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Lo de comprar
¿Dónde irías durante un día de compras?
Abstrayéndome total de mi vida presente, y creyendo que tengo una cuenta corriente de esas en las que, ir de compras pudiera ser como el día de la protagonista de Pretty Woman, gastando cantidades indecentes de dinero, me iría a una de esas calles en las que solo ves tiendas de marca y coches caros a porrillo. Siendo rica y un poco superficial, me bajaría del coche conducido por un chófer, hombre ya! y empezaría a meterme en todas las tiendas. Haría como Georgina, la mujer de Ronaldo. No me probaría la ropa. Eso lo vi en una serie que hizo ella para Netflix y que me pasaron de estrangis porque no me puedo permitir esos extras y en casa no vemos series ni pelis. Yo no lo haría por prisas, sino porque soy una vulgar mujer con una enfermedad tan vulgar como la alergia y, claro, si me pongo a quitarme y ponerme ropa, acabaría, además de cansada y satisfecha, enferma y no, no quiero terminar con un antihistamínico en el cuerpo. Queda poco glamuroso tener la nariz como Rudolf, el reno de Papá Noel.
Luego, claro está, iría a una librería para llenar una balda de mi biblioteca del ala este de mi casoplón. No me sería difícil elegir títulos. Jolín que vicio tengo con la lectura! En lo que llevamos de mes, y estamos a día 9, ya me he leído dos libros y me quedan tres en la recámara. Le estoy haciendo pupita al carnet de biblioteca que no utilizaba desde el año 2002 porque, cuando nació mi hija, y a consecuencia de la fuerte depresión que sufrí, olvidé que era socia. Debí hacerlo mientras preparaba las oposiciones y me iba a estudiar allí. Ni idea. Como si le hubieran pasado un paño a mi mente y hubieran borrado muchos de mis recuerdos.
Terminaría el tour comprando comida. Aceites, embutidos, todos caros y muy ricos. Y volvería a hacer como Georgina. Esto me lo envían a Gavá, esto al Prat, pero no a mis casas, sino a las de mis hermanos. Claro! También pediría que me enviaran a mi! Que mis chichas no se crean de la nada! Aunque yo tendría que preguntar eso de, «envían a Canarias?» Si no, ya me lo pillo yo aquí, aunque hay algunas cosas que solo veo pasada Gibraltar, y, la verdad, no me gustaría quedarme con las ganas.
Terminaría el tour de las compras merendando con mis hijos. En algún lugar discreto y silencioso. En algún lugar donde entremos y no se nos queden mirando los demás porque tenemos una pinta «rara». Un sitio donde nos dejen en paz. Pero fuera de Avatar. Eso sí, que disfrute mi prole de los placeres de ver otros mundos. Esos a los que su madre visita con la imaginación.
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Mi nombre
¿Tienes un segundo nombre? ¿Tiene algún significado especial?
Tengo un nombre compuesto porque cuando nací se tenía muy en cuenta eso de no poner a tu hijo un nombre lo suficientemente bíblico para que el sacerdote accediera a ponérselo al bebé, así que mi madre, que poniendo nombres no era muy de romperse la cabeza, tras descartar el llamarme como a mi abuela paterna (ojo cuidado! se planteó el ponerme el mismo nombre que el de una señora a la que no podía soportar) me puso un nombre que llevaban ella y mi abuela materna. Ambas dos se llamaban como la madre de María, Ana, y he leído por ahí que significa algo así como misericordiosa. Total, que, claro está, como nos llamábamos las tres igual y, encima, compartíamos espacio vital, para no confundirnos, decidieron acordarse de llamarme por el segundo nombre. En el cole decidí utilizar el primero de los dos y luego en los trabajos. Era una risa cuando en casa sólo existía un teléfono, recibir una llamada y, en vez de ponerme con la compi de turno, hacerlo con mi abuela o con mi madre.
Siempre le recriminé a mi madre que me pusiera un nombre compuesto con mucho toque de culebrón, y, un año antes de ella irse le dije que, odiando como odiaba su propio nombre compuesto, ella se llamaba Ana María, cómo había sido capaz de ese crimen a la humanidad. Nos reímos muchísimo ese mes hablando de esas tonterías. Además, yo le decía que, como era tan horroroso, era la única persona inscrita con ese nombre en el Registro Civil en el que trabajaba. Mi madre me devolvía una mirada mitad sorna, mitad orgullo, y, tras un silencio breve, volvíamos a reírnos como si de un chiste se tratara.
A los dos años de fallecer mi madre, veo en las revistas del cuore que había nacido la hija-nieta de Ana Obregón y, vaya por Dios! decide ponerle mi mismo nombre. Yo creo que fue una broma cósmica de mi madre. De no haber oído nunca mi nombre en otro ser humano, a verlo puesto en el papel cuché. Me la puedo imaginar, donde esté, mirándome con aquellos ojos llenos de orgullo y humor. «Mira, para que veas que no eres la única» me diría. Luego la miraría en silencio, y comenzaríamos a reír por la broma.
Hoy, 8 de marzo, en el día de la mujer, reivindico a esas dos mujeres, mi madre y mi abuela, que, a pesar de tener todo en contra, a pesar de no tener unas parejas decentes con las que compartir sus vidas, consiguieron sacar a sus hijos y a sus propias vidas adelante. Me alegré muchísimo cuando mi abuela enviudó porque, primero, desaparecía de su vida alguien que vivía para joder la suya, y segundo, porque a partir de ahí pudo vivir con mayúsculas, y se dejó mimar, y consiguió ver mundo. Y, cuando se fue mi madre, supe que se había ido una mujer que, a pesar de los pesares, sacó, de todos sus tropiezos, lecciones y vivencias grandiosas. Así que si, estoy hecha de un material fuerte, genuino, lleno de humor, de lucha. Y por eso me he enamorado de mi nombre. Porque está lleno de historia. De la mía. De la nuestra.
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Las experiencias
¿Qué experiencias te han hecho crecer más?
Voy a empezar diciendo una obviedad como un piano de grande. Todo lo que vivimos nos hace crecer. Hay personas que florecen con las buenas, y hay quienes lo hacen con las malas. Yo soy del segundo equipo. A mi las malas me han vuelto una persona que ha crecido a contrapelo, porque durante un montón de años me rodeé de gente que no me quería bien, y, cuando eso pasa, creces, pero lo haces como el árbol de la sabina de El Hierro. Doblado, en este caso por la propia oreografía de la isla, con la copa rozando el suelo. Vivo, eso sí. Pues yo me siento como ese árbol, viva, pero con el peso de las experiencias aplastando mi ser hasta tocar el suelo con mi cabeza.
Ayer, por ejemplo, mi hermana celebró en un restaurante, sus 50 cumpleaños. Había invitado al señor que estuvo casado con mi madre. Mi hermana lleva cerca de dos años o más diciendo que, al año de morir mi madre, ya volvía a tener pareja. Nos importa eso? No, la verdad. No es nuestro café. Tiene 90 años y quiere vivir lo que le queda acompañado. Por una mujer, eso sí a quien dobla la edad, y si, que lo ve como una hucha con piernas. Él tiene dinero a montones y a ella le hace falta. Teniendo todo eso claro y siendo los dos adultos, como diría mi madre, «con su pan se lo coman». Lo que me ha reventado el hígado hasta hacerlo paté, es que, tras decir que no podía ir a la celebración porque está enfermo, eligiera el restaurante, el mismo día y a la misma hora que mi hermana, para pasearse con su novia. No habrá más restaurantes en Barcelona que había que coincidir. Supongo que para dejarlo ya todo claro clarinete, si no, no se explica. El impacto ha sido como el de un rayo. Quiero imaginar las caras de todos girando hacia mi hermana, y pensando: «Ups!! Pues era verdad!» Ha negado él la mayor por activa y por pasiva lo que para mi hermana era una obviedad. Había rehecho su vida. Magnífico! No dejes, a quien afirma lo que estás haciendo, por loca, sobre todo, querido, cuando debes reconocer que, por lo menos para ella, eres transparente como el cristal. Yo la creí porque mi hermana es una tía lista que conoce bien a la raza humana, porque lleva, desde el minuto uno, predicando casi en el desierto lo que él viene negando cuando uno ha hecho incluso el gesto de preguntarle.
Me alegra que la gente sea feliz, que se recomponga una y otra y otra vez. Pero no hace falta ir de viudo de España, ni decir que mi madre fue la mujer a la que más quiso. Seguramente. Y el hecho de haber rehecho su vida al año de su fallecimiento no le hace ni mejor ni peor. Pero no pretendas timarme. No me engañes. Estoy harta de estafas, de engañifas, de medias verdades. No sé qué se pretende al mentir, sobre todo en futilidades.
Así ha sido mi trato en general con gente que, desgraciadamente, aún forma parte de mi vida. Gente que miente y da una imagen pero, por lo que sea, tú descubres su verdadero rostro. Y debes callar porque sabes que si hablas predicarás en el desierto durante años. Tal vez toda la vida. Y no quieres esa soledad aunque sabes que, si eso ocurriera no sería mala cosa. Prefieres una mala a ratos que ninguna.Tratas de no pensar qué podría suceder si cuentas lo que has visto. Lo que has vivido. Y mantienes el silencio. Y callas. Y lo haces para siempre. Mientras tu cuerpo se dobla como la sabina. Y tu cabeza, por el peso de tu silencio, toca el suelo y ahí queda. Impidiendo que caigas, pero sin poderte levantar jamás.

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El destino
¿Crees en el destino?
Hace muchos años, una joven paseaba por una de esas ferias en las que hay coches de choque, norias, manzanas caramelizadas…ese tipo de cosas que se ponen en pueblos y ciudades cuando, por ejemplo, celebran alguna fecha del Santoral. Miraba la muchacha todo con curiosidad, hasta que vio, en una de las casetas, a un señor vestido de zíngaro. Tenía una cola de gente esperando importante y estaba echando las cartas. «Diez euros la tirada» ponía en un cartel y a ella le pareció un precio justo, así que se puso a esperar su turno pacientemente.
Cuando le tocó a ella, a pesar de que la señora mayor que estaba delante suyo no hacía más que decir que el zíngaro tiraba las cartas de una manera espectacular, al sentarse pensó que estaba haciendo el ridículo tan espectacularmente como decía la anciana, pero a mal.
Miró al adivino, y vio en él esos típicos ojos de gato, que parecen escudriñar tu alma y captar cosas tuyas que no sabías que eran evidentes. Como mismo hacen los mentalistas, que son unos hachas haciéndote creer que adivinan nada cuando lo que hacen en realidad, es hacer que tú mismo, le digas lo que quieren saber sin que te des cuenta. Le preguntó si quería saber algo en especial, y ella, que preparaba unas oposiciones hacía un montón de meses, le contestó que le mirara lo laboral. Pasaba del amor muchísimo. Ella necesitaba dinero, que opositar da mucha hambre.
Puso el adivino cinco cartas encima de la mesa, la miró en tono de misterio, volvió a las cartas, y le dijo: «te va a salir el trabajo que deseas, pero para que eso ocurra, primero perderás a alguien a quien amas. Esa persona no verá tu logro y vivirás con esa pena. Todo eso, claro está, si no hubieras venido. Ahora te puedo advertir que, sea quien sea, te ayudará desde el otro lado a conseguirlo. Así que no andes triste ni lamentando. Lo conseguirás con su fuerza». Le contó otro par de cosas más de la lectura, y, con diez euros menos, y, con la cabeza como un bombo, se fue a casa.
Unos meses después, días antes del examen, la muchacha perdió a su padre. Pensó en no ir al examen porque, con la enfermedad de su progenitor, no tuvo fuerzas para coger los libros. Pero se presentó. Y, cuando estaba haciendo el cuestionario, por una ventana del aula abierta, entró de repente una ráfaga de aire cálido que la envolvió por unos segundos. Sorprendida, oyó la voz de su papá: «No te preocupes cariño, estoy contigo, ahora y siempre».
Al cabo de unos meses se publicó que estaba aprobada y luego se hizo de manera oficial con la publicación en el BOE. Cuando estaba celebrando el haberlo conseguido, en una reunión con familiares y amigos, volvió a sentir la misma ráfaga de aire. Volvió a oír a su padre preguntándole que si quería volver a intentarlo para conseguir otra categoría superior y más sueldo, y ella le contestó riendo que si. «Pues agárrate fuerte hija» le dijo. «Porque esto va a ser, incluso, divertido». Y así fue. Porque ella no creía en zíngaros, ni en cartas, ni en el destino, pero creía en su padre y en su fuerza. La misma que ella podía sentir dentro suyo con solo cerrar los ojos. Allí estaba. Agazapada. Como una leona antes de cazar a su presa. Silenciosa. Poderosa. Y entonces avanzó despacio, para no hacer ruido, y luego salió corriendo. Porque lo iba a volver a conseguir y, por el rabillo del ojo vio a su padre, corriendo a su lado, mirándola, sonriéndole.
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Las etapas
Describe una fase de la vida a la que te resultó difícil decir adiós.
La vida tiene varias etapas. Está la infancia, que, para muchos suele ser un disfrute, y en la que uno debe dedicarse sólo a jugar y a aprender. No en el cole. O si, también, sino en la vida misma. No tuve esa suerte. Mi infancia, hasta el nacimiento de mi hermana, fue un asquito.
Luego está la adolescencia, esa en la que, cada vez, se entra antes. Cualquier rato de estos tendremos bebés con problemas existenciales y granos. Esa etapa, mi etapa, si la infancia fue un asco, se la puede catalogar de infierno.
Llega la madurez, y con ella, la época de pagar facturas, tener hijos, trabajar (con mucha suerte en lo que quieres) y es, quizás, en mi caso, y a pesar del tema hijos, la menos penosa.
Y por último la vejez, con la que disfrutas más de la vida pero a un ritmo más lento. A ella la veo llegar por el rabillo del ojo.
Pues bien, yo divido mi vida en dos fases. La primera, en la que mi madre vivía, y segunda, en la que no. Y he de decir una cosa, nunca, jamás, en la vida, está uno preparado para hacer esa despedida. Reconozco que, aquel 14 de marzo, el mundo se me volvió más gris. Viví con ella sus últimos días porque no había vivido con ella buena parte de mi vida. Nuestra relación fue siempre de larga distancia. Las circunstancias se dieron así y a mí me tocó la pajita corta. Primero por cartas, luego por llamadas desde las cabinas telefónicas a las que iba cargada de monedas, más adelante, desde el teléfono de mi propia casa y, ya, por último, con mi propio móvil. Las llamadas eran diarias, y, cuando se iba de viaje, desde que tocaba tierra, ahí estaba ella poniéndome al día.
Cuando supe que se iba, comencé a notar que bajaba en una espiral descendente, como succionada por una oscuridad cada vez mayor y, a medida que iban pasando los días, ésta me iba cubriendo por completo. Tenía yo un pasaje de vuelta a casa para ese mismo día 14, y ella, como para no hacerme volver, decidió marchar con su abuela y con su madre, a las que «estaba deseando ver», me dijo. Y allí me quedé. A los pie de su cama, con las manos en la cabeza, con la incredulidad aún de lo que sucedía. Llorando a mares. Y aún hoy, creo que algo de mi persona quedó en aquella habitación de hospital. Pero me llevé algo conmigo, la necesidad imperiosa de vivir cada día pensando que podía ser el último.
Después de ese día, todos los días, echo de menos su risa, sus llamadas, sus frases lapidarias, el amor que daba. Y si, es lo más difícil que he tenido que hacer. Aprender a transitar por la vida, sabiendo que ella ya no está en ella.
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Si pudiera ser
Si pudieras convertirte en otra persona durante un día, quién querrías ser y por qué.
Si pudiera ser durante un día una persona, sería mi hijo. Quiero saber qué anda bajo esa mata de pelo que corona su cabeza, de dónde sale su felicidad, hacia dónde quiere ir cuando agita sus manos, como el aleteo de un colibrí. Hacia adelante. Hacia atrás. Ahora salto, tan alto y fuerte que puede que en una de estas salga volando, como un Peter Pan cualquiera en busca de Nunca Jamás.
Me gustaría ver a qué velocidad van sus pensamientos. Cuánto tarda en aburrirse en el cole, cuándo decide desconectar y viajar mentalmente hasta Avatar. Volar hasta allí llevado por el ruido quizás de un fluorescente del aula, o, por como le pasó el otro día, porque se negó a quitarse una peluca azul, una melena incómoda hasta decir más no, porque sus compañeros hicieron lo propio. A dónde fueron sus pensamientos para dejar de pensar en la melena? El día antes, me puse a peinarla y a dejarla algo lisa para que no le cayera en la cara. No soporta que nada ni nadie toque su cara. Al día siguiente, que debía llevar un sombrero, antes de salir de casa, vomitó.
También es cierto que, en muchas ocasiones, lo ves riendo solo, en el salón, y yo me pregunto si hay algo dentro de él que provoca esa risa contagiosa. Si yo fuera mi hijo, durante esos instantes, cerraría los ojos, como hace él, y giraría sobre mí misma, dejando que la luz que entra por la ventana caliente mi cara. Y levantaría los brazos, imitándolo, y me olería los brazos, porque tal vez, en ese instante, pueda percibir el olor de la vegetación de su planeta en los poros de su piel, y viajar hasta allí sin necesidad de maquinita, solo con los recuerdos. Quiero saber a qué huele Avatar. Yo solo puedo verlo desde fuera, pero no acceder a él. Como quien mira algo hermoso pero lo hace separado por un cristal. Quiero saber cuan maravilloso es que mis dos hijos decidieron elegirlo como lugar donde vivir, aún a sabiendas de que pagaríamos el precio que pagamos hoy día. Vivir separados por un cristal.
Si fuera mi hijo, abrazaría a mi madre, tal y como hace él, yendo al país de los sueños respirando su olor, sintiendo su calor, como el náufrago que se agarra a un madero que no quiere soltar porque sabe que, cuando se aleje de su lado, cuando se vaya, lo hará para siempre. Y solo quedarán recuerdos, y todo se tornará más feo y gris. Y, a la mañana siguiente, cuando haya vuelto a ser la de siempre, cuando vuelva a ser su madre, podré entender mejor porqué hace lo que hace y porqué le pasan ciertas cosas. Tal vez, incluso, pudiera quererlo más si cabe…pero creo que no, porque ya no hay más espacio a tanto amor en mi pecho.
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Mi yo adolescente
¿Qué consejo le darías a tu yo adolescente?
Si hoy pudiera volver atrás, si pudiera trasladarme en el tiempo, lo haría a una de las etapas más oscuras de mi vida, que, si, está situada en la adolescencia. Si me encontrara con aquella joven, perdida, llena de tristezas, de no saber qué o porqué le pasa y siente lo que siente, le daría un abrazo profundo, lleno de amor, de esos que, al darlos, recolocas los chacras de quien lo recibe. Le diría que todo eso que siente, toda esa profunda tristeza, viene toda de esa cosa que su cerebro ha decidido guardar y olvidar, como cuando uno borra un documento de Word, solo que, al igual que éste, queda una marca, una señal que indica que eso sigue guardado en la memoria. Le diría que es la tía más luchadora y fuerte del universo. Que es guapa, inteligente, lista, cosas que nadie le ha dicho en la vida, y volvería a abrazarla para luego, al mirarla de nuevo a los ojos, narrarle cómo será su vida en unos años. Que va a salir de esta, aunque se sienta atrapada en un lodazal en el que, cuando más se mueve, más se hunde.
También le diría que no se preocupe por sus hermanos. El niño se hará un hombre. Un tío feliz y disfrutón de la vida. Y su hermana, pues encontrará a alguien que la cuide y la quiera y le darán incluso, una sobrina preciosa con una mirada que le recordará siempre al fondo de su Océano Atlántico. Un azul profundo, acompañado con una sonrisa que da luz a todas las oscuridades.
Le hablaré de los hijos que va a tener, y, si, nuevamente le tocará bailar un baile distinto, extraño, lleno de incertidumbres, pero que acabará por llevarla a un sitio único. Avatar. Ahí ella será la mujer más feliz del planeta, y será de ese lugar de donde saque muchas de las historias que a ella tanto le gusta narrar. Sus hijos son personas maravillosas porque vienen de gente buena.
Luego me despediría de ella, no sin antes advertirle que no haga la tontería que está a punto de ocurrir. Que no vale la pena. Que aguante. Que viva!
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El aburrimiento
¿Qué te aburre?
Voy a empezar diciendo que yo, aburrirme, lo consigo pocas veces. Primero porque amo estar viva, y solo eso es para mi un milagro divertido y lleno de magia, segundo, porque mis dos hijos son autistas, con lo que, si no ando con uno ando con la otra, tercero, porque oposito a gestora, que son 68 temas a estudiar, vete a aburrirte tú con algo así!, cuarto, porque tengo una vivienda en la que puedo hacer mi vida de manera cómoda pero a la que hay que hacer un mantenimiento de limpieza y todas esas cositas que te quitan tiempo, quinto, porque, encima de todo eso, mi madre me dejó en herencia un apartamento que tenía alquilado a una pareja, con lo que todos los marrones, problemas, desacuerdos, tengo que solventarlos yo solita, rezo porque un día me digan que dejan el apartamento porque les queda chico, no me molestan pero ese tema me supone un estrés añadido, y quinto, porque tengo trabajo. Que es el trabajo de mi vida? Si. Que requiere de esfuerzo mental y concentración? También. Que con todo lo que tengo eso es pedirme un poco demasiado? Si. Pero es algo que hago con placer.
A ver, con esa lista, quien dice que se aburre? Pero hay veces, por ejemplo que ver la tele, me supone un aburrimiento feroz. Los programas de reallity me parecen un truñaco de mucho cuidado, no veo las noticias, y los documentales de bichitos hacen, en general, que me adormezca y haga unas siestas profundas. Tampoco veo series, teniendo una tele de estas por cable a la que nadie en mi casa hace puto caso. Lo adquirí porque venía en el lote. Móviles+tele+más segunda vivienda+alarma. De ese tipo de ofertas. Tampoco escucho podcast. O solo alguno. A cachitos porque hay algunos muy largos que me dan sueño, por esto que yo me puedo poner a oírlos a las diez de la noche. A las diez y media ya estoy con Morfeo.
Todo el rato libre que tengo, que es casi igual a cero, lo dedico a escribir, a leer o a escuchar música. Soy más simple que el mecanismo de una chupa.
Por cierto, el otro día fui a la biblioteca a hacerme socia y resultó que lo era desde el año 2002. Y yo sin saberlo! Pero ahora tienen un formato, como en todas las bibliotecas del país, que puedes alquilar un libro y leerlo online. Me estoy leyendo uno que, si hubiera sido solo por el nombre no lo hubiera elegido. Y tampoco por la portada. «El club de lectura y el pastel de cáscara de patata» se llama. Si lo ven por ahí, compradlo. Qué libro más bonito pol favoooo! De lo mejor que me he leido en este 2025, porque estoy en un club de lectura en el que ya se han elegido dos libros a leer que se me han caído de las manos del aburrimiento y que no voy ni a nombrar aquí. La gente elige los libros, me temo, porque son cortos. Y un asco, la verdad. Este que estoy leyendo también lo es, pero en maravilloso. Han recomendado un libro esta última vez en el club que no he conseguido y que creo que es autoeditado, y mi aburrimiento en las lecturas anteriores, ha hecho que no me moleste ni en buscarlo ni en comprarlo. Una pena! Pero dar una media de 20 euros por un libro que no te gusta y que va a la caja de donaciones on de la marcha, es triste!
En fin! Mi tiempo para escribir es limitado porque ante mi se extiende un fin de semana lleno de cosas que hacer, entre ellas, subirme el dobladillo de una falda que ha sido pospuesto tres fines de semana con este. Voy a disfrutar de mis hijos, vamos a comprar, seguramente mañana porque ando resfriada y hoy no me apetece, comida chatarra y nos vamos a mirar a las caras y nos vamos a echar unas risas.
Un último consejo. Quien tenga la oportunidad de aburrirse, que lo haga. No se dejen aconsejar por esos que dicen que si te aburres llenes tu tiempo, por ejemplo, haciendo manualidades o reformas en casa. Es preferible aburrirse. De verdad. Y disfrutar del proceso. Porque de la vida hay que aprovecharlo todo. Hasta sus andares!
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Mis zapatos
Dinos algo acerca de tu par de zapatos preferido y adónde te han llevado.
Nunca he tenido unos zapatos preferidos con los que caminar. Era de las de comprarme un par y, cuando se caía a cachos, me compraba otros. No había dinero para dispendios y siempre he preferido comprarme un libro que ir calzada.
He caminado muchísimo. Cuando era jovencita, por esto de que mi padre no me aflojaba un duro, solía ir caminando a todos sitios. Aquí es todo cuesta abajo o en llano, así que no había problemas. Los problemas llegaban al subir y entonces, si era mucho el recorrido, cogía el transporte público.
He caminado en todo tipo de situaciones, he salido corriendo por situaciones de peligro, he bailado, he caminado por el placer de andar, lo he hecho por obligación…recuerdo un viaje a otra isla en el que yo me negué a seguir caminando y mi madre, que por aquel entonces estaba muy embarazada de mi hermana, junto con mi padre, se subieron los dos a una guagua y me dejaron en la parada. Sola. Durante el rato que estuve allí, mis pensamientos se fueron a un ojalá pase alguien que quiera a una niña y me lleve consigo. Ya casi podía sentir el sabor de vivir una maternidad con una madre que no fuera joven e inexperta como la mía, y con un padre abnegado que me demostrara su cariño a cada rato. No hubo suerte. Se bajaron en la siguiente parada y volvieron a por mí.
Luego, porque el universo es bueno, nació el bebé que resultó ser una niña. Una grande, hermosa, con unos ojos azules impresionantes. El día que mi madre volvió del hospital con ella, salió mi abuela a llamarme a la calle: «Sandraaaaaa, veeeeenn» y claro, fui, a ver qué era tan urgente e importante. Y salí corriendo como un galgo, y salté los escalones que llevaban a la casa de mi abuela de un solo salto y, sin aliento me puse junto a mi madre que me enseñó a la niña. «Te gusta?» Me preguntó. Yo asentí con la cabeza. Y volví a mirar a la nena y supe que había terminado mi soledad. Y me alegré por mi. Muchos años después nació mi hermano, pero él vino a enseñarme otra lección de vida. Esa niña se hizo mujer y hace unos años me animó a escribir y a abrir un blog. Hoy es su cumpleaños. Cumple 50 añazos y espero que siga cumpliendo muchos más y que yo los vea. Sé que suena egoísta, pero es que los hermanos están para llenar los vacíos de la vida. Como espero que yo la de la suya.
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El patriotismo
¿Eres patriota? ¿Qué es para ti el patriotismo?
En mi caso concreto, siendo como soy una madre de dos personas neurodiversas, ser patriota es pagar mis impuestos, todos, y recibir cero de la Administración a la que doy mi dinero. No recibo ni he recibido jamás, ni siquiera, un diagnóstico psicoterapéutico para saber qué tenían mis hijos. Me los he costeado yo, al módico precio de unos doscientos euros cada uno. Mi hija pasó por tres porque no me terminaba de encajar lo que leía con lo que vivía. Además de costosos, mal hechos. El colmo de los colmos. Nunca he tenido ayuda con ellos. Ni un solo respiro familiar. Eso sí, somos familia numerosa. General, no especial, con lo que recibes algún descuento, pero no para tirar cohetes. Que he tenido que ver en algunos sitios cómo me miraban con sorna por intentar no arruinarme para entrar en ellos. «Son de ámbito privado» me dicen. Ya! Seguro que no recibes ninguna subvención para preservar lo que contiene eso por lo que cobras a precio de pelo de unicornio. Segureishon.
Pago mis impuestos, se hacen fiestas para la gente en general a la que no somos invitados, y aún así, soy capaz de sentirme feliz por quienes van a ellas. Ayer se les ocurrió a mis hijos ir a un McDonald’s que está cerca de mi casa. Oh cielos!! Nos encontramos de frente con la unión de las aficiones de la Copa del Rey de baloncesto. La gente disfrazada, música a granel, cantos a voz en grito…y nosotros tres allí en medio, conmigo de cicerone explicando toda aquella situación, intentando además hacerlo con algo de humor para que no salieran en desbandada. Mis hijos creían que aquel follón era por los carnavales.
Soy tan patriota que, arrimando el hombro como lo he hecho, colaborando con organizaciones no gubernamentales, poniendo mi granito de arena en muchas causas, no puedo contar con que, a mis hijos le hagan la vida más fácil, ni cuando van al cole, ni cuando viajamos, y ahora, por último, poniendo un viaje de fin de curso al que mi hijo no puede ir porque es cero inclusivo. Decir Eurodisney, verbalizar que van a un parque de atracciones gigante, y visualizar a todos divirtiéndose sin pensar en mi hijo, ha sido el modus operandis de este año. Otros años han sido otras cosas, pero este, se ha llevado la palma. El ejemplo mayor de lo que es que te escupan a la cara y luego se molesten porque te quejas. Porque me he quejado, si. Lo cual les ha importado cero.
Soy tan patriota que, a pesar de que vivo en una sociedad que piensa en general que debería vivir en un gueto, aunque yo lo llame Avatar, y que ya si eso, me busque la vida para salir adelante, aunque es cierto que hay gente que no tiene ni la menor idea de lo que viven familias como la mía, sería capaz, si fuera necesario de defenderla con uñas y dientes. Porque aunque esté atravesando un paraje yermo, también es verdad que vivo en una sociedad libre. Para pensar, para expresarse, para vivir. Y eso, amigos, no puede decirlo todo el mundo. A mí lo que me queda es poder quejarme. A veces por aquí, a veces a modo de formulario, porque quejándonos y dando voz, hacemos que, algunas personas tomen conciencia, con esa libertad que, ya eso sí, es para todos más o menos por igual.