• Las acampadas y yo

    ¿Alguna vez has ido de acampada?

    He de decir que el estímulo de hoy me ha hecho sonreir como una niña chica recordando lo mal que lo he pasado realizando esa actividad. De acampada he  ido tres veces en mi vida. Las dos primeras fueron un fracaso absoluto.

    La primera vez y la segunda, mi marido y yo éramos novios. Llevábamos un tiempo, y yo decidí acoplar mi vida un poco a la suya por eso de que él tenía unos hábitos de vida saludable y yo no. Le gustaba mucho caminar por el campo y allá que me fui con él.  Fue horrible. Nada más montar la tienda, los ácaros que habitaban plácidamente en ella comenzaron a atacarme sin piedad. Mi cuerpo pedía sacrificio a los dioses o morir despeñada por uno de los barrancos de la isla. Es lo que tiene ser alérgica. La naturaleza y su polen plus ácaros, mala combinación.

    Pero no desistí de querer vivir en la naturaleza, así que la siguiente fue a la playa. Peor aún. Tuvimos que subir una ladera que era tan empinada, que, por un momento pensé que, con el peso de la mochila caería hacia atrás y acabaría junto al coche de mi novio. Hubiera sido demasiado fácil. Aún me quedaba lo peor. La bajada. Hasta la playa. Que no se veía y vivimos en una isla. Llegamos tarde, y montamos la caseta a toda prisa porque oscurecía. Caí en la colchoneta y comencé a estornudar. Así hasta que nos fuimos. Además, soy una persona de piel muy blanca que, durante su infancia no tomó las precauciones que se requieren para no llenarte la piel de manchas solares. Tenía que estar allí fijo dentro de la tienda en las horas puntas de sol. Cuando entraba podía oír a los ácaros recibiéndome con un: «holiiiii!!!» Y empezaban a atacar.

    Al acabar esa excursión le dije a mi pareja que esa vida no era para mí. A mi dame un sitio con techo, sombrita, piscina…pero aquello otra vez no.

    Al cabo de los años, siendo ya madre de mis dos chicos, nos fuimos de acampada una tercera vez. Si. El masoquismo. Quería que mis hijos, que habían pasado por estar encerrados meses, momento covid,  pudieran correr, respirar aire puro y ver campo. Nos fuimos a unas cabañas del cabildo de la isla que no tienen ni agua ni luz. Son tiendas de campaña de madera. Con sus literas dentro de las cabañas, pero sus baños y comedor comunitarios. Esa vez si que si. Me tomé el antihistamínico solo una vez. Hubo quien lo pasó peor que yo. Uno de nuestros acompañantes por ejemplo, lo pasó fatal. Pero a mi, la alergia me dio una tregua. Y así pudieron mis hijos tener unos días inolvidables. Y la verdad, yo me reconcilié con estas actividades.

  • LO DE LA PRODUCTIVIDAD

    ¿Cuándo te sientes más productivo?

    Depende de a qué llamemos ser productiva. Para ser madre,  soy productiva  todo el rato. No me queda otra. Mis hijos florecen justo antes de dormir, y, en ese rato, contesto preguntas, resuelvo dudas, desato nudos mentales…El autismo me ha hecho crear una paciencia que solo tengo con él y con los estudios. Pero sobre todo con él. Lo observo como algo muy digno de estudio y puedo ver cómo se sienten mis hijos y cuándo necesitan que esté muy presente.

    También ocurre que mi enano necesita ayuda para su aseo personal. Mucha. Y soy yo quien ha asumido esa tarea. Mi marido lo acompaña a la terapia y lo ayuda con los deberes. Pero hay veces que trabaja todo el día! Por lo tanto, debo dosificar mis fuerzas. Eso sí, esa noche duermo como un bebé.

    Si se trata de la escritura, por las mañanas soy sin duda, más productiva. Solo hay que ver que siempre escribo y publico por las mañanas. A veces, estoy durmiendo, y algo que quiero escribir se me cuela entre los sueños llenándolos de una luz tan cegadora que tengo que despertar. En algunas ocasiones consigo volver a dormirme, en otras no, y hasta que no escribo lo que me dictan las musas soy incapaz de descansar. Otras veces, la pregunta de la aplicación me trae un recuerdo a la cabeza. Y vuelvo a aquel momento como si lo estuviera viendo en una película. Y así lo describo. O lo intento!

    No hace un año, estando de viaje, me ocurrió. Estuve toda la noche despierta pensando en una historia que, al final, puse en papel. Encima volaba de regreso al dia siguiente así que ahí comencé y terminé la historia. Durante el viaje de vuelta. Nunca había dado tantas vueltas en la cama. Me puse a leer procurando no despertar a mi hija que dormía en la misma habitación. Leer hace que descanse mi propia mente. Voy a los lugares en el que el escritor quiere que esté y si, es muy bueno, puedo incluso sentir la escena que me describe como si fuera yo la que vive la historia.

    Me encanta leer y escribir y, puedo prometer y prometo, que en cuanto pase los exámenes en junio no haré otra cosa. Y deporte. Pero eso solo lo haré por salud. Que también es muy importante!

  • EL CUMPLEAÑOS

    Esta semana ha sido el cumpleaños de mi marido y lo he llevado, e invitado, a un restaurante de esos a los que va una vez, y se queda con las ganas de haber  pedido  otro plato. Esta vez se ha quitado  la espinita. Él suele pedir carne, con una papita frita  y una verdurita, que, puestos en diminutivo, no queda como, me puse hasta las  cachas de comer. Hemos ido con la niña, que seguirá siendo niña, aunque esté a un pelo de cumplir los 19. Total, que estábamos en la mesa atacando nuestros platos cuando mi hija me ha mirado  y  me  ha dicho que porqué no me presento a otro concurso  literario. Que mis textos son muy buenos y bla, bla, bla. Mi  sorpresa  ha sido mayúscula. Le he dicho que no tengo tiempo, y, que, al que me presenté lo hice porque la temática me tocaba muy de cerca y porque esa noche no pude dormir pensando solo en escribir la historia y cómo contarla. Mi marido nos  miraba en silencio, un tanto estupefacto,  porque a él solo le di a leer ese texto. No sabe que hay unos cuantos más. Un día pongo por aquí alguno. Total, que cuando  oyó  la  palabra textos en plural, se le quedaron los ojos cruzados.

    Entonces él  comentó que, la chica ganadora, había  hecho uno muy bueno. Absolutamente. El texto era muy bueno. Mi  hija lo  miró  y le preguntó: «Te acuerdas de qué iba?». No se acordaba. «Te acuerdas del de mamá, que tardaste la vida en leerte y que luego te impactó?» Se acordaba si.  «Pues yo  creo que  mamá debió ganar porque lo que  escribió quedó grabado  en nuestras cabezas».

    Nos quedamos los tres en silencio, como en esos cuadros en los  que se pintan a un grupo  de gente, comiendo en este caso, unos mirando al pintor, otros a  otros  personajes…y entonces sentí  el amor de mi  hija  derramarse por  toda la mesa y llegar hasta mi en forma de energía, esa  que te recorre todo el cuerpo y,  al  llegar a tu cabeza, te estalla dentro en forma de colores.

    Durante un montón de años, mi mantra era el mismo que el  estribillo de una canción de Víctor Manuel. «Qué te puedo dar, que no me sufras?»y, ahora aún lo  sigue siendo. Lleva toda la semana sufriendo  una ansiedad que, solo una persona autista sabe lo mal que se pasa. Le he dicho que debe ir más a deporte. El deporte va genial contra la ansiedad. Me ha contestado  que  bien,  pero que el  gimnasio donde vamos, ponen la música a todo trapo. Es cierto. Y ella no lo  puede soportar. Entonces  le he dicho que, nos damos de baja  allí  y nos vamos a otro, más caro, y al  que  puede llegar caminando, y menos ruidoso. Me ha dicho que porqué  voy a pagar más y a marcharme de un  sitio  que  me gusta.  «Pues para que seamos felices las dos» le he contestado. Y la respuesta le ha gustado. Espero que mi amor por ella haya hecho el mismo recorrido que el suyo y, en su cuerpo pueda sentir la misma energía que yo en el mío.

  • DEBATIR

    ¿Sobre qué temas te gustaría debatir?

    Me gustaría debatir sobre la poca implicación que tiene la Administración en cuestiones de discapacidad. Que deje a las familias con la responsabilidad y con la imposibilidad, de acceso a centros donde, en algún momento puede acabar su familiar con autismo severo con altas necesidades de apoyo. Responsabilidad digo, porque toca a las familias tantear o suplicar por el ingreso de su mayor porque ya hace muchos años que perdieron las fuerzas para cuidarlo como necesita.

    También me gustaría que dejara de tomarnos el pelo, sobre todo cuando te dicen que es muy pequeño para saber qué tiene y así evitar la atención temprana que precisa. Eso muchas veces no es cierto. Pero sí cómodo. Sobre todo para ellos.

    Me gustaría debatir, esto ya con la sociedad, que las familias no buscamos «la paguita», como dicen algunos en las redes sociales. Tampoco eso es cierto. Exigimos respeto. Exigimos alivio. Exigimos que haya terapias donde los padres no tengan que dejarse el hígado. Exigimos inclusión real y no la basura que tenemos ahora.

    Recordemos que todos esos niños que están siendo diagnosticados hoy, serán adultos el día de mañana. Y ya no se va a poder seguir mirando para otro lado.

    Es un problema real. Lo mismo que las enfermedades mentales, que no paran de escalar puestos en las estadísticas. Ese no es un problema del de enfrente. Ese un problema nuestro. Quién no conoce a alguien? A estas alturas, y después del confinamiento, yo, a demasiadas. Yo pongo mi granito de arena. Pero esto es como achicar agua en un barco que se hunde con un dedal. Una auténtica lástima!

  • LA ELECTRICIDAD

    ¿Cuándo fue la última vez que corriste un riesgo? ¿Cómo te fue?

    Cuando mi hija tenía unos pocos meses de nacida, solía ponerla en una sillita con la que podía pasearla por toda la casa mientras yo iba haciendo tareas como una navaja multiusos. En una de esas, comencé a oler a quemado. Concretamente, plástico. El alma se me cayó a los pies. Debía ser un electrodoméstico. Comencé a desenchufar los pequeños, pero la cosa persistía. Comencé a pegar la nariz en la nevera, el horno, la lavadora que estaba en ese momento en marcha…no conseguía localizar dónde estaba el peligro. En una de estas que estaba junto a la lavadora, vi que saltaban chispas en el enchufe. Saltó la palanca. Desenchufo inmediatamente y veo que sale un humo marrón por las juntas del aparato. Me asusto. Pienso con absurdez en la canción que comienza con «por el humo se sabe dónde está el fuego». Salgo corriendo y aviso a mi vecina de al lado de mi puerta. Volvemos corriendo y veo con horror que las llamas alcanzan casi el techo de la solana. Mi vecina comienza a gritar. Le digo que eso no ayuda. Cojo un cubo de agua y lo tiro a la lavadora que sigue ardiendo. Mi vecina no para de gritar. Vuelvo a llenar el cubo de agua y vuelvo a tirarlo al aparato. Se apaga. Cuando creía que ya había terminado, veo que una humareda tóxica marrón se dirige hacia nosotras. Abro la ventana y el humo escapa por ella. Mientras veo con alegría que todo ha terminado, recuerdo a la niña. Salgo corriendo al salón. Ella sigue en la misma postura que la dejé. Con el  pulgar de su mano izquierda en la boca y la mirada perdida. Me recorre un sentimiento de impotencia y un enorme escalofrío. Siento que algo va terriblemente mal. Pero creo que eso no va a arreglarse con  cubos de agua. Se va mi vecina, me siento en la cocina y comienzo a llorar. A la mierda la lavadora. Yo quiero saber dónde ha ido mi hija. Quiero salir a buscarla.

  • EL RIESGO

    Explica un riesgo que hayas asumido y del que no te arrepientas.

    Uno de los mayores riesgos que tuve que asumir fue decir a mi familia que tenía que encerrarme a estudiar las oposiciones. Y fue un riesgo con mayúsculas. Mientras yo estudiaba, todo iba quedando aparcado.

    Veía que mi hijo iba muy mal con su déficit de atención, pero creía que lo de los exámenes sería cuestión de un par de años. Total, el niño tenía 5 años. Era pequeñito aún para decidir nada.  Fueron cuatro años de estudios y el problema se hizo enorme. Decidí atajarlo hablando con su terapeuta, que se me puso de perfil, y de la que más adelante también prescindí, visitando al neuropediatra y haciendo que le hicieran una valoración en condiciones dos psicólogas externas y pagadas por mí.

    Durante esos años me perdí veranos, donde veía a mis hijos irse a la playa con su padre, mientras a mi me sudaba hasta el bigote, me perdí fiestas, excursiones…

    Si el riesgo mereció la pena? Sin duda. Sobre mi cabeza colgaba la espada de Damocles. Iba a perder el trabajo y lo sabía. Me había salido la pajita corta. Y yo necesitaba mi sueldo. Era inasumible el costo de nuestras vidas cobrando solo el paro.

    Durante ese tiempo ocurrieron muchas cosas. Demasiadas. Mi hermana se puso enferma y mi madre también. Cuando supe qué tenía, decidí hacer la maleta y dejarlo todo atrás. Hijos, marido, casa, oposiciones…todo quedó congelado durante el tiempo que estuve con ella en el hospital que no fue mucho. Y volví a ganar. Porque despedirme de ella era una lotería. Hasta hacía no mucho, la gente fallecía sola a causa del covid. Ella estuvo conmigo.

    Fue un 2021 en el que tuve que tomar decisiones sobre muchas cosas, pensando en lo mejor para todos. Seguro que me equivoqué. No soy perfecta. Pero eso lo sé, lo asumo, y sigo…

  • LOS ARREPENTIMIENTOS

    Cuéntanos alguna ocasión en la que no actuaste, pero te arrepientes de no haberlo hecho. ¿Qué habrías hecho de otra forma?

    No, je ne regrette rien, dice la canción de Édith Piaf. Pues yo sí. De un montón de cosas, aunque creo que todas me llevan a ser la persona cuya imagen me devuelve el espejo hoy.

    Me arrepiento, por ejemplo, de no haber parado los pies de la terapeuta de mi hija. De aquel día en que, con una confianza que yo no le había dado, me dijo que, sabiendo lo que yo sabía en ese momento, cómo se me había ocurrido quedarme embarazada de nuevo, de mi marido. Lo que yo sabía en ese momento era nada. Sospechábamos que el niño estaba danzando, sin nosotros saberlo, dentro del espectro. Uno tan enorme que consigue que algunas personas pasen el filtro de los detectores. Que se hacen mayores y, que solo tras una fuerte depresión, o tras una enorme incertidumbre, se arrastran hasta un buen psicólogo que les dice qué les pasa. No sabíamos nada más. Según el diagnóstico que ella misma había realizado, mi hija tenía un trastorno específico del lenguaje. Descartaba el autismo. Y lo descartaba diciendo que ambos no podían convivir en la misma persona. Y lo dijo desde lo alto, como su desafortunadísimo comentario, como si fuera una estrella de la psicología. Como una Sigmund Freud sólo que ella no aparecía en ningún compendio  psicológico. Ni en Wikipedia. Y ese dato que ella me dio era tan erróneo como su diagnóstico.

    Luego no. Luego lo cambió. Y tras el diagnóstico vino esa frase. Y tras la frase, un, «con un señor que es autista de manual». Entonces me sentí como Alicia en el país de las maravillas, cayendo en un enorme agujero, muy lentamente. No la quise creer. No me daba ninguna credibilidad. Y lo que es peor, no le dije que prescindíamos de sus servicios. Tenía que haberme enfadado. Tendría que haberle gritado y haberle dicho que, si quería, le enseñaba los dos informes anteriores firmados por ella, informes que ella no debe recordar. Qué pena! La misma pena que me da mi inmovilidad en ese momento. Luego descubrí que ya no iba bien. Me iba deslizando por una sima y no ponía remedio. Estaba deprimida. Tenía una ansiedad como un piano. Me justifica eso? Ahí lo dejo.

    La decisión de dejarla vino después, cuando, eso ya a mi marido, le dijo que se iba a trabajar a otro sitio y solo iba a quedarse con «los niños de toda la vida», es decir, que prescindía de nuestro enano. Él no era de toda la vida. No era creación suya ni su problema. Entonces mi marido le dijo que, sintiéndolo mucho, los niños eran un pack indivisible. Eran nuestros niños de toda la vida. Eran nuestra vida. Y volamos fuera de su radar. Y hemos sido más felices sin ella. Sin duda.

  • DEPORTE

    ¿Qué te relaja después de un día duro?

    Creo que con el título solo  ya estaría contestada la pregunta. Antes de encerrarme en casa a estudiar, iba al gimnasio cada tarde. Para cada día tengo una actividad contratada. Son unas actividades del ayuntamiento que valen una porquería y son oro. Además de baratas, tienes unos monitores muy profesionales trabajando con un material ya no tan profesional. Pero yo  salgo de allí como de un spa.

    Yo elegí pilates y yoga porque estoy mayor. Cuatro años encerrada en casa estudiando como un ratón de biblioteca, hizo que mi espalda esté hecha trizas. También voy a zumba. Por las risas. Solamente.

    Contraté dos actividades más que tuvieran que ver con trabajar la fuerza. Otra cosa importante para cualquier ser humano, pero vital para los que estamos en una edad interesante y pasando la menopausia. He de decir, que, gracias al ejercicio realizado estoy viviendo  el proceso de una manera mucho más liviana que lo que escucho por ahí.

    Pero ahora me quedo en casa, y, a veces, para soportar o tragar algunas cosas, si tengo una botella de vino me tomo una copa. Malo. El alcohol es un tóxico. Solamente. Aunque lo pintemos de risas, de cenas, de escenas…En fin, el otro día, como hacía algunas veces cuando me sentía un poco triste, fui a mirar el chat que  tenía con mi madre en el móvil. Para mi no en exceso sorpresa, ya no pude verlo. Se entiende que si no utilizas una aplicación es que no te interesa y entonces, ella misma se desinstala. Y entonces los chats que tuvieras con otros se pierden. Objetivamente es lógico. Es tecnología. Pero para mi fue un palo mayúsculo. Y eso que sabía que eso pasaría!!! Pero es como cuando ella falleció. Yo esperaba en la habitación del hospital donde estábamos ella y yo solo lo que era predecible. Su final. Final que, además, ella no dejó alargar inútilmente. Un día, cuando sienta fuerzas lo escribiré. Cuando no me produzca la sensación  de estar comiendo piedras. Lo escribiré y  lo dejaré para siempre escrito. Para recordar lo increiblemente valiente que fue mi madre frente a la señora de la guadaña.

    Bueno, pues tras comprobar que ya no podía leer nada de lo compartido, me tomé una copa de vino mientras lloraba a moco tendido. Mi marido se sentó delante de mi, y me dijo que a él no le pasaban esas cosas porque él no era un sentimental. Luego matizó y dijo que, además, nunca ha compartido con sus padres nada que no fueran lugares comunes. Si ha estado  jodido no ha ido  a nadie a desahogarse. Y, mientras a mi  se me escapaban las lágrimas ya no sabía si lo hacía por lo mucho que echo de menos compartir con alguien y tener una confianza que ya no me alcanza con ninguna persona, o porque, en ese momento, sentí una tristeza infinita en pensar que mi marido eso no lo ha vivido  nunca. Ni siquiera conmigo.

  • HISTORIA DE UNA CRISIS

    En mis casi 25 años de casada, treinta y seis  de conocer a mi marido, hemos tenido, como  es logiquísimo, muchas discusiones. Hemos estado regulinchi, pero jamás hemos dejado de hablarnos. Hasta hace muy poco. Han sido cuatro meses en los que hemos  sido compañeros de piso que, además, se soportan solamente.

    La historia comenzó en verano. Mi hija nos dijo que quería estudiar una carrera que se da solo en la isla de enfrente y le dijimos que no. Tenía caducada su discapacidad, porque aquí, en este país, debes demostrar cada tanto que, efectivamente, eres autista y morirás así, y es que los números no salían. Ya hicimos un esfuerzo  económico brutal cuando le pagamos el bachiller. Pago que hicimos porque deseábamos que siguiese en el instituto con sus amigas. Hay cosas que están por encima de los conocimientos.

    Hablamos con ella y ella aceptó estar una temporada opositando. Es una chica con altas capacidades, pero muy joven para algunas cosas de la vida. Cero rencorosa. Ayer vio a la que le ha estado sacando los cuartos, que se acercó para pedirle explicaciones, la gente no tiene maldita vergüenza, de porqué había dejado de contestar a sus mensajes. Lo dicho. Maldita vergüenza. Ella le contestó de manera muy educada, como es ella siempre, y le dijo que le habían obligado a bloquearla, pero que, con lo del dinero, definitivamente, le había cerrado el grifo.

    Total, que ella se hizo un estudio en su habitación, y allí  se encerró a poner codos. Y, de repente, nuestra vida familiar cambió. Ella está, a veces, 24 horas en casa. Cuando sale  a la biblioteca, debido a su ansiedad, se sienta, se levanta para ir dos veces al baño, y se las pira. No puede. Se siente observada y  juzgada. Cosas de su mente autista y  sus rumiaciones. Ella quiere afrontarlo y prueba cada vez, pero ese está siendo el resultado.

    Mi marido comenzó a comportarse extraño. A él el cambio de rutinas no le hizo ningún bien. Y, en el puente de diciembre, la cosa saltó por los aires. Como la discusión lo llevó a lugares no comunes para ninguno de los dos, decidí que, hasta que él no  empezara a modificar su conducta hacia mi, ahí se quedaba y podía hacerlo el resto de su vida.

    Hace poco, ya con  las aguas vueltas a su cauce, bueno, que éramos capaces de estar juntos en la habitación sin querer marcharnos, hablamos de divorcio. Yo temía que dijera que el se querría llevar su parte de la vivienda familiar. Es lo que toca. Él y yo nos hemos dejado la vida en ese trámite tan horroroso de pagar una hipoteca. Pero me dijo que no. En esos meses había convivido con algunos de sus amigos y había decidido que, si llegábamos ahí el que se iba de casa sería él. Yo le expliqué que estaba haciendo números para conseguir pagarle el  valor de la vivienda y no irme con los chicos a otro sitio. Me contestó que no la quería. Su parte.

    Entonces me preguntó que si no consideraba yo que, aprobando la niña las oposiciones, no sería correcto que ella viviera en un sitio donde llegar a su trabajo sin necesidad de rodearse o apretujarse entre un montón  de gente en el transporte público. Y, por supuesto, le dije que si.

    Estuvimos hablando mucho sobre lo que le había supuesto el cambio de rutinas. Ha perdido oído además, y eso hace que todo se le haga más cuesta arriba. Pusimos todo sobre el tapete, incluida mi  menopausia o premenopausia o qué se yo aún, y vimos que enfrentamos cambios en nosotros mismos y en nuestro entorno. Difícil un cambio para un autista. Encima, la terapeuta de nuestro hijo no va a continuar en el gabinete. Se va a unas calles por encima de donde está ahora trabajando. Otro cambio. No le gustó. Me dijo que a él las cosas le gustan estables. «-No sé si me explico» me dijo. Lo miré a los ojos, intentando transmitirle todo lo que sé y que siento en aquella mirada y le contesté: «¡Por supuesto!»

  • LO PRIMERO

    Escribe lo primero que se te venga a la cabeza.

    Lo primero en lo que he pensado hoy, nada más abrir los  ojos, es en  salir a mi antigua oficina a dar un abrazo a la que fue, durante once años, mi compañera. Le han dado no muy buenas noticias sobre la salud de su pareja, con la que comparte años, risas, llantos, pero ninguna cosa burocrática o, como digo yo a veces, burrocrática.

    Luego  subí a mi oficina donde estaba una compañera, recién incorporada, después de haber «luchado  con una larga  enfermedad» como dicen los noticiarios, en la que ha salido victoriosa. Nadie de la oficina se ha alegrado al verla. Sí de que esté bien, pero no de que haya vuelto. Excepto la mujer que se sienta a su lado a la que sí que he visto contenta. Se parecen pero no son iguales. Esta me parece, al mirarla una serpiente a la que no debes dar la espalda por si le diera por morderte. No he debido compararla con una serpiente. Pobre animal!

    Otra compañera, de otra oficina, se acercó porque creyó que ella se sentiría hermanada por el hecho de haber compartido la misma enfermedad y triunfo. Pero no. Le ha respondido con lo más impertinente que se le puede decir a alguien que cree verse reflejada en lo que has pasado. «Que ella estaba allí porque la obligaba la inspección médica no porque allí hubiera nadie con quien ella quisiera compartir el aire que respiraba». Qué amable!!

    Soy de las personas que piensan que, cuando alguien viene a darte o a desearte algo bonito solo debes recogerlo y agradecerlo. No soltar algo tan desagradable. Es mi sentir. Mi pensar.

    Y entonces volví a pensar en mi antigua compañera. Cuando mi hermano me dijo que debía volver a viajar a Barcelona porque con mi madre no había  ya nada más que hacer, en ese mismo instante, comencé a llorar. Teniendo en cuenta que soy una persona que, cuando llora, podría ser contratada como plañidera, y, que además, había gente todavía esperando ser atendida, porque sí, la noticia me pilló en el curro, debí ser la comidilla del registro en ese momento.

    Solo recuerdo dos cosas. Una compañera comprarme un pasaje a Barcelona sobre la marcha, y el abrazo de oso  de Celia, que así se llama, recolocando todo mi dolor.

    No pude evitar comparar las dos situaciones. Hay quien es amor y amor recibe. A granel. Yo la estaba consolando, pero luego llegó  un grupo enorme que se quedó a hacer de andamiaje. Hay quien es odiosa y molesta  como el humo del tabaco en los ojos, y solo  recibe indiferencia.

    Y ahora mismo pienso que quiero ser y pertenecer al primer grupo.