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El cartel (2ª parte)
Piensa en el viaje por carretera que más te ha marcado.
Después de hablar con su madre biológica por teléfono, prometiéndose ambas verse cuanto antes, subió a casa. Al abrir la puerta, vio cerca de la entrada caras de preocupación de su marido y sus hijos. -Dónde estabas? Han pasado más de dos horas desde que saliste de trabajar y, cuando te he llamado estabas comunicando!» Ella abrazó a su marido y le pidió que se sentara que iba a contarle una historia increíble. Comenzó por lo del cartel y acabó con lo de la llamada para asegurarse que no estaba equivocada. Que, efectivamente, su vida se habia vuelto del revés. Su marido la miraba boquiabierto. -«Quieres cenar? Así podrás luego coger fuerzas para decidir cuál será tu siguiente paso». Hablaron largo y tendido durante la cena y, con ayuda de él, elaboró un plan que comenzaría al despertar.
Al día siguiente se presentó en la casa de la quien, durante 35 años, creyó era su madre. Subió en el ascensor hasta el segundo piso. Tocó a la puerta, aquella que había cruzado, seguramente de la mano, seguramente llorando, separada de su familia por obra y gracia de un capricho del destino que la había puesto en el camino de una loca alejandola de quienes la querían. De esa gente que te quiere porque sí. Porque la sangre une más que ninguna otra cosa. De tu familia.
Cuando entró, su madre la llevó hasta el salón y, al sentarse, le preguntó sin tapujos cómo se había enterado, cómo lo sabía.
Se sorprendió. No podía creer que se lo hubiera notado en la cara. Su madre se sonrió a medias y le dijo: «lo creas o no, lo quieras o no, siempre te he querido. No te he parido ni falta que me hace. Lo único que no sospecho es cómo».
-«Ví un cartel en la autopista con, básicamente mi cara en él. Esas del antes y el después. Si no lo hubieran hecho así no me habría siquiera reconocido. Cómo pudiste? Cómo hace una para llevarse a la hija de otra mujer sin remordimientos? No te dio pena? Si me pasara a mi con alguno de mis hijos moriría de tristeza. Así has estado tantos años prohibiéndome salir, controlando mis amistades. Qué cuajo tan grande tienes!! El viaje de ayer por la autopista ha sido el peor de mi vida! Enterarme que era buscada cuando ni siquiera me sabía perdida…cómo pudiste?» Esto último lo dijo casi gritando, intentando que las lágrimas no le impidieran decir lo que pensaba.
Tras terminar de hablar, se hizo un silencio entre las dos. Uno de esos en los que incluso notas cómo cae la tarde, oscureciendo aquel salón ya de por sí frío y oscuro. Parecían ambas la escena de un cuadro, el final de un acto teatral tras el que cae el telón. Y cuando menos lo esperaba, cuando ya creía que no iba a recibir respuesta su madre, si, porque no podía arrancársela del pecho, comenzó a a hablar. «Mira hija…»
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Los aperitivos
¿Qué aperitivo te comerías ahora mismo?
Lo primero decir que aquí en las Islas, el tomar aperitivo no se estila. Fue al pasar Gibraltar cuando vi que, en la Península, esta costumbre es muy común. Te pides una bebida y, para que no salgas del sitio antes de comer bailando la conga, en algunos lugares te ponen un platito de comida, o si no, tú, si eres de los que no quiere que el alcohol te caiga a los pies, te pides unas aceitunas, unas bravas (patatas o papas que, qué coño, es como lo decimos aquí) o lo que tengan en el bar de marras que suelen estar surtidos.
Empecé y terminé los aperitivos el poco tiempo que viví con mi madre. Nos reuníamos los domingos con sus amigas, y se hacía el vermut como lo llaman allí. Yo llegaba cuando ya estaba empezado, cuando salía de trabajar en un supermercado infecto que estaba junto a la playa. Trabajaba toda la semana, incluido los domingos, diciéndote como una gran cosa que ya descansabas el domingo por la tarde. Fíjate tú!! Qué generosos!! Siempre he sido reivindicativa en lo laboral y conseguí, a fuerza de discutir con los jefes que me dieran los jueves libres.
Ustedes dirán que menuda mierda de trato. Cierto, era un trato igual de infecto que el supermercado, pero mi hermano en aquellas fechas, año 92, se puso muy enfermo. Mucho. Y yo aprovechaba y relevaba a mi madre en el cuidado del peque ese día, o iba a visitarlo, aunque ella estaba agustísimo en el hospital, porque te dan comida para el enfermo y el acompañante y te vienen a preparar el sillón cama todas las noches. Además, ella contaba con la baza de no estar en casa aguantando a su marido. Cómo sé tan seguro lo del hospital y porqué lo digo en presente? Porque en él falleció mi madre años después.
Total, que me reunía allí con sus amigas y sus familias y yo, como llegaba la última y llegaba amargada, me arreaba todo el alcohol que pudiera y me zampaba de lo que hubiera. En ese entonces, yo pesaba 50 kilos, porque no he caminado más en mi vida que en esos meses. Si pusieran todo lo que andé o corrí detrás de una guagua que pasaba cuando al chófer le venía bien, o no pasaba y te veías volviendo a casa reventada del curro y con 3 kmts de pateo, en linea recta, no dudaría en que llegaría al otro lado del charco. Fumaba, bebía, tenía un hermano enfermo, el matrimonio de mi madre con su segundo marido hacía aguas y él hacía méritos para ser arrojado a la boca de un volcán activo, a mi abuelo lo habían atropellado estando yo en Barcelona…en fin, que las cosas, por usar un eufemismo, no me iban bien. Pero yo llegaba, bebía, comía, y las amigas de mi madre, que siempre han sido casa, me mimaban y me ponían delante lo que me apeteciera. Solo me faltaba un babero.
Ese tipo de momentos, con gente que fuera capaz de poner tu mierda de vida en perspectiva, los hecho muchísimo de menos. Allí te desahogabas, llorabas un poco, o no, y cargabas pilas para la semana siguiente.
Recuerdo que una de mis tías viajó con su hijos y su marido para que mi madre viera al peque que tenía pocos meses. Estábamos arreándonos el aperitivo, yo con la cara como una ardilla comiendo como si no hubiera no ya un mañana, ni siquiera un después, y escucho a mi tía que empieza a reírse. La miré para ver dónde estaba el chiste y me dijo que no había ninguno sino que estaba borracha. Yo paré mi masticación, me tragué lo que tenía en la boca y la acompañé para que se acostara, flipando en colores que tuviera que ayudarla como en los momentos en los que tuve que hacer lo mismo con su padre al que le gustaba beber. Mucho muchísimo. Cuando se recostó en el sofá me dijo que, mejor se quedaba fuera cogiendo fresco porque la habitación, acostada, se movía como un barco. Yo estaba perfecta. El alcohol, a fuerza de costumbre no me afectaba igual que a ella. Y eso me hizo reflexionar. Sobre lo muy mal que me trataba y en la espiral en la que estaba metida sin notar aún la succión final de la bajada. No fue un cambio de la noche a la mañana. Aún peleo con mis monstruos a los que hasta ahora siempre silenciaba manteniéndome ocupada o con algún tóxico, porque el tabaco y el alcohol lo son. He decidido quedarme quieta. Disfrutar de los días y hacerlo con todas las consecuencias. A pelo. Difícil. Cuando estás acostumbrada a un patrón, es complicado salir de él. Si consigo salir airosa de esta decisión, se podrá decir que estoy curada. De mis monstruos. De una parte de mi vida. Pero tener el coco sano es tan atrayente…
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EL TRABAJO
Come up with a crazy business idea.
Hace muchos años, había en un pueblo una muchacha joven, con un montón de hermanos, y una madre trabajadora pero que había sido atrapada por una enfermedad misteriosa que le quitaba las ganas de vivir. Ella iba al trabajo, lo hacía en silencio, volvía a casa, comía cualquier cosa y se tiraba en la cama a dormir hasta el día siguiente. Su hija achacaba esta situación a que hacía varios años, su padre le dijo que iba a dar un paseo y no lo volvió a ver nunca más. Ella! porque otros vecinos que habían partido a pueblos de alrededor, le escribieron diciendo que él vivía felizmente con una muchacha de más o menos su edad. Y su madre, ella que creía tan inteligente, se dejaba morir por semejante ingrato. Por ese pedazo de cobarde que no supo mirarla a los ojos y decirle que ya no la quería. Que se iba con quien ahora tenía su corazón en las manos.
Para ayudar con la economía en casa, y por no ver a su madre languidecer, se abrió un negocio de ungüentos, hechizos, echada de cartas, escribir cartas a un enamorado o enamorada…todo lo que hoy diríamos que son solo cuentos chinos.
Lo cierto y verdad es que se le daba muy bien porque tenía un conocimiento del ser humano preciso, como el de una radiografía, así que ofrecía siempre algo con el que el cliente salía de su tienda satisfecho. «La creación de sueños» llamó a aquél recuadro donde atendía a sus vecinos.
Un día le llegó una muchacha. Le habían apalabrado un matrimonio con un señor de otras tierras bien lejanas, y, por no saber escribir, le pidió a nuestra protagonista que se las escribiera ella. Y así hizo. Además, debía leer las respuestas, porque su clienta no podía y había que mantener la ficción, y se dio cuenta de que el señor en cuestión era un hombre culto, con mucha sensibilidad. La vecina le había dicho si quería ver una foto y, a pesar de sus primeros escrúpulos, miró aquellos ojos profundos sobre aquel mostacho enorme. Un hombre no demasiado alto, pero guapo. «Qué suerte tenían algunas» pensó.
Un día vino su clienta y le dijo que no iba a necesitar más de sus servicios porque, después de tantas cartas, se había animado el señor a conocerla y se iba a viajar un montón de kilómetros solo para verla.
La felicitó efusivamente y la miró mientras partía rumbo a lo que creyó sería un matrimonio seguro.
Total, que el señor vino, emocionado perdido, a conocer a su futura esposa. Estaba decidido a pedir en matrimonio a aquella joven que le era tan afín. Pero fue ella abrir la boca y quedarse espeluznado. Qué raro! Porqué era incapaz de ver en aquella preciosidad de mujer a la de las cartas? Le había insinuado que le gustaría ir a ver París, la ciudad del amor, y ella le había dicho que no sabía que a París (Texas) se la conociera con ese nombre.
Se sentía tan extrañamente defraudado que empezó a aparecer en él los primeros síntomas de una migraña. Fue a la recepción del hotel, y le dijeron que, en la tienda de la creación de sueños se hacían unos tónicos la mar de efectivos contra ese padecer. Y allá que fue!!
Entró en la tienda y notó que la joven que se hallaba detrás del mostrador se sonrojaba al verlo. Le dijo a lo que venía, y ella le explicó que tardaría un poco en prepararlo todo. Le pidió sentarse y empezaron a hablar de lugares comunes. A medida que iba entrando en la conversación, comenzó a reconocer aquellas palabras, aquel tono, y le preguntó a Isabel, que así se llamaba ella, si además de tónicos hacía otras cosas en la tienda. Y ella le enumeró, sin caer en la cuenta que él ya andaba atando cabos, sospechando que ella era la autora de las cartas. Lo vio levantarse y acercarse, mirándola muy profundamente. «Eres tú, verdad? La de las cartas digo. Por eso te has sonrojado al verme. Porque me conoces como yo a ti aunque no te haya visto nunca».
Ella le reconoció la verdad y a él se le evaporó la migraña. Estuvieron hablando un muy largo rato y, lo último que sé es que se fueron de viaje de novios a París, Francia a vivir en ella todo el amor que se profesaban.
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El anillo
Háblanos de ese objeto que tanto te gustaba de joven. ¿Qué pasó con él?
Antes de cumplir los nueve años, en mayo concretamente, hice la comunión. En esas fechas, la familia te regala siempre algo para que los recuerdes, y, en el caso de mi abuela, me regaló un anillo de oro con una perla pequeñita.
Siempre he tenido los dedos muy finos y por eso me quedaba grande, y, para no perderlo, lo empezó a utilizar mi madre. Al cumplir los 9 años pegué el que sería el último estirón de mi vida y ahí, ya pude llevarlo yo. Fue raro pasar de tener cara de niña chica a mirarme y echarme edades de adolescente. Claro, con la cara, el cuerpo se adaptó a aquella nueva realidad así que, comencé a lucirlo yo hasta mucho después de encontrar mi primer trabajo. Pero, en un día de mierda, con una de esas clientas que van a cualquier sitio donde le atienden y quieren dejarte con el cuerpo hecho polvo hasta mucho después de volver a casa, me empezó a criticar el cómo le empaquetaba la compra, que estamos hablando de un supermercado de barrio por favor! con tan malísima suerte que, en una de las bolsas, cayó el anillo.
Me llevé un disgusto increíble junto con el sofoco de saber que, por culpa de atender a esa sabandija que creía que sector servicio es igual a tratar a los empleados como alfombrillas, había perdido mi anillito.
Se lo conté a mi abuela, llorando, y, por Navidad, me regaló otro exacto al primero. No me podía creer que se siguieran haciendo esas piezas después de tantos años y, claro, cuando lo vi me emocioné y le prometí que no lo llevaría al trabajo siempre que fuera a realizar labores físicas y así no perdería ni ese ni ningún otro anillo.
Al cabo de un tiempo, por cosas del desgaste, se cayó la perla y lo llevé a una joyería. Se volvió a caer al poco. Entonces el joyero me recomendó poner más oro en el centro de la pieza para sujetarla y le di fumata blanca. Y ahí sigue! Después de todos estos años y a mis cincuenta y pico, sigo llevándolo y recordando a mi abuela con él.
Parecerá una tontería pero, a medida que vas cumpliendo años, la tristeza que tienes cuando ves partir a tus seres queridos, se convierte en nostalgia y te asaltan los recuerdos así porque sí y puedes llegar a verlos delante de ti, riendo, porque yo no me olvido de su risa, y sientes que empiezas a chochear, pero no te importa, porque sabes que los recuerdas porque ya, si el cosmos es justo, te falta menos para volver a verlos.

Este es el anillo, y ese, el joyero donde lo guardo ❤️ -
El cartel
Si tuvieras un cartel publicitario en una autopista, ¿qué pondría?
La chica iba con su coche por la autopista de vuelta a su casa del trabajo, cuando vio a lo lejos esos carteles que preguntan: La has visto?» Junto a un número de teléfono. Era la imagen de una niña con una mirada traviesa sujetando un conejito de color rosa. A su lado, lo que la ciencia, un ordenador, una inteligencia artificial o qué se yo, la que sería la imagen de esa misma niña, muchos años después. Iba con prisas, y miró en principio de refilón. Qué triste para esa familia, te descuidas un segundo, y al siguiente, estás pegando carteles confiando en que la pequeña siga con vida. Volvió a mirar la imagen y, al pasar, sintió como si un rayo la atravesase. Esa chica no se parecía mucho a ella misma? No!! Chorradas! Y el conejito? No se parecía al que su madre tiró a la basura porque se le salía el relleno por todos lados?
Vio una salida de la autopista y la cogió sin pensar. «Concéntrate!» Se dijo. Seguro que es un error. Y volvió a pasar de nuevo por debajo de aquel cartel, y esta vez, sintió hasta náuseas. «Cómo era posible?» Volvió a su infancia mientras conducía mecánicamente, y tuvo que reconocer que no tenía muchos recuerdos. También cayó en la cuenta de que eso explicaba que no hubiera ni una foto suya en casa de su madre, de bebé. Su progenitora decía que se habían perdido en un incendio, y, hasta ese momento, aquello resultaba ser una excusa plausible. Una madre que no hacía más que repetir que la había sacado adelante tras quedarse viuda. Una madre abnegada, absorbente, que no la dejaba ni pisar la calle durante su infancia y adolescencia y de la que se alejó con gusto cuando contrajo matrimonio. Sonaba igual de plausible que hubiera sido llevada por una perfecta extraña, mientras su madre, por ejemplo, miraba ropa para ella en un centro comercial. Sería eso lo que había pasado? Su supuesta madre la había secuestrado para llenar el hueco de la pérdida de su marido?
Cuando llegó a su calle, antes de subir a casa con su marido y sus hijos, miró el bolso que estaba en el asiento del copiloto y buscó su móvil. Lo abrió con las manos temblando de miedo, rezando para que eso que bullía en su cabeza no fuera cierto.
Marcó el número del cartel y esperó. «Si no lo descuelgan al tercer tono, cuelgo». Al primer tono, escuchó una voz: «Si, dígame?» Y en ella pudo sentir todo el peso de los años, esperando de manera inútil recibir una sola noticia de una hija que no acababa de aparecer. A la que la tierra se la había tragado. Años y años de desilusiones, de preguntas sin respuesta. De ir a preguntar a comisaría si se sabía algo de lo suyo mientras un policía, generalmente novato, movía su cabeza negando mientras farfullaba alguna frase de consuelo.»Dígame?» Repitió la voz. «Mamá?» Contestó la muchacha. «Elisa, eres tú?»
Elisa, así se llamaba. Ese era su nombre. Y aquella señora, al otro lado del teléfono, su madre. Cuánta desesperación debía haber pasado. Si a ella le pasara lo mismo con alguno de sus hijos, moriría. Y ella seguía viva. Buscando a su Elisa, a ella!! Entonces comenzó a llorar, apenada por todo el tiempo perdido, por el remordimiento de no saberse buscada, por no haber sido más lista y haber pillado a quien decía ser su madre en un renuncio. Y oyó llanto en la otra línea. Y sintió que ese sería el primer recuerdo del resto de su vida.
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La vida misma
¿Te pasas más tiempo pensando en el futuro o en el pasado? ¿Por qué?
Interesante pregunta esta. Soy más de pasado que de futuro? Siendo sincera, este cuerpo que escribe es regido por la señora doña Ansiedad. Por lo tanto, no puedo, a pesar de que lo evite, pensar en el pasado porque él es la causa por la que soy como soy. Procuro vivir el día a día pero, cuando tengo algún percance, mi mente, mi cerebro, busca en la carpeta «esto ya lo hemos vivido chata, tú ponte en modo falta de aire, angustia, ideas castastrofistas, mientras yo estoy aquí, ahondando en tu pasado, explorando en qué momento vital te pasó esto», y, mientras físicamente me preparo para la caída de un meteorito, que a veces queda en una piedrecita mínima o en nada, ese momento del pasado se pone en modo bucle.
No pienso en el futuro. Porque también me angustia. No quiero ni pensar en el futuro de mis hijos. Hay padres que saben, desde que sus hijos son unos enanos, que se van a buscar la vida perfectamente. A mi eso no me pasa. Y me angustia. Esa frase la repito pero es que yo creo que los padres de chavales con dificultades extras, vivimos encajados en ese sentimiento. Como un terrible día de la marmota. «Pasas de una angustia a otra, no te centras en el presente» me dice mi marido. Y es verdad. Y es cuando me dice eso donde noto que pasado y futuro confluyen en mi cabeza para hacerme pasar de un problema a otro, de un mal sentimiento a otro. Qué placer! (Nótese la ironía)
Recuerdo hace unos años, cuando éramos socios de una ONG que ayuda a familias como nosotros, hablando con un padre en una plaza que hay por aquí cerca de mi casa, me dijo que lo que más le dolía era que, siendo él persona deportista, que se notaba cero porque el chándal no le cerraba por culpa de su barriga, a su hijo no le gustaba el fútbol. Mientras yo trataba de no mirarlo a la cara para que no notara lo que pensaba, siguió parloteando de aquel pensamiento ridículo y absurdo en el que crees que tus hijos están hechos de tu costilla, como Eva con Adán, y deben comportarse y hacer todas tus expectativas de mierda, forzando a un chaval, quitemos que además es autista, porque hay alguno jugando al fútbol muy requetebién y con más dinero que yo en toda mi vida ganándome incluso una primitiva, pues a dedicarse a algo que le importa tres rábanos.
Cuando lo pude mirar fijamente, vi que el idiota se había emocionado ante su tragedia griega. «Eso es todo lo que te preocupa?» Le pregunté. «A mi me da desazón no saber a qué podrán dedicarse en su vida adulta y, la verdad, la palabra fútbol no ha entrado ni una sola vez en mi cerebro». Luego miré a su hijo, que parece un chaval inmerso en una profunda tristeza, con unos ojos negros que, cuando los miras no te dan idea de lo que se oculta detrás de unas pestañas enormes, con una madre sobreprotectora, que lo trata como un bebé teniendo el muchacho la edad de mi hija. El pibe es autista. Pero no tonto.
En fin, hoy debo preparar todo para que mañana el peque, al levantarse, descubra sus regalos. Me veo empaquetando los regalos en el trastero y es algo que me da una pereza terrible, pero hace un momento, al entrar en mi habitación, teniendo como tiene una psicomotricidad penosa, se ha dado un golpe en un pie. Va descalzo y sin calcetines, así que a mi, que lo he visto, se me pusieron los pelos como escarpias. Se tiró junto a mi, y yo, que estaba escribiendo, he querido safarme de la situación. «Te diste, te jodiste» me hubieran dicho mis progenitores. Luego he pensado en lo de vivir el presente, y lo he abrazado, lo he besado, y me he estado un rato sin pensar en otra cosa que en vivir ese momento. Cuando se ha ido, ha dejado la huella de su cuerpo en mis brazos, en mi corazón, en mi alma, y, ese sentimiento, no hay ninguna angustia que pueda venir a derribarlo.
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El mejor regalo
¿Cuál es el mejor regalo que te han hecho?
Cuando nació mi hija decidí optar por la lactancia materna. Lo hice porque no trabajaba y tenía todo el tiempo del mundo y así estuve unos 6 meses. Luego se hizo evidente que la niña necesitaba comer otras cosas, y pasamos a ello. Cuando terminé, el pecho se me había convertido en un colgajo de piel que no se sujetaba con nada. No podía ponerme bikinis, ni bañadores con un escote que fuera minúsculo, ni una camisa que no se cerrara hasta el cuello porque, además, se notaba muchísimo con un montón de ropas que mi pecho había muerto en la batalla.
Total, que empecé a reunir dinero para operarme y arreglar aquella ecatombe, pero, cuando la niña cumplió los dos años y empezamos con la terapia, los ahorros se fueron con ella. Luego, cuando ya encontré trabajo, empleaba todo lo que tenía en aprender y en ayudarla así que poco o nada se puede dejar para cosas estéticas, que son importantes, si, pero no vitales.
Al cabo de un montón de años, comencé a remontar económicamente y decidí que me operaba financiando la intervención. Pedí cita con el cirujano, que resultó ser un amor de hombre, y fijamos la fecha de la operación. Sólo tenía que pasar unas pruebas y ya.
Entonces mis compañeras de trabajo empiezan a volver de las vacaciones y, con sus conversaciones, caigo en la cuenta que, desde que se fueron, a mi no me ha venido la regla. Me pongo nerviosa pero no mucho. Llevo 7 años intentando volver a ser madre, me queda nada para dejar de escribir a la cigüeña, porque he quedado con mi marido en no seguir en diciembre. Estamos a finales de octubre! No puede ser!
Lo comento en el trabajo y me aconsejan hacerme un test de embarazo antes de ir a la clínica. Lo hago y da positivo. No me lo puedo creer! Voy a trabajar y las compañeras me reciben entre aplausos. No me siento aplaudible. Me escabullo a un sitio tranquilo y llamo para decir que voy a suspender la cirugía porque estoy embarazada. La chica me da la enhorabuena y le doy las gracias.
El niño nace en mayo y en diciembre mi madre me llama para decirme que se ha ganado la lotería. La de Navidad. Estoy en el trabajo y salgo a la calle a dar brincos de alegría como si me hubiera tocado a mi. Entonces me dice que, parte de ese dinero es para pagar la operación. Me pongo a llorar. No puedo creer mi suerte, sobre todo ahora que empezamos a ver problemas en el niño, que creemos nimios pero que serán claves para la detección temprana de su autismo. Y vuelvo a pedir cita y esta vez, si que si, logro operarme. Y mi cabeza, aunque parezca una tontería, comienza a recolocarse. Lo noto ya al día siguiente de la intervención.
Hoy, por estas cosas de que ya vienen los Reyes, ese mismo niño me ha despertado a las 6 y media de la mañana. Él sí que no me regala un minuto de sueño. Pero está efervescente y debo entender que, el que te pongan regalos debajo de un árbol de Navidad comprado en un chino no pasa todos los días.
Espero que su emoción sea igual que la de mi hermana la mañana del día de Reyes, que me despertaba a unas horas indecentes para abrir los regalos. Creo que eso fue un buen entrenamiento para esta maternidad atípica por la que transito. Despertarme a una hora donde no ha amanecido, poner cara de sorpresa al encontrar los regalos que he empaquetado yo, pedirle que los abra y decirle que no abra los de su hermana a la que no recuerda en cuanto a regalos se trata.
Luego me arrastraré hasta la cocina a por un café y, mientras cruzo los brazos, recordaré a mi madre y su regalo. El mejor regalo de mi vida. Poder volver a vestirme como a mi me gusta. Y quitarme complejos. Si. Eso también!
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El recreo
¿Juegas a algo en tu día a día? Si escuchas la expresión «recreo», ¿en qué piensas?
Cuando digo esta palabra en alto, me remonto a los días grises, a los días que surcaba entre grandes problemas fuera y dentro del colegio. Ahí, mis profesoras pensaban que era una inútil que solo iba a sentarme en el pupitre a hacer bulto. Si ellas supieran! La escuela era para mi un refugio donde esconderme hasta que llegaba la hora de volver a casa. Daba igual cual de las dos. En las de mis padres o en la de mi abuela se mascaba la tragedia. Pero no una pequeña, minúscula, sino de esas como las de La Casa de Bernarda Alba. De ese rollo. Al girar la llave, sabía lo que me esperaba. O no!
El recreo era un momento de paseo, de comer el bocata, de beber agüita, de mirar jugar a los demás. Luego añadí a una compañera a la que todo el mundo daba de lado, y con la que acabé haciendo amistad. Si hubiera podido, yo también la hubiera evitado, pero no por lo mismo que lo hacían las demás, sino porque enseguida descubrí que no era trigo limpio. Decidí hacerme la tonta.
Más adelante, cuando ya mi vida se convirtio en un sálvese quien pueda, decidí ser más sociable por esto de disfrutar cada día de mi miserable vida como si fuera el último. Y ahí lo peté. Nos reuníamos la clase y jugábamos al burro, que, para quien no lo sepa, era saltar encima de una compañera y ella tenía que adivinar qué señal marcabas, si huevo, si araña, puño o caña. No sé si han jugado a eso pero era un juego muy muy divertido. Llegué a orinarme encima. Me he reído muchísimo y lo disfruté a tope.
Luego llegaron los recreos del instituto, donde lo único que aprendí fue a observar a los demás y a inventar mil historias de cada uno en el patio.
Con la huelga estudiantil del 87, además de ir a más manifestaciones que en todo el resto de mi vida, cuando ya la cosa estaba dando los últimos coletazos, me iba al patio a leer. Ese año leí El Quijote. Mi profesora de literatura, cuando volvimos al aula, había quitado casi todos los capítulos y dejó solo los importantes, pero como pregunta, hizo una que se contestaba solo si te habías leído el libro entero. Fui la única de la clase.
Las letras, todas ellas, han llenado mi vida, han completado páginas en blanco, esperando, evitando, y con ello, me convertí en una mujer que ama lo que lee, lo que escribe. Cuando murió Gabo, Gabriel García Márquez, sentí que moría parte de mi ser, de mi vida, y así con todos mis adorados escritores. Menos mal que muchos son longevos, como el propio Gabo, como mi queridísima y admirada Isabel Allende, sin cuyos libros hoy día sería una persona distinta.
Mi tiempo de recreo, hoy día está repleto de libros para leer, pero ya no leo para evitar, ahora lo hago para disfrutar y para aprender. Espero que la vista no me falle nunca y, si así fuera, elegiría el audiolibro. Cualquier cosa antes que soltar lo que me apasiona. Además, no pido tanto, solo un libro y tiempo. No soy tan ambiciosa, solo deseo esas dos cosas!
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La nostalgia
¿Qué te produce nostalgia?
Hoy me he levantado con un dolor de lumbares terrible. Hace un montón que lo aguanto, y si, fui al médico y si, tengo un diagnóstico, aunque hoy me ha dado fuerte porque ayer estuve sentada trabajando hasta que llegó la hora de irme. Hacer vida sedentaria es incompatible con este dolor. Fui ayer al gimnasio, y, con la zona protestando, hice los ejercicios de fuerza porque sé que son lo mejor para que esto no vuelva a ocurrirme. Tengo que fortalecer la espalda. Hace unos años, llegué incluso a cojear a causa de lo mismo. Pero ahora no. Ahora solo parezco una tabla andante que no puede ni agacharse.
Estas cosas me hacen volver a tiempos pasados, cuando uno no tenía ningún dolor que aguantar, en los que, por ejemplo, nos reuníamos la familia a comer en casa de una tía de mi madre, cosa que me daba igual porque a mi lo de disfrutar comiendo me entró tarde. Cuando acababa la comida, separábamos los muebles, poníamos música y bailábamos como si, al día siguiente, no entráramos en otra fecha. Como si todo acabara esa noche.
Se ponía la televisión para partir el año con el único canal existente, y cantábamos a voz en grito «el himno a la alegría» de Miguel Ríos. Nos comíamos las uvas, que yo terminaba con ganas de vomitar, y empezaba el baile.
Hoy iré a cenar a casa de mi suegra. Allí no habrá baile, ni nos cogeremos por la cintura bailando la conga. La comida será más pinturera que la del 24, y tras ella me marcharé con mi hijo porque él necesita de su rutina y se acuesta siempre a una misma hora. Si no respeto sus tiempos, comienza a dormirse en el sofá. Así que las uvas, si las hay, serán en el salón de casa yo sola. O con mi hija.
Qué queda de aquella niña que fui? Aquella que juraba que nunca sería madre? La que soñaba con bailar? La niña callada y tímida que no decía esta boca es mía para que nadie notara su existir? Ella debe estar en alguna parte de mi cerebro, gritándome que, por favor, deje de hacer cosas en las que pueda destacar, en las pueda llamar la atención, que, total, no voy a conseguirlo. Esa niña vulnerable, convertida en adulta por obra y gracia del paso de los años, vive aún tan asustada, que en días como hoy, la busco, la abrazo y le digo: «cariño, déjame hacer esto que me gusta, aunque no lo haga bien! Déjame disfrutar de los años que me queden!» Y luego la cogeré de la cintura y le enseñaré a bailar la conga sin miedo. Saliendo a la calle con un collar del cotillón y un pito gritando a todos que, ambas, hemos sobrevivido al 2024. Prometo luego abrazarla fuerte y dormir junto a ella como hago con mi hijo. Porque a ambos los quiero mucho. A él por traer alegría a mi vida, y a ella, porque ha sabido sobrevivir durante 54 años de manera inteligente. Y en ese ménage á trois, surcaremos el sueño hasta el 2025. Feliz año Anita del pasado! Descansa tranquila! Ya no hace falta que estés alerta, solo descansa…
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El equipo
Si crearas un equipo deportivo, ¿qué colores y qué mascota elegirías?
Hay por ahí un chico, Carlos García Junco, que, para quien no lo conozca, sólo tiene que darse una vuelta por su cuenta de Facebook y ver todo lo que hace y lo que ha hecho. Carlos es, entre muchísimas otras cosas, entrenador en el Real club Oviedo, de un equipo con necesidades especiales que juega la liga Genuine.
Si tuviera que hacer un equipo, sería algo como el que lleva Carlos. Sin duda. Hoy tras levantarme, y, mientras tomo el café, me puse a leer algún blog y luego pasé a lo que yo llamo, la aplicación del postureo, Instagram. Pero hoy venía, de entrada, porque la app sabe que son temas que me interesan, un video sobre pérdidas y suicidio, y de como sobrellevarlo en estas fechas, y el otro sobre el Déficit de atención. En él un chico explicaba cómo lo vivió en sus estudios, sin saber, por supuesto, qué le pasaba, y de cómo llegó a atarse a una silla para no levantarse, poniéndose delante frases como: «eres un inútil, si te levantas no vas a sacar esto…» Y me dio una pena terrible. Era un chaval joven que ahora tiene una empresa y que creció pensando en que no hacía suficiente porque él no era suficiente.
Hay un montón de gente por ahí a la que nunca nadie le ha dicho lo buena que es en tal o cual cosa. Luego estamos la gente como yo a quien cuando les dicen que lo hacen bien, no lo creen porque de pequeña uno sufrió una serie de traumas que hacen que, hoy día, la cabeza le vaya así.
Carlos también tuvo su poquito de, este chico va de cráneo, enséñenle a secar platos que no sirve para otra cosa. Pero sus padres no debían pensar lo mismo y ahora tiene un currículum más largo que mi brazo. Ha estudiado más que mucha gente, es maestro, entrenador, ha escrito libros, es conferenciante, es padre y marido, y es autista y eso no le ha impedido vivir feliz y ayudar a otras personas a serlo. Cuando dijo en la conferencia a la que fui a verlo, que aquél diagnóstico era el suyo, se me cerró el pecho y comencé a llorar como una magdalena. Carlos fue mi confirmación de que un diagnóstico no es un pronóstico de vida. Si tengo que elegir, yo elijo un equipo con él. Y como mascota un perro. Un galgo. Por esto de que es una de las razas más maltratadas del mundo perruno. Adoptado, por supuesto!