La incertidumbre

Ayer no hubo jornada playera porque ayer, después de comer, se nubló por aquí. Una discusión con el enano que no puede entender que solo soy carne mortal que es incapaz de despejar el cielo para que él pueda salir a darse un baño,  un planificar las cosas que hacen falta en la casa y un rato de buena lectura después, cenamos y jugamos a un juego de mesa que traemos casi cada vez que venimos y al que nunca hacemos mucho caso por esto de que llegas de la playa cansado y no apetece. El juego consiste en que, en este caso tu pareja de juego, adivine qué quieres decir con la mímica o con el tarareo de una música. Se llama «Party and Co» y, cuando juegas con gente de Avatar, a los que les encantan los retos, es una risa. También hay momentos en que debes dibujar y ellos, en eso, me ganan por goleada, incluido mi enano que se anda quitando el caparazón infantil y mudando a adolescente. Gané las dos partidas y, tras la danza de la victoria por 2 a 0, me fui a descansar a mi cuarto. Los habitantes de Avatar me miraron con la envidia propia de quien se sabe distinto a la hora de captar ciertas cosas pero es que yo, en la cuestión de conjugar ese verbo, soy una maestra.

Hoy nos hemos levantado con el sol queriendo salir a iluminarlo todo pero, la rinitis que tengo indica que va a llover, así que hoy tocará improvisar como ayer frente a personas a las que no les gustan las sorpresas. La incertidumbre es su criptonita. Quieren ir al restaurante preferido de mi madre pero, me temo que, en un día como hoy, su dueño decida no abrir, primero porque su cuenta corriente no lo necesita, y segundo, porque es un hombre creyente que considera que andar de comidas el día en que debemos recogernos a honrar a nuestros difuntos es un no rotundo. Nosotros buscaremos un plan b porque, como digo, en Avatar deben estar calculadas la mayor cantidad de horas posibles. La improvisación aquí es un coñazo y, aunque me duela, ya estoy vacunando al crío, mientras escribo en la terraza sobre un posible cambio de planes. Él se resiste a creer que no vayamos a ir a la playa, pero es lo que tiene venir en estas fechas, que el cielo pone sus propias reglas.

Antes de acostarme, pasé al baño a ducharme y abrí un cajón lleno de cosas inútiles porque mi madre consideraba que «el que guarda siempre tiene» y mi madre eso lo llevó a unos extremos en los que yo no había caído hasta ayer. Miré de refilón y decidí que, en estos días aquí, debería vaciar algunas zonas porque tengo hasta zapatos de los antiguos dueños. Es lo que tiene el duelo, la pérdida, que te aferras a cosas que te recuerdan a tu ser querido porque tirarlas te convencen de que, jamás, en esta vida, volverás a verlo, pero creo que ya mi mente está preparada para decirles adiós a pesar de que sé que esto me va a costar un dolor como cuando te arrancas algo pegado a tu piel. Entiendo que durará  lo que tarde el objeto en entrar en la bolsa de basura, menos que cuando cogí una maleta y la llené de ropa que su dueño me invitó a que donara, meses antes de fallecer, porque él, como mi madre, decidió vivir y morir cantando lo que dice la canción:  «A mi manera» https://youtu.be/7AD4uYtL99I?is=THuXe9-D90ZaacBk

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