• MI PERFECTO DESCONOCIDO

    Describe un encuentro fortuito con un desconocido que te haya marcado positivamente.

    Hace muchos años, cuando trabajar para mi era como estar en un tren locomotora de esos que se movían con carbón, siendo yo la maquinista, apareció, en medio de todo aquel lío, una pareja que venía a pedir cita para casarse. Saqué el formulario, les expliqué la documentación a aportar, y, agenda en mano, les dije cuándo podían venir a traer todo cumplimentado. Entonces él se echó a reír y me dijo que no. Que él necesitaba casarse urgentemente. Comenzó a explicarme que tenía una enfermedad, que se podía ver en su rostro, que había comenzado a devorar sus órganos internos. Me dijo que ya se había cansado de sufrir y que el viernes de esa semana iban a operarlo. Tenía todas las papeletas para morir en la mesa de operaciones. Lo increíble es que él lo explicara en un tono entre resignado y feliz. Me dijo también que había encontrado al amor de su vida, esa vida que se afrontaba corta, y que lo último que quería hacer, antes de morir, era llevarse esa felicidad.

    Se casaron al día siguiente, un martes, con poquita gente toda ella compungida. Menos ellos. Ellos estaban felices e iluminaban la oscuridad de la sala con sus sonrisas. Lo esperé en la puerta, estreché su mano y le deseé suerte. Me dio las gracias.

    No falleció en la operación pero no superó el postoperatorio. Vino un familiar a decirlo y a agradecernos haber hecho al muchacho tan feliz. En ese momento, él se colocó en mi ADN y me hizo entender lo que significa amar a alguien por encima de todas las cosas. Amar hasta el punto de que, por ese amor, su dolor lo era menos. Ser feliz a pesar de las adversidades, y mirar la muerte con esa entereza. Ojalá haberle dicho lo que supuso conocerlo. Tal vez pueda hacerlo en la otra vida!

  • Donde no se me quiera

    ¿Qué lugar del mundo no visitarías nunca? ¿Por qué?

    Estaba hablando con mi hermana ahora sobre que, tal día como hoy, comencé a escribir este blog. Ella, que mucho antes de ese  día me estuvo insistiendo para que escribiera, y me dedicara a poner online lo que antes escribía en forma de cartas o relatos pequeños, escritos en libretas y escondidos de la mirada ajena. Pocos saben que escribo. Unos pocos más saben que me presenté a un concurso, que no gané,  escribiendo un relato de ficción y que sorprendió incluso a los que me conocían, por esto de que yo me abro en canal frente a muy pocas personas.

    Lo cierto es que soy una mujer  muy tímida a la que nunca le ha gustado estar donde no se le quiere. Me siento tremendamente incómoda si observo el menor atisbo de, mira chica, aquí sobras.

    Pero escribir me gusta. No. Miento. Me encanta escribir. Sé que hay gente que lo hace muy bien. Leo otros blogs y alucino. Pero aunque lo estuviera haciendo remal, no cerraría el grifo de la creatividad. Me ha costado tanto decidirme a escribir,  que ahora los escritos que, de siempre han estado en mi cabeza, se han puesto en fila uno tras otro esperando a que yo les de vida. Y voy con demasiados años de retraso y no quiero colgar las musas detrás de ninguna puerta. Ahora que escribo pienso en historias, en rimas, comento incluso cosas en Instagram por el solo placer de escribir. Me encanta el silencio mientras escribo, roto solo por el sonido del teclado. Luego vuelvo a mi día a día. Como si no hubiera pasado nada, cuando no ha sido así. Escribir deja huellas bonitas en mi persona. En mi mente. En mi espíritu.

    Hace muchos años, yo tenía 18, mi padre me dijo que, mejor, no volviera a visitarlo ni a verlo nunca más y yo acaté esa decisión, como lo haría un soldado en una guerra. Era lo que había. Y lo que había no era para mí. En este momento de mi vida solo yo decido sobre mi persona, a quién y qué quiero. Yo soy futuro.

    Agradezco infinito el que mi hermana me hiciera ver que en otros sitios sí soy querida. Y yo lo soy en las letras. Gracias hermanita!!

  • Mi tío

    Explica algo positivo que un miembro de tu familia haya hecho por ti.

    Iba a no contestar a este estímulo de la aplicación, pero no sería justo. Hace muchos años, cuando la vida no era para mí precisamente un carnaval, y, estando en el instituto, tuve un problema con la profesora de música. Era algo ridículo, pero ella se enrocó en que quería ver a mi padre. Yo le había explicado por encima que mi madre no podría asistir, así que me dijo que, o aparecía mi padre, o me suspendía la asignatura con lo que tendría que recuperar toda la materia en junio.

    Cuando le expliqué a mi padre lo que había sucedido, por no decir que le importaba una reverenda mierda no ya que me suspendiera, sino que me muriera, me contestó que no pensaba acudir.

    Con una congoja infinita  lo expliqué a mi abuela y a mi tío Octavio, que era, en aquel entonces, todo la sensatez que puede existir en una sola persona. Entonces me dijo que no me preocupara que él iría a la reunión. He de decir que trabajaba en la misma empresa que mi padre y que estaba justo en frente de mi instituto. En frente.

    Y allí que fue. Venía sucio, porque la empresa repartía a los hoteles del sur de la isla que estaban en construcción. No quiero ni imaginar ese, «mira que me voy a hablar con la profesora de mi sobrina un momento, ahora vuelvo» y la cara de los compañeros sabiendo que eso  era cosa de mi  padre.

    Mi tío estuvo fantástico. Tanto, que, cuando terminó, la profesora lo miraba entre admirada y estupefacta. Se acercó mi tío a mi, y me dijo: «Todo aclarado». Y esas dos palabras fueron oro en ese instante y para siempre.

    Luego lo atenazó la depresión y no hubo forma de soltarlo de ella. Siempre que lo veía le decía que lo quería y le daba un abrazo bien fuerte, para que constara en su alma que era importante para mí. Para todos. Pero un día decidió que no podía más. La  depresión había tomado posesión de toda su vida. Y partió sin avisar. Sin un adiós. Pero entre él y yo está «todo aclarado».

  • MI RESTAURANTE FAVORITO

    ¿Cuál es tu restaurante favorito?

    Mi restaurante favorito no llega a esa categoría. En realidad, es una tasca. Un lugar con unas pocas mesas en el  exterior envueltas en las mamparas que se pusieron tan  de moda en la época covid, unos barriles, dos o tres, en  el interior, que  sirven de  mesa, y la propia  barra. La atienden dos personas, un señor de más o menos  mi edad, y  una chica joven. El origen de ambos, el mismo. Extremadura. Entrar allí  es como  hacerlo a la pequeña aldea de Asterix y Obelix. Todo tiene su origen en la misma Comunidad. La primera vez que fui, lo hice solo con mi marido. Entramos, no teníamos reserva, por supuesto, y nos tocó barril. Total, que en un momento dado, me arrimé a la barra del negocio para reclamar no sé qué cosa. Y, de repente, el paisano que tenía a mi derecha comenzó a hablarme como si nos  conociéramos de toda la vida. Tenía, además, una retranca cómica muy buena, y ahí estaba yo, escuchando su anécdota, con  una  sonrisa que terminó en carcajada cuando acabó de rematar la historia. Entonces, de una  forma muy rara, sentí el negocio mismo como casa.

    Cuando voy con mis hijos,esto no me gusta porque tiene mala pinta, o porque tiene  un olor fuerte, plato que pedimos, plato que se zampan. Está todo delicioso. De hecho, mi marido odia el queso, por esto del olor, y, una vez nos pusieron unas chistorras en una salsa echa con algo de queso. Tú dejaste de comerla? Mi marido tampoco. Quedará para los anales de nuestra insigne historia familiar.

    Los que van allí, suelen hacerlo cada dos por tres. Yo no. Si pudiera sería como los parroquianos que se sientan siempre en la misma mesa. Un grupo de jubilados que tienen entre sus filas gente que ha sido  conocida en la ciudad por haber sido regidores de la misma. Siempre son los mismos, gracias  a Dios, y, cuando pasa mi hijo, que tiene mutismo selectivo, hacen una fila de palmas hacia arriba para que mi hijo los salude como si fuera una estrella de la NBA, chocando las manos. Me parece que tienen una sensibilidad fuera de lo común. A mi suelen preguntarme que qué tal me va todo, y tras intercambiar alguna frase más, ellos vuelven a su vino y yo a controlar la mesa, los pedidos y las bebidas.

    Ah! Encima, está en la playa. Cerca de la avenida. Así que la comida va acompañada del sonido de las olas..no se puede pedir más!

  • ENGAÑADA

    Hace unos días, para celebrar la vida misma, nos fuimos al restaurante preferido de mi marido y de mi hija. Tal es el amor que se le profesa que, mi marido, que jamás llama para reservar ni hablar con nadie (no tiene móvil) si utilizó el fijo para reservar una mesa. La señora nos recordaba. Cómo no! Lo que ella es muy muy discreta y nos trata muy amablemente pero manteniendo las distancias. Nos da lo que necesitamos vaya! Incluso, esta vez, como estábamos solos en el restaurante (llegamos casi en horario de comedor de guardería para no encontrarnos con demasiada afluencia de público) nos dejó caer como quien no quiere la cosa, que siempre elegimos sentarnos en la misma mesa. En fin, cosas de autistas que no tiene por qué saber la buena mujer. Yo soy la que se dirige al personal. Ese es mi rol. Si pillo al camarero de toda la vida de un local al que vamos siempre, soy yo la que le desea buen provecho. La de las bromas. La que pide la cuenta. La que, si en un momento dado tiene que decir algo mínimamente incómodo con lo que la familia se siente a disgusto, allá voy yo.

    Cuando estábamos acabando la comida, vi que mi hija se había guardado un pan en su bolso. No pregunté. Llegamos a casa, y cogió un brick de leche. Y entonces le dije que a dónde iba con esa comida. Me explicó que había una señora que pedía en tal calle y que ella la conocía y que le iba a llevar los alimentos porque la pobre señora debía nutrirse. Para mi horror, la veo manejando el móvil, enviando mensajes de texto, y escuchando audios. Y entonces le pregunté que si le había dado su número personal a la susodicha. Y me dijo que sí. Entonces la comida me cayó en los pies. Fue como cuando empecé a preocuparme porque veía a mi  madre muy enferma. Esa sensación. Vértigo. Si. Esa podría ser la palabra.

    Entonces respiré profundo y le dije que la señora se ponía en esa calle en concreto porque hay un bingo a dos pasos y un bar a solo uno. Le pregunté, como de pasada cuánto le había aflojado a la aprovechada esa (término que no utilicé hasta que me dijo el dinero que le había aflojado). Volví a respirar hondo y le dije que, delante de mi, debía eliminar a esa señora de sus contactos. Que la bloqueara. Que no volviera a dirigirse de ninguna de las maneras a ella. Lo que a mi hija le sorprendía era que yo no estuviera enfadada con ella. No lo estaba. Temía por ella. Eso sí. Le había llegado a pedir que le hiciera bizum. Menos mal que no tiene tarjeta de crédito!

    Eché la mirada hacia atrás, a unos meses antes, cuando me dijo que quería ir a otra isla a estudiar. Cuando hice cálculos, no salían las cuentas. Estudiar en la universidad es caro. Pero hacerlo en otra isla, con tu certificado de discapacidad caducado, es un lujo al alcance de unos pocos. Tuve que decirle que no. Le dije que, además de no tener el dinero, la veía demasiado niña y demasiado ingenua para afrontar estar fuera de casa sin, aún, supervisión paterna. No estuvo de acuerdo. Se enfadó. Pero en el momento en que me contó toda la historia con la señora esa, esos temores me cayeron como el piano al coyote. Aplastándome en el suelo. Dejándome sin energías.

    En el momento en que decidimos mi marido y yo que ella no iría a la isla de enfrente, mucha gente nos recriminó por tomar una decisión tan dura. Ya habíamos superado los dos años de bachiller teniendo cada mes unos números rojos que daban terror. Pero por lo visto, cuando la gente no vive tus cosas, te ponen un rol, el que sea, y te lo cuelgan como un collar de flores al cuello.

    Le he explicado, por activa y por pasiva, el engaño al que ha sido sometida. No me queda ninguna duda de que, si dejo que la aprovechada esa se acerque a ella otra vez, puede que corra el riesgo de volver a dejarla entrar en su parcela privada. No hay garantías de que no. A pesar de lo explicado. O si. Ni idea.

    Creo que ví a la susodicha el otro día. Sentada en una mesa de un local que le iba que ni al pelo. En él se ofrece un cubo de cervezas a siete euros y medio. Una ganga para un alcohólico. Mientras lo pensaba, me crucé la vista con ella. Yo creo que supo quién era. Mi hija es mi retrato solo que más guapa y joven. Pero yo no quería conflictos. Ese día no. Llevaba en mis manos la escritura de la cancelación de la hipoteca de mi casa, que quiero registrarla para que mis hijos la hereden sin cargas. Y entonces pensé: «Sé tú más señora que ella». «Has llegado hasta aquí, pero podrías, perfectamente estar en esa mesa, esperando por tu cubo.  Tú nunca has necesitado engañar a alguien para que te cubra tu adicción. Has sido más lista. O has tenido más suerte. No sé».

  • Las 5 cosas cotidianas que me hacen feliz

    Enumera 5 cosas cotidianas que te hagan feliz.

    Lo primero que me hace feliz,  después de levantarme y preparar los desayunos, es abrir Instagram y ver las noticias que da Ángel Martín. Me encanta que alguien acabe, después de levantarse pegándose un madrugón, grabar el vídeo, editarlo y subirlo a la red, diciendo que quiere a todo aquel que está detrás de la pantalla. Los seres humanos que oímos sus noticias antes de salir corriendo a nuestros destinos. Me parece que es de ser un ser humano tremendamente generoso.

    La segunda cosa que me hace feliz es ir al trabajo caminando. Cuando ves, desde él, las largas colas que soportan los que se mueven por la ciudad, encerrados en sus coches, armándose de toda la paciencia, cada día, respiro absolutamente aliviada. Si tuviera que hacer lo mismo, el estrés me tendría muy enferma. Además, desde mi trabajo, en una séptima planta, tengo unas vistas al mar maravillosas. Puedes ver, como si fuera una postal, los barcos fondeados en el mar mientras el sol va subiendo muy despacio en el horizonte.

    La tercera cosa que me encanta es tomar el café del descanso en mi casa. Ver y hablar con mi hija mayor en calcetines, prestándonos toda la atención la una a la otra, ese ratito, no tiene precio. Mi hija es un ser humano maravilloso. Digna de todo lo bueno.

    La cuarta cosa que me gusta es hacer deporte por las tardes. Ahora no estoy yendo porque  este trimestre está siendo un infierno de estudio y preparación que terminará sólo cuando llegue el día del examen, pero lo echo de menos. Me gusta saludar a las compañeras y a las profesoras y luego estar 45 minutos partiéndome el alma. Y lo hago por mi bien. No por estar delgada, sino por salud física y mental.  Nunca me cansaré de repetir que lo recomiendo como el mismo respirar.

    La quinta cosa que me hace feliz es, por las noches, cuando ya voy a dormirme, oler a mi enano cerca de mí. Poder abrazarlo. Saber que eso un día terminará porque será ley de vida que se vaya a su cama. Y mientras tanto aprovecho. Lo abrazo con no mucha fuerza. No le gustan los abrazos fuertes mientras duerme. Y así me quedo, en silencio, esperando que la vida me dé la oportunidad de vivir todo eso, de nuevo, al día siguiente.

  • Mi libro preferido

    Mi libro preferido llegó a mi en un día de playa. Solíamos ir los domingos y allí nos reuníamos con tías de mi madre. Juntábamos las sombrillas, y, en ese círculo, jugábamos a las cartas, comíamos, íbamos a nadar todas juntas…

    Me encantaban esos momentos y esos días. Es una playa capitalina así que, mientras paseas por la orilla, puedes ver a la gente paseando por la avenida, comprando o comiendo en el montón de negocios que tiene. Pues bien, ese día, me encontraba mal y estaba de mal humor. Así que me puse a sombra y entonces vi el libro. Era un libro enorme y precioso, con una rosa gigante en la portada, y, si no recuerdo mal, dentro de ella había un laberinto. Era, el  nombre de la rosa. Empecé a leer, y, enseguida, puse cara a Guillermo de Baskerville. Le puse la cara de Sean Connery, que, muchos años más tarde interpretaría al personaje.

    Mientras leía descubrí, para mi horror que no iba a conseguir terminarlo por muy rápido que leyera. Y así fue.

    Años más tarde me lo compré. Con mi primer sueldo. Aún lo tengo en casa. También es de los libros preferidos de mi marido. Pero es que lo tiene todo. Crimen, suspense, amor…y sí. Vaya que si lo he releído. Es, para mí, lo mejorcito de Umberto Eco. Esa tarde en la playa no pude acabarlo y, durante años no supe cuál era el final. Esa espinita me la quité cuando lo compré. La prueba de que lo conservo, la foto

  • Miss Marple

    Si pudieras ser un personaje de un libro o una película, ¿quién serías? ¿Por qué?

    Sin duda alguna, de anciana, me gustaría ser como ella. Una señora de más de noventa años, que hace punto, visita a sus vecinos, cuida de sus plantas y le encanta atar cabos sobre lo que ve a su alrededor. Es como cuando yo era niña y observaba a la gente, aunque yo las historias me las inventaba, y ella no. Ella conoce al ser humano muy muy bien. Y es capaz de ver la maldad en un pueblo tan pequeño y cuqui como St. Mary Mead.  Me encantaría tener una mente tan despejada y ágil como la suya. Y su habilidad para cuidar de su jardín con tanto mimo. Eso también me encantaría. Además, no es una señora solitaria. Su sobrino la cuida y la mima como a una madre. La ayuda económicamente porque a él como novelista las cosas le van bien, y ella tiene lo que viene siendo una pensión de mierda, y se la lleva incluso de viaje lo cual me parece el colmo de la felicidad.  Que he leído a Agatha Christie? Mucho. Fue la lectura que acompañó toda mi adolescencia. Luego vi la serie que ponían basada en sus novelas. Me gusta el misterio. Mucho.

    Si no fuera mujer, si buscara un personaje masculino sería Toranaga. Él es un personaje ficticio del libro de James Clavel, Shogún. El libro llegó a mis manos por mi marido. En ese entonces, su interés restringido era Japón y los shogunados. Era capaz de decirte los nombres de emperadores y de los Shogún sin equivocarse y por su orden antes y después de  Toranaga que  fue un personaje real, Tokugawa leyasu. Como ven tomé nota mental de todas esas cosas porque, de tanto repetírmelo, se me adjuntó al Adn.

    En el libro, este personaje ve la vida como un enorme juego de ajedrez. Cada movimiento que hace, cada peón perdido, que no son piezas de madera sino seres humanos,  es un paso más hacia su objetivo, que ha convertido en su todo en la vida. Me encanta cómo el libro detalla sus pensamientos y cómo hace todo lo posible para que, lo que piensa no se le vea en la cara, algo que yo, sin duda, soy incapaz de conseguir. A mi todo se me nota.

    El libro lo recomiendo muchísimo.  James Clavel hace una radiografía a la mentalidad japonesa con una veracidad que te deja sin palabras y explica el porqué del odio que tienen hacia todo lo extranjero. Nosotros allí seríamos un Gai-Jin. Algo casi peor que ser carnicero en la época en la que está ambientada la novela. Y ya paro. No sin antes explicar que lo que me gusta de ambos personajes es lo bien que saben retratar a otro ser humano. Con sus edades, sus achaques, pero con toda la agudeza!

  • LA TUTORÍA

    Esta semana he tenido dos tutorías. Una de ellas se refería al peque de la familia. El profesor me ha dado un seguimiento del niño, de las asignaturas en las que él flojea, matemáticas y lengua. He visto por encima que tiene un montón de «en proceso» y ningún conseguido. He metido los papeles en una bolsa, los he fotocopiado y me he olvidado de ellos. No creo en seguimientos. Ni en valoraciones apocalípticas. Creo en mi hijo y en sus capacidades. Hemos hablado de la actividad en la que él no quería que el niño participara. Me ha reconocido que no se esperaba, para nada, el cómo fueron las cosas. Yo sí. Yo lo conozco y sé de sus fortalezas y de sus debilidades. Al final, fue el único de toda la clase que preguntaba dónde estaban los artículos, dirigiéndose a los empleados del supermercado con educación y como si lo hubiera hecho toda la vida. Vamos, que le hemos dado un zasca en toda la boca. En fin. Nos ha dicho que va a aprobar este curso. Sin duda ninguna. Y con eso me he quedado.

    Luego, he tenido una tutoría yo, con la tutora asignada para este curso de autismo que realizo con Fundación Quinta. Ha sido un cambio de impresiones rápido que tenía mucho que ver con el trabajo de final de curso que debo presentar. Oh my god!!

    El hecho es que no suelo estar en las clases online en directo. No creo que me haya visto o me recuerde por esto de que soy madre, trabajo, hago deporte, voy a las terapias de los chicos, o hablo con sus terapeutas de temas que creo se deben tratar en la terapia…bla, bla, bla. Soy de perfil bajo. El caso es que ha flipado un poco con esto de que convivo con lo que ella creía eran dos personas autistas hasta que le he aclarado que no, que son tres. Que mi marido también lo es. Me ha preguntado que cómo lo organizo. Y siempre que me hacen esta pregunta contesto lo mismo. Con mucho estrés. Pagando con la salud. Esa es la forma en que lo llevo. No hay más trucos y no soy súper nada. Me ha dicho que le parece interesante el trabajo que le quiero presentar. Vamos a ver qué sale.

    Ayer salió en la aplicación la pregunta de qué profesión elegiría hacer de manera gratuita. Me gustaría escribir de forma profesional y me gusta la dedicación que aplico en mis hijos. Si pudiera decir que si me dedico a ello como si fuera una profesional diría que sí. Y lo hago de manera gratuita. Por eso me formo. Por eso trato de entender cada día lo que pasa por la cabeza de mis hijos. No puedo ayudar a mi marido. Puedo acompañarle. Puedo hacerle entender qué ha ocurrido en determinadas situaciones en las que hemos estado juntos y en las que me ha mirado con cara de desconcierto. Mis hijos no tienen su vida resuelta. No son su padre. Debo darle el mayor número de herramientas posibles para que puedan encauzar su futuro. Su incierto futuro. Hay un alto porcentaje de personas autistas sin trabajo. Sin ayudas. A la deriva. No saben lo angustioso que puede ser eso para una madre que sabe cuánto valen sus hijos y que sabe de las miradas prejuiciosas de la gente que les rodea.

    Pienso luchar por ellos hasta que me cierren los ojos, con todas las fuerzas, con toda mi energía. Quiero que eso quede claro. No porque sea una madre fantástica. Sino porque quiero la felicidad de los dos. También con todas mis fuerzas.

  • MEJORAS

    ¿Cómo mejorarías el lugar donde vives?

    Vivo en un sitio donde puedo llegar caminando a muchos sitios. Tengo cerca todo los lugares administrativos que necesito para arreglar un papel. Vivo, además, a dos pasos de mi trabajo al que entro tras dejar al peque en el bus del cole que también se para delante de mi curro. Eso sí, no verás una zona verde ajardinada en condiciones hasta no sé dónde.  El primer parque infantil que vale la pena, donde los niños hacen turnos para deslizarse por el columpio está a algo más de media hora caminando. Es lo que tiene vivir en un barrio que se empezó a construir durante la conquista y aquí plantamos una iglesia, en torno a ella vamos haciendo casas de dos alturas…claro, la cosa no estaba para pensar en verdes ni en niños. Antes, además, aquí llovía más. Corrían los barrancos cargados de agua. Ahora se han sustituido por una carretera de doble sentido y, por supuesto, ha desaparecido el puente que permitía el paso a la otra orilla. Yo volvería a esa época de lluvias. Ahora llueve polvo del desierto y, generalmente, miras hacia arriba y ves el cielo marrón.

    Eso lo cambiaría. Pero si me mirara el ombligo y el cambio lo circunscribiera a mi casa, la reformaría casi en su totalidad. Necesito cambiar las puertas de casi todos los cuartos, que no cierran,reformar el baño, que tiene mil años, pintar…es lo que tiene haber llevado casi 20 años sacrificando, aunque no lo vimos un sacrificio, casa por niños. Había que pagar terapias y coles. De dos chicos. Y no daba para todo. De hecho, eso, unido a nuestra hipoteca, hizo que viviéramos estos años de un color morado muy cuqui. Pero ya se acabó. Todo pasa y todo queda que diría Machado. Y así es…