Aniversarios

Hoy se cumplen 21 años del asesinato de mi prima a manos de su pareja. Cuando he abierto los ojos, he tenido la sensación extraña acentuada por mil que me ha acompañado toda la semana porque, con dos años de diferencia, y con tres días de distancia, perdí de forma repentina a dos mujeres a las que quería muchísimo, mi abuela y ella. A mi abuela la perdí en un sueño y a ella en una pesadilla. La noticia del fallecimiento de mi abuela me cogió estudiando para las eternas oposiciones que forman parte, incluso, del carácter disciplinado que me he forjado. El de mi prima me encontró en una visita a mi madre para ver si ella notaba lo que yo a mi hija. No. Aún puedo recordar el grito de ella, que veía la televisión mientras se preparaba para un viaje a Madrid de ida y vuelta. Su carrera subiendo las escaleras, abriendo luego la puerta sin llamar del cuarto donde me quedaba. Decirme en una frase lo que había sucedido mientras daba el pecho a mi niña, cosa que, a partir de ahí no pudo ser más porque del disgusto la leche cogió la puerta de salida de mi alma. No quise creer lo que me acababa de decir. Resulta que ella tenía un nombre oficial del que yo no tenía idea, y otro que usábamos toda la familia por obra y gracia de su madre, que no estuvo de acuerdo con que su benjamina se llamase como su cuñada malvada, hermana de mi abuela por cierto, que era la cuñada santa por aguantar a su hermano que era bastante peor que la que se llamaba como su hija. Por eso yo no me quise creer que era ella. Encendí el ordenador de mi madre, busqué la noticia, y apareció la foto de mi prima sonriente en la foto que se sacó para la universidad y ahí ya no hubieron más dudas, ni alegrías, ni nada en absoluto. Mi vida se fue a negro total.

Años después yo sigo inventando historias como la entrada de » El viaje» en el que yo imagino otra cosa para ella pero, en definitiva, las cosas fueron así y yo me pego esta semana, cada año, con un runrún muy raro que me deja sin muchas ganas de hablar con nadie. Estos días, a diferencia de otros, pasan lentos como una apisonadora, pasándome por arriba y dejándome aplastada como un dibujo de tiza en el suelo.

Hoy, además del aniversario de estas despedidas, me encuentro diciendo adiós en voz baja a la casa por unos quince días. Tal vez venga a mitad de mes para seguir disfrutando de este hogar que hace que me cambie la tristeza por resignación, el agobio de tener tanto curro y ser tan nueva por una organización en mi cabeza que hará que lleve el trabajo con más tranquilidad, y que hace que tirar del carro yo sola en una familia donde no se me entiende con según qué cosas porque vivir en Avatar no es moco de pavo, se convierta en una carga más liviana.

Esta semana, además de aniversarios, he dado el paso de decir, por fin, que escribo, a la gente que me rodea y ha sido una historia bonita. Me he alegrado cuando me han dicho que les gusta cómo escribo. Yo soy así. Hay una escena en la película «Pretty woman» en la que ella le dice a Richard Gere que siempre le fue más fácil creer todo lo malo que la gente dijera de ella y a mí me pasa igual. Es bonito oír a la gente decirte cosas buenas, y, para los que no estamos acostumbradas, los halagos suenan como gotas de oro en nuestro espíritu y me dan la fuerza que necesito para decir al resto de mi familia que, parte de el libro «Esto también era quererse» lo escribí yo, y que si no les gusta mi historia tienen siete más para leer. Mi tía sabía lo del libro, pero ahora no tiene salud para disfrutarlo.

Ahora que lo pienso, es curioso que el libro se llame de esa manera y yo forme parte de él habiendo forjado mi espíritu con mujeres que pagaron con sus vidas esa falta de mimo hacia una misma. Que la vida, años después hiciera, con nuestras historias, un cuadro que está quedando hermoso. Es curioso, si.

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