• El mejor regalo

    ¿Cuál es el mejor regalo que te han hecho?

    Cuando nació mi hija decidí optar por la lactancia materna. Lo hice porque no trabajaba y tenía todo el tiempo del mundo y así estuve unos 6 meses. Luego se hizo evidente que la niña necesitaba comer otras cosas, y pasamos a ello. Cuando terminé, el pecho se me había convertido en un colgajo de piel que no se sujetaba con nada. No podía ponerme bikinis, ni bañadores con un escote que fuera minúsculo, ni una camisa que no se cerrara hasta el cuello porque, además, se notaba muchísimo con un montón de ropas que mi pecho había muerto en la batalla.

    Total, que empecé a reunir dinero para operarme y arreglar aquella ecatombe,  pero, cuando la niña cumplió los dos años y empezamos con la terapia, los ahorros se fueron con ella. Luego, cuando ya encontré trabajo, empleaba todo lo que tenía en aprender y en ayudarla así que poco o nada se puede dejar para cosas estéticas, que son importantes, si, pero no vitales.

    Al cabo de un montón de años, comencé a remontar económicamente y decidí que me operaba financiando la intervención.  Pedí cita con el cirujano, que resultó ser un amor de hombre, y fijamos la fecha de la operación. Sólo tenía que pasar unas pruebas y ya.

    Entonces mis compañeras de trabajo empiezan a volver de las vacaciones y, con sus conversaciones, caigo en la cuenta que, desde que se fueron, a mi no me ha venido la regla. Me pongo nerviosa pero no mucho. Llevo 7 años intentando volver a ser madre, me queda nada para dejar de escribir a la cigüeña, porque he quedado con mi marido en no seguir en diciembre. Estamos a finales de octubre! No puede ser!

    Lo comento en el trabajo y me aconsejan hacerme un test de embarazo antes de ir a la clínica. Lo hago y da positivo. No me lo puedo creer! Voy a trabajar y las compañeras me reciben entre aplausos. No me siento aplaudible. Me escabullo a un sitio tranquilo y llamo para decir que voy a suspender la cirugía porque estoy embarazada. La chica me da la enhorabuena y le doy las gracias.

    El niño nace en mayo y en diciembre mi madre me llama para decirme que se ha ganado la lotería. La de Navidad. Estoy en el trabajo y salgo a la calle a dar brincos de alegría como si me hubiera tocado a mi. Entonces me dice que, parte de ese dinero es para pagar la operación. Me pongo a llorar. No puedo creer mi suerte, sobre todo ahora que empezamos a ver problemas en el niño, que creemos nimios pero que serán claves para la detección temprana de su autismo. Y vuelvo a pedir cita y esta vez, si que si, logro operarme. Y mi cabeza, aunque parezca una tontería, comienza a recolocarse. Lo noto ya al día siguiente de la intervención.

    Hoy, por estas cosas de que ya vienen los Reyes, ese mismo niño me ha despertado a las 6 y media de la mañana. Él sí que no me regala un minuto de sueño. Pero está efervescente y debo entender que, el que te pongan regalos debajo de un árbol de Navidad comprado en un chino no pasa todos los días.

    Espero que su emoción sea igual que la de mi hermana la mañana del día de Reyes, que me despertaba a unas horas indecentes para abrir los regalos. Creo que eso fue un buen entrenamiento para esta maternidad atípica por la que transito. Despertarme a una hora donde no ha amanecido, poner cara de sorpresa al encontrar los regalos que he empaquetado yo, pedirle que los abra y decirle que no abra los de su hermana a la que no recuerda en cuanto a regalos se trata.

    Luego me arrastraré hasta la cocina a por un café y, mientras cruzo los brazos, recordaré a mi madre y su regalo. El mejor regalo de mi vida. Poder volver a vestirme como a mi me gusta. Y quitarme complejos. Si. Eso también!

  • El recreo

    ¿Juegas a algo en tu día a día? Si escuchas la expresión «recreo», ¿en qué piensas?

    Cuando digo esta palabra en alto, me remonto a los días grises, a los días que surcaba entre grandes problemas fuera y dentro del colegio. Ahí, mis profesoras pensaban que era una inútil que solo iba a sentarme en el pupitre a hacer bulto. Si ellas supieran! La escuela era para mi un refugio donde esconderme hasta que llegaba la hora de volver a casa. Daba igual cual de las dos. En las de mis padres o en la de mi abuela se mascaba la tragedia. Pero no una pequeña, minúscula, sino de esas como las de La Casa de Bernarda Alba. De ese rollo. Al girar la llave, sabía lo que me esperaba. O no!

    El recreo era un momento de paseo, de comer el bocata, de beber agüita, de mirar jugar a los demás. Luego añadí a una compañera a la que todo el mundo daba de lado, y con la que acabé haciendo amistad. Si hubiera podido, yo también la hubiera evitado, pero no por lo mismo que lo hacían las demás, sino porque enseguida descubrí que no era trigo limpio. Decidí hacerme la tonta.

    Más adelante, cuando ya mi vida se convirtio en un sálvese quien pueda, decidí ser más sociable por esto de disfrutar cada día de mi miserable vida como si fuera el último. Y ahí lo peté. Nos reuníamos la clase y jugábamos al burro, que, para quien no lo sepa, era saltar encima de una compañera y ella tenía que adivinar qué señal marcabas, si huevo, si araña, puño o caña. No sé si han jugado a eso pero era un juego muy muy divertido. Llegué a orinarme encima. Me he reído muchísimo y lo disfruté a tope.

    Luego llegaron los recreos del instituto, donde lo único que aprendí fue a observar a los demás y a inventar mil historias de cada uno en el patio.

    Con la huelga estudiantil del 87, además de ir a más manifestaciones que en todo el resto de mi vida, cuando ya la cosa estaba dando los últimos coletazos, me iba al patio a leer. Ese año leí El Quijote. Mi profesora de literatura, cuando volvimos al aula, había quitado casi todos los capítulos y dejó solo los importantes, pero como pregunta, hizo una que se contestaba solo si te habías leído el libro entero. Fui la única de la clase.

    Las letras, todas ellas, han llenado mi vida, han completado páginas en blanco, esperando, evitando, y con ello, me convertí en una mujer que ama lo que lee, lo que escribe. Cuando murió Gabo, Gabriel García Márquez, sentí que moría parte de mi ser, de mi vida, y así con todos mis adorados escritores. Menos mal que muchos son longevos, como el propio Gabo, como mi queridísima y admirada Isabel Allende, sin cuyos libros hoy día sería una persona distinta.

    Mi tiempo de recreo, hoy día está repleto de libros para leer, pero ya no leo para evitar, ahora lo hago para disfrutar y para aprender. Espero que la vista no me falle nunca y, si así fuera, elegiría el audiolibro. Cualquier cosa antes que soltar lo que me apasiona. Además, no pido tanto, solo un libro y tiempo. No soy tan ambiciosa, solo deseo esas dos cosas!

  • La nostalgia

    ¿Qué te produce nostalgia?

    Hoy me he levantado con un dolor de lumbares terrible. Hace un montón que lo aguanto, y si, fui al médico y si, tengo un diagnóstico, aunque hoy me ha dado fuerte porque ayer estuve sentada trabajando hasta que llegó la hora de irme. Hacer vida sedentaria es incompatible con este dolor. Fui ayer al gimnasio, y, con la zona protestando, hice los ejercicios de fuerza porque sé que son lo mejor para que esto no vuelva a ocurrirme. Tengo que fortalecer la espalda. Hace unos años, llegué incluso a cojear a causa de lo mismo.  Pero ahora no. Ahora solo parezco una tabla andante que no puede ni agacharse.

    Estas cosas me hacen volver a tiempos pasados, cuando uno no tenía ningún dolor que aguantar,  en los que, por ejemplo, nos reuníamos la familia a comer en casa de una tía de mi madre, cosa que me daba igual porque a mi lo de disfrutar comiendo me entró tarde. Cuando acababa la comida, separábamos los muebles, poníamos música y bailábamos como si, al día siguiente, no entráramos en otra fecha. Como si todo acabara esa noche.

    Se ponía la televisión para partir el año con el único canal existente, y cantábamos a voz en grito «el himno a  la alegría» de Miguel Ríos. Nos comíamos las uvas, que yo terminaba con ganas de vomitar, y empezaba el baile.

    Hoy iré a cenar a casa de mi suegra. Allí no habrá baile, ni nos cogeremos por la cintura bailando la conga. La comida será más pinturera que la del 24, y tras ella me marcharé con mi hijo porque él necesita de su rutina y se acuesta siempre a una misma hora. Si no respeto sus tiempos, comienza a dormirse en el sofá. Así que las uvas, si las hay, serán en el salón de casa yo sola. O con mi hija.

    Qué queda de aquella niña que fui? Aquella que juraba que nunca sería madre? La que soñaba con bailar? La niña callada y tímida que no decía esta boca es mía para que nadie notara su existir? Ella debe estar en alguna parte de mi cerebro, gritándome que, por favor, deje de hacer cosas en las que pueda destacar, en las pueda llamar la atención, que, total, no voy a conseguirlo. Esa niña vulnerable, convertida en adulta por obra y gracia del paso de los años, vive aún tan asustada, que en días como hoy, la busco, la abrazo y le digo: «cariño, déjame hacer esto que me gusta, aunque no lo haga bien! Déjame disfrutar de los años que me queden!» Y luego la cogeré de la cintura y le enseñaré a bailar la conga sin miedo. Saliendo a la calle con un collar del cotillón y un pito gritando a todos que, ambas, hemos sobrevivido al 2024. Prometo luego abrazarla fuerte y dormir junto a ella como hago con mi hijo. Porque a ambos los quiero mucho. A él por traer alegría a mi vida, y a ella, porque ha sabido sobrevivir durante 54 años de manera inteligente. Y en ese ménage á trois, surcaremos el sueño hasta el 2025. Feliz año Anita del pasado! Descansa tranquila! Ya no hace falta que estés alerta, solo descansa…

  • El equipo

    Si crearas un equipo deportivo, ¿qué colores y qué mascota elegirías?

    Hay por ahí un chico, Carlos García Junco, que, para quien no lo conozca, sólo tiene que darse una vuelta por su cuenta de Facebook y ver todo lo que hace y lo que ha hecho. Carlos es, entre muchísimas otras cosas, entrenador en el Real club Oviedo, de un equipo con necesidades especiales que juega la liga Genuine.

    Si tuviera que hacer un equipo, sería algo como el que lleva Carlos. Sin duda. Hoy tras levantarme, y, mientras tomo el café, me puse a leer algún blog y luego pasé a lo que yo llamo, la aplicación del postureo, Instagram. Pero hoy venía, de entrada, porque la app sabe que son temas que me interesan, un video sobre pérdidas y suicidio, y de como sobrellevarlo en estas fechas, y el otro sobre el Déficit de atención. En él un chico explicaba cómo lo vivió en sus estudios, sin saber, por supuesto, qué le pasaba, y de cómo llegó a atarse a una silla para no levantarse, poniéndose delante frases como: «eres un inútil, si te levantas no vas a sacar esto…» Y me dio una pena terrible. Era un chaval joven que ahora tiene una empresa y que creció pensando en que no hacía suficiente porque él no era suficiente.

    Hay un montón de gente por ahí a la que nunca nadie le ha dicho lo buena que es en tal o cual cosa. Luego estamos la gente como yo a quien cuando les dicen que lo hacen bien, no lo creen porque de pequeña uno sufrió una serie de traumas que hacen que, hoy día, la cabeza le vaya así.

    Carlos también tuvo su poquito de, este chico va de cráneo, enséñenle a secar platos que no sirve para otra cosa. Pero sus padres no debían pensar lo mismo y ahora tiene un currículum más largo que mi brazo. Ha estudiado más que mucha gente, es maestro, entrenador, ha escrito libros, es conferenciante, es padre y marido, y es autista y eso no le ha impedido vivir feliz y ayudar a otras personas a serlo. Cuando dijo en la conferencia a la que fui a verlo, que aquél diagnóstico era el suyo, se me cerró el pecho y comencé a llorar como una magdalena. Carlos fue mi confirmación de que un diagnóstico no es un pronóstico de vida. Si tengo que elegir, yo elijo un equipo con él.  Y como mascota un perro. Un galgo. Por esto de que es una de las razas más maltratadas del mundo perruno. Adoptado, por supuesto!

  • MI OPCIÓN

    How have your political views changed over time?

    Hace muchos años, cuando yo ya tenía edad de votar que debía estar por el pleistoceno, solía ir con una de mis tías, desde su casa hasta la zona de la playa caminando. Era cuesta abajo, por lo que no era agotador. Solíamos parar en una hamburguesería, y seguíamos rumbo hasta la avenida mientras hablábamos de mil cosas. Cada vez que dábamos un paseo, nos encontrábamos con un político y su mujer, que debía tener más paciencia que un santo, la mujer me refiero porque para él aquello era todo un baño de multitudes,  y que aguantaba estoicamente que los pararan cada dos por tres para saludarlo, presentarle incluso sus respetos…Por aquel entonces él iba de sindicalista, aunque hoy, mirando la wikipedia, esa parte de su vida no exista. Solía hacer reuniones en teatros, en sitios donde cupieran bien de afiliados, como digo, lo paraban por la calle gente trabajadora con mil y un problemas y él los escuchaba educadamente y les daba consejos o les decía dónde sería la próxima reunión sindical. Su sindicato era  de esos que, solo viendo el color de la bandera, no dejaba ninguna duda de su rumbo político. A mi me encantaba verlo y oírlo porque no era ningún cantamañanas como los  que pululan hoy día. Era un tío culto, que había ido a la universidad, y, sin saber nada de su persona, antes, realizar ese tipo de estudios suponía un coste a  la economía familiar brutal, porque en esta isla no había ninguna, con lo que, o ibas a la de enfrente, o saltabas Gibraltar. Es decir, me parecía que quien tenía estudios universitarios venían de familias muy comprometidas con el futuro de sus hijos, y claro, ahí le han dado, sobre todo a mi que les daba igual si estudiaba o me metía a poner copas. Esas cosas, esos ejemplos, cuando has tenido otros, son algo que te hacen reverenciar a quien ha pasado por ellos. Por lo menos a mi.

    Total, que, a medida que fue ascendiendo en política, fundó un partido político que este sí aparece en wikipedia y fue cambiando su jersey gris, que era como su segunda piel, por un traje a medida y corbata.

    No me molestaría tanto que hubiera hecho esa modificación, si no lo hubiera visto, con mis propios ojos, dar la mano, y pactar con quienes él consideraba la representación de todo lo malo. Ratas, hubiera dicho a sus afiliados. Qué poca vergüenza!

    He dicho alguna vez por aquí que tuve un profesor de griego que se metió a humorista, y, un día, en una entrevista, cuando le preguntaron que qué político le había desepcionado más, miró a la cámara, para una televisión autonómica que estaba manejada por, entre otros, este señor,  dijo el nombre del político, y le preguntó: «Quo vadis?» No pude evitar soltar una carcajada, y eso que a mi, mi profesor, maldita la gracia que me hacía. Pero aquello era muy verdad y su pregunta muy certera.

    En algún momento de mi vida dejé de hacer aquél ritual de paseos sin prisas. Como él. Ya ninguno de los dos va a dar paseos por la playa. Él a seguir engañando y yo, a mirarlo como si fuera una fan loca. A mis años, ya pongo las cosas en contexto.  Ahora, cuando voy por la avenida, camino como si me persiguiera un velocirraptor. Siempre voy con prisas. Quo vadis? Me pregunto a mi misma. Y me sale una sonrisa. Supongo que, como a él, mi vida decidió llevarme por otros derroteros. Por el de las prisas, por el de los estudios, para que nadie volviera a engañarme sin tener un criterio propio, por el de la maternidad, y desde luego, para entender que, en política a veces, desgraciadamente, vale todo. Y es algo que tenemos que asumir nos guste o no. Como al personaje de mi historia.

  • La habitación

    Si pudieras diseñar la habitación perfecta para leer y escribir, ¿cómo sería?

    Cuando empecé a trabajar en la oficina anterior, en el Registro, tuve una compañera que, al cabo de los meses se convirtió en amiga. Nos unía la preocupación por nuestros retoños. Ella tenía una hija pequeña con diabetes y yo, pues sospechaba que mi hija era autista.

    Esa compañera, después de habernos repartido los días de Navidad, que entre 3 resulta un coñazo y más en una oficina donde va tantísima gente, me dijo que necesitaba uno de mis días porque iba al dermatólogo. Le había salido algo en medio del pecho, como un grano, que le sangraba al tocarlo. Iba a ir al médico de manera urgente. Le dije que sí, y, cuando la llamé desde el trabajo para saber qué le habían dicho, me dijo que era un melanoma y se echó a llorar.

    Estuvo, por supuesto, un tiempo sin poder volver al trabajo porque el principal lo tenía en su ceja derecha y, al quitárselo se le había quedado la expresión de la cara rara, así que la operaron de nuevo para reconstruir.

    Pasado el susto, y cuando estaba a punto de coger el alta, nos fuimos a celebrarlo comiendo en una pizzería pero antes, nos hizo un tour por su casa. Éramos cuatro en la visita. Nuestro compañero, una chica del departamento de nacionalidades, ella y yo.

    La casa era un espectáculo. Dos plantas, una cocina enorme, una azotea donde hacer asaderos..brutal. Cuando nos enseñó su habitación y nos mostró el vestidor, yo me  dije que ella trabajaba por gusto porque se notaba el poderío. No debemos juzgar a nadie por una primera impresión como consejo de vida. Yo pegué un grito, como el que pegan las amigas en el anuncio de Heineken, seguro que no lo han visto porque soy mayor, y para que se me quitara la sorpresa me llevó al cuarto de una de sus hijas. Era una habitación con una ventana que dejaba pasar una luz indirecta para el estudio perfecta, con una mesa a ras de la ventana que permitía estudiar a placer, su cama y su armario. Todo amplio pero sin exageraciones. Le pregunté si la alquilaba y se echó a reír.

    Con el paso de los años, y a medida que se fueron añadiendo problemas a mi saco, los medios para estudiar se volvieron más exiguos. Por último estudiaba en la cocina. Aquí el verano dura de enero a diciembre y, abriendo la ventana del salón y la de la cocina conseguía no morir encima del mantel de plástico. Así estudié la primera y la segunda vez que aprobé. Estos últimos meses, he trabajado en una mesa amplia, con luces Led encima de mi cabeza, y un airecito que viene de una ventana batiente a mi derecha. Tengo frente a mi una planta enorme que pertenece a mi compañera y un ordenador chulo con una doble pantalla que ha facilitado un montón el trabajo. El mejor invento del universo. Pero  aún sigo soñando con una habitación como la de mi amiga, con una ventana como aquella, con una luz como aquella, con una mesa como aquella.

    Esta foto me la hizo una compi para celebrar mi ascenso. Y si, esa soy yo 🙈 Aquí no estaba aún la doble pantalla
  • Mi coche favorito

    ¿Cuál es tu coche favorito de siempre?

    Mi madre tenía un seat 127, aunque debería decir mejor que mis padres tenían ese coche. Pero es que yo, con mi padre no paseaba mucho, menos aún cuando mi madre se sacó el carnet y resultó ser bastante mejor chófer que él.

    Mi madre solía poner música, Roberto Carlos por más seña, y muchas veces, porque mi hermana se quedaba en la casa de parientes y vecinos, yo iba de copiloto. Teníamos una canción en común, Ana, que mi madre cantaba como si Roberto le cantara a ella, aunque yo tengo el mismo nombre, y mi abuela..y el rosario de la aurora. «Toda esa vida errada, que he vivido hasta ahora, comenzó en el triste día, en que me dejaste solo, oooh Ana, Ana, Ana, wow wow wow, Ana, tengo ganas de tu amor». Me encantaba desgañitarme cantando esa canción, mientras, con la ventanilla abierta, me daba el aire en la cara.

    Ese coche fue testigo de mil aventuras. Recuerdo que un día, de camino a casa de mi abuela, yendo por la autovía, empezó a llover una barbaridad. Mi madre iba despacio, con su cara concentrada en la carretera. De repente, el coche se puso a las dos ruedas. Detrás mi hermana y yo, sin cinto puesto, por supuesto, que estamos en los 70! Fue cuestión de segundos, pero con la pericia de mi madre, el coche siguió circulando a pesar de nuestros gritos y volvió a poner sus cuatro ruedas en tierra con rumbo a nuestro destino. Mi madre me miró por el retrovisor y me dijo que no le dijera nunca a nadie lo que había pasado. Yo, claro está, moví la cabeza a un lado y al otro porque quería seguir haciendo millas en aquel coche amarillo. Eso, y porque siempre he sido de mantener un secreto si me dicen esto no lo cuentes. Y yo, debajo de mi alfombra mental, guardé muchos a mi madre.

    Años más tarde, muchos años después, cuando mi madre ya vivía con su tercer marido, como ayuda para limpiar aquella enormidad de casa,  buscó a una señora. La cosa es que, la señora, cuyo marido tenía mucha pasta pero no la compartía con ella, le compró un Peugeot descapotable, color carmín, que me puso la cabeza del revés. Como yo no iba a tener hijos, el coche me iba bien aunque a mi economía no. Mi madre, que me conocía me dijo, a ti te hubiera venido muy bien un coche como el de Canarias. Te acuerdas? Y yo le contesté: » Y es que tú amada amante, das la vida en un instante, sin pedir ningún favor. Este amor siempre sincero, sin saber lo que es el miedo, no parece ser real…» Y entonces supo que si. Que me acordaba. Como de las canciones de su querido Roberto. Y me devolvió una sonrisa en la que volví a ver a aquella chica del 127. Con la ventanilla abierta. Con su melena al viento.

  • Mi creatividad

    ¿Eres creativo?

    Hace unos años, existía un príncipe, no de los que viajan en carroza, sino los que van en limusina, que era muy guapo y un poco tonto. Le encantaba hacer ejercicio físico y para ello iba al mejor gimnasio de la ciudad donde vivía. Le encantaba mirarse al espejo mientras levantaba las pesas  y ver su cuerpo perfecto.

    No era un gran estudiante (aún tenía que estudiar una carrera porque era lo que se esperaba de él) y sacaba las notas justas para ir aprobando y pasando cursos. De las asignaturas que tenía que estudiar, había una que se le atragantaba. Francés. Un coñazo era ese idioma para él. Ni siquiera le estimulaba el hecho de que su padre lo llamara «el lenguaje del amor». Para él, el verdadero idioma del amor era su sonrisa radiante y su esculpido cuerpo. Y con eso, tiraba estupendamente.

    Tal era el problema que tenía con la asignatura que decidió actuar como si esta no existiera. Cuando sus padres le preguntaron por sus exámenes, se limitó a decir que él ya no tenía esa asignatura, y cuando sorprendidos le preguntaron porqué, él contestó que porque no había nada más que enseñarle.

    Un día llegó un correo a la reina, de la profesora de francés del príncipe, explicándole que llevaba días detrás de él para que fijara una fecha para un examen y el chico no hacía más que darle largas.

    Entonces la reina montó en cólera.  Ese hijo suyo había cogido su confianza y la había hecho añicos y ahora se iba a enterar. Pero primero contestó el correo pidiendo disculpas por lo sucedido.

    Habló con su hijo y, como castigo, le impuso varias horas de estudio de francés, y cero horas de gimnasio hasta que no diera el todo por el todo con el idioma.

    Alicaído por estar pillado en el renuncio, volvió a las clases. Al salir, su profesora, una chavala que no debía ser mucho mayor que él le preguntó «Comment ça va?. Él le contestó: «touché mais pas coulé,  creo que se dice así no?» Ambos se echaron a reír. «Un café? Yo invito le dijo a su  professeur. «D’accord» le respondió. Y juntos marcharon hacia la cafetería en lo que sería el inicio de una hermosa amistad.

  • Las influencias

    ¿Cuáles son las mayores influencias de tu vida?

    Desde los 6 años comencé a vivir con mi abuela. La salud y los estudios me llevaron hasta una casa que estaba atestada de gente. Entre todos ellos estaba un tío mío al que le encantaba la música, leer, jugar al ajedrez…Recuerdo que yo utilizaba su pequeña máquina de escribir con un libro que él tenía para aprender, en un esfuerzo absurdo por parecerme a él o embuirme de su espíritu, mientras aporreaba las teclas.

    Era una persona seria, educada, que decía las cosas sin quedarse colorado…hasta que un día, no sé porqué ni cómo, su espíritu se quebró ante el peso de la depresión.

    De ahí en adelante, me vi como un satélite que hubiera perdido a su planeta. A la deriva. Hasta que, por cosas de la vida, mi madre y yo nos miramos un día y nos gustó lo que vimos la una de la otra. Entonces me pareció perfecto tomar nota de lo que ella hacía, no de todo, claro está, los hijos estamos para ver  lo que creemos que son errores de nuestros padres, metabolizarlos, y acabar repitiendo lo mismo. Con una versión mejorada. Eso sí. Que no se diga que no aprendimos la lección.

    Hoy día, con su marcha, he vuelto a quedarme extraña, como un pato en el Manzanares, que diría Sabina, y entonces supe que debía a actuar de manera que fuera una buena influencia para mis hijos. Que me vieran estudiar, ir al gimnasio, tener una vida sana…para que, cuando sean mayores me critiquen pero no sea porque yo no me haya cuidado como un jarrón Ming. Me gusta pensar que dejaré huellas bonitas en sus cabezas. Y que estaré allí, en forma de recuerdos, hasta que la vida quiera!

  • La gente

    ¿Se te da bien conocer a la gente?

    Para empezar, y por romper el hielo, te deseo lector/a que lees esto, que, si juegas a la lotería, ganes. Hay quien dice que eso es una trampa y que no toca ni al tato, que si las estadísticas…nada. Tú ni caso. De perfil. Como la Nefertitis. Eso decía mi madre cuando a mi se me ocurría hacer alguna «locura» del tipo creer en la magia. Ese tipo de locura infantil, naif, pero que tú seguías como un perrillo alocado y joven detrás de algún juguete. Mi madre se llevó dos premios, uno de ellos el gordo. Y solo puedo decir una cosa. Ese dinero le permitió viajar, hacer algunos arreglos en su casa, y disfrutar de la vida hasta que le tocó partir. Así que si te ilusiona jugar, aunque sea un número compartido, hazlo.

    Siempre me enrollo. La pregunta. Se me da bien? Me temo que si. Estuve trabajando 13 años dando información, en una ventanilla de la que no me podía mover, muchas veces sola, sin turnos. Ni para el baño a hacer pis. En los últimos años, entraba alguien, y, antes de pasar el control de seguridad, giraba la cabeza y llamaba al funcionario o a la funcionaria de turno avisándole que había llegado su cita. Era la mentalista del curro. Adivinar qué querían antes que nadie era para  mi un modo de supervivencia laboral. Así tenía menos gente haciendo cola. Y, durante esos 13 años, las colas fueron épicas.

    Pero he de decir una cosa. Hay gente por ahí, con cara de ser gente noble, gente que si tuvieras que apostar serían tus caballos ganadores y a los que les dejarías algo muy importante para ti a su cobijo y estarías cometiendo el mayor error de tu vida. «No parece, por su cara, ser capaz de algo así» «No me creo nada de lo que ella/él dice, lo han manipulado para que cuente algo tan horrible de ese ser de luz». Lo peor de todo es que he visto manifestaciones a favor de esta gentuza siendo la víctima un niño/a. Como si fuera fácil siquiera detectar el delito para los padres. Pasas por un reconocimiento médico y, como generalmente hay lesiones, se pone en el punto de mira a la familia, que suele ser donde esos bichos están localizados. O no! Luego tiene que pasar la víctima por narrar su calvario a sus padres, que se tiran manos a la cabeza mientras calculan la gravedad del crimen. A tu hijo/a!! Después pasas a contarlo a la policía, a un fiscal, a un juez, en el juicio, que es a puerta cerrada, pero donde suelen haber unos señores vestidos de negro, con más años que un bosque mirándote desde lo alto de unos estrados mientras ponen, o no, al letrado del acusado a raya. Porque todo depende de la credibilidad de tu relato. De que no te salgas nunca del carril. Así lo suele recoger el forense, a quien le tienes que contar qué. Como si no hubieran sido pocas las personas. Eso cuando eres menor, pero cuando eres un adulto, todavía hay que añadirle a todo ello que, la rata de cloaca, suele expandir el rumor de que él y tú, pues bueno, él te rechazó, o le dije que no podía darle el dinero, o lo hace por esto o por lo otro…y el color de la vergüenza pasa de verde claro a verde sapo. Y tienes que enfrentarte a sus palmeros, a su familia, a vuestra familia, en lo que yo llamaría el colofón a un drama.

    Lo peor de todo son los casos en que nunca se desenmascara al delincuente, porque le protege la vergüenza de la víctima, que se calla durante años envueltas en culpabilidad. «Si cuentas algo, a quién crees que van a creer a ti o a mi?» Y en ese instante sabes que no tienes una maldita prueba, que esa rata ladina se va a salir con la suya. Y te callas. Y te aguantas. Y soportas incluso crecer compartiendo situaciones y espacios comunes, sin poder creer que tenga derecho a la misma cantidad de aire que tú, que morirá en olor de santidad. Porque todos son Santos. Seres de luz. Hasta que alguien, una víctima a la que lo que le ha hecho ya le arde en la boca, se acerca hasta el agresor y le arranca la careta, el antifaz, el disfraz de cordero.