• Avatar y el apagón

    Hoy no iba a publicar porque Avatar sigue apagado pero, hace 5 años, durante este mes tuve las mejores vacaciones de mi vida y lo dejé expuesto aquí, en el blog así que decidí dejar igualmente  mi sentir en estos días de apagón impuesto. Ayer, al lamentarme por lo que sucede, mi hija me recordó que tenemos salud, que vivimos a dos minutos de mi suegra, que a ella le dieron ayer el alta, y que, encima, a vuelto a caminar. Todo hace un sumatorio potente que, si no alumbra en demasía, sí da un calor que hace que nuestros ánimos estén altos y es lo único importante. Además, ya queda menos para irme a la casa del sur tengamos luz aquí o no.

    Nos hemos dado cuenta también que, la tecnología nos quitaba tiempo de calidad. Ayer tuve una conversación con mi hija larga, tranquila, que no suele suceder porque vivimos ocultas detrás de las pantallas. Siempre vamos deprisa porque los cacharros estos nos dejan perdiendo el tiempo hasta límites insospechados y, cuando caes en la cuenta, llevas una hora de tu vida viendo gilipolleces. Por lo menos yo. Y mi hija, que me dijo que nunca imaginó una desintoxicación tan buena de las redes como esta.

    El enano y yo estamos haciendo tiempo aquí hasta que abra la cafetería. Ahora mismo está tirado en el suelo, como un perro esperando a que le pongan la correa para salir a algún sitio a hacer alguna cosa. Estamos educando su paciencia, esa que le quita el tdah, y su aburrimiento. Está poco acostumbrado y es muy saludable aburrirse. Y no es ya que lo digan los especialistas, es que se pega todo el día buscando que rellenes sus vacíos. Y no. Debe buscar la manera de hacerlo él y, si no sabe, aprender.

    No tengo planes para hoy, ni para mañana. La falta de luz ha hecho que me pare y baje la velocidad a la que iba mi vida. Supongo que el ser humano saca de paseo la palabra resiliencia en cosas como esta. Por lo menos yo. Y he frenado y ahora me da más tiempo para hacer cosas. Es como si te escaparas del centrifugado de la lavadora y vieras al resto del mundo correr para volver al mismo sitio y me siento sorprendida. Desagradablemente sorprendida. Me noto como en aquel verano, el último que pasé con mi madre, disfrutando cada uno de los ratos, de los momentos, con la gente que, si te faltara alguna vez, y no como la luz que volverá cuando a la compañía le vaya bien y termine nuestro expediente, sino la que sabes que si notaras su ausencia definitiva tu vida sería un río de lágrimas.  Me sujeto fuerte para que la vorágine de la vida no me arrastre. No me llevé con ella. Para seguir presente. En el ahora.

  • Quehaceres

    Estando sin luz en este planeta, mientras la Tierra nos mira con cara de sorpresa, los habitantes estamos adquiriendo rutinas para sobrevivir. La primera de todas, el kit de supervivencia de mi marido, con el que consigo tomar café por las mañanas. Si abrimos algo que necesita frío, lo consumimos en el día, utilizamos la habitación de mi suegra en el hospital para cargar los dispositivos, abrazamos fuerte, o lo intentamos al menos, a los enchufes, y nos sujetamos literal y metafóricamente hablando, los unos a los otros.

    Utilizo poco la casa de mi suegra. Huele a tabaco y me pongo mala en segundos de la rinitis. Quién me ha visto y quién me ve! En eso reflexionaba mientras estaba de camino a la lavandería. Tengo mirada y maneras de haber pasado muchos años viviendo con el peligro. Me crucé con un chaval, extranjero, al que ya había visto otras veces, igual de borracho que las anteriores. Lo recuerdo porque se pilla unas tajadas que le impiden, incluso, caminar. Lo he mirado, y he debido hacerlo de una manera que ha escondido la lata de cerveza. He estado por pararlo y decirle que si no sabe que tiene un grave problema, pero, como buena superviviente, he pensado que mejor no, no fuera a darme un golpe con la lata y él y yo perdiéramos en la refriega. He continuado mi camino y, en una calle prácticamente desierta, siento pasos detrás de mi. Giro la cabeza lo suficiente para ver que es un hombre más alto que yo (David el Gnomo lo era también) que viste de oscuro. Me adelanta por la izquierda. El tío lleva cadenas, la cabeza afeitada por zonas, con ropa ajustada. Coño! A esta gente le perdí la pista en los ochenta! Sigo caminando. Por controlar las bolsas que llevo, la pendiente que subo, los años y mis pensamientos,  estoy por comerme un cartel del orgullo gay.  Recuerdo antes, cuando no parecía haber ninguna mujer lesbiana, solo las de mi familia, y los hombres eran insultados por la calle. Sidosos los llamaban. Qué asqueroso es el ser humano! Ahora ya los veo pasear de la mano, casarse, tener hijos, pero aún queda tanto por recorrer! Sobre todo en el área del respeto!

    He llegado a la lavandería. Hay dos personas y la lavadora que necesito está libre. Yipiii! Doy los buenos días! La chica joven no dice ni mu. La mujer, que parece vivir al límite si. Ella me saluda y luego me pregunta por alguna tienda abierta. Le indico. La chica, que es de la zona sigue sin decir ni mu. A lo mejor sabe de alguna tienda más cerca pero, ella, al igual que yo antes, prefiere callar. Tal vez para no llevarse un susto. Mi lavadora comienza a centrífugar y me sonrío pensando que la vida ha hecho lo mismo conmigo. Me ha girado tan rápido, que a penas he podido mantener las lágrimas en mi rostro. Me ha dejado seca. Soy una superviviente. Más que el propio kit de mi marido. Me levanto y recojo. Me vuelvo a Avatar. A hacer y parecer un ser humano vulgar y anodino. He decidido escribir todo en forma de libro, encuadernarlo, y regalárselo a mis hijos. Le pregunto a la chica si va a utilizar una de las bandejas, no me oye. Lleva auriculares. Le hago señas. Me contesta con un «no, thank you!» Me río. Esta no la vi venir!

  • Mis hábitos

    ¿Cuáles son tus hábitos diarios?

    Mis hábitos diarios han saltado por los aires. Al ingreso de mi suegra, que ha dado un bajón y ahora no camina, se ha unido el hecho de que, en la madrugada del miércoles al jueves, sobre las 4 de la mañana, nos quedamos sin luz. Primero pensé en un corte de energía normal y corriente. Luego me asusté cuando vi luz en el resto de la escalera. Llamé al portero de la finca que viene temprano y bajamos a mirar el contador de luz. Vimos que estaba la palanca bajada y pensamos en una avería. Le digo a mi marido que avise de esta  y, ya solo eso, costó un mundo. Cuando pusieron número a la incidencia, nos dijeron que llamáramos si pasaba cualquier cosa. Me llaman los técnicos de la compañía y me dicen una dirección que no conozco. Que a ellos le dijeron que fueran alli. Me explican que debo abrir otra incidencia y a eso me dispongo. Cuando llamo por última vez, me dicen que no es una avería, que es un corte en toda regla porque, en 25 años que pagamos las facturas, 25 de los cuales los empleé en correr detrás de mis hijos y en decirle a mi marido que cogiera el teléfono y lo arreglara, no habíamos cambiado la titularidad. Y el antiguo dueño ha muerto. Y sus herederos le dieron de baja. Entonces, temblándome la voz, le pregunté a la operadora que si no podía pasarme con los comerciales y me dijo que no. Que eso debía hacerlo yo. Le susurro si no entiende el trastorno que esto me supone. Me empieza a doler la cabeza. Voy a la clínica y le explico las cosas a mi marido. Me dice que llame yo que él ya tiene suficiente con lo de su madre. Le replico que no voy a enmendar su error y, que ya puede ir llamando que esto va a ir para largo. El dolor de cabeza se me intensifica. Entonces lo veo que empieza a buscar compañías que ofrezcan lo que pagamos hasta ahora y llama a una de ellas. El comercial le dice que va a poner el expediente como prioritario y que, en 48, volverá la luz. 48 horas. Lo que era dolor de cabeza se vuelve migraña. El viernes recibo un SMS diciendo que, en quince días estará todo resuelto. Comienzo a vomitar. No se me pasa la migraña y ya ahora me ataca duro. Aún así, hago una captura de pantalla, se la envío a mi hija, para que se la enseñe a él.  Llama a la compañía y le explican que no, que los expedientes tardan como una semana en resolverse se ponga como se ponga y se vaya con quien se vaya. Yo voy de camino a la farmacia, moribunda, a comprar las pastillas para ese dolor.

    Cuando despierto, ya estoy sin dolor pero con toda la ira. Mis hijos, desregulados total por la falta de dispositivos, y de rutinas, no hacen más que llorar. Avatar se ha quedado sin luz, sin energía, sin ayuda, porque encima no va a casa de su madre para nada, ni para coger una bombona de gas, ni para una lavadora, ni para enchufar ninguna cosa…así que mi cabreo es uno sordo y lleno de cosas que debo eliminar antes de abrir la boca y dar un mal paso. Estas cosas pasarán a otra gente? Lo dudo!

    Ya cuento los días para irme de vacaciones. En 10 días o así me iré a la vivienda del sur porque allí tengo civilización. Luz, agua caliente, WiFi… Él va a tener que hacer el pensamiento de que con su madre habrá de hacerse algo, básicamente porque el no caminar limita muchísimo su vida diaria. Ya no puede quedarse sola y va a necesitar una ayuda que no puedo darle. Y si él se la da, sería a costa de dejar incluso de trabajar, o de estar con su familia, o mucho peor, sin sus amigos. Así que este es el panorama actual en este planeta. Ya hoy he empezado a ver algo de luz en el corazón mismo de Avatar. Me he puesto de puntillas y he visto a sus habitantes cogerse de las manos, poner su energía en que, en algún momento, el corazón de Avatar volverá a latir. Aún me dura el dolor de cabeza pero, ahora, al sentir esa energía, ha empezado a diluirse. Despacio. Sin miedos.

  • Mi suegra

    Esta semana ha sido y tenido el mismo efecto que una apisonadora. Silenciosa, dolorosa, lenta…El lunes me despedí de la terapeuta por un mes. Me dijo que podía, con toda la confianza, y en un momento de crisis, llamarla. Le dije un «claro!!» sonriendo, y pensé para mis adentros que ni de coña. Ya puede estar mi mente pasando por un bache enorme que, si estás de vacaciones, no molesto, porque para mi eso significa vulnerar la intimidad de alguien que también necesita resetear su cabeza para darte una buena atención.

    El martes, mientras tomaba el café en casa, llamó mi suegra. Estaba mala y pidió a mi marido que la llevara a urgencias. Se fueron y, a la hora de comer, me llamó del móvil de su madre y me dijo que aquello iba para largo. Por la tarde me acerqué y miré incluso por los boxes para ver si los veía. Mi suegra tiene una voz que se la oye desde lejos, pero no. No los ví pero allí estaban, esperando los resultados. Volví a mi casa y, a las diez de la noche apareció mi marido para decir que quedaba ingresada cosa que ya imaginaba por la cantidad de pruebas por las que había pasado ya. Esa noche se quedó el hermano que, además vive con ella, no tiene hijos ni pareja y come de su paga, lo cual no quita para que se le eche una mano aunque él pretende, y consigue, que sea igualitaria aunque su hermano trabaje y  tenga mujer e hijos. Eso le da igual. Si yo hago dos, tú otras dos. Aunque de obligaciones tú tengas cinco y yo tenga cero. Ese es su pensamiento.

    Cuando llegó muerto de agotamiento le dije que ya había recolocado cosas de la agenda y que no se preocupara por nada. Ya había quitado gimnasio, invitaciones a cumpleaños, fiestas de fin de curso, piscina…Me escuchó ya solo con un oído y se puso a roncar.

    Al día siguiente volví a equivocar la hora de la terapia. Llegué con 20 minutos de retraso y con la sensación de que, si no me tomaba las cosas con más tranquilidad me iba a volver a suceder de nuevo, como así fue con la vacuna del niño.

    Ayer fui a visitarla por segunda vez en esta semana. En la primera mi cuñado se había portado como el gilipuertas que es, y al llegar a casa tuve que tirar de paracetamol. Al volver mi marido a casa, poco después que yo, se puso a cantar una canción en la que sus hijos son extraterrestres que viven entre nosotros, y supe que ya sabía lo de este blog. Luego entró a la habitación y no me miró con sorna, sino agotado. No sé cómo tomarlo. Se acostó junto a mi y empezó a hablar de que ahora entramos en una fase jodida. Morir, para su familia, nunca ha sido fácil.

    Mi suegra y yo no tenemos buena relación. Siempre me ha puesto en la picota por no tener una vida recta, que no sé porqué no le vale la mia si la de su hijo pequeño es un ejemplo a no seguir, ser hija de padres divorciados, ya ves tú avestruz, y por llevar a mis hijos a terapia, que, según ella, es por puro capricho, claro que sí!! Pero, al poner en voz alta nuestros temores, descubrí que no podía evitar sentir pena por ella. Le pase lo que le pase a partir de ahora no se lo merece. Nadie se lo merece. Recordé cuando hacía novenas al Cristo de Medinacelli para que yo tuviera suerte en las oposiciones. 20 años de novenas!! En las últimas, en las que ella no supo que me había presentado porque hacía un mes de la muerte de mi madre, me dijo sorprendida que iba a empezar con las novenas. Le contesté que el Cristo, con perdón, no se bajaba de donde estaba y la obligaba a renunciar a tanta novena por pena. Que me dijera que hiciera el favor de tirar la toalla. Ella se echó a reír.

    Al final aprobé y no una, sino dos veces. El Cristo debió tomarse el pitorreo como una ofensa y decidió auparme a la gloria de las oposiciones. No creo que den sus novenas para que apruebe las siguientes porque la salud de la mujer impiden rezos y a mi me impide estudiar. Pero no importa. Se ha de estar aquí. Presente. Ayudándola en la vida para que acoja la muerte. Esa que ella no ve venir pero que se acerca inexorable.

  • La ensaladilla

    ¿Qué comida te transporta inmediatamente a tu infancia?

    Nunca fui muy amiga de la comida. Ella y yo tuvimos una relación amor-odio durante mucho tiempo. El amor provenía de lo que hacía mi madre, el esfuerzo que ponía y mi odio estaba en la poca retentiva de ésta en mi estómago. Tenía una facilidad para vomitar enfermiza,  pero todo era producto de un sistema nervioso alterado. Siempre sentí que, en mi casa, no funcionaban las cosas bien. Mi sexto sentido estaba fijo alerta, no entiendo de qué puesto que no habían discusiones, ni gritos, ni llantos. Era el desamor lo que lo llenaba todo y volvía mi vida de color sepia. Siempre me viene este color a la cabeza cuando hablo de tristeza pero es que, si retrocedo en el tiempo, las imágenes de mi cabeza son de ese color.

    Luego me mandaron a vivir con mi abuela, con la excusa de que la casa donde vivíamos me enfermaba.  En vez de plantear una mudanza, decidieron que, ya si eso, me mudara yo. Mi progenitor estaba encantado. Yo era una niña con muchos problemas físicos, que lo miraba con ojos escrutadores, desde la distancia que ponía la falta de cariño de él hacia mi. Lo noté tan pronto que, muchos años después, cuando me dijo que dejara de molestarlo, esto es, «deja de pedirme que me comporte como un padre» casi exclamé un: «por fin hombre!! Menos mal!! Caretas fuera!!»

    Total que en casa de mi abuela estaba de lunes a viernes y, con mis padres, los fines de semana (que también pasábamos con mi abuela). A mi madre debió darle algo de mal rollo haberme mandado a otra casa llena de gente, todos con unos problemones sobre sus hombros enormes, tratando de salvar su propio pellejo, dos de los cuales perdieron su salud mental. Y yo allí. Con 6 años. Sin entender porqué no se me quería lo suficiente para vivir en familia. Con mi hermana!  Pero lo cierto y verdad es que, al alejarme, me relajé y comencé a comer.

    Mi abuela era una cocinera cojonuda pero siempre hacía platos de cuchara por esto de alimentar a un regimiento. Cuando iba con mis padres, siempre íbamos a la playa los fines de semana, y mi madre preparaba su plato estrella. La ensaladilla rusa. Estaba fresquita, tenía verduras envueltas en mayonesa, cosa que de niña era de agradecer, y estaba deliciosa.

    Mi madre me llamaba para que saliera del agua, me ponía una toalla, me sentaba en la arena caliente para quitarme el frío, y me ponía el plato de plástico sobre mis rodillas. Y así comía. Como un mono de Gibraltar en esas paredes verticales, sintiendo que, si daba un paso en falso, caería al abismo. Entonces activaba mi instinto de supervivencia y elegía qué paso sería el siguiente en mi vida. Como un general estratega. Como la Napoleón de una vida. Cruzaba los brazos y me quedaba mirando al infinito. Como sin fijarme en lo que pasaba a mi alrededor. Escudriñando cómo avanzar cuando todo era obstáculo.

    Luego sentía la mirada de mi madre y volvía. La miraba de vuelta. «En qué piensas Tatita?» Y yo le devolvía la sonrisa, me escogía de hombros y me levantaba corriendo para ir al agua para así evitar el mal llamado corte de digestión. Me tiraba en la primera ola y, al sacar la cabeza pensaba: «sigues viva, mantente así. Viva. Lista. No se te ocurra dar un mal paso o acabarás cayendo al abismo» Ese abismo que se tragó a mis seres queridos. A dos de ellos. Otros han ido girando como absorbidos por un torbellino de agua hasta desparecer, en una caída agónica.

    Yo ya no vivo en una pared vertical. Ahora tengo suelo a mi alrededor y ya no hago ensaladilla. Porque ya no está mi madre. Porque ya nada es igual sin su magia. Porque ya no necesito pensar en cómo sobrevivir. Yo ya solo vivo hasta que la vida quiera y solo me dedico a saborear los frutos recogidos. Acariciando la cabeza de aquella niña lista, estratega, luchadora que me trajo hasta aquí. Gracias Tatita!

  • Gabo y sus lecciones

    Soy socia de la biblioteca municipal. Cuando fui me dijeron que lo era desde el año 2003 pero no me acordaba. He pasado tanto estrés estos 20 años que no soy capaz de acordarme. Qué hacía yo ese año? Por qué no me acuerdo si no era madre? Total, que la utilizo ahora mucho para leer libros online y probar con algún audiolibro. La cosa es que, de esta última forma, he tenido éxitos y fracasos que culpaba a mi falta de concentración (cosa que también achaco al estrés). Ayer me oí «memorias de mis putas tristes» de Gabriel García Márquez que no había pillado por ahí porque el título me echaba para atrás. A veces Gabo llevaba tener el carácter vital que tenía hasta límites insospechados y a mi no me apetecía leer cualquier coña sandunguera de las suyas. La cuestión es que, en una mañana, me lo oí del tirón. Como no daba crédito al final, me lo puse de nuevo saboreando lo que eran los últimos minutos del libro. Cuando terminó y me dijo que esperaba que hubiera disfrutado de esa lectura hecha por otro, rompí a llorar. El hecho de tener el protagonista 90 años, una gran vitalidad, el cómo se encara la muerte a esa edad…me hizo pensar en el tercer marido de mi madre. Y dicho así, el tercero, parece como si hubiese sido la medalla de bronce, cuando no fue así. Con mi madre compartió más años que con los dos primeros juntos y, bajo mi punto de vista, quitando que compartieron hijos, podrían no haber estado en su vida en absoluto. Eso sí, mi madre, y yo, aprendimos lecciones vitales con ellos que, de otra manera, hubiera sido imposible. Sin ninguna duda yo me las hubiera saltado. No las necesitaba. Ni conocer a ninguno de los dos. El tercero tampoco era un santo pero cuando llegó a nuestras vidas y abrió la boca para darnos órdenes como si fuéramos un empleado más, nos reímos como hienas. Él no daba crédito y nosotros tampoco. Tras muchos tira y encoge y años de negociaciones, llegamos al respeto y, tras él, al cariño.

    Recuerdo que, cuando mi madre estaba ingresada, él, que no podía creer que la vida no fuera justa e hiciera lo que pensaba, esto es, morirse él primero, desde que ella le pedía algún deseo, salía corriendo a concedérselo y volvía con lo que le hiciera falta. Hablaban de lugares comunes hasta que a ella le daba por recordarle que no saldría viva de allí, y entonces se hacía un silencio. El día se volvía de color sepia y los tres tratábamos de ocultar lo duro que era saber que ya no estaría más. Le daba un beso de despedida y le decía que volvería al día siguiente. Hasta que, al día siguiente, ella ya no consiguió esperarlo más.

    Por eso fue mi llanto. Porque los echo de menos un montón. La vitalidad de ambos, la psicología de él para con la gente más que para sus hijos, su sentido del humor y su risa seca como el campo de Castilla de donde salió. Su poca altura y su enorme carácter, de esos de los que te atropellan la vida misma si te descuidas. Su generosidad. El hacer cosas por nosotros que jamás pensaron en hacer nuestros progenitores. Por eso le lloro. Y por los 25 añazos que estuvieron y disfrutaron juntos. Ahora ya no hay risas por teléfono. Ya no oigo al llamar a nadie un: «Canarias a la vista!» Ya nadie me pregunta por los chicos ni me da jugosos chismes de ningún tipo con los que uno poder reírse. Si. Se acabaron las risas y una debe inventar otras. Para los míos. Para que aprendan. Para que luego puedan, cuando me vaya, hacer las suyas propias. Pero mientras tanto, aquí estoy. De pie. En medio de la nada. En un vacío que pocos llenan a ratos. Debo comenzar a caminar. A dar pasos. Porque la vida solo se vive una vez solamente. Eso me enseñaron ellos a mi. Y yo debo hacer saber que aprendí la lección. Completamente.

  • Los abrazos

    Describe uno de tus momentos favoritos.

    Ayer, después de la orla, nos fuimos a cenar todos juntos. Yo estaba que si me tocabas te daba descargas eléctricas. Encima, hacía muchísimo calor en un salón de actos lleno hasta la bandera. Mientras fuera iba refrescando, dentro hacía un calor como de 40 grados. Además, porque mi hijo es muy caluroso, le puse manga  y pantalón cortos al contrario que sus compañeros que se suponen que ya son hombres y bla bla bla, y nos ponemos manga y pantalón largos y bla bla bla. A mi me parece una soberana estupidez. Algunos no tienen 12 años aún! En fin! Mi marido, muy bajito me dijo que me había lucido. Me guardé la respuesta para más tarde porque detrás de mi había un grupo contando su horario laboral, sus años cotizados, sus derechos, que qué calor hace, que me abanico como una vieja (mientras yo blandía mi abanico delante de sus barbas) que si no subas o bajes que te vas a caer (a una niña pequeña harta de esperar tanto rato) es decir, que no estaba la cosa como para hacer una confidencia.

    Como ya dije, nos fuimos a cenar a un centro comercial que odiamos por estar a reventar pero que a esas horas, era de lo poco abierto. Nada más sentarme le espeté a mi marido: «me equivoqué de outfit como de marido» y, tras eso, me soplé tres cañas de cerveza. Mientras me las tomaba recordaba la semana que por fin dejaba atrás. Una en la que iba sola a comprar la ropa con el niño, en la que estudiaba con él los verbos irregulares (sacamos un 9) en la que quedaba con el señor para que pintara la habitación de mi hija, en la que luego me puse a limpiar el suelo de rodillas. Esa semana en la que olvidé que tenía terapia porque llevábamos más de un mes sin ir y tenía el foco puesto en la orla, en la que, encima y además, por fin la ex terapeuta de mi hija se dignó a responderme al mensaje que le envié diciéndole que a los pacientes no se les deja con un mensaje de móvil. A los pacientes se les llama y se les cuida. Hasta el final. Me contestó que probablemente tuviera razón pero daba igual porque ella había elegido y lo hizo de mala manera. Debió caer en la cuenta de que la había quitado de mis contactos. Ayer también lo hice de nuestras vidas. Antes de salir a la orla.

    Cuando volvimos, agotados pero felices de que todo hubiera pasado, me pregunta mi marido que si he lavado la camisa que lleva al trabajo. Le digo que no. Me contesta que qué se pondrá ahora y yo le replico con un «otra camisa?» Me pregunta que qué hecho en estos 5 días que no he puesto la lavadora. Sí lo he hecho, pero su camisa estaba en el sustrato inferior, mientras él ha estado de asaderos y de salidas en Kayak. Pobre!! Un minuto de silencio por sus huevos plehistocénicos!! A esas alturas, con el pijama puesto, le he contestado que nada. No había aliento casi ni para decir mu. Luego he abrazado fuerte a mi hijo. Le he susurrado que era un campeón y hemos caído dormidos a la vez. Mientras, el mundo ha quedado en pausa. A la espera de que deshagamos el abrazo. Que abramos los ojos y nos demos los buenos días. Sin saber ni en qué día estamos. No importa. Uno en el que estamos juntos, es un buen día.

  • La orla

    ¿Qué cosas importantes te han sucedido hoy?

    Importante importante, levantarme y ver amanecer podría decir en estos momentos. Hasta el trabajo ha sido tranquilo. Nada destacable. Pero hoy es la orla del pequeño, a las 6 de la tarde. Después de un curso tremendo, donde me he dejado las carnes, con su mucho de carreras, agendas de móvil, médicos, terapias, con su mucho de protesta que cayó toda en saco roto por un viaje de fin de curso no inclusivo que me ha dolido más a mi que a él, en fin, todo un batiburrillo de situaciones que culminan esta tarde. Por fin.

    Ayer, mientras olvidaba que el niño tenía terapia y limpiaba el suelo de la habitación de mi hija con un esparto quitando la pintura, vi un video de su clase y de él en una merienda que hicieron esa misma tarde. Hubo baile, comida, regalos…y, mientras miraba absorta, caí en la cuenta de que su tutor no lo había entendido ni un poquito. Como si mi hijo fuera un robot con un manual de instrucciones de dos kilos, complejo, raro, con el que debes mantener las distancias, y me puse triste y pensé que, culminando su jubilación, se ha perdido conocer a un ser humano grandioso, lleno de empuje, que lleva las manos llenas de amor hacia los que quiere. Se le ha escapado. No va a ser uno de los privilegiados que disfrutan de él a manos llenas. Mientras sus compañeros bailaban, el deambulaba alrededor porque nadie le explicó de qué iba todo aquello. Nadie se acordó de decirle que pertenece al grupo.Mi hijo se ha dado cuenta de su indiferencia y, en ese devenir de, «lo que pasa aquí realmente es que es un gandúl», pasando por, nada de madres en el viaje, bueno sí, la de otros  pero yo no que por lo visto soy bien coñazo, además de ponerlo siempre en algún lugar donde no molestara o se notara su presencia, discusiones con la directora, que no se acordaba, dice, de los problemas que hubieron con la hermana en su viaje de fin curso…en fin, que todo ha sido una auténtica suma de despropósitos.

    Pero todo termina y, hace un rato me ha mandado un correo sorprendido porque el niño no quiere estar en la gala de fin de curso. Y me lo pregunta extrañado! Es como si te apuñalan y luego te preguntan: «te dolió? En serio?» Por supuesto le he dejado caer no de forma muy sutil que había ganado y había conseguido lo que nadie. Que mi hijo solo de pensar en actuaciones se ponga nervioso. Anda y suelta chico! Déjanos en paz! Son los frutos que has sembrado!.

    Nosotros nos sentaremos quizás junto, quizás no, y veremos una orla que sólo será emocionante cuando lo nombren. Y entonces recordaré todo lo que hemos pasado hasta llegar aquí, hasta este momento. Nos queda camino por delante, es cierto, pero será más pequeño que el caminado ya. Me levantaré de mi asiento y lo aplaudiré gritando bravo, como un náufrago en una isla, delante del salón de actos, homenajeando al superhéroe. A uno que no lleva capa. Ni falta que le hace!

  • El finde

    Ya sabía yo, cuando encaré este sábado, que sería un sábado de estos de venga venga, vamos vamos.

    Primero fui a la peluquería. Mi pelo ya iba de color naranja y empezaba a salir y a hacer lo que le daba la gana en mi cabeza. Había veces que tenía que aplastarme el pelo con agua porque yo no puedo agendar ir a arreglarme sin antes haber pasado por otras etapas. Como las carreras. Solo que yo no compito con nadie. Yo echo el hígado sola.

    Cuando termino de cortarme el pelo, llamo a mi hija y le digo que la espero en una de las pocas calles de venta que nos han dejado los centros comerciales. Me meto en la tienda elegida, y, antes de que ella venga con el hermano, le busco la ropa que llevará a la orla del viernes. Cuando coincidimos, lo meto en el probador, le digo que huele a sudor y que porqué diablos me viene en zapatillas. La idea era que viniera en playeras, con calcetines, para poder probarle los zapatos. No le cabe el pantalón y, como si creyera que la gente se estaban llevando las cosas como cuando empleas una aspiradora, salgo corriendo a buscar una talla más. Cuando vuelvo, que han sido minutos, ya está con la cabeza girada de esperar.

    Elijo unas sandalias, craso error, para culminar el outfit. Solo tienen hasta la 36 y él hace mil años que dejó esa talla atrás. La monda es que la roña que lleva en sus pies es de esa talla. Como ya ha salido del probador, le pido que se pruebe el calzado allí. Delante de la caja. No consigue encajar cuerpo con sandalia y con su coordinación motora. Sé que por eso se sienta en el suelo. Tan pichi. Pero a mi me da vergüenza y le digo que se levante que no tiene 5 años. Pago la ropa y me meto en otra tienda a por los zapatos.

    La elegida es una que debería llamarse, vendemos zapatos de calidad a precio de pelo de unicornio, o mejor, entra que te vamos a dejar el culo como la bandera de Japón. Nada más entrar encuentro lo que busco. Unos náuticos, ligeros como plumas y a un precio que supera con creces el de la ropa. Digo que me da igual porque él siempre va con unas cholas asquerosas que, encima, le quedan pequeña. Él está de mal humor porque no le gusta la camisa que le elegí que es de papel de fumar y antirozaduras cuelliles. Así que no me pone fácil el probarse los zapatos. En un momento dado, busco mi modo zen, y comienzo a respirar pausada para no estrangularlo. La vendedora me dice que me admira. Me hace ver que ella ya lo hubiera hecho.

    Salgo de la tienda y, mi rinitis, que comenzó de manera suave, de andar con ropas ya se ha convertido en un festival. Pillo comida preparada y un taxi. Y un cura por si muero. Ya él está llorando por lo de la camisa. Me da igual. Las opciones que él busca no son posibles para una orla. O para mi. No sé.

    Por la tarde, a pesar de quedarme medio minuto para morir, voy a comprar. No puedo encarar la semana con la nevera como un páramo. Me llevo el carrito pinturero que me compré en el chino, y a ellos. Al salir noto que han cortado calles, y que podemos ir por la carretera de  la principal. Me acuerdo de que la patrona de la isla anda de paseo y viene para quedarse unos días en la catedral. Al volver, comprar es otra coña que pone mi rinitis a mil, por el poco polvo que tienen los objetos, me arrastro por la carretera.

    Subo a mi casa y oigo trompetas y tambores. Le digo a mi hijo que va a pasar la virgen y que si  quiere verla. Se pone conmigo en el balcón y, cuando pasa, me mira y me dice que eso no es una virgen sino una figura de madera. Le digo que si pensaba que era una virgen de verdad y me dice que si. Luego me dice que para estas mierdas no vuelva a molestarlo. Ya no recuerdo nada más. A esas alturas estoy tan mala que me tomo algo para el resfriado pensando que es otra cosa, y no alergia, lo que tengo. Luego me viene mi hija y me dice la nota de un simulacro. La aplaudo. Muy buena nota. Ha escachado el supuesto. Le doy unos consejos, boqueando como un pez y así, de esa manera, acaba mi sábado. Agotada pero feliz de haber cruzado todas las etapas. Cojo el móvil y veo a Verdeliss corriendo una maratón y me pongo de su parte hasta las cachas. Ha cedido su premio a otra corredora que ha protestado como una niña chica. Yo primero le meto un tiro. Bueno, sin sangre, pero con un buen tirón de pelos y al grito de: «a llorar a la llorería». Luego me pongo un podcast donde alguien explica las triquiñuelas de un sinvergüenza para limpiar bolsillos ajenos. Me quedo dormida. Me despierto. Quiero oír el podcast porque el presentador me cae rebién. Mejicano. Me encantan la gente de esas tierras. Me duermo otra vez. Me rindo.

    Hoy saldremos a comer fuera y tendremos otra oportunidad para disfrutar del día. Y en ello estamos!

  • Una de vaqueros

    Estaba frente al espejo, mirándose escrutadora, pensando en los kilos de más pillados en el verano. Demasiado helado, poco ejercicio porque no apeteció con tanto calor, y pocas ensaladas. Combinación explosiva para la figura de una mujer que tocaba los cincuenta. En ese preciso instante llegó su pareja y miró su imagen del espejo. «Me voy». Le dijo. «A dónde?» Contestó ella. «No te toca trabajar hoy!» «Me voy de casa. Te dejo. Llevamos tiempo pasándolo mal y este verano ha sido la guinda del pastel. No recuerdo la última vez que estuvimos juntos. Cero intimidad. Mil discusiones. Ya no vale la pena luchar más. Por lo menos para mí. Ya he recogido mis cosas». Se dio la media vuelta y se fue. Sin dejar un turno de réplica, algo de súplica, mucho de llanto calmado, frases que habían quedado sin decir en la punta de sus labios…aunque en realidad, para ser sincera, no quería hacer ninguna de esas cosas.

    Se sentó, y, al hacerlo, la cremallera del vaquero protestó al igual que lo hicieron las costuras. Miró su barriga asomando en una curva bonita, morena por el sol y se preguntó si no sería esa hinchazón producto de no haberle llegado aún la regla. Se dijo a sí misma que estaba ya en perimenopausia, y que qué iba a hacer ahora con los años redondos tocando ya a la puerta. Volvió a mirarse de nuevo. La verdad que la curva de la barriga daba una imagen muy cuqui, como de embarazada. La pregunta cayó como un rayo. Y si…? «No puede ser!» se dijo a sí misma, «pero por si las moscas, ve a la farmacia anda, y remata este día de mierda con una prueba de embarazo. No. Mejor. Cómprala  y hazla mañana».

    Así  hizo. Al día siguiente, con el cuerpo haciéndose a la idea de que no tendría que dormir encogido nunca más, que podría comer a la hora que le apeteciera y no a la hora que marcaba su pareja, que ya no tendría que soportar miradas escrutadoras y frases del tipo «eso no te queda bien, pareces un poco golfa» que la ponían de un humor de perros y que la hacían gritar intentando que él no sobrepasara sus límites, fue al baño, se hizo el test y resultó positivo. Y ahí se quedó. Quieta. Estupefacta. Con el test en la mano mirándola desde aquel punto fatídico. Luego pensó que aquello era una señal. Un alivio además. No criar a su hija (ella pensaba que sería niña) con un hombre que no quería respetarla como persona. Que solo era feliz saliendo con una marioneta. Una que le permitiera sobrepasar los márgenes de su persona. Alguien que le dijera a todo que sí. «Menos mal que rompió los hilos y me dejó sola. Todo va a ser bonito sin él».   No le quedaba ninguna duda! «Voy a pedir hora con el ginecólogo. Esto va a hacer una aventura maravillosa». Y tanto que si!! Una aventura en soledad. No. Error. Comenzaba la gran yincana de la maternidad y lo haría con su peque.  «Preparada…, lista…, ya!!»