Estoy en mi casa del sur. He venido arrastrada por la extracción de la muela que fue bastante peor de lo que pintaba. Lo típico de mi vida! Que es un trámite fácil? No importa! Ya arreglamos una complicación! Le falta a usted un papel que no sabemos dónde puede conseguirlo y que no le habíamos pedido a nadie! Que es una revisión sin más? No te preocupes guapa! Para tí tenemos rotura de la máquina, muerte de quien tendría que hacerte la prueba, incendio en el hospital…chorradas! Yo creo que la muela llevaba más tiempo rota del que pensaba y ese fue nuestro giro argumental vital. Al día siguiente amanecí vomitando. Y al siguiente. Y, hasta ayer, con dolores. Anoche fue mi primera noche sin dolor porque esta casa vibra alto en rollo positivo. Después de ver en la tele «Viaje al centro de la Tierra» película de los años 50 que me llevó a una infancia llena de pantallas de cines, me río mucho cuando mi aún marido dice que yo no entiendo de cine! No tiene ni idea! Este cuerpo que les escribe ha visto de ciclos pasados en pantalla grande como para llevarme tres premios, porque para mí el séptimo arte ha sido siempre como la literatura, una forma de evadirme, de vivir de espaldas a los problemas que hacían todo lo posible por llamar mi atención mientras yo ocupaba mi tiempo en vivir historias de familias felices, entristecerme por ver amores reales de pantalla grande como los de Katherine Hepburn con Spencer Tracey, un hombre católico, alcohólico, que solo se permitió ser su marido mientras actuaban, aprender historia con películas, incluso, bélicas, que yo no hago ascos…en fin, que me voy por las ramas, después de mi «dosis» de clásicos, apagué la luz y dormí como un bebé. Tanto y tan bien, que, al despertarme y ver que no me dolía nada, he dado las gracias a Dios, a los que ya no están y que me acompañan entre estas cuatro paredes, y a la vida misma.
El dentista me recomendó tomar cosas frías y yo, que no soy de tomar azúcar, me vi tomando helados y refrescos, además de agua fresca. Sentía yo que, con el azúcar, conseguía ponerme de pie sin morir, sin ser yo dramática ni nada de eso. El resultado fue que dormí esa noche tres horas. Me desperté un montón de veces, y en una de ellas, yo creo que a consecuencia de un pico de azúcar en sangre, me dio por sentir un duelo con mi muela. La eché de menos y la lloré incluso. Para azuzar el dramatismo, que no decaiga, me acerqué a mi enano para abrazarlo, como quien abraza una tabla para salvarse ante los embates marinos, y, en el proceso me dije que, hasta cuando iba a utilizar a aquel trocito de mí para lamer mis heridas. Mi coherencia se estaba poniendo encima de mí y me daba de bofetadas mientras me explicaba que yo no era «La dama de las camelias» y que ella y yo nos habíamos currado mucho estar donde estábamos para que a mi me diera por ponerme de abrazafarolas. Aún así, conseguí quitármela de encima con una llave y me giré para seguir lamiendo mis heridas y pensé en mi madre. Y lloré, como una Magdalena cualquiera hasta que sentí dos carraspeos. Levanté la mirada y allí estaba. Mi madre. Explicándome que si seguía utilizándola para bálsamo a chorradas, cogía el portante y se iba con viento fresco. «Es que no puede una lamentarse a gusto?» Le dije. «A mis costa no!» Me contestó. Y, tras unos segundos, debí caer dormida.
Al despertar sobre las cinco y pico de la mañana la glucosa ya tenía unos ratios aceptables y ya me dejaba pensar. Un capítulo de una serie o dos después y sonó el despertador. Entonces hice lo que hago siempre que algo me perturba. Crecerme. Desperté al enano a besos, y de un salto, como una Nadia Comãneci cualquiera, me levanté a preparar las cosas del crío para ir al cole. Aún estaba con dolores y no fui al trabajo, es cierto, pero sí noté que, por fin, yo era más que aquel problema. «Todo pasa y todo queda» dijo Machado y esa frase me ha parecido siempre tan verdad…!