El cumpleaños

Hoy me he despertado en la casa del sur. Cantos de pajaritos mediante y, mientras desayunaba, preferí no pensar en la semana que dejé atrás que fue un estrés con traca final ayer viernes porque, venir aquí hasta el lunes, puede resultar como un juego de Tetris en el que, al caer, deben encajar todas las piezas, que van cayendo cada vez a más velocidad mientras tú haces malabarismos para que no venga nada fuera de su sitio.

En medio de todas mis idas y venidas, de errores en el trabajo, de exámenes de matemáticas del chiquillo, y cuyo resultado fue un diez, cumplió mi suegra noventa añazos. Cuando sopló las velas, que le pusieron bien cerquita porque tiene la cabeza perfecta pero su cuerpo no, mi hija sacó un regalo de una tienda de esas que cuando entras y sales lo haces sintiéndote más pobre de un plumazo. El regalo fue un collar con un pequeño corazón y un infinito para indicar cuánto la quiere y yo me congratulaba pensando en que, durante tantos años, yo no había minado el cariño que mis hijos le tienen, que es inversamente proporcional al cuadrado de nuestra indiferencia bien fingida.

Mientras la niña le ponía la cadena, contenta al máximo ante el hecho de que su abuela hubiera conseguido llegar a la edad que llegó el marido de mi madre, que estuvo entre los que lo echamos de menos diciendo por lo bajito que él no querría ser ella, yo pensaba en lo que sería andar cuidada por un hijo pequeño que, además de vivir de su pensión, está deseando que su madre vaya a darle la lata a las hermanas estos fines de semana largos (el lunes aquí es fiesta) para él quedarse allí a beber y a hacer de la casa una leonera. «No pinta su vida idílica» cabilé, «pero no ha tenido una mala vida!».

Luego di un paseo por los 38 años que hace que nos conocemos y en que nunca, jamás, en esos años, me ha dedicado una palabra amable, eso sí, cada vez con más disimulo porque entiendo que no puede creer que, después de tanto tiempo, haya criado a dos nietos que la adoran sin despeinarme el tupé ni decir nunca nada malo de ella ante nadie que pueda hacer que llegue a los oídos de mis hijos y, con ello, se destape todo el pastel. Yo la miraba como un gato a un ratón, con sigilo, calculando cuánto estaría aguantando las ganas de dirigir sus ojos a mi rostro para ver la cara de póquer que soy capaz de poner en estas actuaciones familiares.

A mi izquierda oigo bajito: «soy un mal nieto porque no le traje nada de regalo a la abuela». Me giré hacia la voz y le contesté que, estar allí ya era un buen regalo y le di un beso. Luego le hice una señal a su padre porque «la voz» se examinaba de mates al día siguiente. Nos hicimos unas fotos con la cumpleañera, y cogimos dirección casa. Mi suegra vive justo al lado de mi trabajo así que, en cinco minutos, llegamos y nos pusimos a preparar el jueves.

Ayer, junto con el diez en mates, llegó un correo de su profesor citándonos para una reunión el próximo jueves para hablar «de la situación académica del niño» frase que indica que hay malas noticias. No soy una persona negativa sino realista, y me huelo que toca, o repetir curso, o cambiarlo a un colegio que se adapte a su idiosincrasia.

De vez en cuando, mientras escribo, él sale en calzoncillos a darme un beso. Lo hace agitando las manos levemente, porque ya sabe que hacerlo más fuerte es más llamativo y le da vergüenza. Yo lo miro y pienso en qué podemos hacer con un chico tan alto, tan guapo y tan de Avatar. «Supongo que seguir remando hasta la orilla para ponerlo a salvo» pienso, porque decir otra cosa, abrigar el pensamiento de rendirme, no entra en mi cabeza. Como he hecho toda mi vida!

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