El viaje de fin de curso familiar (día 5)

Ayer fuimos a la playa. El día llevaba todo el rato intentando dar calor pero solo lo conseguía de manera tenue. Así que no me di un baño y tampoco mi hija que, cuando era pequeña, se metía en piscinas heladas que le dejaban los labios azules. Ayer se lo recordaba y nos reíamos. Cómo cambiamos! Como evolucionamos a ser otra persona completamente distinta, que sería incapaz, si se diera el caso, de reconocerse en esa personita minúscula, siempre con la mirada perdida, pero no como se ve en las películas, que pone a los habitantes de Avatar con miradas vacuas, no, su mirada hacía ver que, en alguna parte de su cerebro, se había fundido o apagado algún interruptor. Pero solo alguno porque, cuando fijaba la vista en tí, cuando te miraba, acompañaba a su sonrisa una mirada intensa, de esas que atraviesan tu alma.

Estábamos hablando de lo humano y de lo divino, mientras yo miraba como un camaleón a unos jóvenes que estaban detrás nuestra y que hacían todo lo posible por molestar en una playa con espacio suficiente para hacer, si te apetecía, carpados adelante y hacia atrás, sin echar arena a nadie, pero, claro está! si no molestas no te haces notar, cuando recibió un mensaje de su terapeuta. Hacía un mes que le había mandado mi hija un mensaje para concertar una próxima cita. Mi hija iba una vez al mes. Y digo iba porque, después de dejar su mensaje en visto durante 30 días con sus correspondientes noches, le dice que va a dejar (mentira, ya lo debe haber dejado) el gabinete. Y digo que es mentira porque tú no dejas a tus pacientes en ascuas un mes entero. No les mandas un mensaje por la tarde, como una propina. No. Tú a tus pacientes los respetas. Y si no quieres mimarlos, bueno! Ya eso va en tu carácter, pero mi hija llevaba ahí desde que comenzó la adolescencia.

Esta mañana le escribí un WhatsApp diciéndole lo muy equivocados que estuvimos con ella, pensando que el respeto era mutuo y que nos avisaría con tiempo para maniobrar y buscar sustitut@. Luego fui a mis contactos y la eliminé. Y después eliminé el chat de WhatsApp. No me interesa su respuesta. Le deseé buena suerte, pero no con nosotros al lado. No después de como se ha portado.

Mi hija, como buena habitante de Avatar, empezó a buscar el sentido a lo sucedido pensando que había sido error suyo. Pensando que algo estaba mal en ella. Diciendo que así se había portado nosequién y que habían dejado de ser amigas. A mi la indignación me subía como los calores de mi menopausia, en forma de latido chungo. Un latido. «La madre que la parió!» Otro latido. «Cómo puede tratar a una paciente así?» Otro latido. «Voy a escribirle y decirle exactamente lo que pienso de ella». Otro latido. «Me cago en todo!»

Respiré profundamente y le dije a mi hija las razones por las que no creía que ella tuviera la culpa de nada. Difícil tarea esa cuando tu psicóloga, TU PSICÓLOGA!!, te trata como un felpudo. Hoy he vuelto a apuntalar lo dicho ayer de forma educada, en versos casi. Que no piense mi hija que vengo de un barrio de familia desestructurada hasta decir más no. Que no me oiga gritar como lo haría la Sofía Loren en sus pelis. Sacudiendo manos, moviendo la cabeza hasta despelusarme, golpeándome el pecho, no. Decido ser comedida y educada en un mundo que no se merece ni mi escupitajo.

Después de hablar con ella, tras la chapa motivacional de, a tí no te pasa nada, ella te ha faltado el respeto y punto, me fui a la cama con ganas de llorar. No podía dormir y encendí la tele. Al poco oigo un ruido que viene de la ventana de mi habitación. Me asomo y está lloviendo. «Curioso» pensé. «El día ha acabado llorando también». Tal vez por la vergüenza de ver como sus terrícolas tratan a los habitantes de otros planetas. Si. Tal vez sea por eso.

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6 respuestas a “El viaje de fin de curso familiar (día 5)”

  1. Ay, Ana… te leo y se me encoge algo por dentro. Qué manera tan bonita y tan jodidamente triste de contar lo que pasó.
    Me dan ganas de abrazarte fuerte, de agarrarte la mano y decirte que no, que no estáis solas, que hay cosas que una no se merece, y que aunque duelan, hablan más de quien las hace que de quien las sufre.
    Y esa terapeuta… Mira, que se dedique a poner ladrillos, sí. Que al menos ahí, si mete la pata, no se lleva por delante el corazón de nadie. Porque una cosa es dejar el trabajo, y otra muy distinta es abandonar a alguien. Y tu hija no era «alguien», era su paciente. Su responsabilidad. Su historia, que llevaba tiempo acompañando. Eso no se deja en visto un mes como si fuera el mensajito del vecino del tercero.
    Qué injusto es cuando alguien que debería cuidar, suelta así.
    Qué rabia. Y qué impotencia ver a tu hija intentando entender qué hizo mal.
    Nada, mi niña no hizo nada. Lo malo es que, cuando te han apagado lucecitas tantas veces, acabas creyendo que la oscuridad es culpa tuya.
    Y tú, madre coraje con alma de poeta, haciendo equilibrio entre el cabreo menopáusico (con latidos con nombre y apellidos, ¡me parto!) y la dignidad de no mandar todo al carajo.
    Qué entereza la tuya. Qué forma de cuidar.
    Qué belleza, incluso en la tristeza, Ana.
    Me quedo con ese final tan tuyo… la lluvia cayendo, como si el cielo también sintiera vergüenza. O pena. O ambas. A veces creo que el universo llora por nosotros, cuando ya no podemos más.
    Y menos mal que aún os tenéis la una a la otra.
    Eso, eso sí que es terapia de la buena.
    Un fuerte abrazo🤗💝🌷

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    • Muchísimas gracias por leerme y por entenderme tanto! Lo bueno de todo esto es que, en Avatar, este tipo de actos son flor de un día. Más me ha jodido a mí que a ellos. Ellos le dan la importancia que merece que es cero. No me ha respondido al mensaje que le envié. Eso da ya muestras de su nivel!

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      • No entiendo cómo alguien que dice trabajar con las emociones de los demás, que supuestamente está ahí para cuidar, para dar herramientas, para ayudar a sanar… puede actuar así. Arrancar de golpe una relación terapéutica con una niña, sin una palabra, sin una despedida, sin pensar en el daño. Me cuesta mucho comprenderlo, de verdad. Me duele.
        Mi hija es profesora. Yo creo que nació con esa vocación. Siempre ha tenido una entrega muy profunda hacia los niños. Y en estos últimos años, que han sido especialmente duros para nosotros, nuestra familia, y más para ella, ha tenido el coraje de retomar lo que un día dejó: su carrera de psicopedagogía. Lo ha hecho en solo dos años, con unas notas preciosas. Para mí es un orgullo enorme, porque sé bien lo que le ha costado, lo que ha tenido que sostener mientras estudiaba.
        Ella lo hizo para poder ayudar mejor. Para estar más cerca de esos niños que más lo necesitan. Y cuando la veo en su colegio, cuando veo cómo se acerca a los que tienen alguna dificultad, cómo les habla, cómo les cuida… se me llena el corazón. Sarita tiene esa forma de sanar con dulzura, con presencia, con paciencia, con amor a lo que hace. Lo da todo.
        Y por eso, precisamente por eso, me duele tanto que alguien que trabaja en algo parecido, en el cuidado emocional, actúe con tanta falta de conciencia. Como si las personas no importaran. Como si no doliera.
        A veces, Ana, de verdad… este mundo me da un asco profundo. Me siento tan decepcionada, tan cansada. Y te leo, y veo cuánto has luchado tú con tus hijos, y me veo reflejada… pero con más años encima. Y tener que seguir batallando a esta edad, tener que ver que el sufrimiento sigue, incluso en los nietos… se me hace cuesta arriba. Mucho.
        No sabes cuánto te entiendo. Tal vez de otro modo, pero sé lo que es sentir estas injusticias clavadas dentro. Y duelen. Duelen tanto.
        En fin, me alargo… Solo quería decirte que te leo siempre con cariño, que me emociona encontrarte, que estoy aquí para ti, para acompañarte aunque sea con un mensaje y un abrazo escrito.
        Un besito, con todo el corazón.🥰💝🌷

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      • Cuando hicieron a las mujeres de tu familia, rompieron el molde. Tu hija es una mujer luchadora a tope y empática. Siempre que he encontrado profesionales de la psicología me he encontrado carencias en uno u otro sentido. Hasta que encontré a Elena, la chica que me lleva mis penas y alegrías. Pero son como las flores que brotan en las piedras. Hermosas, fuertes y únicas! ❤️❤️❤️

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      • Eso le dicen las trabajadoras sociales que luchan con ella por mis nietos, que es una mujer brillante y única.
        Pero mira, yo me siento muy orgullosa de ella sobre todo por su bondad y la fuerza con la lleva luchando desde hace 8 años y contra corriente.
        Pero en fin… Es la vida, cada uno llevamos una cruz, Ana, yo rezo y hablo con los Ángeles, también les hablo de ti, hablarles me ayuda, aunque ahora también necesitaría ir a mi terapeuta, que por cierto se llama Ana Mari, jejeje.
        Un besito.

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