasta que pienso que eso en Avatar no estaría muy bonito ni pedagógico y se me pasa. Total, que llegamos a la playa cuando la gente corría en dirección contraria para llegar a sus apartamentos, ducharse y ponerse sus mejores galas y colocar luego sus carnes en un bar donde pongan música de su país, comida de su país, les atienda gente de su país, al que luego vuelven y dicen que han estado haciendo turismo en un lugar donde no quieren ni rozarse con lo autóctono, no sea que se vuelvan como ellos! Los he visto incluso, al entrar en algún lugar de SU país, sorprenderse y sentir pavor a partes iguales, calculando dónde me sentaría, y respirando aliviados al ver que había pedido para llevar.

Una vez que colocamos nuestros cuerpos en la arena, nos fuimos al agua. A mi me importa cero si alguien me roba el bolso porque no llevo más que un móvil de pantalla rota, unas papas fritas (el snack preferido por mis chicos para picar algo) agua sin gas y las llaves de la casa, lo único que me perjudicaría, la verdad. Por si las moscas, nado cerca de la orilla y no tardo en salir. Me pongo mis gafas de sol y mi gorro y observo a mis retoños en el agua. Se me han olvidado los auriculares para oírme un audiolibro. Por el rabillo del ojo observo que un matrimonio y sus hijos se han colocado casi encima de mis toallas. Miro a ver si no había más espacio y confirmo que si, pero a estos la distancia social se las trae al pairo. Un chaval que los acompaña, empieza a hacer piruetas de baile mientras comprueba si lo miro. No lo hago. Me molesta que se me ponga delante y me impida ver el paisaje. Se une la hija del matrimonio que le explica que ella ballet no, pero saltos mortales hacia atrás los que quieras y lo demuestra. A cada salto, mi cuerpo vibra sobre la arena despegándose unos centímetros cada vez. En el último que hace, harta de que no la mire y de que nadie le diga lo Nadia Comãneci que es, siento el crujir de sus rodillas. Otro salto más y la veo saliendo de la playa en camilla. Miro a mis hijos por los huecos de las piernas de esta coña marinera que tengo encima. Mis hijos salen del agua, se toman el tentempié, y el uno vuelve al agua mientras la otra se tira en la toalla. Me dice que tiene frío y yo me pregunto si quiere que me vuelva peluche para abrigarla. Lo dicho. Vivir esta menopausia no está siendo fácil. Le cuento a mi hija, como quien no quiere la cosa, que me ha salido participar en un proyecto literario. Me pregunta si será de autoayuda. Me meo! «De autoayuda yo?» Le respondo. «Pero si voy a terapia hija!» Después de intentar que me diga qué le parece y tras cero respuesta, vuelvo a buscar al enano con la vista. Lo encuentro rápido. Es el único que imita a Michael Jackson, concretamente, practicando el Moonwalker. Ahí va! Me mira, me señala, «jiiii-jiii» dice. Me río con ganas.

A las 7 y media, mientras el sol se oculta tras la montaña, en una playa casi desierta, tengo ya a la familia de al lado justo encima de mi. A un milímetro de pisarme la toalla. No puedo con la vida y me levanto cogiendo las cosas de mala manera. Ellos ni se enteran. Tal vez porque, sin yo saberlo, Avatar también acude con nosotros a la playa y se mimetiza con el paisaje. Me voy a las zonas de las hamacas para colocar todo con comodidad. El enano, que creyó que me iba sin él, sube lloroso del agua. Lo abrazo y lo beso y le pido disculpas y luego le digo que yo, jamás, en la vida, lo dejaré atrás. Le ayudo a secarse y, mientras lo hago recuerdo a otras madres que, incluso, deben cambiar pañales a cuerpos adultos. Me solidarizo y me digo que lo mío no es para tanto y que arriba ese ánimo.

A la vuelta, con el pueblo mitad sol mitad sombra, subimos hasta la casa en una cuesta arriba que hacemos ligeros. Como los extranjeros de la ida. Nos ducharemos, cenaremos en casa, y nos iremos a dormir para cargar pilas y encontrarnos los unos en los sueños de los otros. Hasta el día siguiente.

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2 respuestas a “El viernes libre”

  1. Lamento lo del trabajo. Espero que esa tristeza encuentre poco a poco un lugar donde se vaya haciendo más ligera y se olvide un poco.
    También comparto tu reflexión sobre quienes visitan un lugar sin interesarse por su gente ni por su cultura, y sobre esas personas que parecen no entender el concepto de espacio personal y familiar.
    ¡Felicitaciones por ese proyecto literario! Ojalá puedas contarnos un poco más, porque me encanta leerte y tengo mucha curiosidad.

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    • Muchísimas gracias! El proyecto literario me salió como algo en absoluto pedido y por eso resulta mágico. Voy a poner toda la carne en el asador, eso sí. Y, gracias a eso, mi profunda tristeza con lo laboral se mitiga. No se cura, no. Yo adoraba mi trabajo. Ya no. Y no puedo con ese enorme duelo! Feliz sábado! ❤️

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