• MIS TEMAS

    ¿Sobre qué temas te gusta escribir?

    Hoy me he levantado en la casa del sur. Hemos empezado el día regulero. Mi hijo no encuentra el mando de la tele que forma parte de su rutina, lo primero que hace al levantarse, y alguien en forma de hermana o de padre le ha jodido la mañana. Le digo qué vamos a hacer, cómo vamos a solucionarlo. Le preparo el desayuno que siempre toma en la terraza y ha salido corriendo escaleras arriba a ver la tele de mi habitación. O mejor, donde dormimos él y yo. No siento la habitación mía pero sí un sitio entrañable, donde antes dormía con mi madre.

    Salvado el primer escollo, me siento a tomar el café. Miro la pregunta de hoy. De qué temas me gusta escribir. Cierro el móvil. Me gusta disfrutar del silencio del jardín a estas horas de la mañana. La parejita de aves del árbol comienzan el día cantando y hablando entre ellos. Yo aquí vengo de prestado. Ellos no. Ellos tienen ahí su hogar. En el corazón de ese muy frondoso árbol.

    Me levanto y sigo pensando en la pregunta. La respuesta podría ser de mis hijos, o de mí, porque mis entradas están hechas de jirones de mi vida, de mi ser, cojo la manguera porque voy a regar el jardín. Estamos en agosto y aquí ser vegetal en esta época es como pasar por una yincana de supervivencia. Si llegas a octubre estás salvada. Si no, serás una planta más que a veces aparecen, como si le hubieran prendido fuego. Carbonizada. Siempre que comienzo a regar, voy mirando cómo ha cambiado todo desde mi última visita. Tal planta está echando flores, esta otra debo podarla…y esos pensamientos me llevan, en un giro aleatorio de mi cerebro, a que si el espíritu de mi madre estuviera en algún sitio, sin duda alguna sería en este jardín. En esta casa. A estas alturas de la mañana ya se abría despertado, me habría dado dos besos, me hubiera dejado su olor impregnado para todo el día, y se hubiera metido en la cocina. «Quieres café?» me preguntaría, o lo habría preparado yo al oirla ir al baño.

    Suspiro y pienso que esta casa está llena de buenos recuerdos. Y vuelvo de nuevo a la pregunta. A mí me gusta contar historias. Soy buena en eso. Me encanta contar anécdotas. Pero también imaginarme cosas que nunca sucederán pero que sí pueden ocurrir en tu cabeza y luego pasar a la pantalla  de tu tablet. Leo algunas entradas de otros blogs. Me alucino de cuánta creatividad hay por ahí escondida. También leo, o procuro, hacerlo con los que estoy suscrita. Me encanta este rato.

    Por cierto, mi tablet empieza a fallar y si hay un objeto que aprecio es a ella. Tengo un montón de libros que aún no he leído y, durante la pandemia, la convertí en una especie de mini ordenador en el que escribo todo lo que publico en el blog. Sé que debo despedirme de ella. No será difícil. A pesar de todo, el duelo de una madre es peor,y, por supuesto,  puedo hacerlo con algo electrónico. Está chupado. Me interrumpe mis pensamientos un mensaje de móvil. Alguien a quien aprecio le ha parecido muy guay que esté aquí. Creo que todos saben lo muchísimo que aún duele estar entre tantos recuerdos de una persona que solo quería ser feliz y hacerte la vida agradable.

    Termino de regar y, mientras recojo la manguera y la voy liando en círculos pienso en una canción de Serrat. No hago otra cosa que pensar en tí, dice su estribillo y así es exactamente como me siento. «No hago otra cosa que pensar en ti, nada me gusta más que hacer canciones, pero hoy las musas han pasao de mi, andarán de vacaciones…» Pues eso.

  • EL LUGAR DONDE VIVO

    ¿Qué es lo que te gusta del lugar donde vives?

    Hace no muchos años la respuesta hubiera sido nada. Cuando tuve a mi hijo, la casa en la que vivo se me quedó pequeña e incómoda. Y lo es. Las dos cosas. Cuando compras un mueble, cuando vas a clavar algo en las paredes debes asegurarte con precisión ninja de que no va luego a imposibilitar que no puedas abrir tal o cual cosa. La habitación de mi hija, por ejemplo, es un cuadrado. Su cama, si quiere estudiar debe recogerse y guardarse y a mi todo eso, unido a que estaba hasta el parrús de diagnósticos, hizo que me pusiera muy en serio a buscar otro sitio en el que vivir.

    Hace poco, yo que no soy de enseñar sus intimidades a nadie, invité a dos compañeras y les hice un tour por ella a ver si me daban alguna idea de lo que había que reformar en la casa que es mucho y una pasta. O eso pensaba hasta ese momento. Con la visita, caí en la cuenta de que la casa tiene que es pequeña y es incómoda, si. Pero también que durante todos estos años, le habíamos puesto todo el amor en cada una de las cosas que tenemos entre estas paredes. Mi cocina, por ejemplo, la hizo un primo de mi marido, carpintero, fallecido ya, y la hizo de una madera que ahora es cotizadísima y rara de encontrar. El mueble del salón también lo hizo un carpintero. Y los armarios de las habitaciones que son empotrados porque así lo decidió el que construyó la casa. Supongo que pensó algo como, «en esta mierda de espacio donde malamente cabe la cama y las mesitas de noche, dónde puñetas iría el armario de esta gente?» «Eureka!!» Aquí. En esta pared. Los dos armarios pegaditos a las paredes del baño, que como haya una fuga, veremos las risas». A mis compis les encantó lo que vieron. A pesar de que el estudio parece haber sido afectado por una explosión.

    Total, que en mi búsqueda de piso céntrico, cerca de las terapias, no muy lejos de mi trabajo, con sitio donde ir a comprar pan sin coger el coche y tal y tal, descubrí, para mi propia sorpresa, que ahí cuadraba mi casa a la perfección solo que la neblina del disgusto de los diagnósticos, se había metido en mi cabeza y no me dejaba pensar con claridad.

    Vivo en un barrio donde, que yo recuerde, hay tres museos, dos teatros, eso para el que es cultureta y le gusta de vez en cuando saber dónde están sus orígenes, o ver una exposición de arte moderno…o verse una obra chula. No es una ciudad grande, así que nada de Rey León ni historias de esas, pero la verdad, los viajes a la península salen muy baratitos. Vivo al lado del trabajo. Voy y vengo caminando y mi edificio se ve en la torre donde trabajo. Puedo ver incluso el coche de mi marido salir del garaje si lo estoy esperando porque salimos a alguna cosa urgente del niño.

    A otros dos pasos de mi edificio, poniendo éste como centro de un círculo hay farmacias y centros de salud para aburrir. Privados y públicos. Cuando mi marido ha sufrido una subida de tensión hemos llegado caminando, cosa que le ha ayudado en su recuperación. Caminar y que te de el aire diez minutos cambian las cosas siempre a mejor.

    Tengo también dos supermercados, uno regentado por una persona de origen chino, que abre todos los días y donde voy a comprar el pan, a pesar de que cuento con una pastelería justo en la esquina a la que procuro no entrar porque cuando lo hago salgo con otras dos cosas que se me han pegado a la mano. A ellos les debemos las tartas de cumpleaños.

    Lo único que hecho de menos es más espacios verdes. Yo y la mitad de la ciudad. Todo lo demás, incluido que desde que salgo de mi casa comienzo a saludar a todo el que me voy encontrando a mi paso, el portero de la finca, el chico de la barbería que corta el pelo a mi hijo, el peluquero de origen cubano que hace lo propio con el de mi hija, el dueño de la pastelería, compañer@s…Todo esto ha conseguido que haya hecho las paces con mi hogar. Sé que necesita una buena reforma, pero me da un perezón máximo meter a gente extraña con mis hijos y sus alergias a los extraños flotando en el aire. Pero tengo que hacerlo.

    Ayer fuimos a pagar al Registro de la Propiedad el haber cancelado la hipoteca. Ya está mi casa libre de cargas.  Hoy vamos a celebrarlo a la casa del sur. Han sido 25 años de un montón de cosas, de buenos y de malos momentos. Sabemos que el futuro lo escribirán mis hijos. Pero qué coño! Todo ha valido la pena!

  • Mis objetivos

    ¿Cómo planificas tus objetivos?

    No soy persona de plantearme objetivos a largo plazo pero hay dos que son una especie de objetivo anual. El primero es realizar un curso relacionado con el autismo. Por estar actualizada. Por entender. Me dijo mi tutora en el máster que no terminé que qué hacía una chica como yo en un sitio como este, como la canción de Burning. Me sorprendió que me lo preguntara. Si vives con tres personas que se consideran extraterrestres en su propio planeta no harías por hacerles de cicerone? No te movería el amor que sientes por ellos? No querrías que tu convivencia fuera armónica? No sé. Creo que no se me entendió hasta tal punto que, al enviarles un correo diciendo que tenía que dejar el curso porque preparaba promoción interna no recibí por respuesta ni un, tomamos nota. En fin!

    Este año tengo uno que empieza en octubre y dura tres meses. No pretendo acabarlo con nota, pero sí empaparme de todo lo que tienen por ofrecerme. Como siempre, una pasta. Pero siempre invierto parte de mi paga en ellos. Porque no es un gasto superfluo.

    El otro objetivo a largo plazo es laboral. Pero de esos que no te quitan el sueño. Promocionar está bien pero hacerlo para estar mal no es mi objetivo. Yo quiero tranquilidad y la quiero incluso a costa de sacrificar el sueldo. Ayer le explicaba a un compañero que, cuando salgo de los Juzgados, poniendo el aparatito que abre el torno por donde salimos, me olvido de que soy funcionaria y de lo que dejo atrás. Y recuerdo qué cuando vuelvo a entrar. No me llevo el curro a casa. Y quiero que todo siga así.

    Ayer le dije a mi hermana que iba a empezar a escribir en serio. Tengo una tía, hermana de mi madre, que me hizo prometer hace años que escribiría una historia. Yo la miré de reojo y, como ella es un sol de persona a la que la salud mental le dio en toda la línea de flotación, decidí decirle que si. Que se lo prometía. Estamos hablando de cuando nos enviábamos cartas escritas a mano y no correos electrónicos o mensajes de texto. Me dijo que escribía muy bien y que tenía buena memoria dos cosas que entendió que serían un filón para contar la historia que me planteó.  En esos tiempos yo solo tenía una hija que ocupaba todas las horas de mis días. Una hija que me quitaba la energía y que me hacía sentir profundamente triste. Como si me hubiera tocado un pito en una mala tómbola.

    Ahora sé que no. Mi hija no ha sido nunca algo triste. Yo me sentía triste porque no había tenido la hija que creía merecer y sí que sí. Mi hija es lo mejor con mucho que me ha dado la vida con permiso de su hermano que es otro puntal.

    Lo que un día fue un sí sí por dejar a mi tía  tranquila se ha convertido en un objetivo a corto plazo. Mi hermana, que es mi fan número uno, me ha dado la bendición urbi et orbi sobre lo de escribir en serio. Ella es la que me animó a escribir por aquí, en modo desahogo. Dice que puedo hacerlo y yo confío en la gente que me quiere. Así que allá que voy. Con muchos miedos e inseguridades. Pero dispuesta.

  • Salud mental

    Háblanos de esa palabra que todo el mundo tiene en la boca.


    Se ha hecho de noche. Ya me han dado la medicación y me encuentro acostado en mi
    celda. Estoy en enfermeria. Dicen que cometí un delito en pleno delirio. iMentira! La voz
    que escucho dentro de mí me dijo que mi hermana buscaba meterme en un centro
    porque creía que estaba loco. Discutimos porque ella trataba de convencerme de que
    eso era lo mejor para mi. En un momento, en el fragor de la discusión ELLA cogió un
    cuchillo, ELLA se apuñaló por accidente en el forcejeo. Convenció a todos, jueces,
    fiscales.. todos de que había sido yo y acabé aquí. Como ella deseaba. En un lugar
    donde se me controla todo lo que hago. iGratis! Ella no tiene que desembolsar un euro.
    iZorra!
    Mi voz lleva un buen rato muy parlanchina, y, a pesar del sedante, su insistencia porque
    escuche es mas fuerte y me impide dormir. Me tapo los oídos para no escucharla pero
    no lo consigo. Empiezo a deambular. Pego la oreja a la puerta de mi celda. A estas horas
    de la noche, solo hay un médico y una enfermera que cuidan de los que van a estirar la
    pata, así que no oigo un solo ruido. Me insiste en que le apetece ver qué tal quedaría un
    fuego pequeño en mi colchón. Que pruebe a ver qué tan alto quedan las llamas. Y yo ya
    estoy harto. Busco un mechero que escondo en el colchón y arremolino las sábanas en
    el centro de mi catre. Prendo fuego y veo crecer las llamas. A principio es hipnótico y me
    sonrío al oir reir a la voz. Pero pronto caigo en la cuenta de que la celda no tiene
    ventanas y no tengo forma de dejar salir el humo. Me asusto. Grito. Oigo a alguien llegar
    corriendo. Me dice que me separe de la puerta. Siento la llave girar y, para mi horror, el
    funcionario no puede abrirla porque es de acero y se ha dilatado por el calor del interior.
    Viene otro en su ayuda. Golpean juntos la puerta. iDios! Si no abren moriré asfixiado
    Finalmente, consiguen su objetivo. Estoy tirado junto a la puerta a punto de perder el
    conocimiento. Me cogen de las muñecas y me arrastran al pasillo. Entran de nuevo en la
    celda y apagan las llamas con extintores
    De repente soy consciente de que he podido morir, de que la voz no quiere mi bien. Que
    ha estado a punto de matarme. Quiero mi libertad y quiero que deje de hablarme y,
    mientras la enfermera se acerca corriendo pidiendo que me calme, noto que la voz ha
    enmudecido por primera vez en años
    P.D:

    Este texto lo escribí en memoria y homenaje a todos aquellos que luchan, cada día, por su salud mental. Eso que está tan en boga pero del que solo el que está afectado, y su familia, saben lo que es. Lo hice a modo novelado, pero de esas situaciones hay un montón de anécdotas reales. Un abrazo fuerte al todo el que transita por ese camino tortuoso.

  • LA ADMIRACIÓN

    ¿Cuál es la profesión que más admiras? ¿Por qué?

    Hoy, en un capítulo más de ordenar la casa, me he puesto con la nevera. A limpiarla. Llevaba un tiempo más que vergonzoso sin hacerlo por esto de que preparar promoción interna, hijos, terapias…no encontraba un hueco. Limpiar la nevera me pone de muy mal humor. Es de una calidad pésima y lamento el día en que la compramos. Básicamente porque era la única que cabía en el hueco de mierda que hay para el frigorífico. En fin, problemas del primer mundo y de haber tenido 29 años cuando decidí que la primera nevera que entraba en mi casa debía estar panelada. Craso error. Entonces, por alargar el suplicio cogí el móvil y ví la pregunta. Volví a la nevera. Entonces mis pensamientos me llevaron al año 92, cuando en este país celebrábamos que las Olimpiadas se realizaban en nuestro territorio. Encima, yo, ese año, en medio de una depresión de caballo, acabé con mis huesos en Barcelona. Intentaba sin éxito levantar el motor de una mente que iba cayendo en picado en un bucle infame de tristeza y ansiedad.

    Cuando ya creía que nada podía ir a peor, mi madre me llama una tarde, después de duchar a mi hermano que era un niño muy pequeño por aquel entonces, y me dice que le mire un bulto que le ha salido. Un bulto verde, indoloro, que tenía toda la pinta de preocupante. Le pido que lo lleve a urgencias y eso hace. Al cabo de tres días, con una angustia tremenda, diagnóstico y pronóstico. Cáncer. El pronóstico lo tengo olvidado como una mala pesadilla. No me lo puedo creer. Mi madre y mi hermana destrozadas las dos. Encima, con la festividad de San Juan por medio que en Barcelona se vive como una auténtica fiesta. La inaguración de los juegos. El señor arquero. La flecha. El plebetero que arde. Los gritos de los que veían el acto por la tele…Y en medio de todo, nuestras vidas pegando un frenazo.

    Entonces voy a verlo al hospital, tras la intervención, y veo con horror que el edificio tiene destinado toda una planta a oncología infantil. Y ahí pierdes la ingenuidad de creer que solo le pasa a los adultos. Al lado mismo de los que luchan por sobrevivir, por afrontar una batalla de gigantes, los bebés prematuros. Otros seres minúsculos en unas incubadoras que hacen  ver del tamaño de un ser tan pequeño, que, a veces, no es mayor que la palma de una mano. Ves en la cara de los adultos una  preocupación que no llega a la mirada de los niños. Ellos están allí porque están malos. Ni muerte ni leches. No entra en sus cabezas ese concepto. Y, para que eso se haga efectivo, las enfermeras y los médicos comienzan un baile que los acoje como si estuvieran pasando por una mala gripe, que cojen de la mano a los padres cuando las cosas se ponen negras, que te dicen las cosas en verso, para que no te lastimen.

    En medio de todo aquello, cuando ví lo que sucedía, cuando ví la entereza de nuestro enano, me dí cuenta que soltaba la tristeza para dar paso a la esperanza. Lo ví cuando mi hermano empezó a superar una y otra y otra vez los virajes de la enfermedad. Como una  yincana gigantesca. El tío se convirtió en un superhéroe a golpe de estoicismo. Ni una queja. A veces, cuando me quedaba con él, me decía que no lo mirara, como si yo estuviera en aquél sillón solo por pasar la noche, como si mirarlo le quitara la heroicidad que destilaba por aquel cuerpecillo flaco y lleno de tubos.

    Cuando venían las enfermeras, entraban a la habitación sigilosamente. Como ninjas de color blanco  que trataban de no despertarlo aún cuando hubiera que cambiarle una vía. Y entonces pensé que yo no sería capaz de realizar un trabajo de ese peso emocional. Creo que en algún momento te rompes. Y te vas a otro departamento. Eso creo. Por eso es mi admiración hacia esa profesión. Realizar ese trabajo porque, como me dijo una enfermera una vez, «si no lo hago yo, quién lo hace?» Y yo pensé, desde luego, hay gente que hace labores heroicas y no tienen ni idea de cómo afectan sus acciones a los que tratan. Cómo transforman sus vidas.

    Luego volví a la realidad de ponerme a limpiar la nevera, di un suspiro, y seguí quejándome por algo tan mundano como el haberme tocado en suerte una nevera que suena a cacharro por todos lados. Pero ya conseguí mirarla con otros ojos. Recordé que, en el 92, yo trabajaba en un supermercado cerca de la playa, y, un día, barriendo la entrada comencé a quejarme para mis adentros. «Mi vida es una mierda, mi hermano enfermo, este trabajo es una mierda…»Entonces, por el hilo musical comenzó a sonar una canción de Serrat «Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de tí…» Y así hice. Lo aproveché. En ese momento y siempre. Algunos incluso en la vida de mi hermano. De mis hermanos.

  • MI TIENDA

    Si fueras a abrir una tienda, ¿qué venderías?

    Si tuviera que vender algo, sería curitas para el alma. No del mismo tipo de las que obtienes con un psicólogo, porque esas solo está en las manos de quien es profesional. Ellos curan daños contundentes, o desatan nudos complicados.  No. Yo me refiero a cosas de menor tamaño. Cosas del tipo he sacado un nueve y mi padre me ha dicho que espabile y que a la próxima saque un diez, o, hoy mi pareja me ha dicho que ya no me quiere, o, he montado un negocio y no me está yendo la cosa demasiado bien…

    Entonces me dirigiría a unos tarros que tendría colocados a mis espaldas, como los que existían antes en las farmacias, tarros que parecían cafeteras gigantes, con aquellos dibujos tan bonitos en el exterior y que fueron sustituidos por cremas, hilos dentales, pastillas, suplementos…cosas que dan más dinero seguro, que aquellas figuras imponentes pero que no veías que fueran usadas por el boticario.

    A mi me hubiera encantado encontrar algo o alguien así cuando la vida me iba más bien regulinchi. Alguien a quien poder decirle qué sentía y qué me pasaba. Que me consolara, que me abrazara incluso y me dijera, «ya verás, a partir de ahí, justo donde no te alcanza aún la vista, ahí será cuando todo comience a funcionar y a irte bien». Solo me tenía a mi para decírmelo. Y no. No estaba justo ahí, estaba un poco más lejos, pero decidí, aguantar el chaparrón y hacerlo sin que me convirtiera en peor persona. Quería tomar las decisiones adecuadas. Me protegí a mí misma a falta de otros que lo hicieran por mí. Pero fue algo duro e ingrato. No todos salen bien de ese tipo de cosas, de ese tipo de experiencias.

    Claro está que esas curas tendrían un poco de magia en ellas. A mi, lo que tenía que ver con ella me parecía un dulce consuelo. Solía ir al cine, sola, o acompañada y así vi Mary Poppins, por ejemplo. Y me sentí en cierto modo alineada con los dos niños de la película. Niños que estaban horas solos, que nadie les preguntaba qué tal, pero que tuvieron la suerte de tener una cura en forma de niñera que puso la vida de ambos patas arriba.

    «Con un poco de azúcar esa píldora que os dan, la píldora que os dan, pasará mejor. Si hay un poco de azúcar esa píldora que os dan satisfechos tomaréis»

    Recuerdo esa canción y, que a pesar de escucharla siendo una niña, supe calibrar el alcance de lo que quería decir. Me gustaría ser como Mary Poppins. Acudir a la magia para curar el alma de quien sufre, de quien no dice nada pero está pasando por una situación complicada. Tal vez no pudiera resolverle el problema, ya digo que eso se lo dejaría a los profesionales, pero sí les daría el bálsamo para el dolor. «CURITAS PARA EL ALMA» pondría en la puerta. El pago, bueno, el pago sería la alegría de saber que has conseguido que alguien se sienta bien y salga mejorado por la puerta de tu negocio. O tal vez podríamos hacer un dibujo en el suelo, como en la peli, y saltar para vivir una aventura que luego yo plasmaría en algún escrito. Porqué no? Quid pro quo que hubiera dicho Hannibal Lecter a Clarise. Quid pro quo!

  • El cambio

    Qué cambio, grande o pequeño, te gustaría que tu blog causara en el mundo.

    Hoy hemos ido a la revisión de la discapacidad de mi hija. Nos llamaron en agosto, hace dos dias, porque yo creo que van pasando la lista y están los demás de vacaciones. La prueba es que, un sitio que siempre tiene cola a la entrada, hoy pudimos entrar sin tener que pedir permiso para pasar.

    Fui con mis dos hijos porque el padre planteó que fuera mi hija sola. No. Como él tenía que llevar a su madre, como cada jueves, al sur de la isla, decidimos que iba yo. Cosas de las rutinas, de ser adulto y no estar diagnosticado.

    Cuando vas a la revisión debes esperar un poco a que te llamen, aunque suelen ser muy puntuales, y la psicóloga que nos tocó lo fue, y luego te hacen una entrevista de casi una hora. En ella se tocan todos los puntos débiles, todas las dificultades con las que tienen  que lidiar tu familia y tú respecto de eso que te hace distinto a los demás. No inferior. No. Pero se convive con una mayor injusticia social. Me explico. Ser madre de dos personas autistas me ha desvencijado el bolsillo. Buscas coles con grupos reducidos, con buenos orientadores, que no sean en otro idioma porque ya con el tuyo tienes suficiente, y con todo eso sientes una caja registradora que va sonando y calculando. Chin-chin.

    Luego están las terapias que no son subvencionadas. Nunca me han dado becas para ninguno de los dos. Bueno no, corrijo, me dieron una ayuda que cubrió dos meses de terapia para el peque. El año pasado.

    Cuando mi hija nos dijo de ir a la universidad hicimos números y salió que no. Era en otra isla. Con su discapacidad caducada. Imposible. Inasumible.

    Tampoco pudo poner su solicitud en la oposición por el turno de discapacidad porque su certificado caducado no sirve para nada. Hoy me han dicho que si hubiera ido me hubieran hecho un certificado de churro de pescado para presentarlo al Ministerio. En un sitio donde para ir a registrar un papel tienes que ir con cita (para que te lo sellen no para que te preparen unas lentejas) pues me pareció inaudito. Asombroso. Un pasote. Añadimos a la ecuación hipoteca, coche, uno solamente porque dos es inasumible también, comida, médicos…y da como resultado que a veces, de la preocupación, he estado varios días enferma de migraña.

    Bueno, pues luego te toca hablar con la asistente social que te vuelve a preguntar que cómo es posible que una chavala brillante en sus estudios, elogiada por sus profesores, no esté becada y esté en una tarea que no le gusta. Pues si no lo sabe usted…porque ni mi marido ni yo tenemos apellidos conocidos ni cobramos sueldos de esos que dices, esta chorrada me la puedo permitir. Este viaje. Estos estudios. En fin.

    No soy la única madre que tiene dos hijos autistas. Qué va! Conozco algunas por las redes sociales y a otras personalmente. Y hay familias que se ven comiendo en comedores sociales porque con el sueldo que entra en casa no da. Madres que decidieron sacrificarse y quedarse en casa en pro de un futuro para sus hijos.

    Luego está la sociedad. La infantilización que existe del autismo. La infancia es sólo una etapa. Luego viene lo peor. Vivir entre gente que no te entiende, que no conoce, que no quiere saber. Algunos te utilizan para sus bromas, para engañarte, para estafarte. Existe un alto porcentaje de autistas que deciden apearse de este mundo cruel y despiadado. Por eso escribo sobre ello. Por eso abrí este modo de desahogo.

    Si solo a una persona le llega el mensaje de este blog, me daría por satisfecha. Hay demasiada injusticia social para permanecer callados, para quedarnos quietos. Eso no. Eso lo dejaré para cuando no pueda estar más.

  • La comida

    ¿Cuánto es lo máximo que te has gastado en una comida? ¿Mereció la pena?

    No creo que fuera la más cara de mi vida, pero sí la que más huella me dejó.

    Era una comida de trabajo, y en aquel entonces, éramos 21. Pues cuadramos nuestras agendas, organizaba siempre la misma persona, y allá que fuimos.

    Organizar algo así, para mucha gente, es muy desagradecido. Que si no me gusta la comida, que qué calor, esto último absolutamente real porque daba el sol en el restaurante y sus paredes estaban hechas  casi todas de cristal grueso, y hacía efecto lupa, que qué caro, etc.

    Llevaba yo un jersey por esto de que estábamos en invierno, pero ese día Lorenzo decidió darlo todo y salimos en las fotos con el flequillo pegado a la frente. Me puse a beber un blanco fresquito que entraba muy bien y a comer como si fueran a quitarme el plato en cualquier momento. Y veía a todo el mundo, en otras mesas criticando el restaurante. Pero entonces, al acabar la comida, empezó a sonar música ochentera y de estas que son el último alarido en las emisoras nacionales. Y entonces ni calor ni leches. Nos tiramos a bailar y, mientras lo daba todo junto a la mesa, comencé a notar que el alcohol empezaba a tomar posiciones en mi cerebro. Cogí una buena cogorza impropia de una madre de hijos menores, pero las risas de ese día no me las quita nadie. Una compañera me acercó a la zona por donde vivo, pero tenía que caminar unos quince minutos. Iba haciendo eses.

    Llegué a mi casa y les dije a mis hijos que iba a dormir media hora. Lo cumplí. Me levanté y preparé la cena.

    Que si valió la pena? Por supuesto!! Después de eso llegó el covid y la enfermedad de mi madre y bla, bla, bla. Durante el tiempo que duró la comida me cargué de energía para lo que vino después. Y, desde entonces, tengo un vínculo con las que fuimos indestructible. Así que, pensándolo bien, esa comida fue hasta barata!

  • Mis 30 cosas

    Di 30 cosas que te hagan feliz.

    Que mis hijos, al despertarse, se acurruquen en mi cuello y me digan que me quieren.

    Haber formado pareja con mi marido. Yo buscaba el centro de gravedad permanente que diría Battiato, y lo encontré a él.

    La salud y la felicidad de mis hermanos. Han visto la otra cara de la moneda y han estado a punto de escoger el palito corto.

    Trabajar en lo que me gusta, con gente, además, que me cae bien.

    Las reuniones los miércoles por la mañana con mis amigas, antes de entrar al trabajo.

    Escribir. Esto también me hace muy feliz y me da mucha paz.

    Estar en esta terraza en la que escribo, con esta vida que aparenta tranquila mientras fuera todo va a un ritmo distinto.

    Ver el mar, y, si es posible, sumergirme en él. Como ayer.

    Abrir los ojos debajo del agua y ver el fondo marino, con los peces mirándome desde él con recelo porque el hombre, cuando se adentra en su habitat, no suele ser respetuoso.

    Ver una pareja de aves que viven en un árbol de mi jardín y que a veces veo tomando de la flor del aloe vera.

    Me hace feliz el sol, pero en su justa medida. No como ayer que se alió con el aire caliente y dio como resultado un sábado «dificil.»

    Me hace feliz la noche, asomarme a mirar las estrellas.

    Me hace feliz reír con la gente que quiero.

    Me hace feliz estar tranquila, sin nada que enturbie mi calma, aunque sé que esa sensación dura poco.

    Ir a terapia. Hablar con mi terapeuta. Sacar las piezas de un puzzle que, a veces, queda a medio hacer en la hora que dura la sesión.

    Me gusta el sonido del viento, ese que mece las ramas de los árboles y que, cuando te sitúas bajo su sombra caes en los brazos de un sueño agradable.

    Me hace feliz los mensajes de buenos días de gente a la que quiero pero que la vida ha hecho que no podamos vernos sino de Pascuas a Ramos.

    Me hace feliz la sonrisa de mi sobrina. En ella está concentrada toda su inteligencia y su bondad. Quiero que la vida la trate bien. Siempre.

    Me gusta la mascota de mi tía. Un terrier que lleva por nombre Jerry. Y me gusta que me haga más caso a mi que a sus dueños. Eso siempre le gratifica con un extra de rascada de lomo.

    Leer. Otra cosa que me hace inmensamente feliz. Sumergirme plácidamente en una historia narrada por otra persona. 

    Me gusta viajar. Pero no de esos viajes que te dejen despanzurrado el bolsillo y el ánimo. Viajes a sitios próximos. A ser posible, a otras islas del Archipiélago.

    Me gusta la naturaleza. Vivirla aunque ella y yo seamos incompatibles por culpa de mi alergia. Mirar un paisaje verde hace que le perdone todo.

    Me gusta hacer deporte. Me hace feliz. Hace tres años esta frase no sería mía, y nadie que me conociera diría que saldría de mi boca. Pero si.

    Me gusta comer, me encanta saborear un plato de comida. El que sea. Me gusta probar de todo. Con moderación eso sí.

    Me gusta el olor a café. Eso siempre es preludio de un día que está por escribirse.

    Me gusta el orden y la limpieza, todo con moderación también. La cabeza funciona mejor así.

    Me hace feliz la buena memoria que tengo. Espero que no me putee la vida con el olvido.

    Me gusta la gente mayor, tan llena de recuerdos, de  historias, de anécdotas.

    Me gustan los niños chicos. Por su ingenuidad. Por creer aún en la magia. Por su inocencia. Porque luego la vida los malea, pero mientras tanto, son un refugio para el exceso de realidad del día a día.

    Me gusta cómo soy. La mujer en la que me he convertido y en el esfuerzo realizado para ser quien soy. Tal vez cambiaría algún renglón, pero la historia en conjunto, a pesar de los giros argumentales, ha estado interesante.

  • Mi hábito

    Describe un hábito que te aporte felicidad.

    El hábito que me aporta felicidad es estar con mis hijos. Pero no lo digo como otras mujeres, li qui mi ipirti filicidid is istir quin mis hijis, y luego les jodo la vida de mil maneras distintas y crueles, que ayer estuve hablando con una damnificada por este tipo de situaciones, y me dio una pena infinita decirle que su madre era una tóxica. Cuando nos ponemos a querer buscar críos, deberíamos pasar un test para que nos habilite en la paternidad. Nos ahorramos un montón de traumas en adultos, la verdad.

    Ayer pensaba bajar al sur de la isla y quedarme este fin de semana en la otra casa. Vienen, si los astros se alinean por fin, a ponerme la fibra para Internet y seguridad. La casa merece el esfuerzo económico. No porque sea una mansión, no, es porque mi madre amaba cada uno de los rincones de este lugar. Honrarás a tu padre y a tu madre, dicen. A mi padre no ha podido ser pero si a ella. Demos un poco de tranquilidad a una vivienda que no cuenta con una dueña que la ame como la anterior.

    Lo cierto es que lo hablé con mi marido y le pareció bien. Luego se fue de comida con los compañeros y olvidó hasta su nombre. Estuve esperando hasta que  llegaron las ocho de la tarde y me dirigí sola a la parada de la guagua arrastrando los pies. Sin mis hijos. No puedo pedirle al enano que se coma un viaje de dos horas. Aún no. Con un humor negro y un desánimo de caerme al suelo, llamé a mi casa una última vez por ver si mi marido había llegado. Al colgar veo el coche azul enfilar la recta donde se encuentra la parada. Le hago señas. Me ve. Se para. Me subo. Qué pasa? Me pregunta. «Qué pasa con qué? Te has olvidado de lo que íbamos a hacer!

    Total que me baja al sur. Llamé a mi hija y ya preparaba la cena. No puedes decirle que lo deje y que se venga contigo así de repente. Lo respeto y me aguanto las ganas de gritar de impotencia.

    He pasado una noche de mierda. He soñado mil ridiculeces. Encima ayer mi hijo tuvo un episodio de migraña, y mi cerebro decidió ponerlo en mis sueños en forma de niño entubado y hecho polvo. Una alegría. Me he levantado arrastrándome y pidiendo un café por señas.

    Me he dirigido al jardín, he abierto la llave del agua y he comenzado a quitar el polvo y a regar las plantas. Luego he imaginado a mi hijo mañana desayunando en la terraza, a mi hija riendo porque la he pillado viendo una serie, y entonces mi mal humor se ha ido deshaciendo y, junto con el agua, se ha esfumado por el desagüe.