• Las fortalezas y debilidades

    ¿Cómo te has adaptado a los cambios que trajo la pandemia de la COVID-19?

    A mi me pilló el confinamiento preparando las oposiciones. Iba por ese entonces como pollo sin cabeza, y, de repente, tuve que parar. Encontrar y echar mano de toda la paciencia. Con los niños en casa, descubrí, con horror, que mi enano tenía lo que sería un Tdah como un piano de cola. Tuve que ponerme a ver en la tele los programas educativos que enseñaban trucos para aprender matemáticas, por ejemplo, y aplicarlos a él.  Y salir corriendo al neuropediatra desde que pudimos poner un pie en la calle.

    También he tenido que adaptarme a vivir sin mi madre, que no murió de covid, pero sí lo hizo porque, atender a la gente telefónicamente no es una vía muy correcta para detectar un tumor. Pero he de decir, que, ella llevó la enfermedad con una cabeza y una fortaleza dadas por el deporte que hizo hasta casi el final, con una entereza que me maravilló. Y entonces pensé que yo debía coger ejemplo y ahora todo el mundo alucina porque todos los días, o los días que puedo, voy al gimnasio. Mi madre me llamaba el antideporte con patas. Ese era el nivel.

    También me hizo ir a terapia. Que es algo que recomiendo si tienes algún nudo mental que desatar. Llegar a consulta y ver que mi psicóloga era una chavala joven me echó para atrás al principio. Pero solo muy al principio. Porque enseguida conectamos y, gracias a esas horas, yo soy mejor y más fuerte mentalmente en la actualidad, además de que, gracias a Elena, el duelo fue bastante menos penoso de lo que hubiera sido pasarlo a pelo.

    Y esas fueron mis adaptaciones! Ah! Y aprobar las oposiciones!

  • LA IMAGINACIÓN

    ¿Qué te hace una persona única?

    Yo creo que todos somos algo creativos en alguna cosa. Cocinando, se me da fatal, cosiendo, las labores se me dan regulinchi aunque puedo pegar una cremallera y subir el bajo de un pantalón y sabía hacer punto pero lo olvidé. Mi madre hacía ganchillo, tengo, o tenemos mejor dicho, toda su parentela, unos gorritos para cubrir el papel higiénico del baño. También me hizo una mantita para la cuna del niño que guardo como un tesoro. Pero yo en ese punto, nunca he tenido paciencia. Eso sí, cuando era pequeña, siendo hija única, y teniendo unos padres bastante jóvenes y a los que les gustaba salir, y una abuela que ya tenía suficiente con su propia prole, pues me llevaban a locales que llevaban música en directo. Pero no se crean que cualquier cosita, no. He visto tocar y cantar en directo a  Antonio Machín. Si. Soy mayor. Mucho. Y lo descubro cada vez que me asalta algún recuerdo de la infancia.

    Pues bueno, mientras el cantante y la orquesta le daban a los acordes, la gente salía a la pista y, entre ellos, mis padres. He de decir que mi padre siempre fue una nulidad como padre en el más amplio sentido de la palabra, pero tenía muy buen sentido del ritmo. Qué le vamos a hacer! Quien no se consuela es porque no quiere!

    Cuando eso ocurría, me quedaba sola en la mesa, sentada, mirando a mi alrededor, a las caras de los que estaban sentados a mi alrededor. Con mi refresco de naranja. Y entonces se producía la magia. Miraba a alguien durante un rato, y, puf! Mi mente comenzaba a crear una historia sobre esa persona. Tenía cara de enfadado? Pues imaginaba qué era lo que le tenía contrariado, que estaba haciendo arrumacos con su acompañante? Pues creaba la historia desde que se conocían hasta después de ese baile.

    A veces, cuando llevaban un rato largo bailando, mi madre se acercaba y me preguntaba si estaba cansada y quería irme. Estamos hablando que yo tendría cuatro años o menos! Pero siempre le contestaba que no. Si mi madre me hubiera preguntado en esos instantes, le hubiera dicho que estaba en esos momentos en lo mejor de la historia y que no deseaba ser interrumpida.

    Con el paso del tiempo, mucho tiempo después, decidí poner esas historias en papel. Tal vez he decidido hacerlo un poco tarde. Pero sí, sin lugar a dudas, eso es algo que me hace única. Porque son mis historias. No las de otros!

  • SEMANA SANTA

    Este año, porque me quedaban aún por disfrutar cuatro días del año pasado, me he pillado toda la semana santa. Toda. Desde el viernes pasado. Estaba reventada. Como ya he dicho, el segundo trimestre de quinto ha sido agotador. Hemos dejado el hígado en él.  He de decir que, sin ser que ahora le guste estudiar, no vayamos a flipar en colores tampoco, el ejercicio de estudiar todos los días aunque no haya deberes,  ha hecho que mi enano le esté pillando el gusto al hábito.

    Pues bien, el lunes, no pudo ser antes porque a mi marido le tocó trabajar durante el finde, empacamos las cosas y nos vinimos al sur de la isla. Llegamos tarde, porque la rutina impone que debemos parar a cenar en un restaurante de comida rápida que hay nada más entrar al pueblo. Aquí, hasta los pueblos, se han puesto todos a disposición del turista. Un turista que en su país es civilizado pero que al llegar aquí se convierte en un energúmeno. Hay también bonitas excepciones. Gente que ama la isla. Pero son los menos. Desgraciadamente.

    Nos plantamos en una vivienda que lo fue de mi madre. Es de mis hermanos y mía y aquí mis hijos tienen unas rutinas que hacen que en sus vacaciones puedan soltar ese vapor que se acumula en la cabeza de una persona autista que va aumentando a medida que socializan, aguantan atascos, ruidos, apreturas en el transporte público…Aquí notas cómo se van relajando. Nada más llegar.

    Al día siguiente, o el mismo día de la llegada, mientras engullen sus hamburguesas, comienzan a hacer planes. Mañana comemos en tal sitio, luego vamos a la playa, luego cenamos en este otro sitio, y, cuando han terminado, dejan nada a la imaginación o, a, vamos a ver qué pasa hoy. Han hecho planes para todos los dias. Eso ocurre cuando vienen conmigo. Yo no hago planes a largo plazo. Solamente enumero lo que haremos ese día en concreto. Por eso son del team papá.

    La playa a la que vamos, no se nos ocurre ir a ninguna otra, es una playa artificial. Creo que en la isla solo hay dos. Pues una de ellas. En esta playa el mar siempre está igual. Puede estar la marea alta o baja, pero no hay olas. No somos del team, tenemos que quedarnos sin bañarnos porque está el mar picado. No no. Y en ese team me incluyo. Y se incluía mi madre a la que estar ahí le encantaba.

    Para cenar podemos incluir, volviéndonos muy locos, cenar en casa, o hacerlo en un restaurante del centro comercial donde, o qué guay, vende comida rápida, contundente, no hay colas, de hecho, no tiene casi clientes mientras que los otros locales están llenos, y la comida está buena. Qué ocurre? Pues que el dueño es hindú. No pone en sus platos otra carne que no sea pollo o pescado. Prepara unas ensaladas gigantes y muy ricas. Y la gente de por aquí y el turista prefiere un menú más variado.

    Hoy hemos planeado volver a casa. No quiero hacerlo mañana y tener que comerme los atascos de la vuelta. Volver a casa me va a caer como una piedra en la cabeza. Espero haber cargado toda la energía necesaria para afrontar la vuelta a la rutina. Hoy limpiaré un poco la casa, leeré, regaré el jardín, y volveré cargada de ropa de cama y cosas que lavar al regreso. Voy a aprovechar todo el día. Y lo he comenzado de la mejor manera que sé. Escribiendo.

    La foto la hice ayer. Me gusta. Y es la de la playa a la que vamos.

  • LO QUE LA MAYORÍA DE LA GENTE NO ENTIENDE

    Cuéntanos algo que la mayoría de gente no entiende.

    La gente, en su mayoría, no entiende el autismo. O dice que si, pero no. Cuando arañas un poco, la persona con la que hablas creen que la gente autista es como Sheldon Cooper. O como la chica de Bright Minds, una serie francesa con título inglés que descubrí esta semana. O peor. Como Rain Man. Aunque ya solo los que somos cincuentones sabemos y conocemos esta película. En fin. Que el autismo o ser autista no va de eso. Va de tener un mapa neuronal distinto del que tienes enfrente. Va de que no sabes que te está tomando el pelo o siendo sardónico mientras te preguntas porqué otro ser humano emplea esas tácticas para hablar con nadie mientras lo miras con desconcierto y cierta desilusión. Es cierto que hay tantos autismos como personas. A nadie le da por lo mismo. No va de que escuche un ruido fuerte y se tape las orejas con las manos mientras grita desesperado. O si. O de no soportar ciertos olores. De no ver quizás el conjunto pero ser capaz de fijarse en un maravilloso, minúsculo detalle. O de no entender al que le habla a pesar de hablar el mismo idioma. Y no, no es una enfermedad. Hay quien piensa que el autismo lo es. Y cuando le dices la condición de tu hijo,  más por necesidad que por ganas, notas cómo aleja a su hijo del tuyo no sea que lo contagie. No. Tampoco se contagia. Lo que sí lo es, contagioso digo, es la ignorancia. No saber es peligrosísimo. Si te toca un/a profesor/a que no sabe y que no quiere saber, y te trata con toda su ignorancia, el resto de compañeros se contagiarán. Y entonces es cuando empiezan a ocurrir situaciones de rechazo o de acoso. Pero no sólo en el cole. En los trabajos. Y para todas las cosas que se salen un poco del tiesto y que son distintas. Que has perdido tu salud mental? Ahora eres un loco. Que has engordado? Malo también. Que has perdido una parte de tu cuerpo? Pues ahora puedes ser desde un tullido a un pobre ser al que hay que ayudar aunque no hayas abierto la boca para pedir ayuda. La gente es la monda. En general. Luego hay alguna que, cuando hablas con ellas no te juzgan, te entienden, y solo te  trata porque le caes bien o mal. Pero esas personas son una excepción. Deberían ser regla.

  • LECCIÓN DE VIDA

    ¿Sueles rechazar las cosas que se interponen con tus objetivos?

    Lo primero que uno debe entender, el primer pensamiento que debería estar en nuestra mente, es que, el día que vivimos puede ser el último de nuestra vida. No hay nada cierto. No existe un mañana hasta que despertamos del sueño. Entonces, porqué diablos vamos a permitir que, encima, se nos pongan objeciones a cómo recorrerla? Por qué vamos a permitir a nada o a nadie que nos impida avanzar y alcanzar lo que queremos?

    Otra cosa es un consejo si lo que haces no te va bien. Si te dedicas a beber el agua de los floreros para luego alucinar si tienes el hígado hecho paté, por ejemplo. O si eres un crío o una cría y no tienes ni idea sobre un determinado tema. Pero cuando, como yo, ya sabes que has vivido más de la mitad de tu vida, lo urgente es vivir sintiendo en todo momento que eso que haces ahora te hace feliz, o, que, cuando llegues, cuando  alcances tu objetivo, vas a vivir más tranquilo, mejor.

    Ahora mismo estoy realizando un máster sobre autismo que está siendo una experiencia brutal. Mi idea es aprender para atender. Fuera de ahí no aspiro a nada más. No pretendo acabarlo siendo la alumna aventajada. No es mi objetivo. De hecho, ahora resulta que el examen para ascender lo ponen el mismo mes que que el examen final del máster. Acojonante. El cosmos suele ser así de hijoputa con esta que escribe. Probablemente sean los dos, incluso, el mismo día. Pero si algo tengo claro a mis casi 54, es qué es lo mejor para mi. Y lo mejor es, sin lugar a dudas, ser feliz el tiempo que me queda. Y por eso iré al examen de promoción interna. No sé si aprobaré, eso sí, como con todas las cosas que me interesan, voy a hacerlo lo mejor posible y a intentarlo con todas mis fuerzas.

  • LA CONSTANCIA

    Hoy voy a hablar de lo que me ha servido practicar esa palabra durante toda mi vida. Siempre he pensado, no tires la toalla, tal vez en un futuro que aún eres incapaz de ver pero que está ahí, conseguirás esto por lo que hoy suspiras. Me pasó con el trabajo. Quería conseguir uno que me diera la oportunidad, no solo de llegar andando, que, para algunas cuestiones de tipo logístico, tipo salir corriendo porque alguno de mis hij@s, enfermo, se ha puesto peor y lo he tenido que llevar a urgencias, o porque, incluso, en la media hora que me dan para el café me da tiempo de recoger mi habitación o poner una lavadora, cosas que luego no puedo hacer por las tardes, muchas veces porque estoy súper ocupada con terapias, deberes, preparaciones de exámenes…

    Bueno, pues al grano, que me encanta irme por las ramas. Esta semana he descubierto que, gracias a la constancia estoy dejando atrás el haber trabajado toda mi vida laboral en algo que poco tiene que ver con mi labor actual. Tener que aprender y deconstruirme a estas alturas de mi vida lo consideraba un pico más alto que el Everest. Pero no. Ha llegado. Sigo metiendo la pata en algunas cosas, sobre todo en lo que se refiere a los juicios, pero bueno, también tiene que ver con que el juez quiere que uno esté en la sala como Campanilla, la de Peter Pan. haciéndolo todo grácilmente. Sin hacer ruido y de forma rápida. Y chico, qué quieres que te diga, no he sido así jamás en la vida. Ahora pretendo ascender para hacer algo a lo que tampoco estoy acostumbrada. Gestionar una mesa e ir empujando y sacando lo que, en verdad, es algo que afecta a la vida de una persona que espera que seas lo suficientemente eficaz para resolver su problema de manera rápida.

    También, por la constancia, hemos aprobado mi hijo y yo la segunda evaluación. Que me ha dejado derrotada a la enésima potencia, es cierto. Pero que nos hemos quitado de arriba una evaluación que es pesada, larga, tediosa, también. Hemos suspendido francés. Pero claro, teniendo en cuenta que su profesora ni siquiera daba la fecha de sus exámenes en la aplicación del cole, pues el resultado solo puede ser el que es. Suspenso.

    Otra cosa ha sido mi hija. Esta semana mi marido se ha ido de acampada con un compañero, y aquí nos quedamos ella y yo. Me dijo que si podía hacer unas lentejas para comer y le dije que si. Yo pensé, aunque estén duras como piedras voy a comerlas y a decirle que le han quedado superiores. Pero resulta que no ha hecho falta mentir. Estaban superiores de verdad!. Y mientras las paladeaba, pensaba en el principio del todo. El dolor que sentía cuando ella era pequeña porque notaba que sufría una barbaridad por no poder comunicarse con los demás. Sus terribles silencios, impuestos por su autismo, en los que yo salía corriendo por toda la casa intentando encontrarla, generalmente en alguna situación tremenda. Como cuando  me la encontré en el alféizar de la ventana. Con las piernas dando a la calle. Mirando los dos pisos de altura que la separaban del suelo. Mientras recordaba eso, recordaba también que, el haber llegado a las lentejas ha sido producto de mucho trabajo. De constancia. Sé que, a veces, es mucho más fácil decirlo que hacerlo, pero también es verdad que, sin ella, hoy día, mi hija no estaría cogiendo fuerza en sus alas para volar del nido en cualquier momento. Y por eso le agradezco. Por todo.

  • LA PROFE DE LENGUA

    ¿Qué docente te marcó más en la vida? ¿Por qué?

    Era una mujer con un look misterioso. Llevaba gafas de sol dentro del aula porque tenía un problema de fotofobia. Eran las gafas de sol más grandes y horrendas que he visto en mi vida, y con ellas tapaba casi todo su rostro. Luego, con su carácter, daba muy poco lugar a la confianza. Era ácida en sus comentarios. Llegué a ella en quinto curso y me pegué todo el año intentando estar a la altura de lo que ella esperaba, pero no había forma. Hasta que, al año siguiente, mi cabeza hizo click. Y entonces si que si. Me hizo enamorarme de los libros, de sus historias, de sus autores. Hacía los deberes aunque, a veces, fuera  la única que los llevara hechos. Pasara lo que pasara, yo quería destacar porque ella era una profesora buenísima y exigente. Y un día sucedió. Comenzó a preguntar por los deberes y, para su disgusto nadie los había hecho excepto yo. Nadie. Estuve cerca de la hora diciendo la lección  de pie y sin equivocarme y, cuando ya íbamos a terminar, cuando ya me dolían las piernas , comenzó a hablar. «¿Cuánto llevamos corrigiendo? ¿Una hora? Si se fijan, además de ser la única que ha traído los deberes, su compañera es la única que ha mejorado de una manera increíble del año pasado a este. Lo digo por si usted creía que yo no notaba las ganas que le está poniendo al curso». Y se quitó las gafas para lanzarme una sonrisa maravillosa. Luego me dijo: «Bravo Ana!!» Era la primera vez que una profesora (no tenía ningún profesor) me felicitaba y lo hacía delante de toda la clase. Para una niña a la que eso no le había pasado nunca era, casi casi, como ganar una lotería.  Y, a partir de ahí, lengua y literatura fueron por siempre mis asignaturas preferidas. Y por eso, seguramente, ame tanto escribir.

  • DÍA DEL PADRE

    Hola Miguel! Te escribo esta carta solo para darte las gracias. Gracias por haber escogido a mi madre como tu mujer. Elegiste muy bien a la madre de tus hijas. Ella ha dejado una impronta en nosotras que no necesita de ti para ser las mujeres que somos hoy día. Te informo, aunque creo que lo sabes, que tienes unos nietos maravillosos. Es cierto que para tí nunca serán lo suficientemente buenos. Tuviste siempre la costumbre de compararnos con toda la gente a la que querías más. A la que valorabas más.

    Hoy es el día del padre, y, después de ver cómo fuiste con nosotras, llegó el conocer a hombres que ejercían de padre con placer, con ganas, con desvelos…y sabes qué? No siento ninguna tristeza. Solo un profundo agradecimiento a que mis hijos hayan tenido mejor suerte que yo.

    Otra cosa. No debiste ir al velatorio de la abuela. Tú dijiste que se había muerto tu suegra, pero, una semana antes de su fallecimiento, hablando en lo que no sabía era una despedida, le expresé mi pesar por tu trato con mi hermana. Y ella me preguntó: «¿y contigo? ¿Qué le hiciste tú? Siempre has sido una buena persona y has sabido salir adelante a pesar de las dificultades. Yo estoy orgullosa de ti». Por eso sé que ella no te hubiera querido allí. No quería a nadie que no supiera amar en la misma proporción que ella. A todo o nada.

    Por último, quiero que sepas que te has perdido un amor inmenso, como el que no has recibido en tu vida. Y yo lo siento muchísimo. Pero sigo con mi vida.

  • MI VIAJE

    Estás a punto de emprender un viaje por todo el país. ¿Avión, tren, autobús, coche o bicicleta?

    Tengo claro que mi viaje sería en tren. Aquí donde yo vivo no existen, y, aunque me he subido a alguno ya, hasta ahora no he tenido malas experiencias. Un bus, o guagua como las llamamos aquí, me dan un poco de pereza. Deberían anunciarse diciendo: «¿quiere ir como una sardina en lata? ¿Quiere no poder ni estirar las piernas durante el viaje?» Algo así. Y si te toca el pasillo, apaga la luz y vámonos!. No puedes ni disfrutar del paisaje, o lo que es peor, te tienes que echar encima de tu acompañante para conseguir ver algo en condiciones. Descartado el bus.

    El coche me da miedo. Así, sin más. Como te equivoques en el camino te puedes encontrar en un embolado tremendo. Recuerdo en unas vacaciones a Fuerteventura, a un señor inglés que tenía su coche parado en el carril de la izquierda. Si el semáforo hubiera estado en verde para él, nos lo hubiéramos comido de frente.

    La bicicleta está bien para tramos cortos. No para recorrerse el país. Además, nunca he tenido una y no sé manejarlas. Si. Fui de la generación mis padres son pobres como ratas y no hay dinero para lujos.  Descartadas.

    El avión me gusta porque se llega rápido al destino, pero la sensación de vulnerabilidad mientras estás allá arriba, rompiendo con las leyes de la gravedad hacen que no pueda disfrutar del viaje. Me pego todo el tiempo leyendo, o haciendo que leo mientras comienzan las temidas turbulencias. Además, siendo madre de dos chicos autistas, las sensaciones que se respiran en un aeropuerto son de lo peor para ellos. El ruido, las prisas, los baños con esos secadores que se oyen en todo el recinto, las esperas…No. Descartados los aviones también.

    Me gusta la idea de viajar despacio, de disfrutar del camino, sola o con mi familia, jubilada o de vacaciones del trabajo…Mi madre hizo un viaje por el norte del país hace muchos años. El trascantábrico se llamaba o se llama. Le he perdido la pista. Pues ella disfrutó como si fuera una niña chica. Cierto es que el viaje no era para todos los bolsillos. Valía una pasta, pero oye, puestos a soñar, soñemos con todas las de la ley no?

  • Propósitos

    Hoy el peque me ha despertado tan temprano que se me han unido la noche y el amanecer de una manera bárbara. Me he levantado, recojo los cacharros, preparo el desayuno, y leo algunos blogs a los que estoy suscrita mientras tomo una taza gigante de café. Escucho que alguien se levanta. Mi marido. Le toca trabajar. Lo saludo. No me responde. Magnífico! Esto de vivir una soledad como la que vivo actualmente me lleva a reflexionar sobre lo que pretendo a corto plazo.  En lo que me queda por delante. Yo a mis años los divido como si fuera un curso escolar y ya en este me queda un trimestre.

    Pues bien, afronto este trimestre como un malabarista que tiene en el aire un montón de pelotas. Puede ocurrir que las vaya cogiendo con la habilidad que se requiere o puede que se caigan todas al suelo. La primera de todas, el curso de mi hijo. El último trimestre es el que nos dirá si el esfuerzo que estamos realizando dará sus frutos finalmente.

    La segunda, el máster que estoy realizando sobre autismo. Estoy encarando el trabajo final y no es lo mismo hablar de cómo realizaría la intervención en una persona autista con unas determinadas características que lanzarme a escribir en el blog. Lo primero lo veo muchísimo más difícil.

    La tercera tiene que ver con mi trabajo. Se han convocado exámenes para promocionar y quiero estar ahí. No solo estar. Quiero conseguirlo. Difícil pero no imposible. Eso sí, no quiero sacrificar el deporte que hago durante la semana y eso pone la cosa a un nivel de dificultad de salto carpado hacia atrás con doble pirueta. Si lo consigo he dicho que me compraré una corona o una diadema que ponga que «soyloputomás». Ese es más o menos el nivel de dificultad que tiene este propósito. Veremos!

    La siguiente tiene que ver con la parte afectiva. Al final de todo esto, y cuando ya no esté tan ocupada, reflexionaré si vale la pena seguir viviendo con alguien que no es capaz ni de darme los buenos días. También es cierto que tampoco le dio ni un beso al enano que estaba en el salón. Tal vez esté haciéndose viejo, como yo misma, solo que a él le ha dado por el modo gruñón. Ahora que lo pienso, yo, cuando llego de trabajar estoy igual de gruñona, aunque yo sí saludo a mis hijos. En fin, me espera un montón de trabajo duro que afronto con el entusiasmo de una niña chica. Espero no salir de ahí como si hubiera sobrevivido a un huracán!

    La foto que pongo debajo es la vista desde la que hago algunas de mis reflexiones, y estas igual que el mar, son cada día distintas e impredecibles!