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Los gestos
Escribe sobre cualquier gesto de amabilidad que hayas tenido con alguien.
Soy una mujer que vive una vida corriente, que va a su trabajo, va a la compra, me hablo con la lavadora y le pido que no se rompa nunca…y que, cuando llega a casa es para ella como entrar en un planeta extraterrestre. Igual que el protagonista de Avatar, que utilizaba una maquinita como vínculo entre un mundo y otro. Yo no necesito maquinita. Todo sucede cuando entro en casa. Y dirán, qué diablos tiene que ver esa cosa con los gestos amables? Pues todo en realidad. Mi familia me ha enseñado que no todo el que me rodea va a las malas. A mi mis hijos me han hecho partícipe de una aventura increíble. Me han enseñado el mundo a través de sus ojos y eso me ha hecho ser, sin duda, mejor persona.
Además, se dan las circunstancias de que, al que es diferente, al que es extraño o extravagante se le mira con recelo, o peor, con un paternalismo insultante que hace que me sea muy fácil hacer su lucha porque las cosas cambien y dejemos de apartar al que en realidad aporta, como si fuera mía.
Apoyo todo tipo de causas, las que están ayudando a los que llegan por mar desde embarcaciones hechas casi con palillos de dientes, y que ocupan páginas de periódicos donde se cuenta como una estadística injusta y letal, los ahogados cerca de las costas.
Hago lo mismo con los que luchan porque el planeta no explote el día menos pensado harto de tanto bandidaje y tanto ánimo de lucro. Como si fuera solo de unos pocos. Como si los demás no tuviéramos derecho a respirar sin morirnos.
En el día a día, cuando voy a trabajar, cuando me toca atender a los usuarios que vienen a pedir información de cómo va lo suyo, por ejemplo, también procuro mostrar respeto. Respeto porque no todos hemos tenido la capacidad de estudiar, o no tenemos acceso a Internet, pero todos son seres humanos a los que la vida los ha puesto ante la justicia ya sea pidiéndola, ya sea porque es ella la que le reclama. Eso da igual. Hay gente que ha tenido peor suerte que la mía, o no, o son solo personas que no son capaces de vivir de otra manera, succionados por un círculo vicioso que te acaba destruyendo. Lo he visto en otras personas pero podría haber sido yo.
He conocido gente que sabía que iba a morir, algunos con el terror de no llegar a todo antes de la partida clavado en sus ojos, he conocido dos chicos que habían decidido casarse incluso y a pesar de las leyes de su país, he visto a una pareja llorar desconsoladamente, cogidos de la mano, inconsolables por la pérdida de un bebé, señoras mayores encantadoras a las que he acompañado, por gusto, a la entrada y a la salida, con una sonrisa, he visto mujeres llorando la muerte de un ser querido porque decidieron marcharse de este mundo sin avisar, mientras ella dormía creyendo que él hacía lo propio a su lado.
Mis ojos han visto y oído demasiadas cosas para que no me importen. Todas ellas me han nutrido, me han hecho quien soy, y, cuando me miró al espejo, veo en mi rostro a cada una de ellas.
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La descripción
¿Cómo te describirías?
Me defino como una persona bastante tímida, que aún se queda colorada ante determinadas situaciones. Mi timidez y las injusticias que me han tocado ver en mis cincuenta y cuatro, han dado como resultado que no me deja callada ya ni el Tato. Cosa que me molesta cosa que hago saber que es así. Me he ganado mis buenos enemigos así, pero he ganado las mejores de las amistades.
Me gusta mucho leer y antes de ser madre iba muchísimo al cine. Ambas cosas cayeron de mi vida en cuanto tuve a mi primogénita. Luego, todo lo que he leído, todo lo que he visto, a todos los sitios a los que he ido aunque quedaran en el quinto pino, han tenido que ver con el autismo. Él ha sido una palabra a la que temí durante años, que veía enorme y feroz y a la que odiaba porque sentía que tenía a mi hija atrapada entre sus brazos y le impedía ser quien ella era en realidad. Cuando descubrí y entendí, aflojó el nudo en mi hija. No la tenía atrapada, solo que yo no sabía cómo gestionarla y eso perjudicaba a la felicidad de la niña. Creo que por eso mismo su hermano nunca ha perdido su sonrisa, porque, cuando él llegó, ya habíamos puesto en casa el mecanismo de la comprensión y del respeto.
Me considero una buena madre. A veces un poco demasiado protectora, supongo que un coñazo algunas veces para mis retoños, pero que todos los días intenta aprender de ellos para educar sin asfixiar.
Como mujer, he tenido la suerte de encontrar a un compañero de vida con el que aún me río y en el que confío plenamente. Soy consciente de que he tenido mucha suerte. Igual que él conmigo. Durante todos estos años me he convertido en su lóbulo prefrontal, haciéndole ver que, determinadas situaciones de su vida, vividas de la manera que él lo hacía quedaban un poco extrañas a los ojos de los demás. Ha entendido que va por la vida como Leoncio, el de Leoncio y Tristón, los del dibujo animado, con una indolencia y una alegrías a veces impropias de las circunstancias. Él a mi me ha dado tranquilidad. Como cuando me dijo, tras los diagnósticos de nuestros hijos, que ellos estaban tallados en buena madera, y a mí aquello me tranquilizó y me hizo coger fuerzas para plantar batalla. Durante estos años de lucha me han dejado como herida una ansiedad y un estrés bastante potentes. Pero si volviera a nacer pasaría por lo mismo y lo haría de la misma manera, eso sí, con otros soldados en la lid.
Soy una mujer vulnerable a la que le encanta escribir. Es la tarea que más me gusta en la vida. Sentarme y narrar una historia. He vuelto a la lectura ahora que vivo con algo más de tranquilidad, y ella, como la mar, como las olas que rompen a la orilla de la playa, me ha llevado a sentarme a escribir de nuevo. Para contar historias buenas, malas o regulares, da igual. Ellas solo andan esperando que yo las ponga en papel.
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Dinosaurios
Si pudieras revivir a un dinosaurio, ¿cuál sería?
La respuesta corta es a ninguno. Todos los seres vivos que habitan o habitaron en nuestro planeta, tenemos un tiempo finito. Estos tiempos de ahora no le iría bien a ninguno de ellos, y menos a los herbívoros. Ahora que es tendencia el irse cargando el planeta en pro de la avaricia y del quiero vivirlo y verlo todo antes de morir, cueste lo que cueste y contamine lo que tenga que contaminar. No importa. Lo importante es mi ego, esos pobres animales rezarían por otro meteorito.
Si tuviera en mis manos hacer un dinosaurio, crearía uno de juguete en el que mi hijo pudiera subirse y controlar para ir de una punta a otra de la playa. Que tenga un tobogán y que se mueva a pedales. Yo creo que sería el regalo de su vida.
Ayer demostró que ya sabe nadar. No de manera fluida, no hablamos de una cría de foca, pero ya se defiende lo que da un plus de tranquilidad a nuestras salidas a la playa. En la playa a la que vamos, hay un tramo de escalera que te lleva al agua, como en una piscina. La chavalada suele ponerse ahí para tirarse al agua y, ayer, le tocó a mi hijo. Lo vi correr como si lo persiguiera un velocirraptor, bajar las escaleras dando saltos y saltar al agua sin darme tiempo a frotarme los ojos por la incredulidad. Luego, como si lo hiciera cada lunes y cada martes, continuó nadando hasta unas boyas donde le esperaban su padre y su hermana. Si me hubieran dicho hace tres días si se atrevería diría que no, que no lo haría, pero ha encontrado la manera de saltar sin mojarse la cabeza. No le gusta el contacto del agua en la cara. Por eso mismo no se ducha solo.
Ayer encontró la técnica de los perritos al saltar al agua, cabeza levantada, manos y brazos levantados y pum, salto conseguido.
Hoy no vamos a la playa ni lo haremos mañana. Hoy tengo un asadero en casa, que se hace desde que mi madre vivía, para celebrar mi cumpleaños y ver a sus hermanas a las que hace mil años que no veo. Y mañana nos vamos. Lo haremos poco antes de comer y pararemos en algún sitio a ello llegando a la capital porque, esa es otra, el crío marea y vomita en el coche, creo que por los nervios de ver a su padre coger una velocidad en la que él no se siente seguro. Yo, a mi marido, de broma, le digo que es la estela azul de la carretera. Azul es siempre el color de sus coches. Ha tenido dos. El primero aún sigue rodando por ahí creo. Se lo regaló a su prima que, al tercer día de tener el coche en sus manos, aparcó delante de un vado, que resultó ser de los padres de uno de sus amigos. Éste lo llamó porque reconoció el vehículo y le advirtió que no volviera a dejar el coche ahí que llamarían a una grúa. Pues bien, al día siguiente, y habiéndosele advertido, volvió a repetir la acción. Cuando volvió de visitar a su madre en el hospital ya no estaba el Forfi. Forfi estaba en el potrero. Y allá que la acompañó estela azul para deshacer el entuerto.
Han sido unas vacaciones muy tranquilas y bonitas. Con mi madre siempre presente en lo que hago pero recordándola con un dolor ya mitigado. Me incorporo al trabajo el jueves, pero tengo tres días de trámites infinitos. He cambiado de compañía telefónica porque quiero poner alarma y cámaras en esta vivienda. Así que estaré tres días corriendo y atendiendo a los instaladores. En fin, todo sea por mejorar la vivienda y por vivir un poco más tranquila. Que a fin de cuentas es lo que busco. Tranquilidad. Y no crear dinosaurios tocando la moral de la naturaleza. A ella dejémosla tranquila también.
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Mi alias
¿Cuál es la historia de tu alias?
Cuando tenía cinco años nació mi hermana. Era una niña preciosa a la que estaba deseando ver crecer porque quería poder jugar con ella. Puso todo de su parte y, al empezar a hablar, como mi nombre nivel bebé es impronunciable, Sandra, pues ella me llamaba Tata. Era lo que sus dos orejitas y su cerebro captaban y así me decía.
Como por arte de magia, mis padres tomaron el apodo como suyo y me llamaban Tati o Tatita cosa que terminó abruptamente cuando todo saltó por los aires. Entonces mi hermana y mi madre dejaron de llamarme de ninguna manera, y mi padre transformó el Tati por «aminovuelvasamolestarme» de un plumazo. Es un poco duro cuando crees que, como es tu padre debe quererte, pero luego, cuando entiendes que no, es más fácil digerir esas palabras todas juntas. Sin respirar.
Mi abuela me llamaba Sandrita, que complementaba con un, niña bonita, que yo acompañaba siempre con una sonrisa y una mirada en la que siempre intenté que se notara mucho que la quería y que le agradecía profundamente el que hubiera decidido que yo estuviera con ella a pesar de lo que ella sufría de puertas para adentro. En la sentencia de divorcio, que creo tener aún por algún sitio, pone que «la hija mayor vivirá con su abuela y a su padre irá a visitarlo» Podrían haber completado la frase con un, hasta que él se aburra de la paternidad, que será cero coma dos segundos. Tan fuerte le dio, que fui el único nombre que tachó de su cartilla de la seguridad social, dejando a salvo el de mi madre y mi hermana, que, a esas alturas ya contaban con un seguro privado. No sé qué me hizo merecedora de tal honor, pero, aunque ponga tierra sobre mi persona, las cosas sucedieron de esa manera.
En fin, aunque tengo un nombre compuesto, utilizo el primero de ellos en el curro y en cursos, siempre ha estado revoloteando a mi alrededor la frase y el recuerdo de mi abuela.
Cuando me pude reunir con mi madre y mi hermana, esta volvió a ponerme un mote, Sandruski. Me llamaba así y aún lo hace, a veces. Mi hermano creo que también. Es curioso, pero cuando me veo hablando con ellos, oigo risas, veo sonrisas, pero no recuerdo cómo me llaman. Tal vez Sandra o Sandrita. Pero sin el niña bonita, claro. Ahora soy una mujer madura que miro a la gente con otro color en la mirada. Más cínica quizás. Es lo que tiene digerir ciertas cosas a lo largo de tu vida.
Como el peso de la nostalgia es para mi como un perfume, aunque no considero que cualquier tiempo pasado sea mejor, lo de Sandruski se convirtió en mi «mote» oficial. Porque, aunque ya no mire al otro con la inocencia de mis primeros años, me gusta recordar y aferrarme a los que siempre me quisieron. A los que estuvieron ahí. A los que seguirán estando aun cuando yo deje de estar.
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Trabajar
¿Qué escuchas mientras trabajas?
Hoy he abierto la aplicación y he visto qué escucho mientras trabajo. Ayer llegué a la casa que comparto con mis hermanos para pasar algo más de una semana. Todo lo que veo a mi alrededor, ahora mismo, es trabajo a granel. Está todo muy sucio y es normal porque esta casa pasa mucho tiempo sola. He traído libros para leer por encima de mis posibilidades. Cinco libros quiero deglutir antes de volver a la rutina, pero no sé si, a consecuencia de las redes sociales, efecto pandemia o qué se yo, me cuesta muchísimo concentrarme en una actividad. Como ejemplo, hace medio segundo estaba con Alicia Barlett en un caso de la inspectora Petra Delicado y su fiel compañero de fatigas, Garzón. Pues lo dicho, he cogido el móvil y he visto la pregunta y a mi, como me sucede a veces, me nace la necesidad de escribir. Pues bien, ahora mismo, mientras escribo, solo escucho los camiones de mercancías bajar hacia la playa o en el centro comercial, descargando barriles de cervezas a granel. Cuando el pueblo comience a despertar, que será en una hora, ya habrá mayor trasiego de gente, algunos haciendo deporte, otros buscando un sitio donde desayunar, otros buscando un medio de transporte que los lleve a otro sitio de la isla…y yo, mientras tanto, estaré manguera en ristre intentando quitar la porquería que pulula por las terrazas. Si me paro, si me quedo quieta, puedo oír a mi madre llamarme, para luego verla bajar sonriendo para darme un beso y darme las felicidades por mi cumpleaños. «Felicidades mi hija» me diría. Y luego apuntaría que yo nací a las 5, hora muy torera, y que fue un parto largo y horroroso, y que, hasta esa hora no habría ni regalos ni tarta. Me sonreiré y seguiré limpiando esta casa que ella tanto amaba. «La joya de su corona» la llamaba. Y yo, aunque solo sea por eso, cogeré el cepillo y empezaré a desalojar a las arañas que se han hecho fuerte dentro y fuera de la vivienda.
Ahora vuelvo a la lectura. Quiero pasar un cumpleaños sin demasiados sobresaltos, que ya estoy mayor y 54 años requieren que te cuides como un jarrón Ming por esto de que quiero vivir muchos años para poder estar con mis hijos todos los que me sean posible con la mejor salud que me pueda permitir.
Ayer, mi hija me dijo que iba a dar un paseo. Al rato de estar fuera, con un pellizco de esos que te dicen que algo no cuadra, miré en la aplicación de móvil y descubrí que se había subido en un vehículo. La llamé y no cogió el teléfono. Normal cuando llamas a un autista. Le mandé un mensaje y me dijo que volvía a casa a buscar «cosas que se le habían olvidado». Tras el susto y la vuelta a esta casa de la primogénita una se da cuenta de todo lo que queda por hacer y entender. En octubre comienzo otro curso para poder meterme en la piel de quienes viven conmigo. Pero eso será en octubre. Hoy me toca descansar. Y limpiar las terrazas. Y contestar mensajes de felicitaciones. Y leer. Y escribir.
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Zona de confort
¿Qué plato te hace sentir en tu zona de confort?
Mi zona de confort hoy se encuentra patas arriba. Me voy de vacaciones y mi hijo ha pasado mala noche, que es un eufemismo cuando te ha despertado rozando las tres de la madrugada diciendo, primero, que tiene sed, para luego decir la verdad. No tengo sueño. Imaginen lo que es estar con un chaval que se mueve como una anguila, nervioso perdido, desde esas horas luchando por volver a cerrar los ojos un minuto. El momento álgido acaba de suceder. Ha ido al baño a echar la papilla. A tomar por el desagüe el desayuno. De ayer a hoy ha tenido que ducharse unas tres veces porque anda suelto de tripa. En fin. Cosas de las emociones y de tener unas ganas locas de pirarte a hacer cosas que te encantan.
Le gusta comenzar la mañana en la casa a la que vamos, desayunando en la terraza, viendo el paisaje, como un jubilado. A las horas que él se despierta, los únicos que están igual que él son los que van a trabajar o los repartidores que surten a los locales del centro comercial lo que luego venden a los turistas. También le gusta comer en casa, no le gusta salir fuera, y, si lo hacemos, que sea a donde antes íbamos con la abuela. Vamos por la tarde, tarde, a la playa. Somos los tres muy blancos para tener problemas con el sol. Yo ya soy un claro ejemplo de lo malo que es. Mi cuerpo está cubierto de manchas solares. Total, que, volvemos a casa, y ya hemos marcado un día como finiquitado. Esa es más o menos la rutina que hacemos en estos días de esparcimiento. Todavía me piden el helado que se pillaban con la abuela cuando llegaban a la playa. Y yo, en cada solicitud de cosas que hacían con ella, suspiro y pienso en lo injusto que es que ya no esté con nosotros. Se me pasará esa tristeza alguna vez?
Ayer miré el estado de WhatsApp de alguien a quien aprecio mucho. Fue profesora de mis hijos en la guardería. Debo ser de las únicas madres que tiene entre sus contactos a tres profesoras de guardería. Muchos niños lo pasan fatal en esa etapa en la que casi no levantas un palmo del suelo pero tienes que ir al colegio porque tus padres están trabajando. Pero en esta guardería la profesionalidad era una máxima y dejó un montón de gratos recuerdos en la familia. Total, que todo este rollo venía para explicar que, en el estado, felicitaba a su sobrina que se había sacado la carrera de neuropediatría. La felicité a su vez y, cuando me contestó me dijo que había elegido, tras conocer las cosas que ella le contaba por su profesión: «ayudar a niños tan valientes como mis hijos». Entonces me emocioné tanto que todo se me emborronó por las lágrimas. Elegí poner a su vez una frase de Benedetti que dice: «Qué bien nos vendría un abrazo que nos acomode un poco. Que nos haga ver que no estamos tan solos. Ni tan locos. Ni tan rotos». Pues eso!
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El Tiempo
¿Con qué actividades pierdes la noción del tiempo?
Pierdo la noción del tiempo realizando las actividades que me gustan.
Me gusta leer, me pasaría horas atrapada en una historia que me gusta. Soy una lectora voraz. Ahora mismo ando leyendo tres historias bien distintas, «La Carne» de Rosa Montero, una mujer a la que descubrí mirando libros que comprar en un kiosko que estaba junto al hospital, en uno de los viajes en los que fui a cuidar de mi madre. Su título, «la ridícula idea de no volver a verte» hizo que me agachara a cogerlo y adquirirlo. No pude escoger mejor lectura para superar la pérdida de alguien a quien amas. Me lo leí en las tres horas que dura el viaje y me ayudó a tener la entereza que necesité cuando llegó el momento de la despedida.
Este que estoy leyendo me lo recomendó una compañera y me faltó tiempo para buscarlo. Otro con el que estoy es con «Panza de burro» de Andrea Abreu. Este me lo recomendó mi psicóloga a la que le ha encantado y confío en su criterio. Cierto es que conozco el final por obra y gracia de mi hija que me hizo un pedazo de spoiler cuando vio que me lo leía ya hace tiempo. Ella se lo había leído porque se lo pusieron como trabajo de literatura. Lo dejé. Ahora lo retomo porque me ha dejado mosca algunas cosas que me ha dicho mi terapeuta y me ha picado la curiosidad.
El último es de John Verdom, «Arderás en la tormenta» de misterio, of course, que me encanta. Me apasiona su historia. Nacido en 1942, estuvo trabajando en un montón de cosas hasta que, en 2010, decidió lanzarse a escribir. Tenía 68 años, escribe un primer libro y, encima, los vende como si fueran churros. Su historia es mi esperanza de que, dentro de cada vida, hay un montón de vidas distintas que vivir, y, todas ellas pueden ser increíbles. Nadie es demasiado nada para ninguna cosa hasta que le toca irse.
También me gusta escribir. Contar una historia, la que sea, como dice Stephen King, escribe y escribe, luego lo lees todo y haces los retoques finales que hagan falta. Y en esas voy ahora. A escribir una historia, a sumergirme en ella, a dejar que me lleve a donde ella desee, a pasar las horas haciendo lo que más me gusta. ¿Qué mejor que dejar que tu mente y tus vivencias hagan fuerza para contar algo que llevas ya en la punta de tus dedos? Como dice Gabriel García Márquez, «lo que quiero contar lo hago escrito, solito en mi cuarto con mucho trabajo. Es un trabajo angustioso pero sensacional».
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MIS DIEZ COSAS
Enumera 10 cosas de las que estás totalmente convencido.
Estoy absolutamente convencida de querer a mi familia, no ya a mis hijos o a mi marido, a mi familia en general. La próxima y no tan próxima, excepto al hermano mayor de mi madre. A ese no. Se ganó este honroso honor a golpe de defraudar a mi madre una y otra y otra vez. No estuvo en su funeral porque nadie le dijo siquiera dónde era. También estoy convencida de que todos en aquel instante pensamos lo mismo. No merecía estar ahí. Tal vez algún día le perdone. Tal vez.
Estoy convencida de que mis hijos son autistas. A pesar de que haya alguna que se juegue su título de psicología a que con mi hijo me equivoco. No. No me equivoco. Y no, ya no me pone triste saber y entender que vivo en Avatar. Que cuando salgo de mi casa paso a otro mundo distinto del que vivo entre estas cuatro paredes. Vivir en Avatar no es malo. Es estresante. Solamente.
Estoy convencida de que ser madre me convirtió en mejor persona. Conocer gente como mis hijos, honestos, cariñosos, buena gente, que no notan ni les importa que, a veces, cuando estamos en algún sitio, somos llamativos para el ojo ajeno. Nos miran. Nos critican, como el otro día, dos chicas que se sentaron cerca nuestro y que consideraron que escuchar nuestra conversación era más interesante que hablar entre ellas. Nadie de mi familia percibió la curiosidad. Solo yo. Avatar 1 neurocotillas 0.
Estoy también convencida que la gente adulta autista que escribe en redes y explican qué y qué no es autismo, es la que hace que se ponga voz a los autistas que no pueden expresarse, aquellos que perdieron su voz en la maraña neuronal que conforma su cerebro. Y eso es de admirar y de agradecer.
Estoy absolutamente convencida de que siempre estaré con, y luchando por los derechos de los que, por lo visto, son ciudadanos de segunda. Junto con los que tienen voz para quejarse y para los que carecen de ella. Eso es algo que pienso hacer hasta que me cierren los ojos.
La sexta cosa de la que estoy convencida es de que me gusta escribir. Acabo de leer a alguien que dice que, cualquiera puede escribir. Es solo coger papel y lápiz y enfrentarse al folio en blanco. Hay quien escribe su diario, hay quien planifica sus días, hay quien escribe notas a sus parejas o a sus hijos, deseándoles un buen día o cualquier otra cosa, pero narrar una historia y darle sentido, y gustar al que lo lee no lo hace todo el mundo. No sé si estoy entre el primero o el segundo grupo pero no pienso soltar el lápiz ya nunca más.
Estoy convencida, como no podía ser menos, que me tocará partir de esta vida el día menos pensado. Somos finitos. Es lo bueno que tiene la vida, que nos iguala a todos al final. Seas rico o pobre, tengas unas ideas acojonantes o seas el ser más abyecto del planeta, al final, estiras la pata como todos. La muerte le da un sentido democrático a la vida. Por eso hay que saber perfectamente qué ritmo quieres darle y en qué tono quieres que suene.
Estoy segura de que, mi madre, a la que sorprendió el fin del partido antes de lo que ella imaginaba, consiguió con su fallecimiento algo que tampoco ella deseaba. La decrepitud. Mi madre era muy buena y cariñosa con los mayores, antes ya incluso de trabajar como auxiliar en un geriátrico cerca de su casa, pero que le ayudó a entender lo cruel y miserable que puede ser otro ser humano, sin generalizar por supuesto, cuando ya no le haces falta. Cuando ya lo tiene todo de tí. Por eso y porque era una coqueta indomable, el haberse convertido en una anciana, la hubiera puesto muy triste. Yo la animaba diciendo que podía venirse a la isla y vivir aquí, y bla bla bla, pero no creo que ella quisiera dejar atrás a sus amistades y a sus otros dos hijos.
Estoy convencida de que vivir junto al mar me hace muy feliz. El ruido de las olas, amanecer, asomarte a la ventana y ver los barcos fondeados frente a mi, no siendo siempre el mismo, a veces, incluso, te das cuenta que ya ha partido rumbo a otra orilla, a otro país, a otras culturas, y solo con eso, me puedo imaginar mil historias.
Estoy, por último, convencida de que a mí, como a todos, me han jodido viva en muchas ocasiones de mi vida, pero también sé que, en algún punto de ella decidí que todo eso debía dejar de afectarme a mi día a día. Por eso acudo a terapia y hago ejercicio, porque con ambas cosas consigues sacar todo lo malo que queda dentro, como el alquitrán del tabaco que fumé hace muchos años, y que no sé si he conseguido eliminar a pesar del tiempo transcurrido. Sé que eso que me ha pasado voy a dejarlo atrás. Sacaré una lección, una buena, y no la que escogí cuando todo terminó, que fue la de crear un muro a mi alrededor para que nadie pudiera mirar dentro. Ahora voy escalando ese muro, sin importar si por el camino van cayendo los ladrillos que yo misma puse y que sé que no son necesarios. Quiero ver lo que me rodea. Y hacerlo, por fin, sin miedo.
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SEGURIDAD O AVENTURA
¿Buscas seguridad o aventura?
Esa pregunta tiene una respuesta corta. Pero la voy a alargar un poco.
Durante mi infancia y mi juventud viví muchas aventuras, casi todas desagradables. Tuve que tomar un montón de decisiones y, durante años, me quedaba dormida casi al amanecer pensando en qué paso debía tomar al clarear el día. Todo lo que he hecho, todas las decisiones que he tomado, buenas, regulares y malas, han sido tomadas bajo la premisa de, mira, por ahí otra vez no.
Y sí, mi vida era una aventura, un jolgorio, pero entendido todo de la peor de las maneras. Solía tener mis cosas preparadas, mi mochila del cole, muy cerquita mía para que, en caso de estar en algún jaleo, salir por piernas pero pudiendo ir al colegio al día siguiente. Como si no hubiera pasado nada.
Aguanté ese tirón hasta el día mismo de mi boda. Al salir de la iglesia decidí que, desde ese momento mi vida se reiniciaba. Como un volver a nacer de nuevo. Me alejé de lo que me hacía daño y de quienes me hacían daño y eso lo he mantenido hasta hoy.
Yo no he vivido una buena aventura, ni ninguna bonita, por eso soy del team, yo quiero saber el suelo que piso y si me puedo caer. Nunca fui como Peter Pan. Yo siempre quise crecer y salir del yugo de quien no quería estar pendiente de mi. Tomé malas decisiones, claro que sí!, faltaría plus, no soy perfecta, pero me hace gracia como la gente de tu alrededor puede juzgarte como si tuvieran algún derecho sobre tí. Como si yo les debiera la vida, o el cuidado de mis hijos, el no tener dinero ni para regalos en Navidad y ver a la mañana siguiente el árbol más desangelado de la vida, con globos y aderezos para que hicieran bulto. Como hacía mi madre. Ella nos ponía globos, y unas pastillitas de azúcar que iban en unas botellas con forma de patitos. Si me esfuerzo un poco, puedo llegar a recordar, incluso, el olor que tenían. Como los cuentos que me caían cada año y que ahora pienso que los sacaba mi padre de la imprenta donde trabajaba y, que, de seguro pagaba a plazos. Tenía dos trabajos para llegar a final de mes. Ese, y limpiar un banco. Se levantaba al alba y se iba a trabajar. Nunca se ponía malo. Yo creo que porque el trabajo siempre ha sido el amor de su vida. El único amor de su vida.
Todas las decisiones que he tomado, todas, me han llevado a ser la mujer que soy hoy día. Con quién me casé, cuántos hijos quería tener, el trabajo que quería, los estudios que he realizado…bueno, eso no. Hice los estudios que me permitió mi economía. Pero yo hubiera deseado estudiar derecho y acabé haciendo una diplomatura que me da dos puntos en los méritos cuando estamos en fase de concurso, peleando por el escalafón. Nunca he ejercido y nunca se me hubiera dado ni medio bien. Pero esas son las cosas. Sabía que estudiar abría puertas laborales y por eso decidí seguir. Sin ayuda de ningún tipo. De ninguno. Ni económicas, ni motivacionales. Si me quedaba hasta muy tarde estudiando mi abuela se ponía hecha una furia porque tenía la lampara de mi mesita de noche. Un puto derroche de luz y de dinero. En fin. Menos mal, que, como dice la canción, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. Es de Serrat. De un poema de Machado. Las lecturas de mi padre hicieron su efecto en mi.
Ayer me corté el pelo. Un corte corte. Tenía una melena por los hombros, pero en esta etapa vital, cuando me agitaba un poco, el pelo, que me cae a manta, se me metía en la boca. Y claro, ante ese asco tan desagradable, solo había una opción. Cortar. No fue una decisión de hoy para mañana, pero sabía que debía tomarla porque como digo, jamás hago algo a tontas y a locas.
El corte le ha gustado a mis hijos, y a un par de personas más. Hay quien me ha dicho, no me gusta, como mi marido, y hay quien sin decirlo he captado que ha sido no. Mi hermana me preguntó que qué había dicho mi marido. Que si le había gustado. Y le contesté la verdad. No. Pero seguí diciendo que quien lleva la cabeza encima de los hombros soy yo. La que se mira al espejo soy yo. La que se peina soy yo. Es mi imagen, mi pelo, mi decisión, mi vida. Me da muy igual si gusta o no este cambio. No lo he hecho para nadie. Me ha dado una alegría inmensa ver mi nuca despejada y he pensado en la próxima vez que salga del gimnasio sin parecer una loca desgreñada a la que el pelo le va por donde quiere. También he pensado en la piscina. En ponerme el gorro sin necesidad de mil mierdas para no perder el poco cabello que tengo. Esto es así. Siempre he tenido el cabello muy fino y siempre he procurado maltratarlo poco, porque, como llevo diciendo desde el principio, cada día de mi vida he tomado decisiones que me han llevado a ser la mujer que hoy escribe este blog. Espero que quien elija aventura viva las mejores de su vida. Yo no he tenido ninguna suerte.
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Los años
¿Qué cosas crees que mejoran con la edad?
Con los años mejora la paciencia, y tienes infinita con quien la necesita. En mi caso la empleo con mis hijos. Ellos también la tienen conmigo cuando no les anticipo como necesitan o cuando no me explico como debo. Tengo mucha paciencia con los mayores, porque, si Dios quiere, yo tendré esa edad u otra parecida y les trato como yo deseo que me traten a mi llegados a ese punto. Luego está con quienes no, que con esos se queda del tamaño de un dedal. No tienes tiempo para tonterías.
Tampoco te vas a cualquier sitio con nadie que no te apetezca, a dormir o a vivir como cuando eras adolescente y ni falta que te hace. Ya matas por tu tranquilidad, y tu cuerpo te agradece cuando te compras una silla cómoda o una hamaca donde poner tu real cuerpito, bajo una sombrilla, que se note bien tu edad y lo que amas a tu ser, ese que maltrataste con alcohol del malo y tabaco, por lo menos en mi caso, y que ahora proteges como a tus hijos.
No pierdes el tiempo con gente que son literalmente un cero en tu vida. Que nunca han estado. Ni para ayudarte, ni para mandarte un mensaje de apoyo, ni para absolutamente nada, pero que son capaces de pedirte un favor sin sentir el menor sonrojo. Les dices que no, y lo haces sin parpadear, sin poner excusas. Porque no y punto. Como un ninja. Zas! directo al geto.
Pierdes la vergüenza. Lo descubrí el día que, estando en el supermercado, mi hija me comentó que su padre bailaba en el otro pasillo. Que le dijera que parara. Me puse el dedo índice en la coronilla, bizqueé los ojos, saqué la lengua, y empecé a girar muy despacio mientras movía la cintura. «Así?» Le pregunté. Luego paré y le dije, mira a tu alrededor ahora. Ves a alguien mirando para mi, sacando su móvil para grabarme, riéndose? No verdad? Sabes por qué? Porque todo el mundo está demasiado ensimismado en sus cosas para fijarse en las tuyas. Para preocuparse por lo que haces.
A partir de ahí, y tras la muerte de mi madre, aprendí dos cosas. Que hay que disfrutar de cada día como si fuese el último y de que la vida no es justa. A veces pasan cosas malas a gente buena. Y con ese aprendizaje me levanto cada día. Sonriendo y agradeciendo ver la luz del sol en mi cara mientras miro por el rabillo del ojo por dónde me va a dar la vida la torta. Pero eso es parte de mi querida ansiedad. Es la única que se mantiene igual aunque mi actitud con ella ha cambiado. Yo he cambiado. A mejor. Y me alegro y me felicito.