Aquí, en la casa del sur, toca ir despidiéndose. Mañana vendrá «mono sabio» que es el apelativo que le han puesto mis hijos a su padre, a buscarnos. De ahí a casa y, si no hay más remedio, me tocará vivir un agosto lleno de ausencias y reproches.
Hemos vivido una semana intensa aunque ayer, ante el calor, el enano subió a por un medicamento para su dolor de cabeza y yo, ante la toma de este, decidí no exponerlo, encima, al fuerte sol que hacía que te dolieran los ojos. Permanecimos los tres junto al ventilador, bebiendo agua fresca de la nevera y moviéndonos lo justito.
Mi hija lleva una semana regulera. El lunes se empeñó en comprarse unos sudokus de camino a la playa. Si me lo hubiera dicho antes de salir, hubiera pillado dinero, pero no, desde que puso un pie fuera me dice que ella y su hermano van al centro comercial a ver si consiguen algo. No me dice si me espera o no en ningún sitio porque cuando quiere algo entra en modo misil tierra-aire y no te escucha. Los esperé justo a la entrada de un parque que desemboca en la playa y, oh my god! conseguí dar con ellos. Me explica que ha calculado por tres euros y que le falta uno. Mi lema es no llevar nada de valor a la playa porque tengo el síndrome de las que ya le han robado el bolso dos veces. Si hay una tercera, que se lleven toallas mojadas. Antes de poner un pie en la arena, necesita entrar en un supermercado para ver si allí ve lo que no ha visto en todo el centro comercial. Su último cartucho. Le digo que la espero a la sombra y le señalo qué sombra, pero ella ahora es ese misil tierra-aire y ni me ve ni atiende lo que digo. Como tarda en salir y ya preocupados, su hermano y yo nos dirigimos al negocio caminando hacia la avenida y, cuando comenzamos a acercarnos a la bajada de la playa la vemos en la arena. Una mujer menopáusica acalorada y unas levantadas de voces después, preguntando que en qué sombra le dije que la esperaba, cogió las llaves de casa y se fue.
Al día siguiente, disculpas y abrazos mediante, le pido que entre en la web de la universidad a distancia en la que quiere entrar a modo de buscar información. Entra y, tras muchos gritos de frustración después que yo trataba de apagar desde la cocina, me dice que no va a la playa. Que está harta. Por el camino el enano, que ya es un hecho que me ha dejado ese mote a mi, me recrimina que pusiera a flor de loto nerviosa y decidiera esa tragedia griega. Mi menopausia y yo lo miramos con ganas de asesinarlo pero él tiene esa mirada que ponen todos los estafadores antes de dejarte limpia la cuenta. ESA mirada.
El miércoles cojo otro libro de la biblioteca de casa, uno de Carmen Mola, porque en dos días me he terminado uno de cuatrocientas páginas de Carme Chaparro, y me lo llevo a la playa con la esperanza de leer en paz. Ni hablar! Saco el libro y, mi hija, miss «no tengo sudokus» y miss «no me gusta leer» comienza a importunarme para que no lea. Tanto, que el libro acaba en sus manos mientras yo vigilo a su hermano. Compruebo que Michael Jackson está en su punto álgido de obsesión y, cada tres chapuzones oigo un «jiii jii» que viene de sus labios. Bailando el otro día con unas zapatillas que ha dejado ya por pequeñas, a causa del riego de los jardines y de sus movimientos imitando al rey del pop, cayó de culo y tuvimos que ir la hermana y yo al rescate. Él se levantó despacio solo para añadir drama a lo cómico de caer así y, tras comprobar que no había daños sino en el ego, proseguimos la marcha.
El jueves fuimos los tres sin incidencias a nuestra cita playeril pero, a consecuencia de la calima y de la caída de la tarde, se puso el ambiente fresco. Cuando ya había decidido que me quedaba un rato más, oigo las quejas de mi hija por la izquierda explicando que tiene frío. Le paso la toalla de su hermano y decido marcharme solo quince minutos después de nuestra hora habitual.
Al llegar a casa, se me acerca el enano y me dice, él que no tiene ni reloj ni dispositivos que le den la hora, que hemos salido muy tarde de la playa y que se le va a hacer tarde para la cena. Abro la boca para explicar y me sale una carcajada de admiración ante ese reloj biológico más preciso que cualquiera de los que se fabrican en Suiza. Lo beso y le digo finalmente que ya verá que no. Se nos une la hermana que me pide perdón por ser, por estar. Le digo que deje de decir tonterías y que disfrutemos del abrazo.
Es una pena que esto termine. He disfrutado como una niña chica de la compañía de ambos. Espero que ellos también lo hayan hecho conmigo…y con mi menopausia!
2 respuestas a “Una semana raruna”
Querida Ana, pues sí has tenido una semana movidita, sí.
Bueno todo lo que cuentas, desde aquí al menos, parecen anécdotas divertidas, la niña tiene su punto y ese muchacho con esa sonrisa debe ganarse el alma de cualquiera que le mire.
He leído tus dos entradas, pero no he tenido muchas ganas de escribir, llevaba una vía puesta en la mano que me estaba matando de dolor y ya en casa y sin agujas, ni gomas te escribo con más calma.
He visto que ya os vais a casa con «mono sabio» ay por dios que me meo toa, vaya con tus hijos y sus motes, de verdad que me parto.
Me alegro de que aunque con todas estas cosas que nos cuentas, hayáis podido disfrutar de unos días de playa y tranquilidad, lo merecéis.
Seguro que en breve os podréis volver a escapar a esa casa, que yo la imagino a las que describe Kate Morton en alguno de sus libros, con su jardín, si banco de piedra, árboles y pajaritos, pero con un toque misterioso, pero a la vez romántico.
Bueno… cómo me enrollo.
Espero que la vuelta no se te haga muy dura, si te sirve de consuelo, hay quien ha estado una semanita de vacaciones en un hospital. 🤦🏼♀️
Cuídate y sigue contándonos cómo va tu verano.
Muchos besitos para ti y los niños. 😘❤️😘❤️😘❤️🌷
Me gustaMe gusta
Ay mi niña linda!! Cuánto siento lo que cuentas! Espero que, en estos días te repongas del todo! Tuvimos una vuelta llena de incidentes y,, a causa de eso, no he conseguido pegar casi ojo. Gracias por pasarte por aquí y gracias siempre por ser alguien tan especial! Un beso enorme Yvonne!! 😘 Feliz lunes!! ❤️ 🫂🥰
Me gustaLe gusta a 1 persona