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Mis sueños
¿Cuál es el trabajo de tus sueños?
Iba a decir que el trabajo de mis sueños es el que tengo actualmente. Me gusta esto de trabajar para la Justicia, aunque la pobre, menos mal que lleva la venda en los ojos, porque aquí, como en todos lados, existe gente seria y gente que no. Gente a la que le preocupa que tu juicio se haya puesto a un año vista, y a otros que no. Abogados que ponen palos en las ruedas de un procedimiento de su cliente, porque no son capaces de reconocer que no tienen ni idea del trámite que llevan entre manos, y otros que son, además de buena gente, currantes a pie de trinchera. También las hay que se ocupan y se preocupan por los pocos medios con los que trabajamos, que tiramos para adelante, que revisamos los expedientes de nuestros armarios, mirando que no se nos haya escapado algo que pueda costar la suspensión del juicio. Que nos hemos sudado la camiseta para estar sentados ahí. Y en ese regodeo estaba metida cuando descubrí que hay otro trabajo que aún me gusta más que el anterior. El trabajo de la maternidad.
Criar a mi hija, con todas sus dificultades, ha sido un viaje duro pero enriquecedor. Hemos estado comiendo juntas y, recordando anécdotas, nos hemos echado unas risas. Pero ha sido duro. Sobre todo hasta que no tuvimos el diagnóstico definitivo. Si alguien me hubiera dicho que todo lo que pasaba era que era autista, me abrían ahorrado más de un disgusto. El desasosiego de no saber es lo peor del mundo.
Luego llegó su hermano y con él el diagnóstico entró en nuestras vidas como un misil tierra-aire. Y con eso una tristeza propia de quien recibe una mala noticia casi detrás de la otra.
Mis hijos, a pesar de todo, han sido el producto de un curro hecho como el de un orfebre. Un trabajo fino, con detalles, paciencia, cariño…y el resultado de todo ello ha dado lugar a que, este mundo, es bastante mejor desde que ellos están en él. Los amo por encima de mis posibilidades, y, aunque mi marido y yo hemos descubierto que es posible que ya hace tiempo que vamos caminando por senderos distintos, volvería para atrás y lo haría igual todo de nuevo.
Mis hijos son el verdadero trabajo de mis sueños. El amor que recibo de ellos es la fuerza que hace que me levante cada día. Sus sonrisas, la luz que ilumina mi vida. Si ejerces una paternidad al uso, con un trato al uso hacia tus hijos, cuando ven que te preocupas, cuando te ocupas, todo lo que haces te viene devuelto. No todos los padres tenemos esa suerte pero, los que tenemos hijos con alguna dificultad, somos los campeones de recibir mil en cosas en las que, sin duda, hemos dado menos. Pero son tan agradecidos! Y es un placer tan grande la crianza! No es un camino de rosas. Es arduo, difícil! No ando sobre una alfombra de pétalos y ni falta que me hace!
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El líder
¿Qué hace que alguien sea un buen líder?
Se marchó de casa siendo un chaval muy joven. Sus padres querían que él fuera por lo que ellos consideraban como el camino correcto, y él decidió salirse por la tangente. Es lo que tiene ser hijo, cuando te ponen en la tesitura de no poder hacer lo que te da la gana, bien sea porque no tienes independencia económica, bien porque eres muy joven para tomar decisiones, barajas tus opciones y decides la peor de todas. Decides alejarte. Tomar las riendas de tu vida. Una autonomía ficticia porque, en la calle, si no te pegas a alguien más fuerte, puedes acabar muy malamente.
Se marchó como digo de casa buscando una independencia que no tenía y se metió de lleno en otra forma de vivir atrapado. Comenzó a drogarse. Por si eso no fuera suficiente, como si el sostenerse a sí mismo, no costase ya, por si solo, la vida. Pedir a la puerta de un supermercado puede no dar para ambas cosas, y, claro! entendió que debía dar algún palo a alguien para subvencionarse su adicción. Eligió a una pobre mujer, ya mayor, cargada con la compra, arrastrando su cuerpo en aquella calle sin gente y decidió robarle lo que llevase en el monedero. No hizo falta hacerle mucho daño, con darle un fuerte empujón tuvo para tirarla al suelo, porque ella no quiso soltar las bolsas, lo que le impidió siquiera sujetarse en la caída. Lo último que vio en el suelo fue unos pantalones vaqueros y un torso sin camisa, corriendo en dirección contraria a su edificio.
Con el paso del tiempo, y tras entrar muchas veces en prisión por otros «palos» llegó a la edad en que eliges si tu vida será así para siempre, es decir, vivir a tiempo completo en la prisión, o darle un giro a tu miserable existir buscando algo más honesto que hacer con tu cuerpo. Había notado que, dentro de la institución, cuando salían al patio, se le juntaban unos cuantos a los que les gustaba lo que él decía. A los funcionarios aquellas reuniones no les gustaba mucho por esto de que cada vez se iban juntando más presos a su alrededor. Como con Jesús de Nazaret, pero en mal. Notó que tenía el carisma suficiente para convencer a sus compañeros de una vida mejor, de una rehabilitación, de buscar la senda correcta. Todo ello, claro está, mientras él seguía consumiendo drogas oculto a los ojos de los demás.
Cuando salió de prisión, buscó un trabajo y un apartamento minúsculo, y, comenzó a ir por las calles buscando adeptos a sus filas. Primero fueron personas como él, que había andado perdido sin saber a dónde ir. A ellos los convirtió en sus apóstoles. Luego fue a por los que tenían poder adquisitivo para subvencionar todas aquellas zarandajas. No podía creer que la gente fuera tan crédula! Mejor! Y así, con su sonrisa, su cambio de vestimenta a trajes de marca primero, y luego a los hechos a medida, su labia, y su carácter dominante, consiguió que, un número incontable de seguidores, se mudaran con él a una granja enorme, a trabajar como cabrones mientras él, como buen líder se tocaba las narices en su suit. Cuando le apetecía tener sexo, cuando quería seguir consumiendo, se iba sigilosamente de aquella prisión sin muros a los pueblos de los alrededores, a lugares donde nadie recordara su cara siquiera al minuto siguiente.
Una mañana, después de haber consumido por encima de sus posibilidades el día anterior, bordeando peligrosamente la sobredosis, se levantó lleno de dolores. Se fue al baño, encogido como un tres, se lavó la cara, se miró al espejo y vio que la imagen que le devolvía no era precisamente la de un líder. Y no era líder porque algo estaba por encima de él. La droga. Si seguía en ese camino, un día entrarían en su habitación y se lo encontrarían muerto en la cama. O peor aún, moriría en un callejón donde nadie sabría quién era. Solo sería un cadáver, un indigente, un yonkie más.
Pensó en dos opciones. La primera, decirle a sus seguidores que había recibido un mensaje místico en el que se le comunicaba que debía ir arreglando sus cosas porque el mundo se iba al carajo y convencerlos para quitarse la vida con él, o bien, ser honesto por primera vez en su miserable vida, explicar su problema y meterse en un centro de desintoxicación. Esto último suponía un problema. Él era el líder de toda aquella gente. Sin su presencia, el goteo de acólitos abandonando la granja sería costante. Volver a no tener nada le parecía una soberana putada, pero se tenía a sí mismo, a su carisma, su don de la palabra, su sonrisa, su magnetismo. Y decidió arriesgarse. No quería que nada ni nadie estuviera por encima de su persona, de sus decisiones. No debía seguir siendo esclavo. Y si pasaba el mono entre aquellas cuatro paredes? No. Descartado. Había que transitar todo aquello sin mimos, sin cuidados de gente que estaba allí solo por satisfacer sus caprichos. Demasiado peligroso. Demasiado cómodo. Dio un fuerte suspiro, se arregló y fue a enfrentarse con el grupo, a explicar que él era un hombre débil, hecho de carne mortal, atrapado en la telaraña de la adicción.
Salió de su cuarto y se enfrentó de nuevo a lo desconocido. Al no saber qué pasaría después. Y sintió miedo y se vio vulnerable. Por primera vez en su vida.
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El cartel (4ª parte)
Si pudieras «desinventar» algo, ¿qué elegirías?
Cuando terminó de hablar su madre, se la quedó un rato mirando. Intentando entender cómo el ser humano es capaz de realizar actos que pueden cambiar la vida de otros, de destrozar su ánimo, sus ganas de vivir en pro de su felicidad. Es cierto que aquella mujer que tenía delante, no había sido la misma desde que quedó viuda. No sabía que tipo de enfermedad mental la había podido llevar a hacer algo tan cruel, pero lo cierto y verdad es que ella tenía cinco hermanos más!! Eran dos chicos y cuatro chicas. Ella la más pequeña de todos. La benjamina. La que ya no esperas porque vas teniendo una edad en la que la falta de regla no es más que un trastorno propio de los años que transitas.
En vez de vivir en una casa llena de lío, de juegos, de risas, ella creció pensando que ser hija única era una reverendísima mierda. Su madre no la dejaba salir con sus compañeras de cole a ningún sitio. Ni siquiera, a las excursiones extraescolares de la que todo niño sale con un regalo, tras vivir una experiencia de conocimiento, de relajo en medio del caos de los estudios. Ella pasaba la jornada dentro del cole, viendo regresar a sus compañeros con, por ejemplo, una gorrita recuerdo de la visita.
Su infancia había sido como vivir en La Casa de Bernarda Alba. En silencio, oscuridad, opresión, día tras día. Tal vez por ello había olvidado a su familia. Porque todo el esfuerzo que hizo en esos años lo empleó en no caer en una depresión.
A la mayoría de edad llegó la rebeldía. Como Adela, la de la obra, comenzó a experimentar lo que era la intimidad con otras personas fuera de aquellas cuatro paredes, y, como ella, estuvo alguna vez a punto de hacer colgar su cuerpo de una viga, harta de tener a su madre siempre justo detrás. Alerta.
Hasta que un buen día conoció al que hoy era su marido, y la rebeldía se convirtió y dio paso a un mantenerse firme en la decisión de salir con él y, más tarde, casarse. Reconocía ella que en esa decisión había tenido mucho que ver las ganas de escapar, de ser dueña y señora de su vida entera. Había sido feliz hasta ese momento? Si. Sin dudas. Decidieron ser padres, y la vida le dio a dos hijos varones, que habían dado al hogar, lío, juegos, risas…todo lo que ella se había perdido.
Entonces sintió una pena infinita. Todo lo sucedido tenía que ver con que, una señora, con poca salud, llevada por un criterio erróneo se cruzó en su vida para cambiarla para siempre. Ahora tenía que lidiar con la idea de que, cuando se hiciera pública su aparición, seguramente pagaría por lo que había hecho, tal vez con unos años de ingreso en un centro de salud mental. Y sintió una pena infinita. Su último pensamiento antes de hablar fue: «No es justo que nadie pase por una enfermedad, cualquiera que esta sea, como tampoco lo es el que te metan en un sanatorio, sobre todo como los de este país, que, si no son privados, son una porquería.Tal vez la ingresaran en prisión y allí recibiera tratamiento. Sabía por una amiga que, las prisiones están llenas de excelentes psiquiatras y enfermeras. Se lo comentó una vez porque hubo un caso muy famoso en el que un pobre desgraciado había cometido un delito para volver a ser tratado adecuadamente. Era feliz cuando estaba entre rejas. Tal vez su madre tuviera suerte con la justicia!»
Cogió impulso y empezó a hablar, haciendo que su madre se sobresaltara. Desde luego, después de aquella conversación, ninguna de las dos sería la misma. Nunca más sus vidas serían iguales.
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El cartel (parte 3)
¿Puedes dar un ejemplo positivo de cuando te has sentido amado/a?
«Mira hija, el año que sucedió todo, acababa de perder a mi marido. Durante el tiempo que duró nuestro matrimonio, no necesité la presencia de nadie más en mi vida. Era un gran hombre! Inteligente, muy amigo de sus amigos, que me miraba y veía en mi interior. Que sabía qué necesitaba, que me apoyaba, que me admiraba, y, de repente un día, se levanta, se va al baño y cae desplomado. Cuando vino el médico con la ambulancia me dijo que había sido un infarto. Su corazón, su enorme corazón, lo había dejado tirado. Sin volver a latir. Sin permitirle vivir un día más llenando la vida de quienes le amábamos.
Mi vida se llenó de oscuridad. No quería comer, no quería seguir viviendo y, sin embargo, ahí estaba yo. De pie. Entrando y saliendo a la calle, contestando amablemente a los pésames, diciendo a todo el mundo la mayor de las mentiras. Que estaba resignada y que sabía que debía continuar con mi vida. Paparruchas!! Me mudé de casa porque no soportaba aquellas paredes que habían sido testigos de su partida.
Lo cierto y verdad es que, aquel día, iba de camino a la farmacia. A comprar las pastillas que me había recetado el médico y que pensaba tomar de una sola vez. Una tienda antes, había un negocio de camisas hechas a medida que le encantaban y me paré a mirar el escaparate. En él se podía ver, al fondo, una señora rodeada de chiquillos, hablando con el dependiente, enfrascada en una compra. Del grupo vi que se separaba una niña. Llevaba un peluche entre sus brazos. Su madre no caía ni siquiera en la cuenta de lo que sucedia. Y la niña llegó a mi altura, ya en la calle, y me dio la mano, y me volví a sentir de nuevo amada. Elegida. De otra manera. En un amor distinto. Lleno de ternura infantil. Sentí la presencia de mi marido en aquel momento, diciéndome que aquello solo podía ser una señal de la propia vida. Que no la dejara escapar. Que tenía la oportunidad de volver a amar en los mismos términos. Y entonces, contigo, de la mano, sintiendo el calor de tu mano en la mía, me fui alejando, esperando a ver si alguien me paraba y me preguntaba o me gritaba. Pero no! Fue todo tan fácil que estoy segura de que la vida misma deseaba eso. Que te fueras conmigo para que yo te diera todo el amor que aún me sobraba.
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El cartel (2ª parte)
Piensa en el viaje por carretera que más te ha marcado.
Después de hablar con su madre biológica por teléfono, prometiéndose ambas verse cuanto antes, subió a casa. Al abrir la puerta, vio cerca de la entrada caras de preocupación de su marido y sus hijos. -Dónde estabas? Han pasado más de dos horas desde que saliste de trabajar y, cuando te he llamado estabas comunicando!» Ella abrazó a su marido y le pidió que se sentara que iba a contarle una historia increíble. Comenzó por lo del cartel y acabó con lo de la llamada para asegurarse que no estaba equivocada. Que, efectivamente, su vida se habia vuelto del revés. Su marido la miraba boquiabierto. -«Quieres cenar? Así podrás luego coger fuerzas para decidir cuál será tu siguiente paso». Hablaron largo y tendido durante la cena y, con ayuda de él, elaboró un plan que comenzaría al despertar.
Al día siguiente se presentó en la casa de la quien, durante 35 años, creyó era su madre. Subió en el ascensor hasta el segundo piso. Tocó a la puerta, aquella que había cruzado, seguramente de la mano, seguramente llorando, separada de su familia por obra y gracia de un capricho del destino que la había puesto en el camino de una loca alejandola de quienes la querían. De esa gente que te quiere porque sí. Porque la sangre une más que ninguna otra cosa. De tu familia.
Cuando entró, su madre la llevó hasta el salón y, al sentarse, le preguntó sin tapujos cómo se había enterado, cómo lo sabía.
Se sorprendió. No podía creer que se lo hubiera notado en la cara. Su madre se sonrió a medias y le dijo: «lo creas o no, lo quieras o no, siempre te he querido. No te he parido ni falta que me hace. Lo único que no sospecho es cómo».
-«Ví un cartel en la autopista con, básicamente mi cara en él. Esas del antes y el después. Si no lo hubieran hecho así no me habría siquiera reconocido. Cómo pudiste? Cómo hace una para llevarse a la hija de otra mujer sin remordimientos? No te dio pena? Si me pasara a mi con alguno de mis hijos moriría de tristeza. Así has estado tantos años prohibiéndome salir, controlando mis amistades. Qué cuajo tan grande tienes!! El viaje de ayer por la autopista ha sido el peor de mi vida! Enterarme que era buscada cuando ni siquiera me sabía perdida…cómo pudiste?» Esto último lo dijo casi gritando, intentando que las lágrimas no le impidieran decir lo que pensaba.
Tras terminar de hablar, se hizo un silencio entre las dos. Uno de esos en los que incluso notas cómo cae la tarde, oscureciendo aquel salón ya de por sí frío y oscuro. Parecían ambas la escena de un cuadro, el final de un acto teatral tras el que cae el telón. Y cuando menos lo esperaba, cuando ya creía que no iba a recibir respuesta su madre, si, porque no podía arrancársela del pecho, comenzó a a hablar. «Mira hija…»
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Los aperitivos
¿Qué aperitivo te comerías ahora mismo?
Lo primero decir que aquí en las Islas, el tomar aperitivo no se estila. Fue al pasar Gibraltar cuando vi que, en la Península, esta costumbre es muy común. Te pides una bebida y, para que no salgas del sitio antes de comer bailando la conga, en algunos lugares te ponen un platito de comida, o si no, tú, si eres de los que no quiere que el alcohol te caiga a los pies, te pides unas aceitunas, unas bravas (patatas o papas que, qué coño, es como lo decimos aquí) o lo que tengan en el bar de marras que suelen estar surtidos.
Empecé y terminé los aperitivos el poco tiempo que viví con mi madre. Nos reuníamos los domingos con sus amigas, y se hacía el vermut como lo llaman allí. Yo llegaba cuando ya estaba empezado, cuando salía de trabajar en un supermercado infecto que estaba junto a la playa. Trabajaba toda la semana, incluido los domingos, diciéndote como una gran cosa que ya descansabas el domingo por la tarde. Fíjate tú!! Qué generosos!! Siempre he sido reivindicativa en lo laboral y conseguí, a fuerza de discutir con los jefes que me dieran los jueves libres.
Ustedes dirán que menuda mierda de trato. Cierto, era un trato igual de infecto que el supermercado, pero mi hermano en aquellas fechas, año 92, se puso muy enfermo. Mucho. Y yo aprovechaba y relevaba a mi madre en el cuidado del peque ese día, o iba a visitarlo, aunque ella estaba agustísimo en el hospital, porque te dan comida para el enfermo y el acompañante y te vienen a preparar el sillón cama todas las noches. Además, ella contaba con la baza de no estar en casa aguantando a su marido. Cómo sé tan seguro lo del hospital y porqué lo digo en presente? Porque en él falleció mi madre años después.
Total, que me reunía allí con sus amigas y sus familias y yo, como llegaba la última y llegaba amargada, me arreaba todo el alcohol que pudiera y me zampaba de lo que hubiera. En ese entonces, yo pesaba 50 kilos, porque no he caminado más en mi vida que en esos meses. Si pusieran todo lo que andé o corrí detrás de una guagua que pasaba cuando al chófer le venía bien, o no pasaba y te veías volviendo a casa reventada del curro y con 3 kmts de pateo, en linea recta, no dudaría en que llegaría al otro lado del charco. Fumaba, bebía, tenía un hermano enfermo, el matrimonio de mi madre con su segundo marido hacía aguas y él hacía méritos para ser arrojado a la boca de un volcán activo, a mi abuelo lo habían atropellado estando yo en Barcelona…en fin, que las cosas, por usar un eufemismo, no me iban bien. Pero yo llegaba, bebía, comía, y las amigas de mi madre, que siempre han sido casa, me mimaban y me ponían delante lo que me apeteciera. Solo me faltaba un babero.
Ese tipo de momentos, con gente que fuera capaz de poner tu mierda de vida en perspectiva, los hecho muchísimo de menos. Allí te desahogabas, llorabas un poco, o no, y cargabas pilas para la semana siguiente.
Recuerdo que una de mis tías viajó con su hijos y su marido para que mi madre viera al peque que tenía pocos meses. Estábamos arreándonos el aperitivo, yo con la cara como una ardilla comiendo como si no hubiera no ya un mañana, ni siquiera un después, y escucho a mi tía que empieza a reírse. La miré para ver dónde estaba el chiste y me dijo que no había ninguno sino que estaba borracha. Yo paré mi masticación, me tragué lo que tenía en la boca y la acompañé para que se acostara, flipando en colores que tuviera que ayudarla como en los momentos en los que tuve que hacer lo mismo con su padre al que le gustaba beber. Mucho muchísimo. Cuando se recostó en el sofá me dijo que, mejor se quedaba fuera cogiendo fresco porque la habitación, acostada, se movía como un barco. Yo estaba perfecta. El alcohol, a fuerza de costumbre no me afectaba igual que a ella. Y eso me hizo reflexionar. Sobre lo muy mal que me trataba y en la espiral en la que estaba metida sin notar aún la succión final de la bajada. No fue un cambio de la noche a la mañana. Aún peleo con mis monstruos a los que hasta ahora siempre silenciaba manteniéndome ocupada o con algún tóxico, porque el tabaco y el alcohol lo son. He decidido quedarme quieta. Disfrutar de los días y hacerlo con todas las consecuencias. A pelo. Difícil. Cuando estás acostumbrada a un patrón, es complicado salir de él. Si consigo salir airosa de esta decisión, se podrá decir que estoy curada. De mis monstruos. De una parte de mi vida. Pero tener el coco sano es tan atrayente…
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EL TRABAJO
Come up with a crazy business idea.
Hace muchos años, había en un pueblo una muchacha joven, con un montón de hermanos, y una madre trabajadora pero que había sido atrapada por una enfermedad misteriosa que le quitaba las ganas de vivir. Ella iba al trabajo, lo hacía en silencio, volvía a casa, comía cualquier cosa y se tiraba en la cama a dormir hasta el día siguiente. Su hija achacaba esta situación a que hacía varios años, su padre le dijo que iba a dar un paseo y no lo volvió a ver nunca más. Ella! porque otros vecinos que habían partido a pueblos de alrededor, le escribieron diciendo que él vivía felizmente con una muchacha de más o menos su edad. Y su madre, ella que creía tan inteligente, se dejaba morir por semejante ingrato. Por ese pedazo de cobarde que no supo mirarla a los ojos y decirle que ya no la quería. Que se iba con quien ahora tenía su corazón en las manos.
Para ayudar con la economía en casa, y por no ver a su madre languidecer, se abrió un negocio de ungüentos, hechizos, echada de cartas, escribir cartas a un enamorado o enamorada…todo lo que hoy diríamos que son solo cuentos chinos.
Lo cierto y verdad es que se le daba muy bien porque tenía un conocimiento del ser humano preciso, como el de una radiografía, así que ofrecía siempre algo con el que el cliente salía de su tienda satisfecho. «La creación de sueños» llamó a aquél recuadro donde atendía a sus vecinos.
Un día le llegó una muchacha. Le habían apalabrado un matrimonio con un señor de otras tierras bien lejanas, y, por no saber escribir, le pidió a nuestra protagonista que se las escribiera ella. Y así hizo. Además, debía leer las respuestas, porque su clienta no podía y había que mantener la ficción, y se dio cuenta de que el señor en cuestión era un hombre culto, con mucha sensibilidad. La vecina le había dicho si quería ver una foto y, a pesar de sus primeros escrúpulos, miró aquellos ojos profundos sobre aquel mostacho enorme. Un hombre no demasiado alto, pero guapo. «Qué suerte tenían algunas» pensó.
Un día vino su clienta y le dijo que no iba a necesitar más de sus servicios porque, después de tantas cartas, se había animado el señor a conocerla y se iba a viajar un montón de kilómetros solo para verla.
La felicitó efusivamente y la miró mientras partía rumbo a lo que creyó sería un matrimonio seguro.
Total, que el señor vino, emocionado perdido, a conocer a su futura esposa. Estaba decidido a pedir en matrimonio a aquella joven que le era tan afín. Pero fue ella abrir la boca y quedarse espeluznado. Qué raro! Porqué era incapaz de ver en aquella preciosidad de mujer a la de las cartas? Le había insinuado que le gustaría ir a ver París, la ciudad del amor, y ella le había dicho que no sabía que a París (Texas) se la conociera con ese nombre.
Se sentía tan extrañamente defraudado que empezó a aparecer en él los primeros síntomas de una migraña. Fue a la recepción del hotel, y le dijeron que, en la tienda de la creación de sueños se hacían unos tónicos la mar de efectivos contra ese padecer. Y allá que fue!!
Entró en la tienda y notó que la joven que se hallaba detrás del mostrador se sonrojaba al verlo. Le dijo a lo que venía, y ella le explicó que tardaría un poco en prepararlo todo. Le pidió sentarse y empezaron a hablar de lugares comunes. A medida que iba entrando en la conversación, comenzó a reconocer aquellas palabras, aquel tono, y le preguntó a Isabel, que así se llamaba ella, si además de tónicos hacía otras cosas en la tienda. Y ella le enumeró, sin caer en la cuenta que él ya andaba atando cabos, sospechando que ella era la autora de las cartas. Lo vio levantarse y acercarse, mirándola muy profundamente. «Eres tú, verdad? La de las cartas digo. Por eso te has sonrojado al verme. Porque me conoces como yo a ti aunque no te haya visto nunca».
Ella le reconoció la verdad y a él se le evaporó la migraña. Estuvieron hablando un muy largo rato y, lo último que sé es que se fueron de viaje de novios a París, Francia a vivir en ella todo el amor que se profesaban.
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El anillo
Háblanos de ese objeto que tanto te gustaba de joven. ¿Qué pasó con él?
Antes de cumplir los nueve años, en mayo concretamente, hice la comunión. En esas fechas, la familia te regala siempre algo para que los recuerdes, y, en el caso de mi abuela, me regaló un anillo de oro con una perla pequeñita.
Siempre he tenido los dedos muy finos y por eso me quedaba grande, y, para no perderlo, lo empezó a utilizar mi madre. Al cumplir los 9 años pegué el que sería el último estirón de mi vida y ahí, ya pude llevarlo yo. Fue raro pasar de tener cara de niña chica a mirarme y echarme edades de adolescente. Claro, con la cara, el cuerpo se adaptó a aquella nueva realidad así que, comencé a lucirlo yo hasta mucho después de encontrar mi primer trabajo. Pero, en un día de mierda, con una de esas clientas que van a cualquier sitio donde le atienden y quieren dejarte con el cuerpo hecho polvo hasta mucho después de volver a casa, me empezó a criticar el cómo le empaquetaba la compra, que estamos hablando de un supermercado de barrio por favor! con tan malísima suerte que, en una de las bolsas, cayó el anillo.
Me llevé un disgusto increíble junto con el sofoco de saber que, por culpa de atender a esa sabandija que creía que sector servicio es igual a tratar a los empleados como alfombrillas, había perdido mi anillito.
Se lo conté a mi abuela, llorando, y, por Navidad, me regaló otro exacto al primero. No me podía creer que se siguieran haciendo esas piezas después de tantos años y, claro, cuando lo vi me emocioné y le prometí que no lo llevaría al trabajo siempre que fuera a realizar labores físicas y así no perdería ni ese ni ningún otro anillo.
Al cabo de un tiempo, por cosas del desgaste, se cayó la perla y lo llevé a una joyería. Se volvió a caer al poco. Entonces el joyero me recomendó poner más oro en el centro de la pieza para sujetarla y le di fumata blanca. Y ahí sigue! Después de todos estos años y a mis cincuenta y pico, sigo llevándolo y recordando a mi abuela con él.
Parecerá una tontería pero, a medida que vas cumpliendo años, la tristeza que tienes cuando ves partir a tus seres queridos, se convierte en nostalgia y te asaltan los recuerdos así porque sí y puedes llegar a verlos delante de ti, riendo, porque yo no me olvido de su risa, y sientes que empiezas a chochear, pero no te importa, porque sabes que los recuerdas porque ya, si el cosmos es justo, te falta menos para volver a verlos.

Este es el anillo, y ese, el joyero donde lo guardo ❤️ -
El cartel
Si tuvieras un cartel publicitario en una autopista, ¿qué pondría?
La chica iba con su coche por la autopista de vuelta a su casa del trabajo, cuando vio a lo lejos esos carteles que preguntan: La has visto?» Junto a un número de teléfono. Era la imagen de una niña con una mirada traviesa sujetando un conejito de color rosa. A su lado, lo que la ciencia, un ordenador, una inteligencia artificial o qué se yo, la que sería la imagen de esa misma niña, muchos años después. Iba con prisas, y miró en principio de refilón. Qué triste para esa familia, te descuidas un segundo, y al siguiente, estás pegando carteles confiando en que la pequeña siga con vida. Volvió a mirar la imagen y, al pasar, sintió como si un rayo la atravesase. Esa chica no se parecía mucho a ella misma? No!! Chorradas! Y el conejito? No se parecía al que su madre tiró a la basura porque se le salía el relleno por todos lados?
Vio una salida de la autopista y la cogió sin pensar. «Concéntrate!» Se dijo. Seguro que es un error. Y volvió a pasar de nuevo por debajo de aquel cartel, y esta vez, sintió hasta náuseas. «Cómo era posible?» Volvió a su infancia mientras conducía mecánicamente, y tuvo que reconocer que no tenía muchos recuerdos. También cayó en la cuenta de que eso explicaba que no hubiera ni una foto suya en casa de su madre, de bebé. Su progenitora decía que se habían perdido en un incendio, y, hasta ese momento, aquello resultaba ser una excusa plausible. Una madre que no hacía más que repetir que la había sacado adelante tras quedarse viuda. Una madre abnegada, absorbente, que no la dejaba ni pisar la calle durante su infancia y adolescencia y de la que se alejó con gusto cuando contrajo matrimonio. Sonaba igual de plausible que hubiera sido llevada por una perfecta extraña, mientras su madre, por ejemplo, miraba ropa para ella en un centro comercial. Sería eso lo que había pasado? Su supuesta madre la había secuestrado para llenar el hueco de la pérdida de su marido?
Cuando llegó a su calle, antes de subir a casa con su marido y sus hijos, miró el bolso que estaba en el asiento del copiloto y buscó su móvil. Lo abrió con las manos temblando de miedo, rezando para que eso que bullía en su cabeza no fuera cierto.
Marcó el número del cartel y esperó. «Si no lo descuelgan al tercer tono, cuelgo». Al primer tono, escuchó una voz: «Si, dígame?» Y en ella pudo sentir todo el peso de los años, esperando de manera inútil recibir una sola noticia de una hija que no acababa de aparecer. A la que la tierra se la había tragado. Años y años de desilusiones, de preguntas sin respuesta. De ir a preguntar a comisaría si se sabía algo de lo suyo mientras un policía, generalmente novato, movía su cabeza negando mientras farfullaba alguna frase de consuelo.»Dígame?» Repitió la voz. «Mamá?» Contestó la muchacha. «Elisa, eres tú?»
Elisa, así se llamaba. Ese era su nombre. Y aquella señora, al otro lado del teléfono, su madre. Cuánta desesperación debía haber pasado. Si a ella le pasara lo mismo con alguno de sus hijos, moriría. Y ella seguía viva. Buscando a su Elisa, a ella!! Entonces comenzó a llorar, apenada por todo el tiempo perdido, por el remordimiento de no saberse buscada, por no haber sido más lista y haber pillado a quien decía ser su madre en un renuncio. Y oyó llanto en la otra línea. Y sintió que ese sería el primer recuerdo del resto de su vida.
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La vida misma
¿Te pasas más tiempo pensando en el futuro o en el pasado? ¿Por qué?
Interesante pregunta esta. Soy más de pasado que de futuro? Siendo sincera, este cuerpo que escribe es regido por la señora doña Ansiedad. Por lo tanto, no puedo, a pesar de que lo evite, pensar en el pasado porque él es la causa por la que soy como soy. Procuro vivir el día a día pero, cuando tengo algún percance, mi mente, mi cerebro, busca en la carpeta «esto ya lo hemos vivido chata, tú ponte en modo falta de aire, angustia, ideas castastrofistas, mientras yo estoy aquí, ahondando en tu pasado, explorando en qué momento vital te pasó esto», y, mientras físicamente me preparo para la caída de un meteorito, que a veces queda en una piedrecita mínima o en nada, ese momento del pasado se pone en modo bucle.
No pienso en el futuro. Porque también me angustia. No quiero ni pensar en el futuro de mis hijos. Hay padres que saben, desde que sus hijos son unos enanos, que se van a buscar la vida perfectamente. A mi eso no me pasa. Y me angustia. Esa frase la repito pero es que yo creo que los padres de chavales con dificultades extras, vivimos encajados en ese sentimiento. Como un terrible día de la marmota. «Pasas de una angustia a otra, no te centras en el presente» me dice mi marido. Y es verdad. Y es cuando me dice eso donde noto que pasado y futuro confluyen en mi cabeza para hacerme pasar de un problema a otro, de un mal sentimiento a otro. Qué placer! (Nótese la ironía)
Recuerdo hace unos años, cuando éramos socios de una ONG que ayuda a familias como nosotros, hablando con un padre en una plaza que hay por aquí cerca de mi casa, me dijo que lo que más le dolía era que, siendo él persona deportista, que se notaba cero porque el chándal no le cerraba por culpa de su barriga, a su hijo no le gustaba el fútbol. Mientras yo trataba de no mirarlo a la cara para que no notara lo que pensaba, siguió parloteando de aquel pensamiento ridículo y absurdo en el que crees que tus hijos están hechos de tu costilla, como Eva con Adán, y deben comportarse y hacer todas tus expectativas de mierda, forzando a un chaval, quitemos que además es autista, porque hay alguno jugando al fútbol muy requetebién y con más dinero que yo en toda mi vida ganándome incluso una primitiva, pues a dedicarse a algo que le importa tres rábanos.
Cuando lo pude mirar fijamente, vi que el idiota se había emocionado ante su tragedia griega. «Eso es todo lo que te preocupa?» Le pregunté. «A mi me da desazón no saber a qué podrán dedicarse en su vida adulta y, la verdad, la palabra fútbol no ha entrado ni una sola vez en mi cerebro». Luego miré a su hijo, que parece un chaval inmerso en una profunda tristeza, con unos ojos negros que, cuando los miras no te dan idea de lo que se oculta detrás de unas pestañas enormes, con una madre sobreprotectora, que lo trata como un bebé teniendo el muchacho la edad de mi hija. El pibe es autista. Pero no tonto.
En fin, hoy debo preparar todo para que mañana el peque, al levantarse, descubra sus regalos. Me veo empaquetando los regalos en el trastero y es algo que me da una pereza terrible, pero hace un momento, al entrar en mi habitación, teniendo como tiene una psicomotricidad penosa, se ha dado un golpe en un pie. Va descalzo y sin calcetines, así que a mi, que lo he visto, se me pusieron los pelos como escarpias. Se tiró junto a mi, y yo, que estaba escribiendo, he querido safarme de la situación. «Te diste, te jodiste» me hubieran dicho mis progenitores. Luego he pensado en lo de vivir el presente, y lo he abrazado, lo he besado, y me he estado un rato sin pensar en otra cosa que en vivir ese momento. Cuando se ha ido, ha dejado la huella de su cuerpo en mis brazos, en mi corazón, en mi alma, y, ese sentimiento, no hay ninguna angustia que pueda venir a derribarlo.