A mis amigos no les pido ninguna cualidad para serlo. No se trata de un concurso, de un examen a superar. Los amigos son esas personas que te acompañan en tu dolor cuando te has llevado un disgusto, da igual el tamaño.
Son las mismas personas que respetan tus manías, tus imperfecciones, tomándote el pelo a veces, cuando notan que te pasas de frenada.
Son las que te entienden cuando estás en un apuro y, sin pedirlo, vienen en tu ayuda para echar una mano en lo que haga falta.
Son las que te cuentan un secreto, llorando, mientras rezan en su interior con no ser juzgadas por lo que van a contar, y se encuentran con la sorpresa de que, efectivamente, no van a serlo ni en ese momento ni nunca.
Los amigos son risas, son compañía, son red.
Tengo muy buenas amigas, a algunas no las veo tan a menudo como quisiera pero da igual, porque, solo con cerrar los ojos, las tengo presentes, pero a todas ellas las llevo dentro de mi. En un huequito en mi corazón.
Había en una ciudad, un niño pequeño que tenía muchos problemas en el cole. Cada dos por tres, llamaban a sus padres explicando que, en aquella cabeza, difícilmente cabía una letra. Además, cuando sus padres intentaban motivarlo diciéndole que, si estudiaba de mayor podría ser, por ejemplo, médico, el negaba con la cabeza y decía, «eso no me gusta».
En esas estaba, llevándose broncas de su padre, suspiros de impaciencia con su madre, cuando decidió salir a la calle a dar una vuelta a ver si viera a alguien trabajar en algo que le gustase. Algo que se le diera bien. Miró al señor de la tienda de chuches un buen rato, y luego decidió que no. Para cobrar, había que hacer cálculos matemáticos. No. Eso no.
Luego entró en un supermercado y vio a la chica de la charcutería cortando el embutido en algo que le pareció una máquina del demonio. «No no. Esa máquina puede cortarme un dedo!».
Salió del supermercado casi corriendo y entró en una pastelería. El pastelero estaba preparando una tarta de comunión muy bonita, con el retrato de quien iba a recibir el sacramento en el centro mismo. Le preguntó al pastelero si era difícil su trabajo y este le dijo que tenía que gustarle y tener buena memoria para los ingredientes y las cantidades. Entonces agachó el chico la cabeza apesadumbrado. «Si no soy capaz de retener las tablas de multiplicar cómo voy a retener cantidad alguna?» Salió de la pastelería muy triste y siguió avanzando por la calle. De repente vio, en un escaparate, un cartel que ponía, «señor Antonio, creador de historias de todo tipo». Entró curioso, y, detrás de un mostrador pudo ver a un señor con una barriga bien amplia sentado delante de un ordenador que parecía quedarle pequeño. El señor levantó la vista, y le preguntó qué deseaba. -«Es usted el señor Antonio?». -Si, le respondió. «-Cómo es eso de hacer historias? Es muy difícil?»
Entonces Antonio, que llevaba un mostacho bien poblado le sonrió. -«Verás, hacer historias es una cosa muy difícil o muy fácil según el momento. Si te encuentras en forma, te salen en un periquete, si no, tienes que pensar y pensar hasta que te sale humo de la cocorota» -dijo riendo.
El chico lo miró con los ojos llenos de lágrimas y le dijo: «todos los que me conocen piensan que a mi no se me da nada bien, y creo que eso es cierto». Se hizo un silencio entre ellos y el señor Antonio le dijo: «lápiz, hada, tornillo». El chico lo miró boquiabierto y le contestó: «-Eso qué significa?»
-«Hazme una historia con esas tres palabras. Inténtalo a ver qué te sale».
El chico quedó un buen rato en silencio, y luego comenzó a relatar una historia llena de magia, de hadas, de lápices, donde incluso encajaba un tornillo. Al acabar, Antonio lo miraba asombrado, con una mirada llena de calidez. Entonces se agachó y le dijo, «si eres capaz de hacer historias tan bonitas y llenas de magia, podrás ser, si lo deseas, un gran escritor. Eso se te va a dar muy bien. Ya verás. Vuelve al cole y estudia mucho para que tu cabeza se llene de recuerdos bonitos que luego te sirvan para contar tus relatos». El chico lo miró, lo abrazó, le dio las gracias, y salió corriendo de su negocio en busca de su futuro.
¿Qué significa para ti «tenerlo todo»? ¿Es algo alcanzable?
El lunes partimos rumbo a la costa mediterránea, lo que se traducirá en tres horas de vuelo, metida en un artilugio de acero, con tres personas autistas y con tdah. Vamos por poco tiempo, así que, la pesadilla del viaje se repetirá antes de que se me olvide lo que fue el primero.
Soy, en esta familia, la que saca los pasajes, la que imprime las tarjetas de embarque, la que tiene que buscar dónde quedarnos aunque en ese sentido la familia echa siempre un cable. Hasta ahora no he pagado alojamiento.
Tengo que tener en cuenta que llevamos la documentación encima, la que piensa qué vamos a llevar de vestimenta, a la que no se le puede olvidar las medicinas…
Si algo sale mal, se me estará recordando en qué metí la pata hasta el siguiente viaje, pero eso sí, nadie va a tomar las riendas de lo que quiera que haya hecho mal. De eso no tengo que preocuparme puesto que lo seguiré haciendo yo.
He puesto que tengamos embarque prioritario. Muy prioritario. Puedo pagar por eso lo que haga falta. Evitar las esperas en un aeropuerto, no hacer colas, es mi mantra. Yo me atrevería a decir que deberíamos pasar antes incluso que la gente que va en primera clase, pero eso no ocurre. La compañía no pregunta si hay alguna persona autista entre sus pasajeros, y, aunque lo hiciera, solo podría señalar al enano. Los otros dos son adultos y quieren que se les trate como a los demás aunque eso les suponga alterar su niveles de estrés. Cuando quieres pedir alguna adaptación porque vas acompañando a una persona con discapacidad, lo más que te ponen es, o una especie de distintivo que dice que eres autista, que ya les digo yo que mi familia lo rechazaría de plano si lo hubiéramos visto alguna vez, o te ponen una silla de ruedas. De verdad que no he visto ninguna otra cosa. Puedo equivocarme un montón porque viajamos cero. No iba a ver a la familia desde que falleció mi madre. Ya ha llovido ya. Y fui yo sola. Suficiente tenía con perderla para que me estuvieran diciendo en qué debía preocuparme y ocuparme. De eso nada!
Luego hay algo que me hace una gracia terrible. No he visto jamás, en ningún otro sitio del planeta, secadores de manos más ruidosos que el de los aeropuertos. Jamás. El ruido puede traspasar el cubículo donde se encuentra, salir por la puerta, atravesar un montón de asientos y mostradores, y llegarte perfectamente nítido a donde te hayas puesto a esperar. Es algo que me resulta absolutamente incomprensible. Si existen coches que no hacen un puto ruido, dónde diablos fabrican esas chatarras? En fin. Divagaciones.
Hoy voy a intentar, que no sé si conseguir, comprar unas mochilas y que cada uno cargue su equipaje y se haga responsable de lo suyo, y, digo intentar, porque mi marido, el dios supremo de, como no me llevo nada bien con la tecnología eso lo haces tú, se ha enfadado. Porque claro, que yo me encargue de todo, que esté preparando un examen, que haya tenido que dejar apalancado el máster que estaba realizando, que tenga el estrés, en definitiva, en todo lo alto, no es suficiente, así que él reclama cuidado y atenciones que no recibe porque yo estoy haciendo de pulpo. Pobrecito mío!!
Cuando haya pasado lo del viaje, cuando llegue al aeropuerto de mi isla, miraré a mi alrededor, confirmaré que he salido indemne, cogeré mi mochila para dirigirme al coche, y cuando ya esté allí pensaré, lo tengo todo? Si la respuesta es si, llegaré a casa y me sumergiré en la siguiente situación estresante de mi vida. Los exámenes. «Poco a poco chiqui, paso a paso». Eso me diré. Luego, me daré dos palmaditas en la espalda y seguiré.
Hace un tiempo, cuando el mundo aún estaba medio por hacer, existía una muchacha cuya madre había fallecido hacía muy pocas semanas. Antes de fallecer, su madre le regaló un pequeño colgante, tan pequeño era, que había que acercarlo mucho a los ojos para ver cuál era su forma. Consistía en una pequeña piedra azul que, al mirarla de cerca, contenía una luz blanca, luz que, a veces, iluminaba sus noches haciéndole compañía. Alejando su tristeza.
Al quedarse tan sola, había dedicado a su madre mucho tiempo por su enfermedad, decidió que iba a emplear el tiempo que ahora le sobraba en pasear junto a un río que pasaba junto a su casa, pensando en qué haría con su vida a partir de entonces y en qué iba a invertir su tiempo. Le gustaba caminar durante mucho rato, para así volver agotada a su casa, caer en la cama, y dormir hasta el día siguiente.
Un día, a la vuelta de uno de esos paseos notó que no llevaba el collar al cuello. Lo buscó con desesperación por toda la casa y, al no encontrarlo, se durmió llorando decidida a salir al día siguiente y caminar sobre sus pasos para ver si daba con la joya. Como no pudo pegar ojo, al salir los primeros rayos de sol partió de casa decidida a encontrarla. Buscó y buscó pero no encontró su colgante.Entonces cayó de rodillas junto al río y comenzó a llorar. «¿Cómo había podido ser tan tonta? Cómo podía haber perdido su único bien más preciado, el único recuerdo de su madre?»
Se puso boca arriba sobre la hierba, puso sus manos sobre su pecho, y, en voz alta, pidió disculpas a su madre. Luego se hizo el silencio. No se oía ni siquiera el ruido del agua. Parecía que el tiempo se había detenido.
Abrió los ojos extrañada y, frente a ella, pudo ver la cara de su madre, sonriendo. «No debes preocuparte» -le dijo- «mi legado está dentro de ti, tu bien más preciado eres tú misma. No necesitas mi joya para recordarme. De todas formas, espera a que anochezca, el amor que contiene brilla mejor en la oscuridad».
Entonces, pensando que había soñado entró a su casa y se sentó a pensar en lo sucedido. Anochecía ya cuando vio una luz brillante junto a un árbol, tanto, que no le hizo falta alumbrarse para llegar a donde estaba. Se agachó y, efectivamente, allí estaba aquella piedra azul reluciente. Entonces pensó en las palabras de su madre. Se lo colgó del cuello y se fue a la cama con él, con su luz, su compañía, sonriendo.
Me gustaría legar mi paciencia, el saber entender, como lo he hecho, a la persona que tenía en frente, sus diferencias, sus imperfecciones, iguales o distintas a las mías, pero complementarias. Como las piezas de un puzzle. Me gustaría legar el amor, en general. El que siento por mi marido, por mis hijos, mis hermanos…El amor que siento por mis amigas, esas que me han ayudado a tejer la red sin la que, la caída por la muerte de mi madre hubiera sido más tremenda. La que impidió que me hiciera añicos.
Me gustaría legar mi constancia, mi empeño en conseguir las cosas que quiero, esa me ha permitido ser la mujer que soy hoy día. La que siente curiosidad por todas las cosas y tiene la ambición de crecer y seguir conociendo cosas distintas y maravillosas.
Quiero legar mi insensatez, esa que me llevó a abrir un blog solamente por la locura de escribir todo lo que llevaba años escapando como una pequeña gotera y que ya deseaba ser río, ser contado.
Quiero también legar mi mal humor, mi suspicacia, como diría Peter Parker, mi sentido araña, esa que hace que se me ericen los pelos del cogote. Los que detectan la mala baba de algunos a un montón de metros, que hace que los evite como un mal hedor. Aunque eso, si se me permite, lo legaría íntegramente a mis hijos, para poder cerrar los ojos sin sentir la incertidumbre de qué será de ellos como último pensamiento. Quiero que, si en alguna parte ponen descansa en paz, no sea solo una frase hecha, quiero cruzar al otro lado ligera como un pajarito, como una alondra, volar directa y decidida a los brazos de la oscuridad. Sin ninguna pena, empujada con todo el amor.
Hoy he pasado una noche de mierda. He dormido fatal, con un montón de pesadillas que han hecho que me despierte todas las horas. No he cenado tarde ni copiosamente, así que la historia ha de venir por algún otro lado.
Ayer, mirando Instagram en uno de mis descansos entre test y test del temario, vi un video sobre la depresión, de un chico que se hace llamar en esa red, @neuro-prevencion, y el video me ha removido algo dentro que tenía guardado muy profundo.
Hace muchos años, había un chico de unos veintipico de años, que unía a su juventud un montón de intereses. Le encantaba viajar, y así hizo con cuatro chicos más en un coche blanco que debía ser un seat 127 por lo que yo recuerdo. Se recorrieron casi toda Europa, atravesando la Península porque claro, había que llevar el coche. Para algunas cosas, como viajar, vivir en una isla, a no ser que seas británico y atravieses el tunel que une tu tierra con el resto de Europa, es una porquería.
Le encantaba leer y era de los que te recomendaba una lectura, y, riendo, te decía: «Cuando termine el libro te lo dejo». Y ya ibas salivando las ganas de echarle mano a lo que, seguro, iba a ser una maravilla. Jugaba al ajedrez, y siempre llevaba consigo un pequeño tablero de esos en los que las piezas van imantadas, junto con un libro de jugadas que él practicaba donde le diera por ahí.
Un día enfermó. Lo que empezó siendo, o creíamos que era, una profunda tristeza, se convirtió en una palabra maldita. Depresión. Y, mientras esa maldita enfermedad se comía todas sus energías, todas sus capacidades de sentir ningún tipo de placer, que convirtió su vida en una absoluta agonía, podías ir viendo cómo, incluso físicamente, se producía una transformación. Sin querer entrar en detalles dolorosos, con 57 años, arrastraba los pies al caminar como si fuera una anciano. Como bien dice el muchacho en el video, estar deprimido no es estar triste, ni tiene que ver con echarle ganas. Qué va!
Tres años antes de alcanzar esa edad, me preguntó, como quien no quiere la cosa, que qué ocurriría en caso de que él falleciera con su herencia y con su ex mujer, de la que solo estaba separado. Decidí explicarle que, para cualquier cosa, mejor, divorciarse, y así hizo sin contárselo a nadie. Una vez tuvo todo arreglado, incluida la aceptación de la herencia de sus padres, y para asombro de nadie, decidió acabar con su sufrimiento.
Era lunes. Lunes de Pascua exactamente. Yo estaba a punto de salir de mi casa para llevar al niño a la guardería e irme a trabajar, y, de repente, observo que mi madre me ha mandado un mensaje a las 3 de la mañana. Que la llame, me pone. Ella volaba al día siguiente de vuelta a su casa. Seguía en la isla. Hice lo que me dijo, y me contestó llorando y diciendo que se había ido. Que esa tarde, viéndose solo en casa, preparó su partida y se fue. Mi madre me dijo que él le había partido su vida en dos mitades cuando tomó esa terrible decisión. Y, justo en ese momento, sentí que algo crujía en mi interior. Algo rompió dentro de mi en ese momento y para siempre.
En la última sesión con mi psicóloga, me dijo que el duelo es una piscina llena de mierda, en la que uno debe sumergirse hasta el fondo, y quitar el tapón. Hoy, por fin, bajo al fondo de la mía, y decido llorarle como no le pude llorar entonces, esperando que con mis lágrimas, se mitigue el dolor de su partida.
¿Cómo mantienes el equilibro entre el trabajo y la vida personal?
Difícil pregunta esta. A mi, el trabajo que realizo se me ha entremezclado con mi vida personal de todas las formas y maneras. Hubo un tiempo, antes de nacer mi hijo, que me traía el trabajo a casa para luego repartirlo a los distintos juzgados que habían de camino al mío. Tenía, por supuesto, el permiso, no solo de mis superiores inmediatos, sino de quien estaba por encima de ellos dos. Yo llevaba un carro, esos que son de compra, y, mientras iba llevando a mi hija de camino a la guardería, se iba conociendo a todos los compañeros que me iban preguntando por la evolución de la niña. He de decir, que, durante un tiempo, casi un año, no hablaba de otra cosa que de ella. El diagnóstico me había conseguido enmarañar todas mis ideas, y no pensaba con claridad. Los compañeros aguantaban la chapa con una mezcla de pena y no saber qué decir. Seguramente, ahora, a mis años, eso no hubiera pasado. Lo bueno es que, a veces, le esperaba una pequeña bolsa de chuches, o un regalito minúsculo hecho por alguien, lo malo, es que tenía que levantarla muy temprano para llegar a todo antes de las nueve de la mañana que habríamos al público. A ella que odia madrugar.
También estuvo siempre el sacrificio de no ir ni hacer muchas cosas «porque mamá está estudiando para las oposiciones». Pero eso se acabó, y ahora que estoy preparando promoción interna, no quiero perder el foco de mis hijos. Ya no más. Me gusta estar enterada de todo lo que hacen, de todo lo que tienen fuera y dentro del cole, de sus clases, me gusta acompañar a mi hija en el gimnasio. Ver lo fit que es. A veces, sin que me vea, la miro hacer algún ejercicio de yoga, y veo con admiración que lo ha conseguido realizar completamente. «Ole mi niña!!!»
Todo esto lo cuento porque el otro día, mientras estudiaba, como tengo una casa minúscula, puse el oído en lo que pasaba en el salón, porque noté que mis retoños empezaban una discusión, o más bien, mi hija se enfadaba muchísimo con su hermano y este guardaba silencio. Fui al salón y me lo encontré con un plato de lentejas, solo y a oscuras. Le dije que fuera a la cocina a comer y estuve con él sin preguntar. Cuando ya acabamos, volví a mi habitación y él fue casi detrás a decirme que iba a contarme una cosa que poco más o menos venía a ser un secreto de estado. Lo era para él. Pero era solo la razón por la que su hermana estaba enfadada. Quería explicar todo tal y como fue y que yo lo escuchara. Sin opinar. Me dijo que su hermana y él habían tenido una interferencia. Después de escuchar lo sucedido, le expliqué que era un malentendido. Me dijo que sentía que tenía una disculpa. «Te quieres disculpar?» -Le pregunté. Y me contestó que no. Que eso le tocaba a ella mientras ya le asomaba una lágrima en el ojo. Luego vino ella, compungida, pidiendo perdón, y diciendo que «es que él es muy cuadriculado». «Tú no piensas que, a lo mejor eres igual, y que tu cuadrado ha chocado con el suyo?» -Le dije. Y se echó a reir.
Entonces la abracé a ella. Por reconocer como una buena persona que es que se había equivocado y por tener el valor de disculparse. Después lo abracé a él. Porque sé que un enfado de su hermana con él, le duele profundamente.
Estas son las cosas que no quiero volver a perderme, en las que no quiero dejar de estar nunca más. Por eso, tras suceder lo que he contado guardé mis apuntes y decidí estar presente en mis hijos. Mientras ellos quieran. Mientras me lo permitan.
¿Cuál es la prenda o el accesorio más antiguo que llevas hoy?
Tengo una camiseta, con un ribete dorado, muy elegante, que me pongo cuando hace frío y necesito ir bien vestida pero sin pasarme, porque, cuando uno va a juicio, debe ponerse un poquito bien, no mucho, pero si lo suficiente para no parecer una irrespetuosa con el juez, que se pone su traje y su toga encima . Mi camiseta es de manga corta pero es abrigada y, cuando uno tiene problemas de menopausia, me es suficiente en días como el de hoy, un dia lluvioso y un tanto frio. La camiseta perteneció a mi madre. Ella cuidaba su ropa como su cuerpo, con mucho mimo. Total, que ella y yo teníamos la misma estatura, misma complexión, misma talla de zapato. Mientras la cuidaba en el hospital, le dio por pensar lo desamparada que iba a quedarme sin su ayuda económica aunque a mi eso me daba igual y se lo dije. Yo hubiera renunciado a todo por disfrutarla un año más. Por eso mismo, y porque una madre no deja de serlo hasta que la vida le dice hasta aquí, me pidió que fuera a su casa y cogiera lo que quisiera de su armario con toda la confianza. Zapatos, ropa de deporte…Le dije que no.
Después de fallecer, tuvimos que arreglar lo de la herencia, con lo que me vi obligada a volver a viajar porque la herencia debía aceptarla en el lugar donde había recidido y fallecido. Un tute de un montón de kilómetros cuando tú lo único que deseabas era estirar el tiempo pasado con ella unos pocos años más. Me llevé una maleta vacía que me traje cargada de su ropa, de su olor. Esta camiseta debe tener un porrón de años porque ella, como digo, trataba todo con mucho mimo. Me gusta ponérmela cuando estamos en sala. Me gusta sentirla junto a mí, aunque fuese a modo de tejido. No sé si a otras personas les pasa, pero mi madre tenía un olor corporal producto de sus cremas y perfumes que daban una idea de ser una persona limpia y cuidada, e impregnaba todo con él.
Hoy hemos celebrado un juicio que, por unos instantes, y, a consecuencia de lo demandado, la oí hablarme y decirme que la gente podía llegar a ser muy sinvergüenza. Notaba su indignación, que debía ser la mía propia, y, para calmar la rabia, decidí imaginar que, quien litigaba, iba a perder el juicio, y que la iban a condenar en costas aunque no tengo ni idea de si eso será así o no puesto que no estoy en la cabeza de mi jefe. Entonces oí la risa de mi madre, esa risa de cascabel que le daba cuando yo le soltaba alguna tontería de las mías. Ella también pensaba que eso debía serlo justo. Pasé mi mano por la camiseta y, por suerte, mi indignación bajó al contacto del tejido.
Ahora se entiende que a los bebés se les ponga alguna cosita que haya llevado primero su madre para que duerma y se sienta más tranquilo. Eso pasa también de adulta y, pase lo que pase, vivas los años que vivas, eso será así hasta que tú misma cierres los ojos y partas igual que lo hizo ella.
Hace mucho tiempo, no sé si me lo contaron o me lo estoy inventando, había un señor que poseía un jardín enorme, lleno de todo tipo de árboles frutales que daban unos frutos maravillosos. Además, este señor no dejaba que nada ni nadie visitara su jardín, ni siquiera las aves, y, para ello, lo mantenía vallado y con espantapájaros para evitar que nada pudiera estropear tanta belleza. A veces paseaba por él y cogía alguna manzana que iba comiendo despacio mientras contemplaba su obra. Notaba, con algo de preocupación, que sus árboles iban cogiendo una tonalidad algo oscura y apagada. Al principio, se circunscribía a un rincón, pero más adelante notó que la oscuridad se extendía poco a poco por todo el jardín.
Al otro lado del muro, vivía un pequeño y su madre, una mujer delicada de salud a la que su hijo no sabía qué hacer para verla feliz. Un día, por encima del muro, vio que sobresalía la manzana más roja que había visto en sus 11 años. No se lo pensó dos veces y trepó hasta alcanzarla. Tras probarla, decidió llevar unas pocas a su madre, y consiguió con ello que la mujer se pusiera muy feliz, así que, los asaltos al jardín se convirtieron en una rutina diaria.
Un día, el dueño se dio cuenta de que el jardín tenía un brillo especial, tanto, que ni la luz del sol conseguía ese fulgor. Extrañado, decidió averiguar a qué se debía ese cambio. En esas estaba cuando oyó un ruido en el muro y luego vio a un renacuajo flacucho al que pilló bajando la pared. Cuando lo agarró por el brazo, notó que, si se descuidaba, podría llegar a hacerle daño, así que se ahorró darle el pescozón que le tenía preparado.
En un momento lo entendió todo. Su jardín agradecía las visitas de aquel niño y del disfrute de sus frutas. Entonces se agachó para poder mirarlo directamente a los ojos. «Escucha»-le dijo, «no vuelvas a saltar ese muro tan alto que puedes hacerte daño. Si quieres algo toca a mi puerta que siempre serás bienvenido. Mi jardín está encantado con tus visitas, así que yo no te lo voy a poner difícil.»
A partir de ese día, aquel jardín se convirtió en el mejor y más famoso a muchos kilómetros a la redonda.
Esa es la historia que escuché o que me he inventado…
Me gustaría cualquier pequeña mejora que me llevara más adelante a ser una anciana que se levanta a la hora que le apetece, que pasa su tiempo entre paseos por la naturaleza, viendo el volar de las aves, el sonido del viento entre la rama de los árboles..una vida que me permitiera leer sin agobios.
Me gustaría tener una pequeña casita con vistas a un jardín, con un pequeño huerto, nada ostentoso ni de dos pisos…no necesito más que alejarme del ruido, de las prisas. Tener un sitio donde no existiera el estrés. Donde pudiera, por fin, dormir lo que me apetezca.
Supongo que a mi marido le gustaría más vivir junto al mar. Y yo, por supuesto, seguiría su capricho, no porque supedite mis deseos a los suyos, sino porque nos queremos lo suficiente para no considerar, este tipo de cosas, un sacrificio. Él me ha dicho muchas veces que le gustaría morir y ser alimento para los peces. Que un ser vivo aprovechara su cadáver. Y entonces pienso que, así, de alguna manera, seguiría viviendo en la naturaleza, formando parte de ella, siguiendo el ciclo de la vida. No creo que él pudiera sentirse más feliz si todo sucediera de esa manera.
Quien quiera que sea el que sobreviva al otro, esperará acompañarle en su viaje mientras disfruta de la vida hasta el último minuto. Tranquilamente.