Llegué ayer a mi casa del sur después de un viaje de más de dos horas en guagua. Durante éste, intenté ir soltando por el camino el trabajo que me quedó pendiente, las compañeras y amigas a las que tuve que decir ‘hasta pronto», algunas dejando a sus espaldas etapas de seis años de trabajo en un mismo sitio, gente a las que aprecias que están pasando por un problema personal bastante jodido…y de repente, siento una voz a mi derecha que me dice: «que hermosa es esta isla!» Me giré a mirarlo y era mi enano sonriendo y mirando el paisaje. Cuando miré yo de vuelta, ví una playa que está cerca de aquí, con tres pequeñas embarcaciones fondeadas no muy lejos de la orilla, el mar cogiendo un color plata producto de la caída del sol, chocando suavemente contra los cayados de la orilla. Entonces, como siempre que me suceden estas cosas, pensé que la vida es esto. Momentos. Fotografías de situaciones que ya no volverán y que debemos aprovechar el máximo posible antes de que caigamos en el recuadro que dice que debemos salir de este juego llamado vida.
Llegamos oscureciendo, y salimos a comprar lo justo para sobrevivir hasta por la mañana. Al volver, veo que alguien ha talado la buganvilla que está en mi jardín y ha dejado un enorme vacío. Me quedo mirando un rato. Me enfado. Pienso que, total, es una planta que, cuando la podaba yo me cagaba en todo por los pinchos que tiene y se me pasa el cabreo. Ya averiguaré quién fue y, si la planta muere, tomaré medidas respecto del jardín del que supuestamente somos usufructuarios. Pero hoy no. Otro día. Ahora toca cena con los chicos.
Después de cenar, subo a ducharme para quitarme el resto del mal rollo que aún me queda colgando de la chepa y descubro que no he encendido el termo. Hace calor pero una es del team fresca pero no fría, así que espero mientras me instalo en mi cuarto. Pongo el ventilador y éstte me devuelve al girar un sonido como de gaviota agónica antes de irse de pico contra una montaña. Tampoco importa. Es eso o sudar y sobre eso no hay ni media duda.
Me ducho y vuelvo a la cama. Me despierta el enano trasteando para irse a dormir. Apago la tele y él se pone junto a mí. Entonces le huelo el pelo que tiene aroma de colonia infantil que su padre le pone por las mañanas como un reducto de lo que queda de su infancia peleando inútilmente ahí, junto a su coronilla. No sé cuánto tardó en dormirse pero yo lo hice dejándome llevar por ese olor y por el sonido de la gaviota agónica. Y así me pilló el sueño y con él me marché a vivir otra aventura distinta de la del día.

3 respuestas a “El viaje”
[…] después yo sigo inventando historias como la entrada de » El viaje» en el que yo imagino otra cosa para ella pero, en definitiva, las cosas fueron así y yo me pego […]
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Qué bien que os hayáis escapado al sur, Ana.
Disfrutad este finde todo lo que podáis.
Te mando un besito muy grande. 😘❤️💐🌷
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Muchísimas gracias Yvonne! Encima hoy, llueve. Así que, maravilloso! Otro besote para tí!! 😘❤️💖
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